In memoriam: Ray Manzarek

Ray Manzarek
Los grandes nombres de toda una época irrepetible se van yendo, uno detrás de otro. Hoy ha sido Ray Manzarek, teclista y una de las dos cabezas pensantes en una de las bandas de rock más míticas de todos los tiempos, The Doors.

En esta ocasión, creo que no puedo rendirle mejor homenaje que siendo completamente sincero y diciendo cosas que, quizá, a algunos les puedan resultar chocantes. Desde muy joven fui un gran admirador de The Doors. Escuché sus discos hasta la extenuación y, como creo que casi todo el mundo que ha disfrutado con su música, sufrí el “síndrome Jim Morrison”. Dicho de otro modo: durante muchos años compartí la teoría general de que The Doors no podían existir sin Morrison y casi me parecía lógico que la banda no hubiese conseguido continuar una carrera exitosa después de que su carismático vocalista muriese prematuramente en París. Un pensamiento producto de la fuerza del icono, o tal vez sencillamente de que —como a tanta otra gente— los árboles no me dejaban ver el bosque.

Comprendí la realidad bastantes años después, cuando pude ver en directo a unos reformados The Doors en los que —para sorpresa de todo el mundo— cantaba Ian Astbury, voz de los hard rockeros The Cult y a priori, solamente a priori, alguien demasiado alejado del espíritu original del mítico grupo de los 60. Recuerdo el escepticismo de mucha gente ante aquellas nuevas actuaciones de los “nuevos Doors”, y no era inhabitual escuchar o leer comentarios despectivos acerca de lo que consideraban una gira nostálgica que no iba a pasar del pastiche patético. Y bien: todo aquello era mera palabrería. Al menos cuando yo pude verlos, ofrecieron un espectáculo que iba mucho más allá de la nostalgia y cuya vibración resultaba difícil de creer. Yo mismo no daba crédito cuando terminó el concierto y me di cuenta de que no había echado de menos a Jim Morrison en ningún momento. Me di cuenta de que, sin haber confiado en ello, acababa de ver nada más y nada menos que un concierto de The Doors. No se trataba solamente de que Astbury hubiese llevado las canciones a su terreno con maestría, porque la verdad es que hay pocas cosas que Morrison cantase que Astbury no fuese perfectamente capaz de reproducir a su manera y sin desvirtuar la esencia del grupo. Pero no fue eso. Lo realmente grande, y esto para mí constituyó una revelación por no decir una epifanía, fue comprobar que Ray Manzarek y Robbie Krieger eran The Doors. Lo comprobé con mis ojos pero sobre todo con mis oídos: la música estaba allí. Ellos dos fueron los principales responsables de todo aquello que emanaban los míticos vinilos de The Doors, y la prueba irrefutable era el modo en que conseguían reproducirlo en directo. Aunque a muchos les sonará probablemente a anatema y a inexcusable atrevimiento, yo, un viejo fan de The Doors, tuve que admitir que había estado equivocado durante muchísimos años y que Jim Morrison no era insustituible. Al menos no sobre un escenario. Pero Ray Manzarek, me temo, sí lo era.

Aquella mágica noche, Manzarek se mostraba feliz y exultante interpretando aquellas canciones ante un público entregado, lanzando consignas políticas como si los 60 no hubiesen terminado para él, y abiertamente orgulloso de la música que estaba interpretando. Era quizá muy consciente de que la prensa podía decir lo que quisiera pero que ellos dos no eran una banda de tributo a The Doors: ellos dos eran la banda. Su música estaba allí: los desarrollos instrumentales, los cambios de intensidad, el encantamiento. Todo intacto, sin perder su esencia, sin sonar descafeinado o caduco. Eran un grupo vivo tocando una música viva, y haciéndolo en una época donde muchos críticos se permitían el lujo de burlarse de aquel retorno por no considerarlo “lo auténtico”. Y yo me preguntaba: ¿qué puede ser más auténtico que ver a Manzarek y Krieger regalándonos la música que ellos mismos crearon?

