Javier Gómez: Desconfío

Supongo que hoy tocaba hablar de la huelga, pero no me apetece. Desconfía Enric González del liberalismo casi de forma epidérmica y supongo que hace bien. Sólo que mi dermis tiende a sospechar de todo un poco, incluso de esos sindicatos que insisten gentilmente en representarme. Y casi podrían ahorrarse la cortesía, que yo soy de manifestaciones unipersonales y pancartas no más grandes que un pizzino de Bernardo Provenzano. Desconfío de los piquetes, que no saben pedir las cosas por favor. Y de toda esta enternecedora gimnasia de liberado sindical, ocupación que suena la mar de anquilosante.

Desconfío de una oposición que camina como un oscilante Philippe Petit, aquel 7 de agosto de 1974, pértiga en mano, entre torre y torre gemela. Ora aprobando reformas laborales a tambor batiente, ora convencidos de la lucha obrera, que ya no sé si es Rubalcaba con camisa de popelín o Sartre a las puertas de la Renault con su megáfono.

Desconfío del Gobierno. De este Gobierno. De cualquier Gobierno. Por el mero hecho de serlo. Supongo que soy de piel ultrasensible con la autoridad. Pero por si acaso me faltaban argumentos, el otro día leí en La Vanguardia lo siguiente: “El PP prepara cursos de deontología a sus cargos para evitar la corrupción”. Un párrafo bastará para hidratar la columna: “Tienen por objetivo inculcarles que cuando alguien pertenece a un partido debe tener unos comportamientos éticos estrictos, y que hay conductas que son rechazables y que no pueden llevar a cabo los cargos del PP: nepotismo, desviación de poder o saltarse procedimientos administrativos […] Sentencias como la de Matas o conductas como las que se pudieron oír en las grabaciones del juicio a Francisco Camps no deben existir en el PP”.

Será que no me doy cremas, pero tiene que estar jodida la cosa de la moralidad si hace falta decirle a un tipo que meter la mano en la caja está mal. Que pagar a periodistas para que les loen en los periódicos es de mal gobernante. O admitir regalos de “amiguitos del alma” con derecho a roce que a su vez reciben contratos de tu propia administración.

Se podrían haber ahorrado tanto curso y repartirles pulseras, que es muy de Oyarzábal o de politico pop, con el séptimo mandamiento. O ya que les van a poner profesores para que no sisen, que abran la inscripción a los cargos de PSOE, IU, CiU, PNV y demás, que todo es juntarse un poco. Además, como las aulas no serán de colegio público, seguro que no faltan ni sillas ni calefacción.

Ya imagino el sonido de la campana, esa algarabía del comentar las andaluzas, las sillas rechinando, los lápices volviendo a los estuches y la voz inaudible de ese profesor con cara de contable honesto: “No olvidéis escribir 100 veces para mañana: No especularé con planes de ordenación urbana”.

Me voy. Tengo cita con el dermatólogo…