Cristian Campos: Tenebrismo y tinieblas

Ya habrán leído la noticia en los periódicos. Savita Halappanavar, una dentista irlandesa de origen indio de 31 años, murió el pasado 28 de octubre en el University Hospital de Galway (Irlanda) después de que el equipo que la atendía se negara a practicarle un aborto. Savita, embarazada de cuatro meses y una semana, había ingresado ocho días antes en urgencias acompañada por su marido, Praveen Halappanavar. Tras examinarla, los médicos le informaron de que “el cuello del útero estaba completamente dilatado y perdía líquido amniótico”. Como el feto no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, Savita pidió que se le practicara un aborto. Los doctores se negaron alegando que Irlanda “es un país católico y la ley prohíbe el aborto”. A pesar de que la salud de Savita se deterioraba de forma acelerada y de que los escalofríos, los temblores, los vómitos e incluso las perdidas de consciencia eran constantes, los doctores rechazaron llevar a cabo el aborto mientras el corazón del feto siguiera latiendo. Tras cuatro días de agonía, el corazón dejó de latir y el equipo médico accedió al fin a extirparle el cadáver que portaba en su placenta. Savita murió al cabo de unas pocas horas a causa de una septicemia fulminante.

La paradoja es que Savita era lo suficientemente europea como para pagar su parte alícuota de impuestos destinados al mantenimiento del nivel de vida de los burócratas y funcionarios europeos pero no para que esos mismos burócratas y funcionarios europeos le garantizaran la más mínima protección frente a las supersticiones tribales del equipo médico de turno.

Esta carnicería feroz y despiadada, más propia del medioevo que del siglo 21, encuentra su justificación en la misma filosofía que subyace bajo la reforma de la ley del aborto que el ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón pretende aprobar durante esta legislatura. Una reforma que por coherencia estética no debería ser comunicada a la plebe a través del BOE, sino por medio de juglares con cascabeles de colores en las botas y en forma de cantar de gesta.

Por supuesto, el ministro Gallardón se cuidará mucho de poner en un mismo plano la vida de la madre y la de un feto inviable. Su equipo legislativo se limitará a prohibir el aborto en caso de malformación del feto, con Irlanda y la fundamentalista Malta en el horizonte. Pero una anomalía fetal no es un bit en el que un 0 corresponde a la inviabilidad radical y un 1 a la viabilidad total. Que una malformación en apariencia leve del feto evolucione a grave e incluso hacia la inviabilidad durante el embarazo es una posibilidad no precisamente remota. No es raro tampoco que dichas anomalías se detecten más allá de las 22 semanas que la ley actual marca como límite para el aborto por malformación grave. Según El País, “un estudio del Hospital 12 de Octubre de Madrid expone que el 50% de todas las malformaciones detectadas entre 1990 y 2006 a través del diagnóstico prenatal se produjeron por encima de la semana 22”. En la actualidad, las españolas que se encuentran en esta situación deben buscarse la vida o viajar a Francia o Reino Unido para poder abortar. Con la nueva ley serán los comités médicos los que ejerzan de banda de la porra del PP y se encarguen en cada caso de determinar dónde se traza la línea que separa la anomalía grave de la inviabilidad o de la posible muerte del feto durante el embarazo. Es decir de determinar si la paciente será madre de un niño discapacitado o con muy serios problemas médicos. Serán ellos los que decidan cuál es el límite aceptable de discapacidad que un bebé puede soportar sin dejar de pertenecer a la categoría de ser humano. Las enfermedades graves pero no mortales existen. Niños recién nacidos que sufren dolores atroces y a los que se opera para alargarles una vida que no irá más allá de unos pocos meses. Anomalías en los surcos cerebrales que se detectan sólo a partir de la semana 28 de gestación. Todo eso dependerá ahora del vaporoso criterio del médico que le caiga en suerte a la futura madre. Ni siquiera los verdugos de la Inquisición disfrutaron de tal poder en el siglo XIII. Un fascinante retorno a la época de los abortos clandestinos en las viviendas particulares de parturientas ilegales.

