Ramón Lobo: Enrique Meneses ya es río

Enrique Meneses para Jot Down - fotografía de Guadalupe de la Vallina

Enrique Meneses ya es río, azul o blanco como su Nilo, del que era capaz de hablar horas. Es río como los mejores marineros, ¡qué importan las aguas, los sabores!; lo esencial es navegar, viajar, aventurarse, aprender, contar. Se nos fue una esencia del periodismo, un artista de la narración, de la vida; un hombre capaz de cautivar a un auditorio con su capacidad extraordinaria para el gran relato.

En eso consiste este trabajo: compartir hechos, sucesos e historias.

Se inició en el oficio el 29 de agosto de 1947 con la muerte del torero Manolete. Le pagaron 150 pesetas y el taxista que lo llevó a Linares y devolvió a Madrid le cobró 400. ¿Quién habla de crisis en la profesión? Este fue siempre un trabajo a contracorriente, mitad artista del hambre, mitad jugador de suerte. Meneses hizo cuentas: 150-400 = debo 250; un mal negocio.

Como tantos jóvenes de esta España rajoyniana y mustia, emigró fuera, lejos, en busca de oportunidades. Viajó a Egipto. “Si llevan peleándose desde hace dos mil años no va a parar ahora”, dijo. Tenía razón. Al poco de su llegada a El Cairo estalló la Guerra del Canal de Suez. Era octubre de 1956. Nasser expulsó a los periodistas de los países beligerantes. Quedó solo Meneses, español y con un excelso manejo del idioma francés.

Así nació su idilio con la revista Paris Match que le llevaría un año después a Sierra Maestra, a convivir, fotografiar y escribir de unos barbudos que cambiaron parte de la historia de América Latina. Allí estuvo con los hermanos Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara.

Fue el único fotógrafo extranjero en los inicios de la revolución cubana, cuando las utopías estaban aún intactas, sin contaminar. Su narración de aquellos hechos, de cómo contactó con los revolucionarios y cómo logró sacar los negativos en las enaguas de una mujer era otra de las maravillas que regalaba a sus oyentes.

Eran tiempos heroicos, como los que vivió en Washington con la marcha del sueño de Martin Luther King en la que encontró a una mujer negra llorando apoyada en un árbol porque un hombre blanco la había llamado señora. Era la primera vez que escuchaba respeto.

Meneses fue contemporáneo de Robert Capa y David Seymour, fundadores de Magnum. Hablamos de un hombre que junto a Manuel Leguineche es uno de los pilares de esta profesión en España, maestro de tantos, ilusionador de todos.

Como a Pedro Altares que tanto dio a la transición y la enseñanza de la libertad, Meneses quedó en el olvido, en la injusticia. No es este un país de agradecidos, de darse las gracias, de reconocimiento.

Trabajó para ABC, TVE, creó revistas, dirigió otras y viajó por África, un continente en ebullición que ya no existe. Fue como Kapuscinski, un aventurero. Enrique Meneses realizó el viaje mítico Cairo-Ciudad el Cabo, un recorrido casi imposible en el África de hoy; un viaje que comenzó por la foto de una sudanesa en las páginas de Paris-Match. Todos quisieron conocerla; lo que arrancó como una broma loca terminó en una experiencia única.

Gervasio Sánchez le rescató de ese limbo de silencio y lo llevó a conferencias y universidades. El resto lo puso Meneses, su arte, su ser mayúsculo. Cuando el espectador le escuchaba por primera vez quedaba subyugado por su talento narrador, por la persona inundada de vida, luz, emociones, historias. Cuando se le escuchaba una vez todos querían repetir.

Enrique Meneses se ha muerto dejándose ir, una semana después de dejar creada su fundación y ordenado en carpetas su legado. Es nuestro deber como periodistas seguir su senda de gran periodismo sin importar las cuentas del 150-400; siempre hay oportunidades para quien lucha y no se rinde.

Me gusta sentir la muerte como la continuación de un viaje que se inicia con la vida. No creo en la vida futura ni en ningún ente metafísico superior. No creo que haya nada después de exhalar: ni premios ni castigos, ni ángeles ni demonios, solo silencio, quizás paz.

Aunque sea una contradicción también me gusta imaginar al muerto en la Ítaca de Cavafis, sentado sobre un promontorio con vistas al mar en espera de los barcos que le traerán tarde o temprano los amigos que le seguirán.

Allí está ya Enrique, en esa Ítaca mágica, whisky en mano, quizá fumándose un puro habano, sin oxígeno en botella ni prohibiciones médicas; feliz de haber tenido una vida tan extraordinaria y completa. Se fue un maestro, queda el ejemplo. Gracias siempre.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina