Grandes películas liberales y otras sin embargo decepcionantes

*Yo, Javier Bilbao, he recibido en mi correo este artículo del tal Jaime, desconocido por mí, exigiendo ser publicado bajo el chantaje de que se enviarían fotos mías comprometedoras a la Policía Nacional, concretamente a su cuenta oficial de Twitter @policia. Ante el fundado temor de que desde dicha cuenta se retuiteasen con comentarios chistosos añadidos y chops forococheros, ahí va.

Permitid antes de nada que me presente: mi nombre es Jaime Molina Valenciano, liberal y periodista. Esas son mis dos grandes pasiones. Mi vocación (la de periodista, digo, aunque ambas sean ya en mí casi indistinguibles) fue temprana, y sincerándome con el lector he de decir que realmente se trató de una revelación. Ocurrió siendo yo muy joven, en una escena que recuerdo con esos tonos vintages de Instagram ahora tan de moda. Era una mañana primaveral aparentemente rutinaria y ahí estaba yo en la bañera, jugando despreocupado con mi patito de goma mientras mi madre me frotaba la espalda y hacía chistes sobre el escaso tamaño de mi colita. Entonces, sin previo aviso, sin motivo aparente, mi mente se vio asaltada por una idea salvaje y deslumbrante: quería ser de mayor como esa gente que salía en las tertulias de radio y tele opinando de todo, dando voces con gesto airado. Quería ser periodista. Un periodista de raza.

Ha pasado mucho tiempo desde aquella inolvidable mañana. He crecido (demasiado, ay) hasta resultar casi irreconocible, el mundo ha cambiado mucho durante todo este tiempo y mi madre por desgracia ya ha fallecido, así que también ha cambiado mucho. Pero esa febril vocación profesional que me asaltó de improviso aquel día en la bañera continúa intacta actualmente, casi una década después.

Mi entusiasmo liberal resultó, en cambio, algo más tardío. Pues de hecho durante un tiempo fui de izquierdas. Un progre, lo admito. Estudié, como mis queridos lectores habrá deducido, periodismo. Una carrera muy difícil, que te llena la cabeza de valiosos conocimientos aplicables no solo en el trabajo sino también en la vida y que supone un potente filtro para que solo las mentes más brillantes puedan cursarla y licenciarse. Mentes como la mía, he de decir sin pudor, pues los liberales no tememos llamar a las cosas por su nombre. El caso es que durante los breves periodos de tiempo en los que no estaba estudiando me picó el gusanillo del activismo político.

Quise ser entonces comunista, pero no uno cualquiera, sino uno leninista y maoísta. Ansiaba abrazar la Idea, la esencia misma del concepto. Para ello me uní al Partido Comunista Unificado. Qué le vamos a hacer, locuras de juventud. Éramos un grupúsculo de jóvenes que pegaban carteles en las paredes de la universidad y saboteaban al grito de ¡fascistas! cualquier conferencia que hubiera ese día, ya fuera de geología o sobre embarazo ectópico. Era nuestra forma de combatir desde la raíz la violencia estructural y la alienación capitalista. Afortunadamente nadie nos preguntó nunca por el significado de tales términos. En el grupo había una chica que me gustaba, así que al poco de ingresar intenté impresionarla liderándolos a todos hacia el camino marcado por Mao en lo ideológico y lo estético (esos cuellos tan elegantes…). Pero mi empeño fracasó, nadie me hizo caso. Incluso me tacharon de loco cuando les pedí que en vez de Jaime me llamasen Gran Timonel.

Yo se lo quise dar todo al Partido, pero el Partido no me lo quiso dar todo a mí. Y a eso, señores, se le llama traición. Una relación con esa falta de geometría no puede ser duradera, así que me fui dando un portazo, no sin antes llamarles troskistas y envidiosos. Encima la chica acabó yéndose con uno que no era comunista ni nada, pero tocaba la guitarra. En ese momento descubrí que dentro de mí siempre hubo un liberal deseando salir. Y vaya que si salió.

Desde entonces he caminado siempre por el lado liberal de la vida. Mi manera de pensar es categórica, buscando en todo momento aplicar soluciones sencillas a problemas complejos, así que para mi el liberalismo es una llave maestra. Es, en definitiva, la perspectiva desde la que valoro todas las cosas. Por eso adoro a Hayek, Popper, Ayn Rand y Agapito Maestre. En realidad apenas he leído nada de ellos, pero son liberales y con eso se han ganado todo mi respeto. Para mí, el liberalismo consiste ni más ni menos en que los parásitos de la sociedad no vivan a costa de los elementos altamente productivos como yo. Ese es mi credo.

