Construyendo a Sugar Man

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Nota: contiene detalles de la trama. De la trama, ¡precisamente!

El documental Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012) cuenta la historia de Sixto Rodríguez, un cantautor del Detroit de principios de los 70 que grabó dos excelentes discos de nulo éxito en su país, pero que descubrió casi 30 años después que su música era bien conocida desde siempre en Sudáfrica, donde sus ventas se contaban por centenares de miles y sus canciones habían llegado incluso a inspirar a los movimientos sociales contra el apartheid. Lo supo gracias a dos fans de Ciudad del Cabo que, creyendo que se había suicidado tiempo atrás (algo que todos los sudafricanos daban por hecho) decidieron indagar en su misteriosa biografía, averiguando que estaba vivo y trabajaba como peón en Detroit, alejado de la industria musical.

La historia, indudablemente atractiva, nos la cuentan esos dos fans, StephenSugarSegerman, propietario de una tienda de discos, y Craig Bartholomew Strydom, crítico musical. Todo arranca en Detroit: varias personas rememoran su primer encuentro con Rodríguez a finales de los 60. Nos describen al cantautor como un espíritu errante, una especie de vagabundo y poeta de la calle. Hay algo literario en el relato que los productores que lo descubrieron hacen de la noche neblinosa, mágica e inolvidable en que lo vieron actuar por primera vez. Sorprende después el testimonio de Steve Rowland, productor del segundo disco de Rodríguez: tras mostrarnos unas fotos del misterioso músico que Rowland asegura llevar 35 años sin ver (pero que extrae del primer cajón de un mueble del salón de su casa) el productor se entrega a un calculado rasgado de vestiduras a cuenta de que Rodríguez decidiera retirarse tras el nulo éxito de sus dos discos y quedara condenado al olvido.

Y ciertamente se nos antoja injusto el olvido de Rodríguez, pues el documental nos va descubriendo en excelentes intercalados sus magníficas canciones. Viajamos entonces a Sudáfrica, donde se nos habla de la llegada al país, prácticamente accidental, de su primer disco en los años 70, de su inmediato éxito y de cómo inspiró a los músicos que cantaban contra el apartheid. Segerman y Bartholomew nos cuentan entonces la leyenda plenamente extendida en Sudáfrica según la cual Rodríguez se habría suicidado durante un concierto, y cómo ellos decidieron averiguar la verdad. Hay algo artificioso y construido para la ocasión en estos testimonios. También involuntariamente cómico: se queda uno sin palabras cuando escucha a estos grandes investigadores contar que se fueron a Amsterdam y a Londres a buscar el rastro de Rodríguez al citar este ambas ciudades en sus canciones, y que tras años analizando sus letras (dos discos, 25 temas) se dieron cuenta de que aún no habían buscado en el atlas dónde estaba otra ciudad en ellas mencionada: Dearborn, en las afueras de Detroit.

La búsqueda de Segerman y Bartholomew gana sin embargo interés cuando se hacen una pregunta pertinente: ¿dónde fueron a parar las ganancias por las innumerables ventas de los discos de Rodríguez en Sudáfrica? Hay entonces una impagable entrevista con Clarence Avant, responsable de la discográfica americana (Sussex Records) en la que publicó sus discos Rodríguez y exgerente de Motown. Entrevistador y entrevistado disputan una gozosa batalla en la que las frases echan chispas, y Avant se defiende como gato panza arriba de las acusaciones de haber contribuido a que el artista no viera jamás un duro de sus ventas sudafricanas. Pero después, incomprensiblemente, el documental soslaya totalmente el tema, que bien podría haber dado fruto a una brillante disección de las miserias del mercado discográfico.

