Imprescindibles: Deadwood

[NOTA: este artículo NO contiene spoilers]

De la trilogía de obras maestras con las que la cadena HBO redefinió la percepción del drama televisivo, con las que inauguramos esta sección de “Imprescindibles”, Deadwood es la que menos éxito obtuvo y la que menos gente conoce. Es más, muchos fans de The Sopranos y The Wire han pasado esta serie por alto, quizá debido a su menor repercusión, y no terminan de plantearse el darle la oportunidad a un programa “del Oeste”… una etiqueta que ha hecho más daño que beneficio a lo que, por calidad, debiera haber sido un hito cultural equiparable a The Sopranos. Para Deadwood, dicha etiqueta (“del Oeste”) constituye una lacra genérica aún mayor de lo que la etiqueta “policial” era para The Wire. A veces uno recomienda esta serie y escucha respuestas como “es que las del Oeste nunca me han gustado”. Lo cual nos pone las cosas difíciles: podíamos decir con justicia que The Wire no era solamente una serie policial, ya que en algunas de sus temporadas la temática policial era muy secundaria. Pero es que Deadwood sí es una serie del Oeste. Oeste puro y duro. Eso sí: es el Oeste como nunca lo habíamos visto. Y hay mucho, mucho más que tiroteos o caballos trotando por calles polvorientas. Hasta quien no sienta mucho aprecio por el “Western” quedaría asombrado por lo que Deadwood puede ofrecer al espectador más reticente o escéptico. No piensen ustedes que esto es como una versión moderna de Bonanza. Todo lo contrario: nadie que se ponga a ver Deadwood por primera vez imagina lo que va a encontrar.

Cuando se puso el sol en el Oeste

Deadwood es la culminación del largo proceso de oscurecimiento de todo un género. El Western fue casi siempre el molde con el que la ficción estadounidense ayudaba a construir la identidad nacional de un país todavía joven y heterogéneo, el género folclórico por excelencia, donde se reflejaban los valores que se consideraban deseables para la sociedad norteamericana. De hecho, la aventura y la acción han sido usadas como símbolo “identitario” en casi todas las sociedades desde hace muchos siglos: la literatura y las mitologías están repletas de ejemplos célebres. Pero en el cine fue el Western el que marcó las pautas a seguir. Incluso en otros países y siempre que la ficción épica cinematográfica ha tomado tintes folclóricos o nacionalistas (no en sentido político, sino en sentido cultural), lo ha hecho imitando el Western: todos conocemos ejemplos como el de Curro Jiménez y sus derivados, que no eran sino cine del Oeste con trajes de bandolero, o el cine de aventura tradicionalista del japonés Akira Kurosawa que no era sino cine del Oeste con trajes de samurai.

DeadwoodPero a final de los sesenta fue Sergio Leone quien despojó al Western de su habitual propósito identitario y moralista. Destripándolo hasta el esqueleto, Leone nos ofreció un nuevo Western, destilado y reducido a lo más elemental de su propia esencia: la violencia como sustitución del diálogo, sin la apología paralela de unos “valores americanos” que justificasen dicha violencia. Leone, un extranjero, abrió los ojos a los propios estadounidenses sobre el más puramente americano de los géneros, y los cineastas de Hollywood descubrieron que más allá de los mitos de su cosmología nacional se escondía una etapa salvaje e incivilizada de su pasado reciente… una etapa que, tratada con la debida crudeza, podía dar grandes historias en un género que se consideraba extinto. Libre de las convenciones morales, del canto a los “padres fundadores” de la nación y de la necesidad de ofrecer lecciones ciudadanas, el Western se hizo “crepuscular”: el realismo empezó a primar sobre el idealismo. Tras Leone llegaron Sam Peckinpah o Michael Cimino, con una visión más cínica de la construcción de su propio país, cuando casi toda la mitad occidental era un territorio sin gobierno en el que imperaba la ley del más fuerte. Clint Eastwood, siempre tan autoconsciente, pareció rematar la metamorfosis con Sin perdón, película que muchos consideraron en su momento como el culmen del proceso de oscurecimiento del Western, el epitafio definitivo. Daba la impresión de que el género no podía alcanzar mayores cotas de tenebrismo… y entonces llegó Deadwood.

