Las siete vidas de Rafa Nadal

Lo que acabamos de contemplar en Roland Garros es Historia. Y no solamente porque se haya roto un récord que —antes de la llegada de Nadal y tras la lesión de Gustavo Kuerten— se antojaba inatacable. A muchos les parecerá lógico que Rafael Nadal haya ganado un nuevo título. Quizá sea lógico, pero algunos no lo teníamos tan claro. Bien podría haber sido de otro modo. Porque la carrera del tenista español estaba en una encrucijada histórica.

En fútbol solemos escuchar a menudo expresiones como “partido del siglo” o “clásico”, con frecuencia aplicadas a competiciones estrictamente nacionales y partidos cuya repercusión en la tradición, en lo que estudiarán los futuros historiadores deportivos, será escasa o más bien nula. Pero el producto que vende mucho y pretende vender todavía más puede permitirse el lujo de la hipérbole falaz. Así, el fútbol puede fingir que cada partido es vital aunque no lo sea, o que es un hito de cambio aquello que no es más que pura rutina, cuando la verdad es que en balompié muy pocas veces se hace Historia, al menos de la universal, de esa con mayúsculas y letras de oro. Siendo justos, podríamos decir que esa Historia se hace en los campeonatos mundiales de fútbol y poco más.

En tenis, sin embargo, se llevan ya unos años esculpiendo hito tras hito en lo que también era una larga tradición, como mínimo desde la fulgurante aparición de Roger Federer, ese fenómeno inexplicable que ha marcado un antes y un después en el deporte de la raqueta. En la última década hemos podido ser testigos de no pocos partidos que, sin necesidad de hipérbole alguna, nos daban la sensación de ser puntos de inflexión que iban a marcar el futuro del tenis. Eran Historia. Muy particularmente algunos de los enfrentamientos entre Federer y el español Rafael Nadal: cruentas batallas en una larga guerra psicológica que a veces fue asombrosamente brillante en lo tenístico y a veces no tanto, pero que casi siempre resultaban apasionantes porque sabíamos lo que había en juego. Esa guerra psicológica, de trincheras y de desgaste, fue en última instancia perdida por Federer. El suizo —como en Astérix y Obélix— tiranizó a toda la nación del tenis excepto una pequeña aldea que decidió resistir al invasor; esa aldea, llamada Rafa Nadal, tardó años en darle la vuelta a las tornas pero finalmente lo hizo porque estaba decidido a conseguirlo a toda costa. Nadal se garantizó un lugar en la posteridad desde el momento en que se convirtió en el único rival que pudo jugarle de tú a tú al Más Grande, e incluso tumbarlo, cuando el Más Grande estaba en lo mejor de su juego. Con el tiempo a su favor y con la ventaja mental completamente de su lado, Nadal terminó por auparse finalmente al número uno, en detrimento de ese otro tenista al que nadie niega otro número uno, el de la Historia.

Pero esa historia, la del tenis, es caprichosa y cambiante. Novak Djokovic estaba ahí para amargarle la fiesta al mallorquín. No es que esto fuese exactamente una sorpresa; algunos consideraban al serbio —que ya había ganado un título grande— una bomba de relojería, un supercampeón en ciernes cuya eclosión definitiva era meramente cuestión de tiempo. Y así fue. Djokovic estalló y se lo llevó todo por delante, incluido un Rafa Nadal a quien “Nole” infligió las mayores humillaciones de su carrera, en forma de una serie ininterrumpida de finales perdidas que hubiese hecho sangrar incluso al endurecido Jimmy Connors. Y esto ponía la carrera triunfal de Nadal en serio peligro. Así, como suena.

Nadal, de hecho, había dado ya alguna muestra del inevitable cansancio de la competición; los tenistas que empiezan a ganar muy jóvenes suelen quemarse también muy jóvenes. Esto es, con pocas excepciones, un hecho probado. Veinticinco años podrían parecer pocos para un deportista de élite, pero por citar un ejemplo que viene muy al caso: a esa misma edad el gran Bjorn Borg estaba hastiado del tenis, a un paso de la retirada definitiva. El nivel competitivo de Borg a esa edad era todavía muy bueno, similar al del Nadal de 2012: de hecho, en 1981 Borg ganó un título grande y jugó otras dos finales. Pero haber perdido tres grandes finales frente a su nueva Némesis, el fenómeno emergente John McEnroe, terminó de minar la determinación del joven astro sueco. Borg entendió que de camino a los veintiséis años su reinado estaba avistando el ocaso, con el casi imbatible norteamericano alzándose frente a él en las superficies rápidas y con un amenazante Ivan Lendl que, si bien todavía no había conseguido arrebatarle la corona en Roland Garros, sí anunciaba que le podría poner las cosas muy, muy difíciles en el futuro. Después de ocho temporadas en lo más alto, a Bjorn Borg sólo le restaba la caída —lenta o rápida, pero caída al fin y al cabo— así que, pensando que de la cumbre sólo cabe descender y harto de haber entregado tanto tiempo y esfuerzo a la competición, decidió tirar la toalla cuando físicamente le quedaban varios años de plenitud. Pero esto es tenis: el físico no lo es todo. La mentalidad juega un papel igualmente importante. Sin la actitud correcta no se puede ganar. Y con los años de triunfos la actitud suele ser la primera en erosionarse.

Fueron ocho años los que transcurrieron desde que un Borg adolescente empezó a acumular títulos hasta que los primeros nubarrones asomaban por el horizonte. También ocho años tardó en llegar el declive de Roger Federer. Y ocho años son precisamente los que lleva Rafael Nadal en la cumbre.

No es una cifra científica, eso sí. Ha habido campeones más longevos. Pero… no muchos.

Y como decimos, la mente competitiva sufre desgaste, a veces más que el propio cuerpo. Tras quebrantar el espíritu de Roger Federer —contra ningún otro jugador se vio al suizo vencido de antemano tantas veces ya al salir del vestuario—, Nadal notó cómo su propio espíritu, ya algo resquebrajado por el hastío de combate, era ahora quebrantado a su vez por Novak Djokovic, el único jugador del mundo que conoce el secreto para anular al español una y otra vez. Tras años de dura pugna por obtener el nº1, lo perdía al poco de conseguirlo, a manos de una bestia negra balcánica que no mostraba signo alguno de piedad por el mallorquín. ¿Saben ustedes cuántas veces en la historia del tenis un jugador se ha recuperado de una situación semejante? Muy, muy pocas. La pérdida de la corona, o aun la mera posibilidad de perderla, hace flaquear al más pintado. Por ejemplo, Federer no volvió a oler la victoria frente a Nadal en una final de Grand Slam desde aquel antológico partido de Roland Garrós, en 2008, cuando Nadal lo barrió literalmente de la arcilla parisina. Aquel partido supuso una humillación tal que marcó el sino de las futuras grandes ocasiones entre ambos: desde entonces Federer ha perdido las otras tres grandes finales que le han enfrentado al español. Así pesó aquel partido, aquella humillación, sobre su confianza en sí mismo. Y es todo, o casi todo, cuestión mental. El tenis es un juego donde la psicología es importantísima, como en cualquier deporte individual que requiera, además de precisión y concentración, unas considerables dosis de fe en uno mismo. Muchos tenistas técnicamente capacitados para ganar han perdido partidos antes incluso de pisar la pista porque no creían lo suficiente en sí mismos. El ciclismo tiene los puertos de montaña y las “pájaras”; el tenis tiene los rivales que se te atraviesan y contra los que no sabes, o crees no saber, cómo vencer. La actitud gana y pierde más partidos que el servicio, la derecha y el revés. Que se lo digan a Guillermo Coria, el argentino que se quedó sin su título de Roland Garros… aún no sabemos por qué.

Lo que trato de decir es que el momento psicológico en que Nadal ha afrontado este torneo debía de ser, por decirlo suavemente, peliagudo. El deporte individual, y el tenis especialmente, es así: una vez sientes que la Historia te ha vencido y que tu momento ya ha pasado, resulta casi imposible volver a creer en ti mismo. A Pete Sampras, con el vértigo de la cuesta abajo, le supo tan a gloria su último y relativamente inesperado título del US Open, que decidió aprovechar la ocasión para retirarse en lo más alto. Porque incluso siendo el campeón vigente resultaba obvio que no se consideraba capacitado para repetir el éxito. Hasta ese punto lo puede todo la falta de confianza.

Todo esto debería servir para conferir un mérito añadido a la victoria de Rafael Nadal en ese útlimo Roland Garros, una victoria que ha llegado remando contra la corriente psicológica frente a un rival que venía montado en canoa y descendiendo unos rápidos. Porque no hubiese sido nada extraño —es más, hubiese resultado incluso comprensible— ver a Nadal sucumbiendo ante la falta de fe y ante un Djokovic en su mejor momento. Un Djokovic que venía a por el único gran trofeo que falta en sus vitrinas, después de haber ganado los otros tres de manera consecutiva… e incontestable. Nadal quería hacer Historia superando los seis títulos en tierra que acumulaba Bjorn Borg. Djokovic quería hacer Historia uniéndose al selecto club de hombres que han ganado el Grand Slam y que (lo siento por Rod Laver) lo han hecho en superficies diversas, como acaba de hacer por cierto Maria Sharapova en la competición femenina. Ambos querían marcar un hito, pero uno venía renqueante y el otro con la pistola cargada. El viento, qué duda cabe, soplaba a favor de Djokovic. Porque el serbio, digámoslo, no le tiene miedo a nadie. No queda ni rastro de aquel tenista inmaduro que flaqueaba a las primeras de cambio en cuanto las cosas no le iban bien durante un partido. El Novak Djokovic de 2011/12 se ha convencido que puede vencer a todos en todas partes, después ha puesto esa hipótesis en práctica, y eso es el arma más peligrosa de la que dispone cualquier tenista: la fe absoluta en sí mismo. Ese arma de la que Nadal ya no gozaba.

Pero esta vez Djokovic no ha podido. Quizá por efecto de la sorpresa, ha flaqueado otra vez cuando ha comprobado que ante él tenía al Nadal de los mejores tiempos, en un partido donde ambos aspiraban a obtener una gloria universal reservada a los elegidos. El séptimo Roland Garros es una meta única y Nadal sabía que no estará ahí siempre para intentar obtenerla. Aún es joven, sí, pero ya no puede quemar demasiadas ocasiones de romper grandes récords. Entre otras cosas porque Djokovic no va a desaparecer del mapa y no va a dejar de ser un portento capaz de barrer de la pista a cualquiera, aunque se llame Rafa Nadal. Así que Rafa ha jugado mirando más allá de su temible rival, y eso era precisamente lo que necesitaba hacer. Ha jugado mirando más allá de Djokovic, al porvenir, a lo que los libros dirán sobre él en el futuro; ha jugado mirando a su fotografía por encima de la de Bjorn Borg. Y claro, haciéndolo así, ha vencido.

Ha sido toda una hazaña. En mi opinión, este ha sido el título de Slam psicológicamente más meritorio de su carrera, después del primero y después de aquella victoria en el inhóspito US Open a cuyo trono no parecía especialmente destinado. Porque este Roland Garros 2012 ha supuesto emerger de debajo del yugo de Djokovic, tarea nada fácil: Federer no consiguió escapar del yugo de Nadal, y el suizo no tiene menos talento y determinación que el español. Si acaso, tiene aún más. Pero el mallorquín lo ha hecho. Y ya vemos con qué despliegue de euforia lo ha celebrado, sabiendo la enormidad no ya de la marca que ha establecido, sino de la magnitud de la misión misma y su dificultad. No sólo ha hecho Historia, esto lo ha ayudado a resucitar. Ahora sabe que puede volver a ganar a Novak Djokovic en una gran final. No será fácil, no sucederá siempre, incluso es posible que suceda las menos veces. Pero vuelve a ser posible. Y eso es todo lo que Rafa necesitaba saber. Francamente, no me extrañaría que en lo más hondo de su espíritu de competición hubiese llegado a olvidarlo. Nadal también es humano, y el Djokovic de 2011 podría haber hecho añicos la autoconfianza de cualquiera.

