Tsevan Rabtan: Réplica brillante y negativa de un austrohúngaro

Me he pensado si responder a las 4.374 palabras del artículo de Cristian Campos porque hacerlo supone un esfuerzo de esos destinados a la melancolía. ¿Qué más dará lo que digamos él o yo cuando el “debate” sobre la secesión de Cataluña se está produciendo en términos tan primarios? Si me he decidido a hacerlo ha sido porque creo que puedo dar a mi respuesta un enfoque bastante más ligero sin que ello suponga renunciar a la seriedad que merece.

De entrada, he de manifestar mi enorme perplejidad cuando he leído en su artículo que un tipo brillante como yo ha tenido que recurrir a la farsa “para expresar su rechazo a una hipotética futura Cataluña independiente”. Extraña conclusión esa para un artículo que solo pretendía descojonarse de la pasión de algunos por atribuirse glorias vicarias, tan excitante que les lleva a plantear sesudos —o a lo mejor no tanto— estudios históricos que demuestren que tal sujeto de relumbrón no nació allí, sino allá, como si eso le diera a la ubérrima tierra corticoles. Esa pasión hoy es catalana, pero la infección arraiga por todas partes. Cuando era niño, descubrí en una casa que acababa de comprar mi padre, un libro escolar de los años cincuenta en el que, en sus primeros capítulos, aparecía un dibujito de unos romanos con este pie: “Trajano y Adriano: los primeros emperadores españoles”. Y contaba Díaz Plaja en El español y los siete pecados capitales que a un señor por poco lo matan los de Ávila por atreverse a escribir un libro planteando que Santa Teresa no nació en donde siempre se nos ha dicho.

Creo que esa acusación obedece a una profunda inflamación del ego que padecen algunos catalanes —incluyo a Cristian—, que no hacen más que exigirnos a los demás razones para mantener esta cosa que existe desde hace unos cientos de años y que se llama España. Es como una petición de amor o de cariño que te hicieran a la vez que están inventariando los regalos. Más aún, ya no bastan las razones sin más. ¡Encima tienen que ser positivas! La tarea es ingente, teniendo en cuenta que vivimos en España y que la época es negra, negrísima. Dentro de nada se nos pedirá a los “brillantes” que además de positivas, las razones conecten con el alma comercial, mediterránea y abierta a la innovación propia de los pueblos del mar. Y yo, la verdad, no doy tanto de mí.

Y lo curioso es que toda la vida del demiurgo, las llamadas razones “negativas” han sido unas razones cojonudas. Dejo de fumar, de beber y de ir con mujeres ¿por qué? Sí, por la negativa razón de que si no lo hago palmo. Monto una guerra y consigo que mueran 450.000 useños, ¡sí!, por la negativa razón de que los japoneses nos invaden. Casi diré más: las razones de verdad suelen ser negativas. Las positivas están bien para los jovencitos que tienen que enamorarse y decidir qué estudiar para así alcanzar ese maravilloso futuro que les espera. Luego, con el tiempo, rascas y vas descubriendo que los intereses tienen que ver con la contabilidad y que es difícil mejorar, pero extremadamente fácil joder el pueblo. La historia está llena de aventuras magníficas, anunciadas a bombo y platillo, que terminaron en Cannas y de viejos “cagadudas” que a veces tenían razón. Vamos, que no comprendo qué aversión le ha cogido Cristian Campos a las “razones negativas” salvo que pase que le molestan y que para qué hablar de la Unión Europea o de la balanza comercial de Cataluña con España o de ese entramado gigantesco de relaciones de todo tipo entre españoles (incluidos los que ahora parece que quieren dejar de serlo) que es tan intensa que solo empezar a deshacerla requiere un esfuerzo asombroso. ¿Y para qué? Ah, para conseguir la Cataluña de cada uno. Porque claro, la Cataluña de Cristian se parece a Seattle, mientras que la de otros más bien debería ser Suecia. Y todo eso, además, lo van a hacer con una sociedad que, según parece, será capaz —imbuida por un viento renovador que viene del pasado— de transformarse de lo que es hoy —España— en un sueño, no sé como llamarlo, ¿protoneomedieval?

Intentaré explicarme. Cristian nos ofrece muchos datos y algunas interpretaciones históricas y además hace predicciones. Como no soy economista ni historiador profesional no voy a buscar entre los —qué cansancio— miles de artículos que supuestamente refutarían esos datos, interpretaciones y predicciones. Podría hablar de la decadencia de Aragón en el siglo XV, de que la potencia económica castellana originada en la misma época se hunde por las excesivas cargas que le impone la monarquía universal de los Austrias y que no se comparte por ninguno de los demás reinos (entre otras cosas por su pobreza). Podría hablar de que la unión fue desastrosa para Castilla y que la conquista de América fue la puntilla, ya que le pasó lo que a esos países que descubren un recurso natural importante y se dedican a gastar, provocando una espantosa inflación y una desincentivación de la economía productiva. Podríamos hablar de que Castilla fue históricamente la primera afectada por el imperialismo español y de que ciertas zonas periféricas de España, en determinados momentos, y como consecuencia de una renuncia a instituciones históricas medievales (y por ello patéticas en un Estado moderno), se beneficiaron de monopolios y de un mercado interior cautivo y que eso explica su momentánea riqueza y no un carácter o una cultura eterna. Pero ¿para qué? Seguro que habría quien me enseñaría tal tratado o tal dato (¡definitivo!) que demostraría lo equivocado que estoy, y que Cataluña podría haber sido como Génova o Venecia, esos Estados tan boyantes en el actual concierto de las naciones. Todo esto es un flatus vocis. Con muy buenas razones, algunos sostienen que en el siglo XVIII China seguía siendo la nación más avanzada de la Tierra. ¡Hace doscientos años! Cien años más tarde fue invadida por un montón de naciones bárbaras y casi troceada. ¿Cuánto han cambiado las naciones, el pensamiento político, las estructuras socioeconómicas en solo treinta años, desde la caída del muro? ¿De verdad es serio remontarnos a la Castilla imperial para argumentar si ahora es buena o mala idea que Cataluña se independice?

