Surcando las estrellas: las 15 naves espaciales más interesantes de la cultura

Han Solo

“El espacio, la última frontera. Estos son los viajes de la nave estelar Enterprise, que continúa su misión de exploración de mundos desconocidos, descubrimiento de nuevas vidas y de nuevas civilizaciones; hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar”

Star Trek. Créditos iniciales.

Pese a que el nacimiento de la civilización se suele hacer coincidir con la primera vez que una tribu de homínidos se estableció en un determinado lugar, abandonando así sus costumbres nómadas, muchas veces se ha dicho que el ser humano es un animal explorador, que la característica esencial de la especie es alejarse de tierra conocida para encontrar nuevos mundos y así ampliar sus miras, su conocimiento y su territorio. También para saquearlos, colonizarlos y asentarse allí, en detrimento de los pobladores originales, claro; pero como este va a ser un artículo de carácter romántico, nos quedaremos con esa estampa del navegante que, frente alta y mirada aguda, viaja con rumbo y decisión en pos de lugares lejanos, a veces prometidos, a veces ignotos, pero siempre esperanzadores.

Hay tantos ejemplos como figuras históricas en los libros de enseñanza secundaria: Alejandro Magno llegando a Samarcanda, Erik el Rojo atravesando las gélidas aguas del Atlántico Norte en su viaje a Terranova, Cristóbal Colón ensanchando el mundo en decenas de miles de kilómetros o Chiquito de la Calzada rompiendo la secular frontera de la comunicación y la lingüística. Pero todos ellos se valieron de distintos vehículos para cumplir sus formidables empresas; Alejandro en columnas de caballería, Erik en el puente de un drakkar impulsado por el viento y los músculos de rudos y costrosos remeros vikingos, Colón en la cubierta de la Pinta, la Niña y la Santa María —bueno, solo estaba en la cubierta de una de las tres carabelas, claro, no en las tres a la vez—, y Chiquito a bordo de una psicotrópica camisa estampada con celulares motivos de paramecios.

Sin embargo, qué duda cabe de que es la exploración marítima la que confiere una especial importancia al vehículo de la gesta. El hombre enfrentado al hierático vacío del océano necesitaba de un medio al nivel de su aventura, no solo desde el punto de vista tecnológico, sino también desde el emocional. ¿Quién no ha ensoñado con adentrarse en el Pacífico a bordo del Beagle? ¿Cañonear puertos caribeños desde el Venganza de la Reina Ana? ¿Perseguir cetáceos asesinos en las barcazas del Pequod? ¿Ver despegar los F-14 desde el puente del USS Nimitz? ¿Asistir a un lúbrico desfile de abdominales en las cubiertas del Estrella Polar? Los barcos las naves se convertían así en motivo a veces de igual importancia que las hazañas que protagonizaban sus tripulantes.

Es normal, por tanto, que con el descubrimiento de las estrellas y el establecimiento de la Tierra dentro de un complejo sistema planetario, las miras de los exploradores se alzaran hacia la vasta bóveda celestial. Desgraciadamente, al contrario que con la ingeniería naval cuyos adelantos permitieron la construcción de barcos más sólidos, rápidos y fiables, capaces de recorrer las distancias oceánicas a las que se enfrentaban las magnitudes estelares son tan inmensas que, aún contando con los extraordinarios avances tecnológicos que vemos cada día, y mientras sigamos bajo el inmisericorde peso de la relatividad de Einstein, me temo que nuestros ojos se los comerán los gusanos antes de poder contemplar ningún rayo C brillar en la oscuridad más allá de la Puerta de Tannhäuser.

Por fortuna, la especulación científica corre al rescate de nuestra imaginación para proponernos viajes de uno al otro confín de la galaxia. A lo largo de más de un siglo de historia de la ciencia ficción y de la ciencia hemos visto naves espaciales de todo tipo que han tratado de alejarnos de nuestra vieja Tierra y acercarnos a las distantes estrellas, más allá de los límites de la tecnología e incluso de las leyes de Einstein. Con motores químicos, nucleares y gravitacionales; con impulsores FTL (Faster Than Light), dispositivos hiperespaciales, y ansibles; tripuladas por un solo piloto o con sociedades enteras en su interior.