Por eso quiero ahora inaugurar mi (esperemos fructífera) colaboración con Jot Down ofreciendo mi perspectiva liberal de una serie de films que al igual que todo el cine en su conjunto —más allá de géneros, estilo y directores— para mí se dividen entre películas liberales y malas películas, también llamadas socialistas. Comencemos pues.



Uno de los nuestros
(Martin Scorsese, 1990). Parábola socialista que muestra al Estado estrangulando la iniciativa privada. Vemos como unos emprendedores (me encanta esa palabra) encuentran su camino hacia el éxito motivado por una sana ambición —recordemos aquello tan liberal de Mandeville sobre los vicios privados como origen de las virtudes públicas— hasta que llega el Estado, ese monstruo frío según la certera definición de nuestro admirado Nietzsche, y con él la opresión, el control y la asfixia de la libertad del individuo. Finalmente nuestro emprendedor protagonista se ve obligado a renunciar a los logros de su trabajo y acaba como un mediocre lumpen. Uno más de la masa amorfa esa que tanto adora la izquierda. El director debe ser un socialista, sospecho, porque ese mismo esquema lo muestra también en otras películas. En fin, una película que comienza muy pero que muy bien y al final se tuerce. Un desenlace que gustará supongo a Keynes y a sus locos seguidores, entre ellos los titiriteros españoles.

La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993). Película en principio muy prometedora, puesto que está protagonizada por un emprendedor (¿he dicho ya que me encanta esa palabra?) es decir, un empresario, y la dirige un judío. A los liberales nos gustan los judíos, están asociados al dinero y al Estado de Israel, del que nos mostramos fieles “proud friends”, haga lo que haga. Además parece en principio una crítica al nacional… SOCIALISMO. Vamos, que uno se pone ante ella con la mejor predisposición posible.

Sin embargo, es empezar a verla y eso no va más que de mal en peor. Resulta que el protagonista es dueño de una fábrica que emplea judíos. Vale. Algunos de ellos son niños, cosa que resulta de mi agrado. La libre competencia favorece a aquellos actores del mercado que pueden ofrecer algo que no está al alcance del resto, en este caso unos deditos pequeños con los que poder lijar el interior de las balas. Perfecto, hasta ahí todo bien.

Pero resulta que el protagonista comienza a contratar más trabajadores de los que la empresa necesita y acaba perdiendo dinero. Patético, ¿Qué cojones está dirigiendo entonces, una empresa pública? Como liberal me parece una decisión totalmente equivocada, rebosante de sentimentalismo socialdemócrata en detrimento de la competitividad. Por un momento la historia parece tomar las trazas de una comedia de enredo cuando las mujeres judías son enviadas en un divertido equívoco a Auschwitz. Pero entonces llega el colmo del despropósito y resulta que el protagonista va allá a recuperarlas e incluso ofrece dinero a cambio…¡¡pese a que se le ofrece otra mano de obra que hubiera sido igual de efectiva!! Al final el empresario acaba arruinado y sin embargo considerado poco menos que un héroe. Ridículo, no entiendo por qué le dieron tantos Oscars.

En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006). Maravillosa película de principio a fin. Sí señor. Lo único mejor que volver a ver esta película sería volver a ver esta película acompañado de Esperanza Aguirre en una habitación a oscuras. Los liberales pensamos  que ser estadounidense es el estado evolutivo superior del ser humano. Aquí vemos en acción la eficacia de una sociedad libre de la penosa rémora del llamado Estado del Bienestar (de los Parásitos, se les olvida siempre añadir) y cuyo propio título rememora la constitución americana. Si un padre y su hijo pequeño quedan desahuciados, eso les hará más fuertes, nos dicen. Ya basta de esta sociedad blandengue europea que otorga prestaciones sociales a cualquiera. Si eres excepcionalmente inteligente, te deslomas a trabajar y eres servil con tus superiores, nos cuenta esta sabia película, entonces podrás tras mucho esfuerzo tener una posibilidad entre veinte de ser recompensado y vivir con dignidad. Si durante los años que eso requiere (pues el mercado es perfecto, pero siempre se toma su tiempo) tu hijo ha de dormir en retretes públicos… que se adapte y aprenda a competir en el mercado. Algo en común tiene otra película también muy recomendada por mí a mis liberales amigos y a mis liberales lectores, Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005). Aunque su comienzo en un barrio proletario puede hacernos sospechar de cierto socialismo dickensiano, la trama pronto logra enderezarse cuando vemos que la situación económica del protagonista y su familia mejora no por leyes progres sino gracias a la caridad de un empresario filántropo y, sobre todo, a la suerte. Si tienes suerte, dejarás de ser pobre. Así debe ser.

