Javier Giner: Un puñado de razones para leer a Javier Calvo


Porque acaba de ganar el premio Biblioteca Breve de Seix Barral con la apabullante El jardín colgante, uno de los mejores libros —con final atómico— que he leído en mucho tiempo.

Porque es un escritor magistral, malabarista y emocionante. Una pluma necesaria en el panorama yermo y aburrido de la literatura española “imperante”.

Porque Javier Calvo se arriesga. Y es oscuro y divertido y políticamente incorrecto y violento y necesario. Porque es un escritor de raza, indomable.

Porque Javier Calvo no es muy agraciado físicamente y en el 2012 se lleva apoyar a los feos y a los tullidos (Calvo está entero, doy fe). También se lleva apoyar a los emocionalmente convulsos, algo que estoy seguro que Calvo es.

Porque si lees sus novelas, descubres que tiene intereses de lo más originales.

Porque nunca la historia (la transición en El jardín colgante y la Barcelona de 1877 en Corona de flores) fue tan entretenida y venenosa.

Porque si Tim Burton, Samuel Fuller, David Lynch, Sam Peckinpack y Roger Corman hubiesen follado y dado a luz a un hijo, sería Javier Calvo. El niño les saldría contestón y rebelde, y decidiría dedicarse a la literatura porque ya había demasiados cineastas con sus cinco progenitores. Todo ello, como has podido adivinar, convierte a Javier Calvo en un freak.

Porque Javier Calvo es un freak, como lo fue Bolaño y Salinger y Burroughs y Vonnegut y muchos otros. Y a los freaks, criaturas mitológicas dueñas de un universo propio, hay que cuidarles con tesón, grandes dosis de cariño y muchísima admiración. Por mucho que te den miedo. Acuérdate de Eduardo Manostijeras. Cualquiera que sea capaz de expresar su interior con la fuerza para crear un mundo nuevo reconocible (imagínate lo que cuesta en una sociedad globalizada que tiende a la uniformidad forzosa) es digno de alabanza.

Porque si observas su mirada en las fotos que le hacen, entiendes que aún le quedan miles de secretos por confesar públicamente y que sólo podrá hacerlo a través de su escritura.

Porque Javier Calvo te lleva a lugares en los que jamás quisiste entrar. Pero, como te ha dicho tu terapeuta, es hora de empezar a enfrentarte a tus miedos y penetrar en el lado oscuro. Javier Calvo puede, si tú quieres, llevarte de la mano.

Porque Javier Calvo es gótico sin maquillarse ni llevar las uñas pintadas.

Porque Javier Calvo bebe.

Porque tiene uno de los blogs más interesantes de la actual narrativa española, un templo a la sorpresa, el punk, la literatura underground y las joyas por descubrir.

Porque si vuelves a tocar un libro parecido a El tiempo entre costuras, se te caerá la piel a cachos y no lo podrás solucionar ni con photoshop. Irás marcado de por vida y todo el mundo sabrá que lees babosadas de Planeta.

Porque la literatura española está ya muy vieja y trasnochada de Javier Marías, Pérez Reverte y demás fauna. Porque queremos novedad y que nos sacudan.

Porque estás desnutrido de tanto admirar a Chuck Palaniuk sabiendo que existe Javier Calvo, que te pilla mucho más a mano.

Porque Javier Calvo nunca lleva zapatos de punta ni pantalones blancos. Es un freak, pero no es hortera.

Porque Javier Calvo, cuando le entrevistan, da los titulares más sabrosos, cínicos y destructivos que he tenido ocasión de leer.

Porque esto es una columna y, como tal, una opinión. Y nace de la necesidad casi física de alabar públicamente el trabajo de este autor. Leí El jardín colgante y me quedé sin palabras. Corrí a devorar su novela previa Corona de flores, y volvió a ocurrir. Mundo maravilloso es aún mejor, un abrasador festín de la imaginación. Un milagro. Así que un domingo, recién levantado, camino del baño, somnoliento, tomé la decisión: o escribo algo sobre él o me muero. Y mi epitafio será parecido a: nunca escribió nada sobre Javier Calvo.

Porque a los grandes se les comparte. La mezquindad y la avaricia no son concebibles en la cultura. O no deberían serlo, al menos.

Porque me importa un rábano dónde me lleve Javier Calvo. Cuando le leo, me abandono. No creo que haya otra manera. Sus recovecos, inmorales, inasibles, indescifrables, siempre terminan en un lugar en el que yo nunca pensé. Ahí reside parte de su maestría.

Porque Javier Calvo es en mi vida lo que Orson Welles a El tercer hombre. Es ese personaje, aún más, esa presencia, de la que todo el mundo habla, que todo el mundo conoce, pero que no aparece hasta la última secuencia (en mi caso esto va mucho más allá porque Calvo se me mete en la cama a diario en forma de novela). Bien, yo estoy aún en mitad de mi película y no me lo he encontrado. Aunque estoy seguro de que poco falta para ello.

Porque no conozco un autor actual en nuestra literatura con mayor capacidad para dotar de nombre a sus personajes. Esto, que parece una perogrullada, encierra una ciencia generadora de incontables frustraciones. Confieso que creo que más difícil que escribir un novelón es encontrar un nombre para tu protagonista. Todos los personajes de Calvo son maestros indiscutibles de la nomenclatura. Estoy convencido de que robaré alguno de sus nombres en más de una ocasión. Sin que él lo sepa por supuesto. Un pequeño muestrario: el señor Bocanegra, Semproni de Paula, Menelaus Roca, Dado Blokium, Arístides Lao, Melitón Muria…

Porque la existencia de un escritor inclasificable, original y no por ello menos exquisito ni maestro, sólo puede traer de nuestra parte una actitud convencida, casi fanática: la celebración. Dejarle escapar, adorando a otras figuras, merecería el castigo eterno.

Porque siempre siento al leer a Calvo que se me escapan cosas. Me hace sentir tonto. Sus tramas están perfectamente hilvanadas, sin perder detalle, pero sé que entre las letras, en los espacios, este prestidigitador de la narrativa esconde secretos que sólo los más valientes saben cómo descubrir. Estoy seguro, vamos. Así que siempre, cuando cierro un libro de Calvo, me invade la sensación de ser imbécil, de no lograr desmenuzarlo hasta las últimas consecuencias. A eso yo le llamo magia. Tiene algo inasible, más grande que el objeto físico del libro, una oscuridad indescifrable. Un creador de universos y sensaciones de difícil explicación lógica. Calvo penetra, con todas las consecuencias, en lugares propios que desconocías, bien oscuros, violentos y desasosegantes como lo son las noches y los secretos inconfesables, o los instintos más animales.

Porque te lo mereces.

Porque él se merece que le leas.

Porque probablemente le importe una mierda si le lees o no.

Porque a mí me gustaría ser Javier Calvo. Y porque estoy seguro de que eso nos ocurre a todos los que escribimos.

Porque todos queremos ser Javier Calvo.

Porque queremos que viva de su literatura y que siga regalándonos novelones anfetamínicos e irreverentes como Mundo maravilloso, Corona de flores y El jardín colgante.

Y porque ya está bien de ver tanta puta televisión y de matar horas en Facebook y Twitter. ¿Quieres ser realmente moderno y rebelde? Pues coge un libro y pasa de todo. E intenta que sea uno de Javier Calvo. Hazte el favor.