Esta es la lista de las 15 más interesantes que hemos considerado, ordenadas en el riguroso orden que le ha salido de las narices a este humilde redactor. Quedan abiertos los comentarios para que propongan ustedes las que crean que hemos olvidado.


15. Proyectil Balístico. De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna. 1865-1870

Calibre 500.000, bitches.
Calibre 500.000, bitches.

La pionera y algo ingenua manera que plantea Jules Verne para alcanzar nuestro satélite consiste en una cápsula con forma de bala que sería disparada desde un enorme cañón de tipo columbiad, minimizando así el uso del motor autónomo.

Aún siendo científicamente viable, el tamaño de dicho cañón y la energía necesaria para expulsar al vehículo fuera de la órbita terrestre convierten a la empresa en un disparate tecnológico. Además, que no sé yo si los astronautas estarían dispuestos a meterse en la boca de un arma con varios millones de toneladas de pólvora como combustible instantáneo.


14. Cohete de Tintín. Objetivo: La Luna y Aterrizaje en la Luna. 1953-1954

Parriba. Pabajo
Parriba. Pabajo.

Basado en los diseños del V-2 alemán y anticipando los del cohete Saturn de la NASA, el cohete de Tintín —aunque en realidad el diseño corre a cargo de Silvestre Tornasol es un vehículo autónomo y autopropulsado por un motor mixto químico-nuclear. Quizá su peso y tamaño le hiciesen inviable para un viaje a la Luna, pero qué duda cabe que su diseño, aerodinámicamente eficaz, unido a un fastuoso colorido exterior le convirtieron en una de las imágenes más conocidas que hayan salido de los tebeos de Tintín.

En cualquier caso, lo más relevante del cohete es el sistema para generar la gravedad artificial. Georges Remi “Hergé”, que no solía dejar ningún cabo suelto, idea un método basado en la aceleración. De esta manera, el cohete se desplaza con una aceleración constante en la fase ascendente para, tras una cuidadosa maniobra de inversión, pasar a deceleración constante a la hora de alunizar o aterrizar, proporcionando así a al periodista del mechón, al barbudo Haddock y a los demás tripulantes incluido el primer fox terrier astronauta un empuje permanente contra el suelo que hace las veces de gravedad.


13. Modulo Lunar. Misiones Apollo. NASA. 1969-1972

Feo como un escuerzo
Feo como un escuerzo.

Ah, la implacable belleza de la eficacia. Una araña cuadrúpeda que no admite ni el espacio ni el peso de ningún embellecedor, de ninguna concesión a la imagen y ni siquiera a la comodidad del pasajero. Placas de metal y cables y aluminio y tornillos.

Si quieres ser astronauta, te jodes.


12. Yate solar. Sunjammer. 1963

Esto es un velero y no los de Flavio Briatore
Esto es un velero y no los de Flavio Briatore.

Arthur C. Clarke siempre ha sido muy celoso de la plausibilidad científica en sus obras. Estandarte de lo que se llama ciencia ficción dura, en el cuento Sunjammerpresentado años más tarde con el título de El Viento del Sol plantea una regata interplanetaria a bordo de vehículos impulsados por la presión de radiación solar. No se trata de motores alimentados por células fotovoltaicas o acumuladoras, sino de verdaderas “velas” que recogen esta presión.

El yate solar es una cápsula que ha reducido su peso y tamaño al mínimo, albergando a veces un único tripulante, mientras que despliega velas de varios kilómetros cuadrados de superficie para maximizar el efecto de la presión. Es interesante saber que la presión de radiación solar es ínfima, pero su disipación también lo es, por lo que, teniendo en cuenta que en el vacío espacial el rozamiento es prácticamente cero, la aceleración es constante. Así, el yate solar descrito por Clarke es capaz de alcanzar velocidades de más de 2.000 millas por hora en poco más de un día de navegación.