El infierno de Dante

Deadwood es el infierno. Una ciudad a medio hacer en mitad de la América salvaje, a donde llegan individuos atraídos por la codicia —o la desesperación— tras el descubrimiento de yacimientos de oro. Al igual que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso por morder la manzana prohibida, quienes abandonan el Jardín del Edén de la civilización creyendo poder encontrar la riqueza en Deadwood terminan condenados a una existencia infernal en un agujero infecto repleto de brutalidad, inhumanidad y constante amenaza de muerte. Han vendido su alma por el oro y vivir en Deadwood es su castigo. Una vez llegados a la ciudad sólo hay tres opciones: o morir, o aliarse con el diablo para sobrevivir, o convertirse en el diablo mismo.

Si hay una etiqueta que se ajusta como un guante a esta serie es la de “realismo sucio”. Porque todo en Deadwood está sucio: desde las calles y las ropas de sus habitantes, hasta sus vidas y sus espíritus. Incluso los diálogos están repletos de suciedad: es la serie de televisión con un mayor porcentaje de palabras malsonantes por minuto (sí, hay gente que se dedica a hacer ese tipo de cálculos). Aunque la inclusión de tacos tuvo su historia: los guionistas estaban obsesionados con reproducir la época de la manera más fiel posible, incluyendo la forma de hablar. Pensaron primero en que los personajes usaran insultos y blasfemias reales del final del siglo XIX; pero se dieron cuenta de que, oídos hoy, resultaban ridículos. Así que renunciaron a usar slang decimonónico e incluyeron tacos modernos: es díficil escuchar una frase en Deadwood que no contenga un sonoro “fucking”, especialmente por parte de determinados personajes. Pero tanto improperio está perfectamente justificado: no se nos muestra una sociedad donde impere el civismo. De hecho, ni siquiera es una sociedad. O no más de lo que podría serlo una cárcel.

La ciudad de Deadwood, como decíamos, es un vertedero: sí, han llegado los carros, las casas e incluso las imprentas para editar periódicos, pero la civilización en sí todavía no ha tenido tiempo de establecerse y la ciudad sólo atrae basura humana. Deshechos morales o deshechos sociales. La serie es, pues, la crónica de una ciudad en formación en la que todavía impera el caos. La vida de los individuos no vale absolutamente nada: hoy te matan, mañana echan tu cadáver a los cerdos y pasado mañana nadie recordará que has existido. Las mujeres son simple mercancía, el crimen no tiene castigo oficial, no hay nada parecido a una administración pública, los documentos no sirven de nada sin pistolas que garanticen su cumplimiento, y poseer oro para comprar sicarios es la única forma de asegurar la propia supervivencia. En Deadwood reina la anarquía, esto es, el “sin Dios”. O sea, el Diablo.

Sin embargo, Deadwood no es una invención metafórica: la ciudad existió —y existe— realmente y en ella tuvieron lugar sucesos muy célebres en la historia del Lejano Oeste. Algunos de los más legendarios personajes reales del Western, como el célebre pistolero Wild Bill Hickok, Wyatt Earp o Calamity Jane pasaron por allí. De hecho la ciudad es famosa porque en ella murió el propio Hicock en uno de los episodios más recordados de aquellos turbulentos años. Muchos personajes de la serie Deadwood —de hecho, casi todos los principales— están inspirados en individuos que existieron de verdad, con nombres y apellidos. Aunque no siempre hacen un retrato fiel de los modelos originales, sino que se usa sus nombres y profesiones para moldear una leyenda en torno a ellos. Podríamos decir que se trata de una serie de “historia-ficción”.

La serie que cayó bajo su propio peso

Deadwood es una de las series más ambiciosas jamás puestas en marcha. No sólo por la sorprendente altura literaria de sus diálogos —pese a estar repleto de tacos, se ha comparado su guión con no pocas obras literarias y teatrales clásicas— sino por la enorme envergadura de recursos físicos desplegados y la complejidad del diseño de producción que había detrás. La calle principal de Deadwood fue literalmente reconstruida con unos decorados propios de una superproducción de Hollywood, mostrando un asombroso cuidado del atrezzo y los detalles más nimios. La ambientación de la serie es un espectáculo en sí mismo digno de ser contemplado, y además no es estática sino que evoluciona con la historia. Cada nueva temporada se iban construyendo decorados nuevos a medida que la ciudad se expandía, para poder mostrar nuevas calles y rincones, diferentes perspectivas de cámara que enseñan al espectador que la ciudad tenía nuevos horizontes. Todo, como decimos, a base de decorados reales: nada de paisajes confeccionados en un ordenador. Todo un derroche. Además de la costosa pre-producción, el casting fue tan cuidadoso y extenso como el de The Sopranos y The Wire y el guión, especialmente en las dos primeras temporadas, pulido hasta casi la perfección. Cada elemento de la serie, por nimio que fuese, estaba cuidadosamente seleccionado, elaborado y encuadrado en un producto final de barroquísima riqueza. La cadena HBO estaba dispuesta a romper todo tipo de moldes con esta serie, siguiendo la estela del éxito de The Sopranos.

