Lemmy

Un documental peculiar. Fuera del mundillo de aficionados a la música rock, poca gente —o ninguna— sabe quién es Lemmy Kilmister. Suelen pensar casi invariablemente en Keith Richards como prototipo de “viejo rockero” cuando sale el asunto en alguna conversación. La fama tiene estas cosas: los Rolling Stones son un fenómeno cultural global y Motörhead, aunque gozaron de éxito en su momento y aún cuentan con una modesta pero muy entregada legión de seguidores, son básicamente una banda para “conoisseurs”. Es cierto que su música ruidosa —estruendosa más bien— y la voz cazallera de Lemmy Kilmister no son el mejor reclamo para el gran público. Pero Lemmy ha permanecido tantos años fiel a su propia fórmula, sin intentar venderse ni experimentar, que ha logrado su propia recompensa: quizá no consigue llenar estadios como los también incorruptibles AC/DC (algún día alguien me explicará por qué la misma gente que antes los ignoraba y despreciaba paga ahora fortunas por una entrada para sus conciertos, ¡la misma gente!) pero aunque no haya llegado a ese estatus, dentro del ámbito rockero goza de un respeto generalizado y de una naturaleza icónica que probablemente sólo superen los maestros supervivientes de la oleada original de los años cincuenta (Little RihardChuck BerryJerry Lee LewisFats Domino) y, cómo no, los dos Beatles que quedan en pie. Más allá de que a alguien le pueda gustar o no la música de Motörhead, nadie con dos dedos de frente puede negar que Lemmy personifica casi mejor que nadie el famoso “rock’n’roll way of life”. A sus sesenta y seis años sigue llevando la misma existencia que de costumbre, abusando menos de todo, claro, pero sin dejar de lucir sus botas y sus colgantes con la Cruz de Hierro. Su reputación en el mundillo es casi sacrosanta; ningún grupo de rock ha tenido ni tendrá las agallas de menospreciar en público a Lemmy. Es como el padre adoptivo, o el abuelo adoptivo, de todo rockero que se precie.

Dada esta adoración hacia su figura, ya tardaba en estrenarse un largometraje dedicado a él. Y Lemmy, la película, no es exactamente un documental ideal para que los neófitos puedan conocer su trayectoria: los dos directores del film suponen que serán los fans y aficionados quienes verán la película. Esos fans de Lemmy que por lo general se conocen al dedillo su carrera y probablemente habrán leído (y si no, deberían) la divertida autobiografía White line fever. Aunque ayuda la inclusión de testimonios de diversas estrellas del rock, algunas de ellas más famosas que el propio Lemmy, para que cualquier espectador pueda hacerse una idea de hasta qué punto se lo idolatra en el mundillo, no es un documental destinado a descubrir el sonido extremo de Motörhead a los profanos. Quien no disfrute ya de Motörhead, probablemente no lo hará nunca. La película se trata más bien de una genuflexión hagiográfica hacia el ídolo —los elogios que algunos de sus compañeros de profesión le dedican en el film parecen sinceros a veces, y un tanto exagerados en otras— pero, y aquí está lo bueno, es una genuflexión hecha con bastante candidez en unos momentos, y con mucha ironía en otros.

Más que un documental sobre Lemmy, el músico, lo que vemos es un retrato a brochazos de su estilo de vida y su particular idiosincrasia. Vemos su hogar: un modesto apartamento sumido en el más completo caos y repleto de objetos bélicos (la afición favorita de Lemmy es coleccionar toda clase de armas, insignias y demás parafernalia militar), también vemos su local favorito de Los Angeles (el Rainbow, ese del que tantas veces hemos oído hablar a las estrellas californianas) donde suele sentarse a beber y jugar a la tragaperras; vemos sus salidas al escenario y sus visitas al local de ensayo de algunos de sus discípulos. Lo vemos junto a su hijo, lo vemos tocando junto a Metallica, firmando autógrafos, divirtiéndose con strippers, friendo patatas o sencillamente encendiendo un cigarrillo tras otro. Lo vemos bromear con su personal de gira —conserva a los mismos empleados desde hace muchos años y ha hecho amistosa piña con ellos, algo poco habitual— e incluso conduciendo un tanque alemán de la Segunda Guerra Mundial. Ninguna de estas cosas nos coge por sorpresa, pero es que antes nos las habían contado y ahora podemos verlas con nuestros propios ojos. Lemmy es básicamente lo que imaginábamos que era: el viejo forajido que ya no cabalga en caballo, sino en autobús de gira, y que recorre el mundo con Motörhead porque es la única existencia que conoce y la única forma de evitar vivir una “vida normal”. Lemmy no está hecho para vivir una vida normal porque no es, estrictamente hablando, una persona normal. Tampoco es exactamente una superestrella, y ha atravesado sus malos momentos, pero jamás ha renunciado: hoy continúa con su bajo Rickenbacker en ristre, girando y girando a una edad en que muchos otros ya se han jubilado o sólo piensan en sacar a los nietos a pasear al parque. Su esfuerzo le cuesta: no duerme en hoteles de cinco estrellas, toma pastillas para la tensión y la diabetes pero continúa al pie del cañón.

Y precisamente éste el punto de interés para cualquier espectador, le guste o no la música ruidosa. El documental Lemmy es una oportunidad única para ver al “rockstar” en acción, esa figura que no tardará en extinguirse y que formará parte de nuestra leyenda contemporánea como los cowboys lo hicieron en el siglo XIX y los corsarios en el XVIII. Lemmy es un hombre que encarna una época: vio actuar a los Beatles en sus comienzos, formó parte del personal de gira de Jimi Hendrix, vivió la psicodelia más pasada de vueltas tocando con Hawkwind en los setenta, vivió y protagonizó —o al menos inspiró en buena parte— la explosión del heavy metal en Inglaterra, vivió la edad dorada de la babilónica escena de Los Angeles, cuando las bandas locales que lo idolatraban estaban vendiendo millones de discos… Lemmy ha estado en todas partes. Y ahí sigue.

Así que tal vez el tono del documental —sobre todo por parte de los entrevistados— sea demasiado halagador (¿Lemmy hacía heavy metal antes que Black Sabbath? No, aunque lo diga el propio Ozzy Osbourne) pero eso poco importa si tenemos la oportunidad de conocer un poco más al forajido número uno del rock’n’roll y además lo compensan los sutiles pero frecuentes matices irónicos de la película. Lemmy es un personaje de novela porque, al contrario que el mencionado Keith Richards —que sí, se ha drogado mucho, pero lleva décadas siendo poco menos que “jet set”— su vida es realmente así… y eso que va de camino a los setenta años. Lemmy es, como dirían en USA, un “original”. Un arquetipo del modo de vida rockero, con sus luces y con sus sombras, y con el aliciente añadido de que no tiene millones y millones en el banco (impagable, y un tanto sonrojante también, el momento en que el actor Billy Bob Thornton le dice a Lemmy lo que gana por rodar una sola película); un hombre que pese a su condición de estrella reverenciada en el mundillo vive en una casa que, no lo duden, algunos de nuestros lectores anónimos de clase media no alquilarían jamás.

Seguramente han escuchado muchas veces el famoso refrán “los viejos rockeros nunca mueren”. Pues bien, ¿quieren saber cómo es de verdad un viejo rockero? La película Lemmy es la respuesta.