El manantial (King Vidor, 1949). Llegados aquí hay que quitarse el sombrero, hincar la rodilla el suelo, santiguarse y lanzar un vivaspaña desgarrado. Film protagonizado por Gary Cooper, tiene un guión nada más y nada menos que de nuestra filósofa liberal favorita: Ayn Rand. Esta señora dijo que la realidad es real y el capitalismo sensacional y lo dijo en ensayo y también en voluminosas novelas como La rebelión de Atlas. Sin duda uno de mis libros favoritos, aunque no lo he leído. Trata sobre un futuro cercano en el que los empresarios y científicos (no acabo de entender por qué los pone juntos, pero me gusta) se declaran en huelga para mostrar a la clase obrera que sin ellos no son nada. Así según Rand —y según cualquiera con dos dedos de frente, añado— los empresarios son la aristocracia intelectual, volitiva, moral, los superhombres nietzscheanos de una sociedad de masas obreras adocenadas. Imaginemos una situación como la descrita en España, supongamos que Gerardo Díaz Ferrán, Rodrigo Rato, Ruiz Mateos y tantos otros líderes sociales, emprendedores y héroes del intelecto como ellos se declarasen en huelga, que dejasen de guiar la economía española desde sus puestos. Sería sencillamente apocalíptico.

Pero estábamos hablando de El manantial, novela de la filósofa de ascendencia rusa que ella misma reelaboró en guión. Aquí, un arquitecto se empecina en diseñar una urbanización tal como él quiere, independientemente de los intereses de quienes la habiten o de quienes la financien. Él es un creador, un emprendedor, un individuo soberano y no cederá ante nada. Y como no le quieren hacer caso, va por la noche a las obras y las dinamita. Dejando en el paro a cientos de obreros, causando pérdidas millonarias y llevándose por delante a algún vigilante nocturno o miembro de etnia gitana. Bien hecho. El liberalismo y yo somos así, señora.

Amanecer rojo (John Milius, 1984), otro peliculón. Un grupo de jóvenes norteamericanos defiende su patria de una repentina invasión cubano-soviética. La verosimilitud del planteamiento y el realismo de todas las escenas quedaron grabados a fuego en mi liberal corazón. Imprescindible.

Risky Business (Paul Brickman, 1983). Edificante historia protagonizada por un estudiante de empresariales, es decir, un emprendedor, que aprovechando unas vacaciones de sus padres decide montar un puticlub en su casa. Aquí podemos ver en acción la magia del mercado y también a Tom Cruise, uno de nuestros actores favoritos. A veces pienso que ser cienciólogo debe ser algo casi tan bueno como ser liberal, porque todas las películas de este hombre me parecen un acierto. Ahí está por ejemplo Jerry Maguire, con esas secuencias intercaladas como de libro de autoayuda (aprovecho para recomendar a mis lectores un libro que me chifla: ¿Quién se ha llevado mi queso?) en las que aparece un señor sin relación con la trama hablando sobre cómo alcanzar el éxito. Un detalle que es de mi agrado, porque en la vida hay triunfadores y perdedores, tal como vemos en el cine americano en general y en las películas de Cruise en concreto.

Y qué mejor forma determinar que con el apoteósico redoble de tambor que es 300 (Zack Snyder, 2006). El pacifismo, el diálogo y la cooperación son cosa —digámoslo claro, que los liberales no tenemos pelos en la lengua— de mujeres, invertidos y comeflores. El viril e inspirador militarismo de esta historia, con esos espartanos que gritan un Uh-ah como si de marines se tratase, solo se ve superado por el mensaje positivo que se transmite en relación a la traición de Efialtes. El tarado del grupo, el incapaz de valerse por sí mismo, es el que acaba traicionando a sus sanos y productivos compañeros. A eso nos lleva el Estado del Bienestar, señores.