Y lo consiguieron… pero sólo en lo artístico. Porque en lo comercial, Deadwood fracasó. Los telespectadores no terminaron de reaccionar como se esperaba. La serie generó un grupo de fieles seguidores y la crítica fue unánimemente entusiasta, pero el gran público la ignoró. Tenía un seguimiento digno, pero nunca reunió la audiencia suficiente para compensar las enormes inversiones que la producción requería. Se emitieron tres temporadas, esperando que el boca a boca funcionase, que el prestigio de la marca HBO atrajese al público y que el culto a Deadwood explotase finalmente… pero nunca sucedió. A finales del tercer año, HBO decidió cancelar la serie alegando que no estaba recuperando la enorme cantidad de dinero invertido. Se rodó apresuradamente un episodio final para cerrar el argumento a toda prisa. Por ese motivo, el último capítulo emitido fue el único de calidad mediocre (mientras que por ejemplo el penúltimo era absolutamente extraordinario y algunos lo consideramos el digno final de la serie). No hubo cuarta temporada.

Los fans de Deadwood quizá no eran legión, pero sí se sintieron muy disgustados por la cancelación porque sabían que estaban viendo una serie única que merecía un final apoteósico, pero donde por culpa de la cancelación las principales líneas argumentales no habían sido cerrados satisfactoriamente. La serie no desapareció por un bajón de calidad, sino por la lamentable incomprensión de la audiencia, y daba la sensación de que podría haber ofrecido por lo menos otras dos temporadas a un muy buen nivel. La gran epopeya de la ciudad del oro se quedó sin terminar. Y excepto para sus indignados seguidores, la cancelación pasó sin pena ni gloria. No hubo ni rastro de la enorme repercusión que suele tener cualquier movimiento que haga la cadena HBO, cuyas series suelen ser noticia. No se armó ningún revuelo como con el atrevido episodio final de The Sopranos.

La cadena “prometió” cerrar los argumentos pendientes de Deadwood con un largometraje, idea que apoyaban plenamente los actores y todo el equipo implicado. Todos eran conscientes de la extraordinaria calidad del trabajo que habían hecho y sabían que la serie había sido cerrada en falso con un capítulo final más bien chapucero, así que querían darle a Deadwood el epitafio de calidad que merecía. Pero pasó el tiempo, nadie puso el empeño final para rodar ese largometraje y pese a la insistencia de fans, críticos y de los propios actores, la idea cayó en el olvido. A día de hoy, Deadwood es una serie incompleta. Pero eso no debería alejar a posibles espectadores: no importa que fuese cortada por la mitad. Primero porque las dos primeras temporadas pueden verse y disfrutarse por sí mismas. Segundo, y más importante, porque es una de las obras más grandes proyectadas en la pequeña pantalla.

Un hito en la épica contemporánea

Ha llegado el momento de decirlo: no importa si nunca te gustó el género del Oeste… Deadwood tiene tanta calidad que negarse a verla por el género al que pertenece es renunciar a una de las gemas más brillantes de la historia de la televisión. Sobre The Wire decíamos que para ciertos paladares podía tener un arranque un tanto lento, esta serie es todo lo contrario. Deadwood, pese a que también presenta gran cantidad de personajes y varias tramas paralelas, no solamente arranca con fuerza ya desde el primer episodio sino que al final del tercer episodio —sí, el tercero— alcanza un clímax propio del final de toda una temporada completa de cualquier otra serie. Deadwood es no intensa, es intensísima: suceden muchas cosas importantes en cada episodio, los picos argumentales son muy frecuentes y la intriga es prácticamente continua. Aunque se la describe frecuentemente mediante el adjetivo “literaria” por la calidad de sus diálogos, eso no significa que sea “lenta como un libro”. Hay muchísima acción, la serie nunca se estanca en paréntesis contemplativos y al espectador prácticamente no se le concede un respiro. No te deja levantarte a por una cerveza porque cada minuto puede ser un minuto clave. No puedes perderte nada porque nunca sabes cuándo va a suceder algo trascendental.