Esta tecnología es efectivamente tan viable que la NASA ha planteado varias sondas similares y la agencia espacial japonesa —JAXA— puso en órbita en 2010 un velero solar no tripulado: el IKARUS.


11. Nave de Barbarella. Barbarella. 1968

Y los trajes espaciales también molan.

Pero ¿quién quiere eficacia, leyes físicas o siquiera una mínima relación con la realidad científica cuando tu película es el indisimulado producto del consumo de abundantes sustancias psicotrópicas? Quizás los astronautas de la NASA aceptasen de buen grado estar rodeados de cables y monitores, pero desde luego que Roger Vadim no iba a permitir que a su mujer le hiciese sombra un montón de ferralla tecnológica.

El exterior es bastante cutre, pero el interior, obra de Mario Garbuglia, es delicadamente barroco, con esa colección de esculturas, esas pantallas de formas ignotas y ese ininteligible panel de control. Además, qué mejor que un forro de piel de visón para acariciar el cuerpo de una Jane Fonda alegremente proclive al nudismo.


10. Halcón Milenario. Star Wars. 1977

El montón de chatarra más rápido de la galaxia. Tan rápido que fue capaz de hacer la Carrera Kessel en menos de 12 parsecs; lo cual es extraordinariamente rápido, puesto que el parsec es una medida de distancia y no de tiempo.

Según la explicación intrauniverso, se trata de un carguero ligero de clase YT-1300 altamente modificado. Según George Lucas, su diseño se inspira en una hamburguesa con una aceituna al lado como puente de mando.

Sea como fuere, el Halcón Milenario se ha convertido en una figura icónica generacional, y pese a que, en favor de la Regla de lo Molón, vulnera prácticamente todas las leyes físicas —maniobra en el vacío espacial como un avión en el aire, dispara rayos sonoros, su interior dispone de gravedad similar a la de la Tierra—, lo cierto es que, al menos en su forma, huye del típico diseño aeronáutico, careciendo de alas o de una cabina frontal. No obstante, esta ausencia de elementos sustentadores visibles, perfectamente válida para surcar la galaxia, se convierte en un hándicap a la hora de volar en atmósfera.

Por tanto, esas bellas secuencias del Halcón escapando de Hoth o sobrevolando bajo la ciudad flotante de Bespin son, desgraciadamente, imposibles. Pero vamos, tan imposibles como la propia flotabilidad de Bespin, los sables láser, las explosiones espaciales o la telequinesis. Así que siempre podremos decir que el Halcón Milenario vuela en atmósfera porque Magia… digo, porque la Fuerza.


9. U.S.C.S.S. Nostromo. Alien. 1979

Tripulación: siete. Ja, siete por ahora.

La Nostromo, en cambio, sí se preocupa en cumplir las leyes físicas tanto para el vuelo espacial como para el aéreo. El diseño de Ron Cobb hace hincapié en un ingenioso sistema de propulsores inferiores rotatorios que permiten a la nave tanto maniobrar en atmósfera como aterrizar y despegar de planetas o planetoides. Técnicamente, la nave no “vuela” sino que se traslada como lo hace un helicóptero o un Harrier en desplazamiento vertical.

Con todo, lo más interesante de la Nostromo es su naturaleza de camión espacial, tanto en los sucios y ásperos interiores, como en su idiosincrasia mecánica. Esto es, la propia nave no deja de ser la cabeza tractora de un tráiler, cuya caja es la refinería que contiene los 20 millones de toneladas de mineral que transporta. De esta manera, cuando debe tomar tierra por la razón que sea, la plataforma permanece en órbita y es únicamente la cabeza —la Nostromo— la que baja y recoge a cualquier pasajero que la tripulación considere adecuado, convirtiendo así el resto de su travesía en una agradable y amena lucha por no servir de cena a un xenomorfo protofálico.