Pongamos un ejemplo de los que no suelen aparecer en los panfletos de las asociaciones pro vida. ¿Una anencefalia será considerada a partir de la promulgación de la nueva ley como prueba de inviabilidad o como una malformación grave? El margen de maniobra es amplio: un bebé anencefálico puede sobrevivir al parto y vegetar durante unos pocos años inconsciente, sordo, ciego e insensible al dolor, pero también puede morir durante el embarazo. Observen de lo que estamos hablando cuando hablamos de anencefalia y díganme con total e irreprochable sinceridad que ustedes, futuros padres de la criatura, serían partidarios de dejar la decisión de llevar o no adelante el embarazo en manos de un comité médico anónimo de la Seguridad Social formado por afiliados al PP.

Un ejemplo menos extremo. Un desprendimiento prematuro de placenta cuando el bebé está sano. En casos leves el reposo absoluto permite llevar a buen término el embarazo, aunque los bebés que padecen sufrimiento fetal por un desprendimiento de placenta tienen entre un 40 y un 50% más de posibilidades de presentar complicaciones graves tras el nacimiento. En casos extremos un desprendimiento de placenta puede comportar la muerte de la madre. Con la futura reforma de la ley del aborto no será la madre la que decida cuál es el nivel de riesgo asumible, sino su médico.

Así que cuando Gallardón pone como ejemplo el síndrome de Down sabe lo que se hace. Un feto con síndrome de Down no comporta riesgo para la madre y un adulto con un síndrome de Down de grado leve puede llevar una vida si no 100% autónoma sí competente. Pero los grados severos existen. Son los que no aparecen en los anuncios por la integración. Y el síndrome de Down es apenas una de las posibles deficiencias, discapacidades y minusvalías que puede padecer un feto.

Es probable que piensen que en España no llegaremos a los extremos de Irlanda. No lo tengan tan claro. La legislación irlandesa permite el aborto en el contexto de una intervención quirúrgica destinada a salvar la vida de la madre, como lo hace la española. Una garantía que no le sirvió de nada a Savita cuando tuvo la mala suerte de coincidir con un equipo médico de poderosas convicciones religiosas y fiel a la literalidad de la ley. En la práctica, cuánto tiempo espere el doctor antes de llevar a cabo el aborto de un feto inviable va a depender en última instancia de su criterio y, sobre todo, de la potencia de su fe. A más fe en las posibilidades de supervivencia del bienaventurado feto menos poder de decisión para la madre. ¿Qué es la vida de una mujer o el sufrimiento de un bebé inviable al lado de la certeza de haber obedecido la voluntad de dios?

Según Ramón Carreras, presidente de la Sociedad Catalana de Ginecología y Obstetricia, “interrumpir la gestación de un feto en el que se detectan malformaciones graves es una práctica de sentido común, tanto desde el punto de vista médico como humanitario. Suspender ese derecho dejaría sin sentido todos los avances científicos aplicados al diagnóstico prenatal”.

Y esa es una buena pregunta para los filósofos del cristianismo: un niño anencefálico y por lo tanto sin la capacidad de aceptar conscientemente a dios, ¿es un ser humano completo desde el punto de vista católico? ¿Tiene alma?

En Irlanda, ni siquiera la amenaza de suicidio de la madre justifica la práctica del aborto. Una mujer que amenace con suicidarse porque se ve obligada a dar a luz al hijo concebido en una violación no tiene derecho a abortar, aunque sí a viajar al extranjero para que le practiquen allí el aborto. Los irlandeses, civilizados en su barbarie, aprobaron dicha posibilidad en un referéndum celebrado en 1992. Observen lo hipócrita y lo absurdo del puritanismo irlandés. “Aborta, pero lejos”. Si la postura antiabortista irlandesa fuera coherente lo lógico sería confiscarle el pasaporte a todas las embarazadas para que se vieran obligadas a parir en Irlanda. Pero al parecer el dios irlandés hace la vista gorda con las paisanas cuando estas vuelan 464 kilómetros al este.

