Félix de Azúa: Nuestros mejores años

Parece que poco a poco, pero de un modo inexorable, nos vamos deslizando pendiente abajo hacia nuestro sólido fundamento, la pobreza. Es como volver al hogar. España siempre fue pobre. Incluso aquellos que creían no serlo, como los catalanes y los vascos, eran igualmente pobres comparados con cualquier individuo europeo, solo tenían un pasar cuando se comparaban con sus vecinos. Una cosa era ponerse al lado de un recio aragonés o del agaitado gallego, que del enorme teutón o el carnívoro británico.

Los países pobres parecen desdichados, pero se exagera mucho. Hay que distinguir entre pobreza y miseria. Un bracero andaluz seguramente es pobre, pero tiene su casa limpia, la encala todos los años y pone flores lustrosas (pelargonios rojos principalmente) en el portal para que se advierta que allí vive gente civilizada y con honra. Por el contrario, ¿cuántas granjas no hemos visto cuyos propietarios son mucho más ricos, pero viven entre basura de porquerizo, neumáticos viejos, un tractor oxidado, uralita cancerígena y vacas cubiertas de boñiga seca? Estos no son pobres, son miserables.

Un pobre es cualquiera de esos aficionados al Real Madrid, al Barça, al Betis o al Deportivo de La Coruña, da lo mismo, que se viste de vikinga, se encasqueta una peluca con trenzas y sigue a su equipo hasta Hamburgo, en donde arma un ruido infernal y se abraza furiosamente a sus amigos, todos ellos talludos, heterosexuales e hirsutos, todos vestidos de vikinga o de gallega. Un miserable es el que masca un puro en la tribuna de invitados tratando de arrancarle un momio al presidente del club mientras se aburre mortalmente.

Establecida la diferencia, repetiré que nos deslizamos inexorablemente hacia la pobreza, pero no hemos de temerla porque es, por así decirlo, nuestra verdadera condición. Siempre hemos sido pobres y sabemos cómo apañárnoslas. Seguiremos armando ruido, vistiéndonos de gallega y haciendo el pata. Es nuestro sino. De vez en cuando, de en medio de esa masa informe y escandalosa, surge un tipo ensimismado, audaz, imaginativo y divino. Entonces escribe El Ruedo Ibérico, pinta Las señoritas de Aviñón y compone El sombrero de tres picos. Es un privilegio de los pobres contar con ciertos pobres de lujo que normalmente solo se dan en tierras ricas. A esos pobres de lujo nadie les hace ni caso, pero son los verdaderos representantes del país y uno se siente muy a gusto con ellos. Por el contrario, en los países ricos a la gente la representan los políticos y ya sabemos qué ganado es ese.

Regresaremos, por lo tanto, a nuestra vida incompetente, retrasada, chapucera, al vuelva usted mañana, a la beocia, la faca, el berrido tabernario y el vino barato, pero con cierta dignidad difícil de definir. En los últimos tiempos, cuando aún soñábamos con ser ricos europeos con ríos caudalosos cruzando nuestras opulentas ciudades, empezábamos a dar síntomas de miseria. De pronto los hinchas del fútbol hablaban como economistas y disputaban sobre cuestiones ideológicas, como que si Muntañola quería ser andorrano o si Romualdo apoyaba la huelga de educadores. Las fiestas de pueblo se convertían en museos medievales, las algaradas adolescentes en manifestaciones con sindicalista de pago, los periodistas en analistas, las corridas de toros en ataques a la identidad. Estábamos pasando de la pobreza a la miseria.

Dos han sido los síntomas finales que me han hecho desear que llegue de una vez la pobreza nuestra de siempre. Una señora de Castellón de la Plana que se dirigió al distinguido público de Las Cortes diciendo algo así como “Que os metan un paraguas por el ano y que lo abran”. Bien es verdad que es hija de un patricio que ha logrado lo imposible: estrenar la escultura más grotesca del país, y mira que las hay, pero la emulación con su progenitor no debería haberla llevado a la miseria siendo tan joven. Merecía haber pasado más años de pobreza.

El segundo caso es aún peor. Un provecto anciano, autor de algunas de las novelas más leídas por las ancianas españolas, hombre apersonado y que había sido hace décadas un severo historiador de la economía, ciudadano digno de admiración y respeto, y este tal ha llamado “hijo de puta” al presidente del Gobierno en público y sin haberlo comprobado. Francamente, cuando este anciano era pobre se comportaba mejor. Ahora que ha logrado alzarse a la miseria tiene toda la pinta de ir a quedarse en ella para siempre, que no será mucho.

Insisto. Aquí la riqueza nos convierte en tipos pretenciosos, ordinarios y patanes, un poco como el esperpento televisivo que nos ha traído el gran capital. La pobreza verán ustedes cómo nos devuelve a la vida verdadera, honesta, cavilosa y resolutiva.

Aclaración del autor: El lector habrá observado que en ningún momento he mencionado al señor Sampedro en el artículo. Esto es así porque no confío en absoluto en las informaciones de la Red, aunque la carta supuestamente de Sampedro me llegó a través de uno de los mejores editores de España, digno de toda confianza. Dicho lo cual, me alegro de que no sea Sampedro el autor de la falsa carta, primero por el bien de Sampedro, persona honradísima, y segundo porque el caso nos vuelve a demostrar el peligro de las informaciones de Internet y su necesidad de regulación, algo contra lo que lucha constantemente la mafia reticular. Por cierto, al ametrallarnos de mensajes los bondadosos internautas no han hecho sino difundir la calumnia entre aquellos que no hubieran identificado al personaje. Para mí, todo nombre propio de la Red es un nombre ficticio. Y desde luego le pido excusas a Sampedro si he podido dañarle más que el verdadero autor de la calumnia.

El desmentido de Sampedro se puede leer en su página web.