8. Heighliners de La Cofradía Espacial. Dune. 1965

Uno de los errores que más habitualmente se cometen a la hora de describir vehículos interestelares radica en la excesiva analogía que presentan con la ingeniería aeronáutica o naval. Solemos ver trasladados al espacio las características de barcos, aviones y, con frecuencia, portaaviones. Sin embargo, el portaaviones es un vehículo cuyo funcionamiento —y forma se deriva íntimamente del medio que recorre: el mar. Así, el barco es un vehículo lento y son los aviones que transporta los que hacen uso de su velocidad y maniobrabilidad para las incursiones.

En el espacio, esta consideración tiene escaso sentido; las distancias son tan grandes que no tiene ninguna lógica la existencia de una nave “lenta”. De igual manera, el medio por el que viajan tanto las naves grandes como las pequeñas es el mismo, el vacío.

Frank Herbert resuelve esta situación de una manera muy elegante, dando igualmente solución a la necesidad de vehículos mixtos atmosférico-espaciales. En la novela Dune, el monopolio del viaje espacial de larga distancia corre a cargo de la Cofradía de Navegantes, únicos seres capaces de hacer uso del ficticio efecto Holtzman y así, plegar el espacio, permitiendo el traslado instantáneo entre sistemas estelares. Los habitantes emplean naves híbridas para despegar de su planeta y llegar a la órbita donde se encuentra el heighliner de la Cofradía: un gigantesco cilindro de kilómetros de longitud que permiten acoger cientos e incluso miles de naves pequeñas. Una vez plegado el espacio, el heighliner aparece en órbita de un planeta al otro extremo de la galaxia junto con toda la carga, que descenderá a la superficie por sus propios medios.


7. Transporte de Especia. Dune. 1974

Lo azul que se derrama es especia la sustancia más valiosa del Universo
Lo azul que se derrama es especia la sustancia más valiosa del Universo.

La humanidad no conquistará el espacio en naves de la NASA”. Esta es la frase que Alejandro Jodorowsky espetó a sus diseñadores a la hora de enfrentarse a la versión cinematográfica de Dune que pensaba dirigir. Versión cinematográfica que finalmente no se llevó a cabo, por cierto.

Dicho y hecho, Chris Foss, encargado de los vehículos espaciales, propuso una serie de naves que, si bien eran esencialmente mecánicas, tenían formas más cercanas a lo biológico que a lo maquinal; como esa suerte de pez-tigre-cebra que aparece en la imagen.


6. Corazón de oro. Guía del Autoestopista Galáctico. 1979

Puestos a pasarnos la relatividad de Einstein por el forro de los cojones, hagámoslo con, ejem, estilo.

Douglas Adams nunca hizo una descripción precisa de la Corazón de Oro, la nave del chuleta y pendenciero Presidente de la Galaxia Zaphod Beeblebrox; y aunque el diseño de Joel Collins para la versión cinematográfica de 2005 es bastante chulo, lo verdaderamente interesante es que conserva el particular sistema de salto interestelar que había descrito Adams en su novela. El motor de improbabilidad infinita es con seguridad el método más divertido para cruzar la galaxia, aunque esté lejos de ser el más eficaz.


5. Naves de La Cultura. Serie de La Cultura. 1987-2012

GSV de la Cultura según la versión del dibujante Luke Frost
GSV de la Cultura según la versión del dibujante Luke Frost.

En este punto me voy a extender algo más porque creo que lo merece.

A lo largo de nueve novelas y varios cuentos cortos, Iain M. Banks imaginó una civilización alienígena pangaláctica dentro de un marco económico posescasez. Una utopía anarquista hiperavanzada cuyos habitantes no necesitan preocuparse por el sustento, por el trabajo ni incluso por la salud. Los adelantos científicos y tecnológicos proveen de riqueza material prácticamente ilimitada y gratuita para todos, aboliendo así el concepto de posesión; además se han vencido las restricciones de la vida orgánica, incluidas la enfermedad y hasta la muerte.

A esta sociedad completamente igualitaria y estable que no necesita del uso de ninguna fuerza ni coacción la llamó La Cultura.