Y si decimos que Deadwood es tan intensa y entretenida, ¿cómo se explica que fracasara entre el gran público? Bueno, hay varias explicaciones posibles, aunque quizá la más obvia es que se trata de una serie de contenido bastante duro. La violencia, tanto física como verbal y psicológica, es extrema en algunos momentos. Hay mucha crueldad y mucha injusticia hasta límites que quizá incomoden a los espectadores más sensibles. Hay sexo, no mucho, pero sí muy decadente y descorazonador: no es sexo destinado al consumo del espectador sino a expresar de una manera más la decrepitud ética de la ciudad. Aunque la serie contiene enormes dosis de humor —algunas secuencias son tan hilarantes como lo pueda ser una comedia en toda regla— Deadwood nos muestra un microcosmos muy inmoral en el que apenas hay redención posible, y eso sin duda echó atrás a un buen porcentaje de televidentes, porque es sabido que para el espectador medio es difícil ver una historia detrás de otra sin que en ninguna se haga justicia o se “equilibre el karma”. Deadwood es una de las mejores series jamás producidas pero no es una serie para todos los públicos: en ella, el yang pesa mucho más que el ying, y el resultado fue quizá que hubo mucha gente que le dio la espalda. Aunque también pudo influir lo que decíamos antes: los prejuicios de muchos espectadores hacia un género que consideran “aburrido” o que simplemente no les interesa. Lástima.

Hemos dicho lo que probablemente causó el fracaso de la serie, pero entre líneas también hemos perfilado qué cosas fueron las que a algunos nos convirtieron en entusiastas: argumentos increíbles sin lagunas ni pausas, diálogos fascinantes en prácticamente todas las escenas, interpretaciones maravillosas, impresionante cuidado por la estética (feísta, pero muy, muy elaborada), secuencias rodadas con una fuerza narrativa y una sapiencia cinematográfica extraordinarias. Además tiene el encanto intrínseco de todas las grandes sagas: durante tres temporadas vemos evolucionar la ciudad y vemos cambiar su ambiente, vemos cómo llegan, mueren o se van diferentes personajes, y siempre tenemos algún cabo argumental del que estar pendientes. Nunca te aburres viendo Deadwood, eso es un hecho. A veces te horroriza, a veces te sobrecoge, a menudo te hace reír (especialmente si disfrutas con el sarcasmo y la ironía más ácida). Pero nunca, ni un solo minuto, estás esperando frente a la pantalla sin que nada esté sucediendo en ella. Es una serie oscura, es una serie extrema, pero no sólo es artística y filosóficamente profunda sino que además es endiabladamente entretenida.

Toda la suciedad, crueldad, decadencia, dureza y salvajismo de muchos momentos de la serie informan solamente la faceta más llamativa de Deadwood, pero en contraste podemos disfrutar también de numerosos momentos de conmovedora humanidad. De hecho, quizá el único defecto que le achacaría —y por hacer de abogado del diablo— es algún puntual exceso de sentimentalismo, pero eso no impide que haya muchas otras secuencias verdaderamente emocionantes. Si The Wire es frecuentemente comparada con Shakespeare, Deadwood no sólo tiene un diálogo más puramente teatral —y aun así perfectamente creíble— sino que sería un buen equivalente de Velázquez o Cervantes: disfruta escarbando en lo más bajo de la condición humana, pero con el afán de rescatar lo que de digno hay entre los escombros, exactamente igual que los habitantes del pueblo escarban en la tierra intentando encontrar pepitas de oro entre el fango. La serie, como la propia ciudad que retrata, es un microcosmos duro pero del que, si permaneces el tiempo suficiente, no saldrás sin alguna pepita en el bolsillo. Las tres temporadas de Deadwood recompensan con creces a quienes estén dispuestos a sobrellevar sus asperezas. Es, como decíamos de The Wire, una de las pocas candidatas a poder ser considerada como mejor serie de la historia de la televisión: si no hay más gente que la postule como tal, es porque no hay mucha gente que la haya visto. Quienes sí la hemos visto lo tenemos claro.