Y hablando de coherencia: si se prohíbe el aborto por malformación grave del feto, ¿para qué realizar las pruebas de diagnóstico prenatal destinadas a detectar dichas anomalías? Prepárense para una avalancha de reclamaciones por la negativa de los doctores católicos a realizar algunas de esas pruebas.

Y todo esto sin entrar en la mayor inmoralidad de la reforma prevista por Gallardón: el hecho de que el gobierno se arrogue la potestad, comités médicos mediante, de decidir en lugar de la madre si esta debe o no dar a luz un hijo no deseado. No estamos hablando de un capricho adolescente o de la falta de un dedo del pie, sino de malformaciones o minusvalías graves. De espinas bífidas. De hidrocefalias. Y ya me perdonarán la demagogia, pero no veo yo a los ministros del PP adoptando en tromba a niños con serias malformaciones. Porque la posibilidad de hacerlo existe. En mi caso, el respeto a quienes deciden llevar adelante un embarazo de estas características es compatible con la convicción de que esa decisión le corresponde sólo a los futuros padres de la criatura.

Pero por supuesto el PP de Gallardón no ha hecho jamás el ejercicio de descender desde las alturas de su prístina fe hasta las simas más profundas del gore de la realidad. Se limita a pasear sus creencias por las calles de España y las salas del Vaticano como quien levanta el puño izquierdo sin ser consciente de la sangre que esconde ese gesto.

Creo que ya la he explicado en estas mismas páginas pero la vuelvo a repetir porque la anécdota merece mármol: el mismísimo ministro de Interior Jorge Fernández Díaz sostiene que la caída del comunismo se debió a la intervención de la Virgen de Fátima, tal y como explica Arcadi Espada en su artículo El ministro de Fátima. Atentos que vienen curvas: todo un ministro de Interior de un partido de derechas de un país occidental, laico y perteneciente, al menos sobre el papel, al primer mundo, cree que el comunismo fracasó no por tratarse de una ideología intrínsecamente criminal, liberticida, económicamente errónea y totalitaria, sino por capricho divino. Así de profundas son sus convicciones políticas. Si a Fernández Díaz se le aparece un querubín y le dice que en realidad lo del comunismo estaba fetén y que lo de la caída del Muro era broma el tío se afilia al partido trotkista en menos de lo que tarda en rezar una novena.

El fundamentalismo religioso no ha desaparecido. Es cierto que hay que ser un soberano zote para no percibir la mastodóntica diferencia existente entre una religión medieval criminal que almacena en sus genes la idea de la sumisión de la mujer y religiones como la cristiana o la judía. Religiones que han acabado aceptando aunque sea a regañadientes y con algunas excepciones su papel marginal y perfectamente privado en las sociedades democráticas modernas. Pero el fundamentalismo, la superstición y el odio al racionalismo científico y la libertad personal existen. Quizá la Iglesia Católica ha acabado aceptando su papel en las sociedades modernas, pero muchos de sus fieles no. Y han aprendido a moverse de forma sibilina. Si no pueden caer sobre los españoles como una lluvia torrencial les calarán los huesos con una lluvia fina que apenas parezca requerir paraguas. El ministro Fernández Díaz jamás hablará en público de las visiones marianas. El ministro Gallardón no mencionará ni una sola vez durante la tramitación de la reforma del aborto la palabra “religión”. Su defensa de la reforma se basará en conceptos asumibles por todos como el de la dignidad o el de la igualdad de todas las vidas humanas. Como si alguien con dos dedos de frente defendiera la idea de que existen vidas humanas de primera y de segunda.

Durante la tramitación de la ley quizá lean ustedes en la prensa perfiles de políticos destacados del PP en los que se les califique  de “agnósticos”.

Agnósticos mis cojones. Pura España eterna, atrasada y negra. Refractaria a toda razón, a toda inteligencia, a toda modernidad. Crédula y marcial.

Tenebrismo y tinieblas.