Quequé: Nostalgia temprana

De todas las enfermedades mentales que padece mi generación, mi favorita es la nostalgia temprana. Si vas solo a una boda y te colocan en una mesa en la que no conoces a nadie pero tus compañeros de banquete superan la treintena y eres alérgico a los silencios incómodos, siempre puedes optar por soltar algo del tipo: “Ya no se hacen dibujos como los de antes.” Lo más normal es que, antes del sorbete de mandarina, estéis todos abrazados con las corbatas en la cabeza cantando los grandes éxitos de nuestra infancia: “D’Artacan, D’Artacan / corriendo gran peligrooo…”, y así.

Fuimos la primera generación de este país que creció lejos de seminarios rijosos, a mesa puesta y con la libertad de serie. Y tanta suerte se nos nota en que, a la menor ocasión, abrasamos a quien se deje con las cansinas aventuras de nuestra Arcadia particular, igual que los anteriores nos dieron la paliza con su mili y los anteriores con su guerra. Los veranos en bici, los dibujos a las tres y media de la tarde y el Cola-Cao antes de acostarnos nos prometían un futuro en el que no se avistaban hipotecas cabronas ni jornadas laborales de diez horas a cambio de sueldos ridículos. Más bien, nos imaginábamos dándole órdenes a nuestro coche inteligente a través del Casio y salvando a la tía buena de los malos con la ayuda de un amigo loco y otro negro.

Y yo, que de pequeño quería ser mayor, ahora que lo he conseguido tengo que seguir soportando a miles de coetáneos que se niegan a crecer y aliviarme repitiendo en mi cabeza la frase con la que Tony Soprano ponía fin a la enésima tertulia nostálgica de sus compañeros de banda: “Remember when is the lowest form of conversation”.

Cuando algún Peter Pan de saldo se empeña en salpicar la reunión social de turno recordando lo felices que éramos, me borro de la conversación y me limito a desearle con todas mis fuerzas que ojalá un día se despierte y su sueño se haya hecho realidad: que sólo encuentre dos canales en la tele y que en uno echen todo el rato La bola de cristal y en el otro La clave; que sólo conozca a los trolls de David el Gnomo y no a los de internet; que sufra viajes de setecientos kilómetros en un Renault 4 sin aire acondicionado y con una cinta de Teresa Rabal y otra de Amancio Prada; que la Wendy de la que se enamore lleve calentadores, tres kilos de laca y pendientes en los que cabrían dos loros; que nunca se la folle; y que se le aparezca una noche E.T. en su casa y le pegue un susto que lo deje seco. Al menos morirá feliz, el muy imbécil.