Tsevan Rabtan: El golpe

Un doctorando presenta su tesis sobre responsabilidad civil. Comenta cierto artículo del código civil húngaro, en su exposición. Un reputado catedrático, tras alabar su trabajo, sin embargo, matiza: “En su análisis de la responsabilidad civil en el derecho húngaro, imagino que ha trabajado usted con la traducción del francés realizada por el famoso profesor X. Yo considero más apropiada la traducción inglesa, que refleja mejor el espíritu de la norma …”. En ese momento, el doctorando, heroico, responde: “No, he trabajado con una traducción directa efectuada por mi vecino Pancho Puskas”.

Naturalmente, es posible que la traducción directa de Pancho Puskas fuera técnicamente menos acertada que una traducción que había pasado previamente por el inglés. También es posible defender que traducir de una traducción puede dar un resultado mejor que una traducción directa del idioma original: en cierto sentido, ésa fue también la excusa que dio la editorial del Ministerio de Defensa cuando al traducir De la guerra de Clausewitz utilizó no el original en alemán, sino una traducción inglesa. Por eso nunca creí el rumor de que el traductor de alemán salía más caro y que, para justificar el ridículo, tuvieron que ponerse a hablar de prólogos estupendos y notas al pie. Al fin y al cabo, el alemán es una lengua casi desconocida.

Estos ejemplos de mediación son muy españoles: se basan en la presunción, la vanidad y la ausencia de la más elemental vergüenza. Y podemos añadir otro ejemplo más, el basado en el trinque. Hace unos años, un señor italiano compraba un edificio en Madrid. Yo acudí como abogado de uno de los vendedores. La escena fue muy divertida: allí había varios abogados de los vendedores, uno del comprador, varios agentes inmobiliarios diferentes, un apoderado de un banco, un administrador de algo, dos gestores e incluso un señor que no terminé de identificar y que no recuerdo que abriese la boca. El señor italiano venía con un cheque y una cantidad muy importante de dinero dentro de un maletín. Su abogado abrió el maletín y empezó a repartir el dinero entre todos los que estábamos allí, incluyendo al silente. El italiano lo contemplaba todo con una mezcla de sospecha y —creo que podría decirse— admiración. Estaba presenciando una escena de ésas que salen en los libros de antropología.

Hoy —y esto es algo que podremos contar a nuestros hijos— estamos asistiendo, en patio de butacas, a la representación más excelsa que pudiéramos imaginar de este rito español. Las cajas de ahorros, que nacieron como reacción al negocio bancario, lugares en los que empeñar las joyas de la abuela y que no pagaban interés, se transformaron en falsos bancos, llenos de señores silentes que extendían la mano. Si nadie te pregunta por qué cobras, no vas a ser tan maleducado de preguntar por el lugar de donde sale el dinero. Hicieron negocio, pero eso era bueno porque las cajas eran de todos —nos decían—. Preguntar por los créditos y las condonaciones habría sido como traducir directamente del húngaro. Mejor que los balances fueran traducciones de traducciones, porque eso es mucho más rentable. Cuando la cosa empezó a ponerse fea, como consecuencia de la funesta manía de preguntar de algunos de los que nos prestaban dinero, alguien pensó que lo mejor era ir desapareciendo de escena. “Mire usted, señor cliente, esta Caja es de una viuda; la compró el marido, pero murió en seguida y nunca salió del garaje”. Ya eran bancos, cada vez más enormes y con una tripa más podrida, y el balance de la fusión era una traducción de una traducción de una traducción. Todas las cantidades ingentes de pequeñas irregularidades y pequeñas falsedades, unidas, acumuladas y empaquetadas, como aquellas subprime de bonitos nombres. Ahora nos dicen que esos bancos privados no valen lo que se supone valían, que hay una desviación de unos cuantos miles de millones de euros, que si la evolución, que si las exigencias de provisión, que si no se les puede dejar quebrar. Y los mismos con las mismas caras de mármol que se sentaban a cobrar y firmar que todo estaba bien, nos explican que esos bancos privados hay que hacerlos públicos para salvarnos a todos de la ruina. Y que no es culpa de nadie, que es lo que tienen los procesos económicos y los balances, que son flexibles. Durante cuatro años algo ha cambiado para que todo siga igual. Eso sí, en el proceso se han ido nuestros ahorros.

Lo peor de todo, además, es que tienen razón, y ahí radica su maestría. No podemos dejar que caigan.

Omnes gentes, plaudite manibus.