Las tías no tienen gracia, el tópico

Autor: Joan Garvin

 

En su carrera de obstáculos hacia la igualdad, las mujeres tienen bastantes frentes abiertos, y el mundo del humor no es una excepción. Son muchos los dueños de locales que prefieren programar hombres en sus salas, porque las mujeres “no funcionan igual”, o “al público no le gusta tanto ver a una mujer subida a un escenario como a un hombre”. Estos tópicos no están ahora tan arraigados como hace unos años, pero sí representan una realidad de la que bastantes chicas no pueden escapar. En todo caso, es bueno preguntarse por qué hay muchos más cómicos que cómicas en el circuito nacional de locales.

Para empezar, ser cómico es un trabajo asociado a kilómetros de coche en solitario, a llegar a un hotel, a veces de mala muerte, tras pelearse cinco horas con el GPS, y recorrer calles oscuras hasta localizar ese bar donde muchos señores o chavales, con aliento a cerveza, te pueden dar la chapa durante mucho rato. Ser cómico termina siendo un trabajo más de chicos que de chicas, porque los bares están más llenos de chicos que de chicas, y porque los dueños de las salas suelen ser hombres. Por supuesto que hay cómicas, como Sara Escudero, Carolina Noriega o Raquel Sastre, que se patean el circuito más y mejor que muchísimos cómicos, y seguro que alguna de ellas podría tumbar a cervezas a un estibador polaco. Pero la realidad nos enseña que no es lo habitual, y que las chicas no siempre se sienten cómodas en un entorno tan masculino. Por no hablar de lo desagradable que puede ser estar interpretando un monólogo y que te griten que sería mejor que te desnudases si lo que buscas es entretener.

En lo que concierne a que exista una temática propiamente “de chicas”, es un asunto muy cuestionable. A menudo se acusa a las cómicas de hablar sobre hombres como si fueran hombres hablando sobre mujeres, es decir, de manera sexista y simplista. Esto sucede bastante, pero al final es lo de siempre: se puede ser simplista y sexista y ser muy gracioso, y viceversa. En todo caso solo es criticable si el tono resulta impostado y antinatural. Si la chica piensa así y quiere expresarlo así, es asunto suyo.

Según Carolina Noriega, una posible explicación a la poca presencia femenina en comedia es que las chicas, a lo largo de su vida, no han necesitado tanto hacer reír como los hombres para resultar atractivas social y sexualmente. Es cierto que siendo guapa es más fácil conseguir compañía sin ser graciosa, casi lo mismo sucede con los chicos. Y es cierto que el tipo gracioso que conquista por su labia está más extendido que su equivalente femenino. Podríamos unir estos tópicos a los de “gordita graciosa y buena gente”, o “las chicas valoran mucho que las hagan reír”, para tratar temas aledaños. Son teorías llenas de sentido común, pero difíciles de demostrar.

Aunque suene algo raro, una parte de la culpa del machismo hacia las cómicas la tienen algunas —y digo solo algunas mujeres que asisten como público, y que tuercen el gesto ante el protagonismo de una chica, que además de ser guapa y graciosa, capta la atención de su novio durante una hora. ¿O acaso alguien cree que el odio al “forastero listillo” es solo propio de hombres? Estas agresivas espectadoras son minoría, pero existir, existen, no lo duden, y no hace falta ser de pueblo ni de ninguna clase social en concreto para comportarse así.

Y tenemos, claro está, un argumento puramente estadístico: se lanzan al escenario muchos más hombres que mujeres, por lo que es normal que salgan más cómicos buenos que cómicas buenas. No hablamos de actrices que aparecen en series de humor, o de presentadoras de televisión con perfil cómico. Hablamos de hacer monólogos, de enfrentarse cada noche a un público extraño, de pasar años así hasta crear un personaje cómico mínimamente desarrollado. A esto se une el hecho de que muchos chicos se ven atraídos por el escenario para compensar en parte la falta de éxito, sobre todo sexual, que tienen cuando no están encima de él. Como dice Ernesto Sevilla, hay dos tipos de cómicos: los que ya follaban antes de subir al escenario y los que no.

¿Hay diferencias innatas en la capacidad de hacer reír de hombres y mujeres? También sería imposible demostrarlo. Ya se dan suficientes cabezazos los científicos para afirmar que unos están más dotados para resolver problemas espaciales y otros para la argumentación verbal, como para añadir leña al fuego con el componente genético del humor.

Hay más preguntas que podemos hacernos, y que no es necesario contestar en público: ¿vemos primero si la cómica es atractiva, ya seamos chicos o chicas los que miramos, y esto nos condiciona de alguna manera? ¿Lo femenino nos resulta menos “potente” a la hora de captar nuestra atención? ¿Damos la misma credibilidad a una chica diciendo barbaridades que a un chico? ¿Las chicas son más presumidas y menos proclives a autohumillarse en público, y esto las hace menos graciosas? ¿Tienen algunas mujeres un “techo de cristal” que les dificulta mostrar la suficiente seguridad y falta de miedo ante una audiencia cruel? La realidad es que, a la hora de la verdad, estas cuestiones están instaladas, en mayor o menor grado, en todas nuestras cabezas de espectadores prejuiciosos. Eso es, prejuicios.

Me gustaría ilustrar esta entrada al blog con un fragmento de monólogo de Sarah Silverman, quizá la más conocida de las cómicas norteamericanas en nuestro país. No es el mejor fragmento, les recomiendo buscar mucho más de ella, pero lo escojo porque representa una figura que hace callar las bocas de hombres y mujeres con un texto y un personaje trabajados, con unas líneas muy cínicas y una presencia más que notable, todo ello sin renunciar a su lado femenino. Y también porque es de lo poco que aparece subtitulado en Youtube.

Dicho y visto esto, la única sugerencia que puedo ofrecerles es que la próxima vez que asistan a un local de monólogos y al escenario suba una chica, aparquen sus ideas preconcebidas y se dejen llevar todo lo que puedan.