En realidad, lo que me llama la atención, en una persona que se denomina liberal y que cree en el pensamiento científico y en esas zarandajas varias, es esa constante referencia a una dicotomía entre los catalanes y los españoles, o los castellanos, como si tuvieran una genética diferente o una cultura tan distanciada que prácticamente fueran marcianos los unos para los otros. Yo, sin pretender faltar al respeto a Cristian Campos, levito ante esa ingenuidad, ante la creencia en una especie de espíritu del pueblo catalán, pequeñoburgués, esforzado, trabajador, amigo del comercio y de la innovación, lleno de sentido común y pacífico. Naturalmente, no tengo una prueba en contra de lo que dice, ni tampoco en contra de que en la España no mediterránea no haya clase media (y eso que viví con mi padre muchos años), ni tampoco acerca de que en Madrid haya solo desde hace siglos una clase cortesana que permite a esta región ser rica, merced al ingente porcentaje (un 15%) de funcionarios. No tengo prueba en contra. Tampoco tengo pruebas de que el alma no transmigre parcialmente en los trasplantes, pero es que las afirmaciones extraordinarias las tienen que probar los que las hacen y no los demás.

He leído con atención los comentarios al artículo, y, con la excepción habitual de los que dicen que no a volver a leer Jot Down o que insultan al articulista, he descubierto muchos muy sensatos, en los que ya se plantean respuestas a manifestaciones tan imaginativas como las relativas al hecho inusual de que la capital de un Estado importante no tenga costa y se sitúe en el centro, cosa que, al parecer, no ha sucedido más que con Madrid. Geostratégicamente Madrid es trivial, dice Cristian, a diferencia de Moscú, que está como todos sabemos en medio del paraíso. Lo mismo digo acerca de la naturaleza clientelar de las instituciones catalanas y de las conexiones de la economía con el poder. Yo no conozco demasiado Cataluña y dejo que los que viven allí hablen al respecto, y lo que oigo resulta familiar. Y, finalmente, lo mismo digo sobre la mayoría de los males que afectan a los españoles, según Cristian, y que, según me dicen los propios catalanes, son tan comunes allí, que uno llega a la extravagante conclusión de que ¡Cataluña es España! No insistiré en estas cuestiones. Lo que realmente no entiendo es esto:

“Así que en las elecciones de este domingo, cortocircuitadas por las cloacas del estado, se vota algo que va mucho más allá del corto plazo. Se vota siglo XVII o siglo XXI. Caciquismo o libertad de empresa. Policía política o separación de poderes. Corte o burguesía. Nepotismo o liberalismo. Se vota la posibilidad de romper con 500 años de miseria, molicie y fracaso. Se vota la posibilidad de encarrilar España, por medio de una sacudida política descomunal, en la vía de la productividad y el progreso“.

No lo entiendo, porque el mismo Cristian en uno de sus comentarios admite que CiU y ERC son una cosa bastante lamentable. Es decir, en estas elecciones se vota todo eso que dice Cristian, pero para conseguirlo hay que elegir a unos tipos que, tan malos son, que parecen españoles. ¿Y esos son los padres fundadores del Estado catalán, unos tíos con los que no irías ni a heredar? Ojo, me refiero solo a ellos, porque votar a los otros no parece que sea ninguna de esas cosas maravillosas que pronostica Cristian.

Termino ya, que no quisiera que mi artículo fuera más largo que el del propio Cristian Campos. Yo creo que en el independentismo catalán actual hay un componente relacionado directamente con la calidad de vida. Como las cosas van mal, es hora de pirarse, a ver si así. Luego hay gente que defiende esto de siempre. Con estos últimos no puedo razonar porque no comparto una visión del mundo que cree en el destino de las naciones. Ni me haré heredero de lo que hizo un castellano hace 500, 300 o 100 años, ni por supuesto pelearé por entelequias que solo sirven para que la gente viva peor. Para mí España es instrumental. Es algo que está ahí; que se hizo, mal que bien, en muchos siglos y que está en Europa. Y yo desearía, por cierto, que un día desapareciera en un Estado europeo (aunque me temo que más de un liberal —y no quiero señalar— terminará berreando contra el centralismo europeo y su burocracia). Como esa es la realidad, prefiero trabajar para cambiarlo, pero sin ventajismos. Sin estar constantemente pidiendo perdón y sin la amenaza permanente de los que dicen que se quieren ir si no se les mejora en su reparto de la tarta. Para seguir así, prefiero la ruptura, aunque me temo que será desastrosa para España y para Cataluña. Y si se rompe, quiero que mi Gobierno contrate a un matrimonialista en condiciones, a un buen tiburón. Por cierto, para los que aún duden, esto que acabo de vaticinar si se sigue adelante, es inevitable. Estoy harto de verlo. No lo duden, mientras seamos de la misma familia, todo quedará en ella, aunque nos insultemos. En el momento en que se dé un paso sin vuelta atrás, desaparecerá cualquier vínculo de afecto y se exigirá a los políticos —esos maestros de la carne picada— que hagan daño. Pensar que esto pueda ser un aldabonazo para España y para Cataluña me parece realmente folclórico.

Ah, sobre los vaticinios y los mapas, no diré nada. Cualquier persona instruida sabe que es pueril querer adivinar el futuro. Y si no pregúntenselo a los kremlinólogos.