Así que el récord de Borg no ha sido lo único que se ha roto esta semana sobre la arcilla de París. Se ha roto también un maleficio, un “efecto Djokovic” que empezaba a parecerse muy seriamente a aquel “efecto Federer” que asoló la competición masculina durante años y contra el que nadie, excepto Nadal, parecía tener antídoto.

Eso sí, no podemos olvidar que el territorio del otrora vasto Imperio de Nadal —sobre el que no se ponía el sol en el 2010— ha retrocedido. Como en sus primeros años, Rafa se ha visto confinado a reinar solamente en tierra, abandonando el resto de superficies a su más directo rival. El 2012 se parece al 2007, sólo que hoy el manacorí tiene muchos más kilómetros en las piernas y muchas más horas de esfuerzos a sus espaldas, así como menos metas que alcanzar… y las que tiene son más difíciles. Va a necesitar mucha más determinación para revertir la actual situación de la que necesitó entonces, cuando no tenía tanto que perder y sólo podía ascender. Porque ya no es el caballo que viene de atrás, sino el caballo que intenta no quedar rezagado tras haber ido en cabeza.

Pero lo volvemos a repetir: ahora vuelve a ser posible. Djokovic ha sufrido un toque de corneta, lo cual podría despertarlo —eso sería malo, desde luego— o por el contrario podría hacerlo dudar de sus posibilidades. Lo sabremos a no mucho tardar. Si no ocurre nada extraño, o si Federer no decide reflotar, o si Andy Murray no convierte en realidad lo que hasta ahora es una sorda —pero sólida— amenaza y tumba finalmente a Djokovic, el serbio y el español deberían repetir como finalistas en el próximo Slam, Wimbledon. Es lo más probable y lo más deseable. Es el partido que todos querríamos ver, porque es el que enfrentaría a los dos mejores del momento en otra encrucijada histórica, en otra batalla de esta nueva guerra mental… la segunda gran guerra de la era Nadal. Y ahí comprobaremos qué efecto ha tenido esta victoria en París sobre la historia del tenis. Si Djokovic se deja doblegar también en Inglaterra, que empiece a preocuparse: Nadal tendría un nuevo desafío a la vista, esto es, intentar alcanzar los dieciséis títulos del Divino Federer. Eso, ahora mismo es una meta lejana. Pero con un título en Londres sería un objetivo algo más razonable. Y lo que parece razonable ayuda a estimular la fe y la ambición. Y la fe y la ambición son lo que ganan partidos de tenis.

Tal y como yo lo veo, tenemos tantos motivos para ser optimistas como para ser pesimistas con respecto a Wimbledon. Dicho de otro modo: la cosa está “fifty-fifty”, así que mejor optar por una visión positiva. Nadal puede hacerlo. No será fácil. No será agradable. No será cómodo. Pero hace tan sólo unos meses estaba empezando a parecer sencillamente imposible.

El séptimo Roland Garros de Nadal ha sido como la séptima vida del gato. Ha resucitado y si cae panza arriba podrá hacer daño a cualquiera. Ahora queda saber cuántas vidas le quedan a Novak Djokovic. Es muy simple: en la próxima final que jueguen, la banda sonora debería ponerla Ennio Morricone. Porque será el duelo que decida hasta dónde llega la carrera de cada cual. Y eso, una vez más, será “history on the making”. No puedo esperar.