Locked Down: los gloriosos 70 años de Dr. John

El año pasado, Mac Rebennack fue inmortalizado en el Rock & Roll Hall of Fame, una forma como cualquier otra de reconocer a una de las figuras más intrínsecamente consustanciales a la música popular norteamericana de las últimas décadas. O dicho de manera más simple, Dr. John fue “oficialmente” reconocido como lo que ya sabemos que era desde mucho tiempo atrás: una leyenda viviente. Si New Orleans es la ciudad más musical del planeta Tierra, que lo es, nuestro doctor es uno de los nombres que la definen, como Louis Armstrong o Fats Domino. No en vano ha aparecido en esa serie televisiva, Treme, que David Simon ha dedicado a la ciudad con más personalidad propia de los Estados Unidos, desafortunadamente arrasada por el huracán Katrina y la incompetencia de las autoridades de aquel país, que según quiénes insistenen tomar siempre como ejemplo. Dr. John es New Orleans y su música huele a calle, a tugurio con piano de pared, a fiesta, a noches de melancolía alcohólica, a exceso, a bohemia… a su ciudad, en definitiva. Y esa música es seductora, muy seductora. La relación de Dr. John con sus seguidores, o de sus seguidores con él, es verdaderamente estrecha. Y no solamente por sus esfuerzos para recaudar dinero con el que ayudar a reconstruir su New Orleans del alma, algo que lo hace más entrañable, como sucedió con Willie Nelson y su empeño por ayudar a los granjeros norteamericanos. Con Dr. John nos referimos también al hombre que compuso algo tan arrolladoramente maravilloso como Such a night, la canción que siempre le reclama el público en sus conciertos y que siempre se le pide que interprete en sus apariciones televisivas y ocasiones similares. Aunque el propio Dr. John confesó llegar a sentirse hastiado de tener que interpretar siempre ese tema, el cual llevaba encima casi como una cruz, eso es lo que sucede cuando una canción trasciende la voz de quien la canta y se introduce en el corazoncito de sus oyentes. Él mismo, pese a sus quejas, lo sabe y lo siente: basta contemplar su sonrisa extasiada cuando interpretaba su inmortal diamante en forma de canción en aquella The last waltz. La gente menos perspicaz, más susceptible al efectismo rápido, suele ver esa película y quedarse, no sé, con la actuación de Van Morrison… como si el irlandés, con todo mi respeto y admiración hacia él, puediese competir con algo como Such a night. Evidentemente, Dr. John ha grabado unos cuantos discos extraordinarios y ha creado otro buen puñado de canciones mágicas a lo largo de los años, pero alguna canción había que elegir para presentarlo a los lectores que, por uno u otro motivo, aún no se hubiesen topado con este individuo y su emocionante música.

Dr. John se ha hecho mayor. Tiene setenta años. O setenta y uno, no llevo bien la cuenta. Estamos acostumbrados a que la producción discográfica de los músicos más veteranos vaya perdiendo interés a medida que se agranda la importancia de su figura. No deja de ser lógico: el talento no desaparece, pero la motivación, el inconformismo o la agudeza de los artistas sí tienden a difuminarse una vez ya no tienen nada que demostrar a nadie. Para hacer buena música se necesita algo más que talento: se necesita hambre de buena música, ganas de no quedarse con la primera idea que le viene a uno a la mente. Se precisa querer trabajar cada canción como si el mundo todav´çia no supiese que uno es capaz de hacerlo. Y pocos artista veteranos son capaces de reunir esas condiciones, ni aun ocasionalmente. Siempre hay excepciones, y algunas muy célebres: Bob Dylan, por cotar un ejemplo más que insigne, ha seguido publicando discos buenos —en ocasiones, muy buenos— pese a que hace ya eones que no tiene la necesidad de justificar su fama, porque básicamente se ha convertido en un puntal cultural universal. Parece haber estado siempre ahí, como las pirámides de Egipto. Otro buen ejemplo, Johnny Cash, quien ayudado por el productor Rick Rubin, sorprendió al mundo con su serie de American Recordings y volvió a hacerse un lugar en la música “de moda”. Pero estos y otros casos son realmente excepciones a la regla. Muchos otros grandes nombres publican discos que son simplemente extensiones rutinarias al conjunto de su obra, que no aportan material nuevo comparable a sus grandes trabajos del pasado y que por lo general no inspiran al oyente a sumergirse en ellos.