Como tantos otros turistas, no he pisado París sin rendir un tributo a la tumba de Jim Morrison, pero lo cierto es que desde aquella noche inolvidable empecé a ver las cosas de otra manera y creo que tendré que rendir un nuevo tributo, esta vez ante la tumba de Manzarek. Ahora que el cáncer se lo ha llevado, los Doors realmente han muerto. Esta vez sí, y para siempre. Sus teclados, que no se parecían a los de ningún otro, eran casi la mitad de un sonido único. Ciertamente, para él vivir a la sombra de Morrison debió de ser una bendición; nunca hubiesen alcanzado semejante estatus comercial sin aquel rostro y aquella presencia al frente. A fin de cuentas el negocio de la música es un negocio, un espectáculo en donde por mucho que nos pese a algunos no dejan de influir factores visuales y más bien frívolos. Es posible que sin la imagen de Morrison, muchos no hubiésemos llegado a conocer la música de Manzarek y Krieger. Pero esa presencia, especialmente cuando se convirtió en póstuma, también debió de constituir una pesada losa. Basta contemplar el biopic de Oliver Stone sobre la historia del grupo, un desaforado ejercicio de idolatría amusical que cometió el mismo error —sólo que considerablemente empeorado— de considerar que Morrison eran los Doors y que los Doors eran Morrison. Como digo, hoy tengo una idea bien distinta: el núcleo fundamental de The Doors lo formaban dos tipos que no eran los más guapos del cartel. Nadie debería escandalizarse por esta afirmación. Muchos lectores habrán notado ya (no es que me moleste en disimularlo) que soy un rendido idólatra de Jimi Hendrix, pero jamás se me han caído los anillos por admitir que Hendrix sonaba mejor cuando tenía a Mitch Mitchell a su lado. O que Bowie era el mejor Bowie cuando estaba flanqueado por Mick Ronson.

Es bastante posible, o al menos eso espero, que precisamente ahora se alcen muchas voces entre aquellos que contemplaron la fantástica resurrección de The Doors para reivindicar la importancia capital de Manzarek y su verdadero peso dentro de la leyenda. En sus teclados y en la guitarra de Krieger residía todo aquel universo sonoro que nos mantuvo fascinados durante nuestra infancia y adolescencia. Ni siquiera nos dábamos cuenta de ello, pero si Jimbo era el rostro, aquellos otros dos eran el corazón. Sí, podríamos hablar de las letras de Morrison, pero seamos sinceros: cuando empezamos a escuchar y amar aquellos discos, la mayoría de nosotros no entendíamos una palabra de inglés. Estoy seguro de que, como me sucedía a mí, muchos lectores que hayan engullido los álbumes de The Doors no sabían qué demonios se decía en esas canciones y poco les importó, porque las canciones eran grandes, sus atmósferas eran envolventes y sus melodías eran únicas. Sí, podríamos hablar de la voz de Morrison, pero cuando Ian Astbury ocupó su lugar no sentí que faltase un elemento fundamental en el grupo, ni sentí que hubiese un elemento extraño sobre las tablas. Y a juzgar por el entusiasmo de los presentes al terminar el evento, creo que casi nadie más lo sintió. A fin de cuentas hablamos de música; no intento menospreciar a Morrison y me doy cuenta de que era un enorme frontman y un individuo dotado de un carisma único (y de talento), pero él era un gran póster mientras que Manzarek y Krieger manufacturaban discretamente todos aquellas hipnóticas filigranas musicales.

Este es el mejor homenaje que se me ocurre: reivindicar la importancia fundamental de Ray Manzarek aun a riesgo de soliviantar a aquellos que todavía se resistan a bajar a Morrison del pedestal. Me gusta la voz de Morrison tanto como a cualquiera, pero —excepto a nivel comercial— el espíritu de The Doors no desapareció con él. Como muchos otros, fui testigo en primera persona de ello.

Hoy, en cambio, me temo que ese espíritu sí haya desaparecido para siempre. Se ha marchado uno de los teclistas más personales y reconocibles de las últimas décadas, pero sobre todo el hombre que vistió de gala un puñado de canciones memorables que nos acompañarán durante el resto de nuestras vidas. Robbie Krieger no podrá ya hacerlo por sí solo, por desgracia, como Manzarek tampoco habría podido hacerlo sin Krieger. O como McCartney, por muy bueno que sea en solitario —que lo es— no puede hacerlo sin Lennon y Harrison. O como Jagger no podrá hacerlo sin Richards. Y eso que hay miles de teclistas influidos por Manzarek que pueden reproducir sus canciones nota por nota y a los que Krieger podría recurrir, pero es que cuando vi a Manzarek no se limitó a ejercer de hombre-karaoke. Improvisó, matizó, creó sobre la marcha. Y todo —absolutamente todo sin importar que fuesen las mismas notas del disco o no— sonaba a The Doors precisamente porque estaban Krieger y él.

The Doors, ahora sí, han muerto definitivamente. Larga vida a The Doors.