Personajes

Al igual que hicimos con The Wire, es momento de repasar algunos de los personajes más relevantes, porque hay pocas maneras mejores de definir una serie coral que presentando a sus protagonistas. Deadwood destaca también por un reparto poderoso y un promedio de calidad interpretativa sencillamente espectacular.

Al Swearengen: probablemente el personaje más carismático y memorable, que termina convirtiéndose en el protagonista de facto aunque en un principio no está pensado como tal. Es el dueño del prostíbulo local y uno de los hombres más poderosos y temibles del pueblo. Aunque al inicio de la serie está planteado simplemente como un villano prototípico, la vertiente irónica del personaje, sus ácidos diálogos y las numerosas escenas humorísticas en las que se ve envuelto terminan ganándole un lugar en el corazón del espectador. Es básicamente un tipo detestable cuyo irresistible encanto termina sobreponiéndose a la vileza intrínseca de su carácter; en ello tiene mucho que ver la arrolladora y desenfadada interpretación del actor británico Ian McShane. Incluso los propios guionistas van simpatizando cada vez más con Swearengen conforme avanza la serie. Es, además, el personaje televisivo que profiere un mayor número de “fucks” y “fuckings” por minuto en sus diálogos… sí, incluso más que Tony Soprano.

Seth Bullock: el sheriff del pueblo y protagonista oficial de la serie. Es un personaje noble aunque impetuoso e irreflexivo, un Don Quijote a la manera del Jimmy McNulty de The Wire. McNulty y Bullock también tienen en común que, siendo los protagonistas, están curiosamente interpretados por los actores menos interesantes del reparto. Lo cual no sé si es una casualidad o una treta de la HBO para acentuar la presencia del resto de personajes. En todo caso, el actor se queda algo corto en cuanto a interpretación y carisma, aunque el personaje en sí despierta simpatía por su idealismo, su sentido del honor y su empeño en no dar nunca su brazo a torcer. Un personaje potencialmente admirable en manos de un actor que no le sabe sacar partido.

Alma Garret: una burguesa propietaria de una concesión aurífera que, pese al horror y la repugnancia que le causa el pueblo al que acaba de llegar, decide plantar cara a los malvados del lugar y quedarse para sacar su negocio adelante. Es una mujer que se ha casado para salvar la ruina de su familia y para quien la droga es una forma de afrontar lo que ella considera una manera de haberse vendido, aunque haya sido por una noble causa (Alma es adicta al láudano, esto es, al opio). Es la personificación del pundonor. La actriz Molly Parker hace un muy buen trabajo y sabe darle a su personaje ese aire de languidez levemente ausente de la señorita bien educada a quien el opio mantiene dos palmos por encima de todo cuanto sucede a su alrededor. Una mujer pánfila a primera vista, pero de psicología crecientemente compleja conforme avanzan los episodios.

Wild Bill Hickok: el más temido pistolero en la historia del Oeste es encarnado por un fabuloso Keith Carradine, que consigue rodear al personaje de toda el aura mística y la carismática presencia que requiere. Wild Bill es una leyenda del Far West y tsl estatus como leyenda es no solamente respetado, sino ensalzado a la manera clásica en Deadwood. De hecho, fue su paso por la ciudad la que convirtió la población en un lugar legendario. En cierto modo su presencia es el equivalente a la presencia divina en la ficción griega: Zeus tenía su rayo, y Wild Bill tiene su revólver. Ambos encierran una parte humana que les hace inmiscuirse en asuntos mundanos, pero también una parte divina que les hace estar por encima de los insignificantes mortales que los rodean. Si Al Swearengen es el personaje que le proporciona a Deadwood escenas que recordar, Wild Bill es el personaje que le da a Deadwood respetabilidad mitológica. Uno de los más memorables pistoleros de los últimos años de ficción audiovisual.

Trixie: si decíamos de Alma Garret que es la mujer que representa la dignidad burguesa de la dama de bien aparentemente impoluta, Trixie personifica la dignidad callejera de la mujer mancillada. Es una de las prostitutas que trabajan para Al Swearengen, pero al contrario que la mayor parte de sus compañeras no es una muñeca acobardada, sino una mujer con ideas propias, una personalidad muy marcada y un ansia de justicia que pugna por salir de entre las muchas cicatrices de su deplorable biografía. Parece vagamente inspirada en la Claudia Cardinale de Hasta que llegó su hora, aunque retratada con más llaneza y sin la aureola virginalmente maternal e idealizada de aquel personaje. El contraste entre Trixie y Alma —dos mujeres muy distintas que se juzgan en la distancia pero que en el fondo se comprenden mejor de lo que ellas mismas desearían creer— es bastante curioso y muestra un cuidado por la psicología de los personajes femeninos del que por ejemplo The Wire suele carecer.

