Chapeau, Mr. Federer

Lo ha hecho. No es que fuese algo que pudiésemos calificar de “impensable”; es más, entraba dentro de lo posible e incluso de lo perfectamente razonable. Pero seamos sinceros: que levante la mano quien al terminar Roland Garros no anticipaba un Wimbledon en formato de revancha en el que Novak Djokovic y Rafael Nadal iban a jugarse la supremacía mundial mientras los demás, incluido Federer, miraban desde primera fila. Pero el tenis te da sorpresas, o mejor dicho, a veces nos dejamos llevar por la costumbre y tendemos a pensar que el statu quo del último torneo va a prolongarse al siguiente. Y no siempre es así, como bien ha probado este Wimbledon.

Primero, Nadal protagonizó una de esas sorprendentes salidas por la puerta de atrás que dentro de veinte años la gente analizará con extrañeza cuando repasen las enciclopedias tenísticas. Fue eliminado en segunda ronda por un modesto jugador de la previa, el sonriente checo Lukas Rosol, en un suceso que revivió súbitamente las dudas sobre el mallorquín, su estado físico y anímico. El checo ya estará planeando cómo contarle la historia a sus nietos, porque dudamos que vuelva a verse en alguna similar. Ya de paso, además de garantizarse una anécdota gloriosa para la jubilación, Rosol allanó el camino para Federer: si hay un jugador sobre la faz de la Tierra a quien el suizo teme encontrarse, ése es precisamente Nadal. Con el español fuera de Wimbledon, había un obstáculo menos.

Después, Novak Djokovic fue más bien algo inconsistente ante el propio Federer, y terminó siendo despachado sin grandes problemas y con mucha menos lucha de la prevista. El serbio está experimentando la comprensible resaca después del atracón de éxitos que lo situó en el trono, y la verdad es que resulta lógico que no haya podido mantener la misma intensidad sobrehumana que durante meses lo convirtió en una apisonadora intocable. Aun así, su derrota frente a Federer en la catedral de Wimbledon fue sorprendente; no por la derrota en sí, ya que cualquiera puede perder contra Federer en un momento dado. Sino porque uno hubiese anticipado más sangre en la batalla. El triunfo de Federer sobre Djokovic no fue exactamente quirúrgico, pero casi. Conclusión: el serbio no estaba al 100%.

Ya en la final, Federer se las ha visto con el cuarto en discordia —que por el momento permanece ahí, en el limbo de la discordia, sin  paladear el triunfo—, el escocés Andy Murray. Jugando ante su propio público y después de tres finales de Grand Slam perdidas, parecía que para Murray podría haber llegado finalmente la hora del resarcimiento. Y sin embargo ha vuelto a caer en la última instancia, para desesperación suya y decepción de sus seguidores británicos, quienes llevan décadas y décadas aguardando a que uno de los suyos les dé por fin una alegría. Ya depositaron esperanzas —a veces más allá de lo razonable— en el elegante Tim Henman, aquel tenista que jugaba tan bonito que parecía merecer ganar un grande… pero no siempre hacerlo muy bonito es equivalente de hacerlo mejor. Ahora, con Murray, los británicos tienen la versión opuesta: un tenis menos elegante pero más eficaz, que combina su potencia natural con el pragmatismo que el escocés aprendió en su paso por España. Pero ni por esas. Ya son cuatro finales de Gran Slam para Murray jugadas en balde, despertando la sensación quizá injusta pero inevitable de que podría no estar hecho para las grandes ocasiones. Un trago amargo; pero no debería desanimarse: lo mismo le sucedió a Ivan lendl en los primeros años de su despegue. También perdió las primeras cuatro primeras finales en que se presentó, protagonizando un enervante periodo de tres temporadas de frustración que bien podrían haberlo llevado a rendirse. Pero no lo hizo y el checo se hizo con la quinta final. Y, no sin problemas, continuó peleando hasta reunir una impresionante colección de ocho grandes títulos. Lendl es un buen ejemplo a seguir. Como Murray, tenía un juego considerado pragmático y una personalidad que no enamoraba, pero al final lo que cuenta es que la pelota bote dentro de la línea lo más lejos posible del rival, y el escocés sabe cómo hacer precisamente eso. Eso sí, va a tener que enfrentarse a las dudas pronunciadas en voz bien alta y en el Reino Unido más que en ninguna parte, hasta que consiga dar la campanada.

Y después está Roger Federer, el jugador más grande de todos los tiempos, al que teníamos un tanto “olvidado” en mitad del choque de sables Djokovic-Nadal y de las eterna venida de Andy Murray. En los últimos tiempos el suizo parecía más apagado, como tratando de digerir su reciente condición —que ya no era tan reciente— de comparsa ante la nueva bicefalia que dominaba la ATP. Su resurrección ha sido inesperada, pero más por salirse del guión planeado de antemano para Wimbledon por muchos de nosotros, que por el hecho de que Federer no tuviese (evidentemente) las condiciones para ello. Es más, cabía esperar un canto de cisne de Federer tras alcanzar la treintena, o incluso más de uno: no sería el primer gran campeón en obtener triunfos tardíos, y para colmo, su estilo de juego, basado en una técnica exquisita que le permite no castigarse físicamente, es el más indicado para prolongar estos momentos de gloria en el tiempo. La cuestión es que se ha anotado su séptimo Wimbledon de manera convincente (4-6,7-5,6-3,6-4) ante Andy Murray y ha recuperado el número uno. Creo que casi nadie lo esperaba en este momento, pero una vez ha sucedido tampoco hay motivos para el asombro. Este jugador, en sus tiempos de mayor gloria, sometió la competición a una dictadura que duró varios años y que no tenía ningún tipo de precedentes, al menos en la era ATP. Estuvimos mucho tiempo hipnotizados por su capacidad para ganarlo todo y a todos —excepto, de vez en cuando, a Nadal— con ese estilo de manual y esos golpes imposibles de los que, en sus mejores años, había seis o siete en cada partido importante.

El que ahora haya aprovechado un relativo relajamiento en la cumbre para volver a sentarse en el trono tiene bastante sentido. Quizá estábamos mirando a otra parte, pero quién más indicado que él mismo para asomar la cabeza cuando Djokovic y Nadal están mirándose los respectivos ombligos, cada cual con sus problemas de reajuste. Un campeón tan grande como Federer no puede declinar sino gradualmente, y habrá nuevos momentos de ostracismo como habrá —lo acaba de haber— momentos de triunfo. Este es, pues, un día feliz para el tenis, sea cual sea la nacionalidad de cada cual. Más allá de las banderas y de apoyar al jugador de casa, todos los aficionados al tenis son —o deberían ser— ante todo fans de Roger Federer. El que Federer se resista a la decadencia es una gran noticia. Sabíamos que aún tenía cosas que ofrecer, lo que no sabíamos es cuándo las ofrecería o incluso si le quedarían ganas de hacerlo.

Ahora bien, ¿cuánto durará este retorno al trono? Previsiblemente, no mucho. Quizá hasta final de verano y el US Open, pero incluso eso resulta dudoso; lo veo con más posibilidades para el WTF, el antiguo “Masters” de cierre de temporada. De todos modos, los vaticinios son cosa de magia tanto como de lógica; la verdad es que cualquier cosa puede suceder e incluso aunque usemos todo nuestro sentido común proyectando el futuro, los resultados finales dependen de muchas circunstancias. Aún más en temporadas como esta, cuando todos los jugadores de la cumbre tienen, cada cual a su manera, motivos de intranquilidad. Así que el suizo podría, por qué no, coronarse también en Nueva York. No lo preveo, francamente, pero no soy infalible ni mucho menos adivino y no me resultaría nada chocante si finalmente sucede. Posible, lo es. Lo único cierto, y lo digo incluso ahora en plena vorágine de su triunfal vuelta al número uno, es que Federer ya no depende de sí mismo como sucedía en sus mejores años. Lo que haga en el US Open dependerá en buena parte del estado con el que lleguen al torneo Djokovic y Nadal.

El serbio, en su mejor versión, es prácticamente intratable. Es más joven, está en los mejores años de su carrera y si pone el pie en la pista con hambre, incluso el divino Roger Federer va a tener que estar en un día afortunado para detener el vendaval. La cuestión es, ¿se volverá a encontrar Djokovic a sí mismo antes del cuarto y último Slam del año? Debería, al menos si quiere conservar parte de ese aura terrible que cultivó durante su explosión del año pasado. Los años centrales de la carrera de un jugador no son para desperdiciarlos con dudas o idas y venidas. Djokovic es más joven, sí, pero tampoco es eterno y tarde o temprano se verá también en la cara opuesta de la montaña. Podría suceder cualquier cosa. Incluso que Murray termine de pillarle la medida, lo cual sería un considerable engorro en la carrera del serbio porque lo único que le falta a Murray es terminar de creérselo. Lo decimos siempre: Nadal se lo hizo a Federer. Djokovic se lo hizo a Nadal. Y quién sabe, Murray podría hacérselo a Djokovic. Es el ecosistema del tenis, que nunca se detiene.

Y ya que hablamos de Murray, ¿qué podemos esperar de él ahora? Es el mejor del pelotón restante, y más con Del Potro en el limbo. Seguro que llegará a más finales, y posiblemente ganará alguna si es que no flaquea y sus esperanzas no se derrumban antes. Porque sobre él pende precisamente esa incógnita: aún no lo hemos visto ganar un título grande, así que no sabemos exactamente cuáles condiciones se requieren para que lo haga. Él mismo debe de estar preguntándose qué demonios ha de hacer para ganar una final y seguramente tenga pesadillas en las que pierde un torneo tras otro. Hace varios años que a Murray sólo le hace falta encender el botón de “modo ganador” —como hizo Djokovic— y si lo consigue, el panorama podría cambiar considerablemente. Va a ser una cuestión mental, más que nada. Y Murray tiene la capacidad competitiva y el juego para hacerlo; sólo falta ese “clic” que distingue a un finalista crónico de un campeón.

Más incierto es todavía el papel que jugará Rafael Nadal, quien tras darnos una alegría sobre su superficie favorita, ha vuelto al estado anterior: esto es, a que nos preguntemos qué le sucede y si no está quemándose lentamente después de tantos años de competición. Tampoco podemos decir que el cemento del US Open sea el escenario ideal para que el español se rehaga con otro título, aunque tratándose de Nadal nunca hay que descartar ninguna posibilidad, por ilógica que parezca. Pero tampoco él dependerá de sí mismo en Estados Unidos: si Djokovic aparece con la quinta marcha puesta, el mallorquín va a tener que sudar la gota gorda.

Pero por ahora es Roger Federer quien está ahí. Otra vez ganador, Y ya van diecisiete. Otra vez número uno. Sus marcas, casi con toda seguridad, tardarán mucho tiempo en ser igualadas si es que lo son alguna vez. Su forma de jugar quizá no sea igualada nunca. Tiene treinta años, no se puede descartar que añada todavía algún gran título más a su palmarés. Pero no va a dominar como lo hizo en tiempos, eso seguro; sería absurdo no reconocer que en este Wimbledon ha habido un tanto de “a río revuelto, ganancia de pescadores”, y que el suizo se ha beneficiado del desgaste mental de Nadal y de la indigestión de títulos de Djokovic. Esto es así, pero no lo digo por restar méritos a su hazaña. En eso consiste la competición: no gana únicamente quien mejor juega, sino quien consigue sortear los muchos vaivenes físicos y psíquicos que acosan al deportista profesional. Federer ha sido el más grande, y si alguien sabe beneficiarse de las condiciones favorables es él. Las condiciones han sido las mismas para muchos otros, pero al final gana el mejor, o el que está más en forma. Y un genio en relativa buena forma tiene estas cosas: si se le deja un resquicio, tira abajo la puerta.

Además, Federer ha sido demasiado bueno, demasiado completo, como para no volver a brillar cuando consigue poner sus talentos en su sitio. Una buena tarde de Roger Federer es una buena tarde del hombre que mejor ha manejado la raqueta jamás, y de ahí siempre pueden esperarse prodigios.

No volverá a ser exactamente el que fue, pero aún va a tardar bastante en ser alguien a no tener en cuenta. Y eso, como decíamos, es una buena noticia. Una vez más, los aficionados al tenis debemos recordar que somos afortunados al ser contemporáneos de los logros de este tenista, al que en un futuro se recordará como un ente mitológico.