Pero Dr. John no ha bajado la guardia y Locked Down, su último y reciente disco, es una prueba más que contundente de ello. En pleno 2012, y peinando canas desde hace mucho, mucho tiempo, le ha dado una lección a muchísimos artistas jóvenes: la música, como el amor, no tiene edad, siempre que se ponga verdaderamente el corazón en ello. El disco ha contado, de todos modos, con la intervención de una celebridad de las nuevas generaciones. Ha sido producido por Dan Auerbach, guitarrista de los Black Keys, quien ha dejado su sello inconfundible en muchos momentos de Locked Down pero (y aquí está lo meritorio) sin intentar imponerse por sobre el mito viviente con quien estaba grabando. De hecho, Auerbach ha sido lo bastante hábil como para saber darle un delicioso toque “vintage” —que no anticuado— al sonido del disco, y sus aportaciones “a lo Black Keys” por fortuna han enriquecido, más que entorpecido, el resultado final. Y lo digo yo, que no soy necesariamente un fan incodicional de Black Keys. No es que Dr. John necesitase un rescate creativo (ahí estaba su disco de hace un par de años, Tribal) pero no se ha negado a considerar una opinión ajena y no ha tenido miedo de que un músico mucho más joven tomase el timón en la producción del disco. La jugada ha resultado satisfactoria.

Y es que Dr. John está despierto. El primer single del disco, Revolution, nos habla exactamente de lo que promete su título: el septuagenario pianista está espantado por la deriva que lleva el mundo. Crisis financiera, bancos, religión, conservadurismo, todo ello bajo una bailable pero amarga sintonía con retazos vudú, en la que el viejo testigo de tantas cosas expresa su opinión: se necesita una reacción. Desde Nueva Orleans para el mundo, Dr. John se lamenta de la innecesaria situación que mucha gente está viviendo por culpa de la codicia y ansia de poder de unos pocos, pero la protesta sentida no es la única esencia de Locked Down, en el LP hay sitio para más. Su música sigue parpadeando como el neón. Un ambiente típico de la Louisiana nocturna planea por todo el disco, como no podía esperarse menos de Dr. John,  y la música huele a madera y alcohol, desde las canciones teñidas de melancolía como God’s Sure Good o Big Shot hasta el funk vacilón de Kingdom of Izzness, You lie o Eleggua, o la afilada y reptante Ice Age. Por citar algunas.

Locked Down no es un disco fácil e inmediato, pero tampoco es un disco impenetrable. Es la clase de grabación de las que ya salen pocas: lo bastante rica e inteligente como para requerir unas cuantas escuchas hasta llegar a captarlo todo, pero también lo bastante armónica y comunicativa como para cautivar la imaginación del oyente a las primeras de cambio. Es un gran disco publicado por un músico que se niega a ser relegado al baúl de los juguetes rotos, que no ha querido renunciar a su personalidad característica pero que tampoco ha querido estancarse en la apuesta segura hacia sí mismo. Su música sigue siendo de raíces —nada de experimentos “tecno” ni esas zarandajas a las que torpemente recurren muchos músicos veteranos cuando pretenden renovarse— pero esa música de raíces a veces suena curiosamente limítrofe y extraña, lo cual le da un aire muy interesante. Dr. John ha jugado en los límites de su territorio, el rhythm & blues tradicional, sacando punta a algunos flecos aquí y allá. Mientras ha ofrecido su solidez de costumbre también ha querido que el oyente se vea obligado a prestar atención, que se encuentre un poco incómodo —en el buen sentido— y no se duerma en la sensación de “ah, es otro disco de Dr. John y suena a lo de siempre”.  Sí, es el Dr. John de siempre, pero suena a lo que sonaría Dr. John en pleno 2012. Porque es un disco del 2012, en todos los sentidos. Si un grupo “indie” publicase algo como esto, estaría en todas las portadas de ya sabemos qué revistas y órganos informativos del “cool hunter” profesional.

En estos días en que la gente ya no compra discos, estaría bien que quienes aman la música intentasen hacerse con una copia de Locked Down aunque sólo sea como gesto de reconocimiento hacia una leyenda que sigue esforzándose por ofrecer un producto efectivamente digno de ser comprado. Porque Locked Down no solamente es digno de que soltemos un billete por llevárnoslo a casa, sino que por el precio que nos cuesta podemos sentir que estamos invitando a una copa al autor de Such a night, a quien definitivamente se la debemos: “hombre, Dr. John, tú por aquí… pues mira, voy a comprarte un whisky doble”. Cuando alguien que tiene setenta años ha sido capaz de publicar un trabajo que está fuera del alcance de radar de muchas bandas que son varias décadas más jóvenes que él, lo mínimo que podemos hacer es dedicarle también un esfuerzo. Y no, no me llevo comisión alguna de la discográfica. Ni nada que se le parezca. Pero es que aunque yo también soy de los que quieren que Dr. John toque Such a night hasta que él mismo la aborrezca, sin embargo, y nostalgias aparte, he de decirlo claro: en pleno 2012 y a los gloriosos setenta años, Dr. John se acaba de sacar un pedazo de disco de la manga. Dios lo bendiga.