Sol Star: si Seth Bullock es Don Quijote, Sol Star es su Sancho Panza. Quizá tampoco sea de los personajes más carismáticos a mi parecer, pero no sólo complementa con su personalidad utilitarista los arrebatos quijotescos de Bullock, sino que sus planes de futuro —su “sueño americano”— sirven de ancla entre el caótico mundo real y la no menos caótica fiereza idealista del sheriff. Siguiendo con el paralelismo cervantino, Sol Star muestra un vitalismo entusiasta muy a lo Sancho que contrasta con el caballeresco estoicismo de Seth Bullock.

Calamity Jane: otro personaje legendario del Oeste, retratada aquí como representación de la degradación vital de los habitantes de la frontera. Permanentemente aturdida por el alcoholismo, es un carácter bondadoso pero a la vez sirve de contraste con la dignidad de otros personajes femeninos. Su palabrería, su pesadez típica de borracha y sus constantes exageraciones sentimentales pueden hacer que el personaje se le atragante a más de uno (especialmente si comete el error de ver Deadwood en versión doblada) pero forman parte de esa tipología de alcohólico que todos hemos visto alguna vez en nuestra vida. También sirve como metáfora para mostrar las tremendas dificultades de adaptación que podía sufrir una mujer que, en aquellos tiempos, se negase a cumplir con los estereotipos femeninos. Una víctima.

Cy Tolliver: al igual que Al Swearengen, es dueño de un prostíbulo, sólo que el suyo es más limpio y tiene más clase. También es un villano en toda regla que carece incluso de los pocos escrúpulos que en ocasiones asaltan a Swearengen. Es como la versión endurecida y brutal de Al, sin su ironía ni su faceta simpática y sólo con las facetas más oscuras y temibles. Es, con perdón, un Hijo de Puta en toda regla. Hay un animal rabioso en su interior, no en vano es autor de uno de los instantes de violencia más impactantes —o que a mí más me han impactado— en las series de televisión de los últimos años (quien haya visto la serie probablemente recordará la breve pero intensa escena a la que me refiero). Por momentos hace que Tony Soprano o Dexter parezcan casi ciudadanos pacíficos y dialogantes.

Joanie Stubbs: otro de los varios personajes femeninos sobresalientes. Es la madame del prostíbulo de Cy Tolliver, una puta de lujo que, al contrario que la mayor parte de las prostitutas del pueblo, puede competir en clase y elegancia con las más peripuestas señoritas de alta sociedad como la burguesa e inmaculada Alma Garret. Es una mujer compleja, muy bella y muy inteligente, que tras su apariencia de muñequita sexual está en realidad perfectamente dotada para salir adelante e incluso prosperar en un ambiente tan brutal —y tan machista— como el de Deadwood. Es ante todo una superviviente capaz de aliarse con el diablo y hacer casi cualquier cosa para salir indemne de momentos difíciles, pero es también la clase de mujer que puede resultar ocasionalmente admirable cuando se lo propone. Un personaje ambiguo muy bien interpretado por Kim Dickens, una de esas actrices que parecen más interesantes cuanto más te fijas en ellas.

Richardson: mi personaje favorito, aunque sólo aparece ocasionalmente y rara vez más de un minuto por episodio… y aun así se convierte en uno de los individuos más inolvidables y entrañables de las tres temporadas. Es un viejo con aparente retraso mental, que no está muy en sus cabales y que es la viva personificación de la inocencia. Es literalmente como un niño. Asustadizo, tímido y muy, muy gracioso. Cada vez que sale en pantalla termina robándole la escena a cualquiera que esté cerca de él. Está perdidamente enamorado de Alma Garret, a la que ni se atreve a mirar a la cara y de la que cualquier gesto tiene para él una importancia vital. Cuando ella le da distraídamente un cuerno de ciervo para que lo devuelva al montón del que procedía, Richardson lo interpreta como un regalo de su adorada diosa y empieza a llevarlo a todas partes como amuleto, creando un extraño culto religioso en torno al hueso, el cual utiliza incluso para rezarle a cabezas de ciervo que hay colgadas por ahí de adorno. Este es sólo un ejemplo de cómo un personaje tan secundario puede llegar a construirse una identidad bien definida, vistosa y original durante el poco tiempo en que aparece en pantalla. Increíble individuo, uno de los más maravillosos hallazgos que la televisión me ha proporcionado en años. Y eso que si juntas todas sus apariciones, en las que casi nunca habla, quizá no dé ni para diez minutos de metraje total. Una lástima: de haber habido sólo una temporada más seguro que hubiese ganado más protagonismo. Mi debilidad personal, como supongo se habrá notado.