Volvemos entonces a la búsqueda del cantante: Segerman y Bartholomew nos cuentan cómo dieron finalmente con Rodríguez, a quien vemos por primera vez de cuerpo presente: el músico sigue viviendo en Detroit, efectivamente nunca supo nada de su éxito en Sudáfrica y lleva años trabajando en la demolición de edificios. El resto del documental se centra entonces en el retrato que de él hacen sus tres hijas: se nos insiste, con reiteración excesiva, en el carácter humilde, altruista y socialmente comprometido de su padre. También se nos muestra la emocionante gira de conciertos que Rodríguez emprendió en Sudáfrica en 1998, una vez rescatado del olvido. Porque es precisamente en ese momento cuando averiguamos que todo lo que nos han contado referente a la búsqueda del músico no ha ocurrido recientemente como el documental nos ha querido hacer comprender hasta ahora, sino hace 15 años. Cierta escena vista antes con una ventana que se abre se nos antoja ahora algo maniquea. También hay una incongruencia en el testimonio de una de las hijas (hijastra de hecho, aunque no sepamos el porqué, pues nada se dice de la esposa o esposas de Rodríguez): nos dice la hija que el duro trabajo de su padre obligó a la familia a vivir en 26 casas diferentes, pero los créditos finales aseguran que el músico lleva viviendo en su casa de Detroit 40 años.

Sale uno por tanto de Searching for Sugar Man con el placer de haber descubierto a un músico excelente, pero también con la sensación del frío cálculo, del relato orientado, de la creación de una trama, de características todas ellas más propias del género de ficción. Todo empeora cuando se empieza a indagar en la red. Basta echar un rápido vistazo para descubrir lo siguiente: en la propia web oficial del músico encontramos las notas de un álbum en directo grabado en Australia en 1979. Ahí se nos dice que en 1978 una discográfica australiana firmó un contrato con Sussex Records (la compañía presidida por Clarence Avant) para publicar en las antípodas un Best of del artista convertido inmediatamente en superventas, lo que llevó al cantante a realizar una gira el año siguiente por el país actuando ante miles de personas en Sidney, Melbourne, Perth y otras ciudades. Échenle un vistazo, es la misma historia del documental (el boca a boca de su primer disco, el éxito inesperado de este, la búsqueda del cantante dado por muerto y finalmente encontrado, los nervios del artista antes de enfrentarse a tan numeroso público, el entusiasmo de las masas) pero 20 años antes. Otro vistazo aquí revela que en 1981 volvió al país para compartir escenario con artistas locales como Midnight Oil o Men at Work. También en 2007 y 2010. Se comprende entonces que al menos Rodríguez sí debió recibir royalties por sus ventas en Australia. Y no se comprende cómo Barholomew y Segerman siguieron confiando en su atlas cuando en 1998 una simple consulta en la red (la misma red que usaron para crear un foro on line de apoyo a su búsqueda) podría probablemente haberles revelado esta información.

Se puede argüir que Searching for Sugar Man está contado desde el punto de vista sudafricano, pero un segundo visionado del documental revela detalles flagrantes: el entrevistador plantea a Rodríguez preguntas como “¿No hubiera sido bueno saber que eras una superestrella, que hubo algo que pudo cambiar tu vida para siempre?” Y uno de los entrevistados llega a decir: “Rodríguez no fue un éxito en ninguna otra parte”. Sospechamos entonces de la veracidad de todo lo que se nos ha contado, y es una pena, porque si no se hubiera ocultado el episodio australiano la gira de Rodríguez por Sudáfrica habría resultado igualmente emocionante. Pero ahora el documental nos obliga, por desgracia, a dudar del propio retrato que se hace del músico. Y nos volvemos recelosos (quizá equivocadamente) ante detalles como el hecho de que en los conciertos sudafricanos de Rodríguez toda esta música contra el apartheid congregara a millares de espectadores de raza exclusivamente blanca. O de que, en la escena en la que se nos muestra el ridículo y rudimentario procedimiento de censura musical de las autoridades (el rayado de los vinilos) el documento original que detalla las letras prohibidas por el gobierno esté encabezado por el texto “CD TITLE”.

No dejes que la realidad te estropee una buena historia, pero si haces un documental cuéntame toda la verdad. Para la ficción ya están las películas. Searching for Sugar Man no opta por la verdad, sino por la construcción de un personaje. La estrategia ha funcionado: Oscar al mejor documental y gira mundial de Rodríguez, que en breve le traerá al Primavera Sound de Barcelona. Yo estaré ahí. Sus canciones al menos sí merecen olvidar estas malas tretas.

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