Sin limítes

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Sin límites, (2011)
Sin límites, (2011) Imagen: TriPictures

Prácticamente toda película suele tener una carga moral en uno u otro sentido, un mensaje dirigido al espectador advirtiéndole de que debe portarse bien porque si no será castigado, bien sea por la vida, por Dios o por el FBI. Un recurso muy habitual son las historias ejemplarizantes de ascenso y caída. Un esquema narrativo que guarda reminiscencias de la tragedia griega, pues si bien en ella con frecuencia se abordaba la fatalidad del destino como capricho de los dioses y algo independiente de los actos humanos, también tenía su punto ejemplarizante al castigar la hybris, la falta de control sobre las pasiones que acababa arrastrando al héroe a su perdición. Más concretamente advertían de que el sexo con mamá te dejará ciego, guarro.

En las tragedias contemporáneas vemos cómo el protagonista empieza drogándose, o bien siendo infiel a su santa esposa, o tal vez empieza a tener tratos con la mafia, o incluso pacta con el diablo. Al principio es sólo la puntita, por probar, e inmediatamente descubre que todo son risas en un mundo de color. El dinero fluye y con él llegan las chicas guapas y disolutas. De repente todas las puertas parecen abrirse, la diosa Fortuna parece encariñarse del protagonista. Eso le lleva a obcecarse introduciéndose más y más en el vicio y la ilegalidad. No ya cayendo lánguidamente en la tentación, sino que acaba lanzándose a ella como un niño gordo a la piscina. Hasta que llega el punto de inflexión en el que las cosas acaban torciéndose y finalmente todo se va a la mierda con el protagonista purgando sus pecados.

Pues bien, basta leer cualquier sinopsis para temer que de esto puede tratar Sin límites. Una historia de ciencia-ficción sobre un escritor neoyorquino fracasado y al borde de la indigencia que prueba una nueva droga que -aparte de volver sus ojos más azules- potencia increíblemente su inteligencia, basándose en el conocido tópico pseudocientífico y falso de que en realidad sólo usamos el 20% del cerebro. A partir de aquí se suceden una serie de escenas disparatadas en las que al mejor estilo hollywoodiense la exhibición de una alta capacidad intelectual resulta indistinguible de la magia, y que le lleva a prosperar y ascender socialmente, aparentemente sin límite. En este aspecto resulta curioso como, según esta película, una poderosa inteligencia es el mejor vehículo para llegar a lo más alto del mundo empresarial y político. Quien lo diría…

Pero lo mejor es el desenlace. Y aconsejo no seguir leyendo a aquellos que no la hayan visto aún. Que, insisto, a continuación voy a contar el final. Cuidado que allá va.

Spoiler: cuando se acerca el final y todo parece indicar que llegará el debido castigo ejemplarizante para el héroe… pues no  señores, la conclusión es que drogarse hasta las trancas está bien y hace de tu vida algo mejor. Como moraleja es original, desde luego, y hace de este film algo un poco menos malo -o al menos más imprevisible- de lo que en principio podía esperarse.

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