George Hearst: rico, ambicioso, despiadado y capaz de las mayores crueldades, es el padre del célebre “ciudadano Kane” Randolph William Hearst. Excepcionalmente encarnado por el magnífico actor Gerald McRaney, su aparición en mitad de la serie hace que los villanos anteriores parezcan casi aprendices. De dura expresión y una intensa mirada que parece reflejar un odio constante hacia el mundo, es la clase de hombre que no se conforma con parcelas de poder: él quiere apoderarse de todo y controlarlo todo. Desde que pone un pie en Deadwood, su objetivo será convertir la ciudad en su feudo particular como ya ha hecho con otras ciudades.

Mr. Wu: el señor Wu es el líder de la comunidad china de Deadwood y, salvo Richardson, el personaje más hilarante de todo el reparto. Totalmente incapaz de hablar inglés, sus diálogos con Al Swearegen, en los que han de entenderse mediante gestos y dibujos, alcanzan niveles de surrealismo propios de los Hermanos Marx. La palabra que más pronuncia es “cocksucka” (“chupapollas”), con la que suele referirse a cualquier occidental que le haya causado problemas y que pronuncia de manera extremadamente cómica. Wu y Swearengen, cuando aparecen juntos, son la gran pareja humorística de Deadwood y casi todos sus diálogos para besugos son sencillamente inolvidables.

Doc Cochran: el médico de la ciudady uno de los pocos personajes verdaderamente nobles, aunque no es exactamente un héroe a la manera del sheriff, sino un hombre abnegado que asume sus debilidades y trata de superarlas. En un ambiente tan brutal y enrarecido como el de la primitiva Deadwood, su tarea es casi la de un santo: intenta poner un poco de dignidad, progreso y humanidad en un lugar incivilizado al que ni las propias autoridades estadounidenses reconocen como un territorio del que tengan que hacerse cargo. Tras haber sido médico en la guerra civil, parece haber hallado su razón de ser en intentar paliar el sufrimiento del prójimo en aquellos lugares a los que ningún otro médico se plantearía trasladarse.

Ellsworth: uno de los mineros más experimentados del pueblo, un hombre aparentemente embrutecido que, en realidad, es de los pocos individuos a quienes el oro no ha corrompido del todo y que además tiene dos dedos de frente. Es capaz de albergar sólidos valores, especialmente el de la lealtad: si bien no es un individuo perfecto, ni mucho menos un héroe, sí es la clase de persona que una vez ha establecido un vínculo emocional con alguien le será leal en todas las circunstancias. Probablemente es todo lo mejor que podría ser alguien dedicado a su oficio en un lugar semejante.

Farnum: el dueño del hotel y alcalde de la ciudad. Aunque la alcaldía es un cargo nominal sin demasiado efecto práctico, poco más que una figura decorativa, ya que como decíamos en Deadwood no existe nada parecido a una administración política. Farnum es ladino y moralmente mediocre: sobrevive como alcalde porque se presta a ejercer como títere de Al Swearengen, ya que el verdadero poder reside en los caciques locales. Evidentemente, pese a su condición de alcalde, no puede congeniar con el honesto sheriff del pueblo. Farnum ha nacido para venderse barato, aunque su acomplejado ego le conduce a menudo a la grandilocuencia y a las ínfulas ridículas. Un personaje patético, que personifica la indignidad.

Jewel: una discapacitada con problemas para hablar y caminar, que ejerce como ama de llaves en el prostíbulo de Al Swearengen. Su jefe continuamente la bombardea con comentarios despectivos y humillantes, aunque el transfondo de su relación termina siendo bastante sorprendente. Jewel soporta todo ello con resignación y pese a las duras condiciones de su existencia nunca parece desanimarse o perder la esperanza, positivismo que intenta transmitir a todo aquel que tenga la paciencia de escuchar lo que ella dice a trompicones. Uno de los personajes más moralmente admirables de la serie, y uno de los que juzgamos al principio de una manera pero terminará haciendo que tengamos una imagen bien distinta al final.

Utter: tras vivir durante mucho tiempo a la sombra de la leyenda de su amigo, el pistolero Wild Bill, es la clase de individuo que le ha perdido el miedo incluso a lugares como Deadwood y que es capaz de establecerse y prosperar sin necesidad de someterse a los designios de nadie ni abandonarse a la corrupción generalizada. Es probablemente lo más parecido a la imagen tradicional del colono norteamericano del Western: decidido, emprendedor, resistente, dispuesto a edificar sus proyectos a toda costa y con una natural tendencia al liderazgo. Un pionero clásico, de los de toda la vida.

Martha Bullock: esposa de Seth Bullock, es otra mujer de buena educación que cuando llega a Deadwood es como si hubiese caído en un planeta alienígena en el que está como pez fuera del agua. Aunque puede parecer estirada y demasiado convencional, aunque nada de lo que encuentra es como lo esperaba y aunque ha de hacer frente a más de una humillación desagradable, es la clase de mujer que lo afronta todo sin dejar que su sentido de la dignidad flaquee por ello.

Reverendo Smith: un personaje lacrimógeno al que algunos seguidores de la serie no captaron, considerándolo quizá demasiado calculado o quizá demasiado aspaventero. Sin embargo es un buen ejemplo del destino que esperaba a cierta clase de personas psicológicamente débiles en un ecosistema tan despiadado como el de Deadwood. Inútilmente empeñado en difundir la palabra de Dios en el ferozmente materialista purgatorio de los buscadores de oro y de los pecadores por antonomasia, su apasionada espiritualidad y su santidad destartalada están tan fuera de lugar que a algunos de sus vecinos les intranquiliza el solo hecho de verlo venir. Personalmente me gustó su inclusión en la serie porque muchos personajes fingen ignorarle o sencillamente hacen ver que les incomoda su presencia, pero de manera inconsciente el estrafalario reverendo ejerce de catalizador de las dormidas conciencias de determinados individuos, como una especie de flaqueante Jesucristo. Una figura trágica en el sentido clásico de la palabra.

Hasta aquí la muestra de personajes. Podríamos citar bastantes más pero como en el caso de The Wire no se trata de presentar una lista completa —que ocuparía cuatro o cinco artículos— sino una muestra representativa del paisaje humano de Deadwood. En esta serie los personajes son los grandes portadores del mensaje. Si The Wire hacía una crítica social transmitiendo la idea de que muchos individuos podrían ser mejores si el sistema corrupto no les impidiese desarrollar sus capacidades y virtudes, Deadwood presenta una visión más oscura y bíblica de la humanidad. En cierto modo se refleja el concepto del “pecado original”, porque todo aquel que está en Deadwood es “culpable” de algo. El pecado de unos es la ambición, el de otros la falta de inteligencia, la enfermedad, la debilidad de carácter o sencillamente la mala suerte. Nadie medianamente normal permanecería en Deadwood, un lugar donde las promesas tienen un costo demasiado alto y donde para colmo casi nunca se cumplen. La serie parte de la base de que todos sus personajes son disfuncionales de una manera u otra, y se dedica a mostrar cómo interactúan las carencias de todos ellos para terminar creando una compleja red de relaciones enfermizas y un extraño aborto de civilización. Como decíamos más arriba, la ciudad de Deadwood es como un purgatorio donde van a parar los pecadores y los imperfectos; un lugar de castigo creado no por Dios, sino por los propios hombres que lo habitan, incapaces de construir nada mejor. Y si Deadwood, como ciudad, es el infierno… Deadwood, como serie, es el paraíso. El cielo de todo aquel que busque en la televisión esa clase de gran cine que ya casi no se ve en la pantalla grande. Una Obra Maestra que nunca ha tenido la fama que merece, que mucha gente pasa por alto y que algún día, espero, será descubierta y ensalzada por el gran público. Muy fervorosamente recomendada; no la dejen ustedes pasar ni un minuto más.

Para despedirnos, una imagen real de Deadwood, fotografiada en 1888. Bienvenidos al Averno: