Jordi Bernal: Es el jefe

 Para Xurxo, con amistad

En algunos momentos, más allá de los documentales de tigres y leones de la segunda, la televisión pública tiene razón de exisitir. Los 30 años de Bruce Springsteen en escenarios españoles. Básicamente barceloneses. Mantiene un rollo especial e intransferible con Barcelona. El tipo de New Jersey nunca me ha interesado demasiado, por no decir nada. Pero recuerdo aquel mediodía en el cual los chicos del barrio no teníamos más divertimento que apedrear el cuatro latas de Carmelo, el borracho que vivía dentro de un coche disfuncional en el descampado de la calle. Estábamos provocando a pedradas la ira del dipsómano sin techo, cuando de repente apareció de la nada un ciclomotor que se estampó contra una pared. Una escena de surrealismo suburbial. Era un chaval que llevaba un montón de pósters y un cubo con cola. Se había perdido. Le ayudamos a levantar la moto y nos congració con un montón de pósters. Se trataba de la gira de 1988. Llevé el póster a casa. Mi hermano (springsteeniano de pro) tenía entrada para ese concierto y colgó la sábana con la efigie del rockero culturista en nuestra habitación, aun a sabiendas de que un rocker no debe ser culturista, aunque sí tendría que ser culteranista. Me pongo de ejemplo máximo.

No supe más del Boss hasta conocer a Jep, que es un conocido fanático de su discografía y de su persona. He intentado que me gustaran sus canciones. Me puede, tal vez, cierto asco por los que van de simpáticos seguidores de Bruce. Por ejemplo, Manuel Fuentes, máximo fan de Springsteen en España, me consta que es un déspota con los trabajadores/periodistas de su programa subvencionado. Así que no me creo la bondad risueña de los aporreadores de la Fender. Y bebedores de coca-cola.

Pese a todo, de vez en cuando recupero esa caja maltrecha de cinco discos de mi hermano. Y en el tocadiscos diplodocus calzo una canción. Rosalita. Una maravilla del Rock’n’Roll. En cinco minutos narra la ilusión ilusa de un chico de barrio que tiene una banda. Entiendo al querido escritor Jordi Amat cuando disecciona Thunder Road (una canción cuyo verso más trabajado literariamente dice: “Roy Orbison canta para los solitarios”. Todo lo demás es pajilla). Rosalita sintetiza lo mejor de la apuesta musical de Bruce: la espontaniedad, la energía, la autenticidad, cierta gracia a la hora de pergeñar letras, una capacidad encomiable para convertir el austero rock en un espectáculo pirotécnico de canchas deportivas y una sonrisa perenne. La del tipo que se lo ha currado y mantiene una ética profesional intachable.

Algunas veces, ya digo, recupero aquella caja polvorienta del armario olvidado. Y, como diría el querido Cristian Campos, toco la guitarra imaginaria. Yo siempre toqué una Gibson. Pero, esta vez, hago una excepción y me lo monto de Fender. Al fin y al cabo, tengo una banda de Rock’n’Roll.

Y Bruce es el Jefe. Nadie lo dude.