Javier Gómez: Tontos que perseveran

Llegué a pensar que la intervención en Irak era positiva. Un taxista en La Haya me convenció de ello. Se llamaba Mohamed, era iraquí y había sufrido a Sadam Husein en sus propias carnes, algo crucial que lo diferenciaba de todos los intelectuales con columna en página 3. Era un taxi amplio, incómodo y sin amortiguadores, un poco como nuestras varias conversaciones en aquel fin de semana de reportajes. Me contó cómo se exilió para no ser torturado. Cómo su madre, en aquel fin de semana de elecciones, “se disfrazaría como un perro si era necesario y arriesgaría su vida” solo para ir a votar. Y cómo su pueblo sabía que tenía que haber muertos como peaje de la libertad. “No entiendo una cosa”, recuerdo que me dijo, en su inglés de consonantes a trompicones, “¿por qué nuestros muertos os importan más a vosotros que a nosotros?”

Todavía me cuesta estar en contra de que se deponga a un dictador, llámenme intervencionista. O, al menos, reconozco que me cuesta darle lecciones a Mohamed de lo que es bueno para su pueblo. Pero, políticamente, la intervención en Irak fue una burda mentira, un desastre estratégico y una cadena de infantiles errores políticos. Y todo se explica por una causa: la incapacidad de reconocer el error sobre las armas de destrucción masiva. Un error que se repite sin cesar en la Historia: la dificultad de los Gobiernos para rectificar y adaptar su análisis al paisaje que contemplan, no al que habían prediseñado. Tony Blair llegó a decir: “No fue malo entrar en Irak, sino hacerlo por el motivo equivocado”. En vez de invocar los derechos de los iraquíes, se inventaron las armas de destrucción masiva.  Donde los líderes mundiales mejor asesorados la habían cagado, Mohamed había dado en el clavo.

Los tiempos no han cambiado. Los Gobiernos son ciegos por naturaleza. Europa presta dinero a un Estado para que lo reparta a sus bancos y los avale si no lo devuelven, pero Rajoy se niega a llamarlo rescate. El pobre cree que lo hace por su bien. Intuye que mentir le beneficia políticamente. Sus paleolíticos asesores así se lo dirán. Supongo que son los mismos que le dijeron que no presentara los presupuestos recién elegido, sino que esperara a las elecciones andaluzas. Que eso de la credibilidad internacional son paparruchas. Mariano y sus asesores deberían leer The march of folly (La Marcha de la locura), un ensayo de Barbara Tuchman, publicado en 1985, que analiza por qué la “insensatez” es la constante más repetida en el Gobierno de los pueblos desde la antigua Troya.

Tres ingredientes convierten a una política en insensata, según Tuchman, y léanlas pensando en el famoso “rescate”: debe ser percibida como contraproducente en su época; deben haber existido alternativas viables antes de aplicarla; debe haber sido dictada por un Gobierno o una sucesión de Gobiernos. ¿Quién empezó a liberalizar suelo con vehemente frenesí? Aznar. ¿Quién siguió, abrazado al maná que escupía la cementera? Zapatero. ¿Quién, ya estallada la burbuja inmobiliaria, prometió liberalizar más suelo como remedio? Rajoy en la última campaña electoral.

¿Quién dejó que los bancos se convirtieran en los promotores inmobiliarios de España, y las cajas en los Medici de las comunidades autónomas? Aznar. ¿Quién profundizó en ello permitiendo fusiones como Bankia y no les ajustó las tuercas contables? Zapatero. ¿Quién defiende hoy esa política y se niega a investigar a sus antecesores? Rajoy.

Tuchman da dos explicaciones a estos comportamientos: los Gobiernos se autoengañan y, además, son testarudos. Se creen una realidad propia y se obstinan en no cambiar de plan. Son, por definición, lo contrario a un ente racional. En su ensayo, analiza la estupidez de los Troyanos introduciendo el caballo de madera de los aqueos; la ceguera por el lujo de los papas del Renacimiento (Borgias y Medicis) financiaron las grandes obras de Miguel Ángel, Tiziano o Rafael mientras sus pueblos morían de hambre y hervían de insatisfacción; la incapacidad para reaccionar y conciliar de Jorge III cuando Gran Bretaña perdió Estados Unidos o la de los gobernantes americanos en Vietnam por puro orgullo. Erraron en la geopolítica, a la hora de dimensionar la importancia e influencia de Vietnam, que sigue siendo una dictadura dizque comunista en 2012, por cierto; erraron en lo militar, obstinados en que su fuerza podía machacar a los vietnamitas y erraron en lo político. Todo se explica por esta frase de Nixon, en 1969: “No voy a ser el primer presidente que pierde una guerra”.

Los niños se creen sus propias mentiras y los Gobiernos, su propia propaganda. Anteponen la pasión a la razón y se nublan por su  “sensación de omnipotencia”. Ven “hilillos de plastilina” donde hay catástrofes ecológicas, “brotes verdes” en un marasmo de recesión y “líneas de crédito” donde no hay más que un rescate de emergencia para que no colapse el sistema bancario.

Pongamos incluso que Rajoy ha tomado las decisiones adecuadas. Entonces, ¿por qué no asumirlas, reconocer su verdadera identidad y explicarlas? ¿Investigar los errores del pasado y cambiar las leyes que los han permitido? Rajoy ya ha entrado en su Irak particular. Hace unas semanas fue capaz de anunciar públicamente : “La situación ya se ha resuelto”. Bush, Blair y Aznar también habían encontrado las armas de destrucción masiva.