Pero Banks tiene muy claro cómo conseguir que una sociedad de estas características sea, efectivamente, estable. Para ello, la administración de la misma y toda su prospera riqueza recae sobre los invisibles hombros de un sinnúmero de inteligencias artificiales extraordinariamente poderosas llamadas Mentes. Estas Mentes controlan los hábitats de los ciudadanos de la Cultura, bien sean planetas, planetoides, orbitales o las propias naves espaciales, permitiendo así que sus habitantes se dediquen a cualquier actividad hedonista o altruista que hayan decidido. Las Mentes son a veces individualistas, a menudo excéntricas, pero siempre benignas actuando en busca del bien común. De esta manera, Banks coge lo mejor de la especie humana y lo coloca más allá de cualquier corrupción, esto es, fuera del control humano.

Hay dos características físicas muy interesantes de las naves de la Cultura. La primera es su tamaño; como hábitats perennes que son, pueden alcanzar dimensiones continentales, albergando en su interior ciudades, ríos y montañas. La otra es la ausencia de cualquier tipo de casco exterior; los límites se establecen mediante campos de fuerza, no apareciendo así ninguna barrera “física”. Las naves de la Cultura son islas flotantes, monumentales trozos de tierra viajando por el espacio.

Sin embargo, la particularidad más relevante de las naves es precisamente su vínculo con la Mente que la gobierna. La Mente no es el piloto de la nave, sino que cada parte de la nave está en asociación coherente con la Mente, cada trozo de tierra, cada río y cada campo de fuerza es una extensión perceptiva de la Mente. La Mente es la nave.

Las naves de la Cultura son seres conscientes, sensibles y pensantes. Así, sus nombres no son elegidos por los habitantes sino por ellas mismas, reflejando su, a menudo excéntrica, personalidad.

¿Quién no querría recorrer la galaxia en una nave que se llama “Tan Solo Lee Las Instrucciones” o “Problemas De Credibilidad” o “Desde Luego Que Te Sigo Queriendo” o “Salida Dramática, Gracias Y Buenas Noches” o “Caso Avanzado de Patetismo Crónico” o “Pensé Que Él Estaba Contigo”?

Estos son nombres reales de naves que aparecen en distintas novelas y relatos de la Cultura. Pero aún más, cuando la Cultura entra en contacto o conflicto con otras civilizaciones, estas últimas a menudo se preguntan cómo es posible que seres tan poderosos, prácticamente semidioses, tengan nombres frívolos, mundanos y con tan escasa dignidad y seriedad, tan poca gravitas; a lo que las naves de la Cultura responden en algo que se convierte en una broma recurrente rebautizándose con nombres tales como “¿Gravitas?, ¿Qué Gravitas?”, “Estaba Muy Lejos Cuando Se Repartió La Gravitas”, “Gravitas… Gravitas… No, No Me Lo Digas Que Lo Tengo En La Punta De La Lengua” o “Absolutamente Nada De Eso-Que-Ya-Sabéis”.


4. Cubo Borg. Star Trek. 1989

La resistencia es fútil
La resistencia es fútil.

A lo largo de los casi 50 años por los que la franquicia Star Trek se ha extendido, han aparecido en su universo catódico y cinematográfico multitud de naves espaciales de diversa forma, tamaño y naturaleza. La propia silueta de la USS Enterprise (NCC-1701) es un verdadero icono de la cultura pop y hasta de la ciencia ficción.

No obstante, creo que el hallazgo más significativo para el tema que nos ocupa es el cubo Borg. El diseñador de producción Herman Zimmerman lo concibió como esponjoso hexaedro regular de tamaño casi planetario, indescifrable mecánica y enigmático interior. Su hermética apariencia, de carácter industrial pero decididamente alienígena, no revela medios de propulsión o navegación ni atiende a leyes físicas de ningún tipo.

Además, el cubo Borg no es una caja hueca ni mucho menos un mero medio de transporte; al igual que sucede con el resto de seres y artefactos de su especie, el cubo está en permanente conexión simbiótica con todos y cada uno de los Borg. Es una parte más de la mente colmena la parte más poderosa, eso sí y su objetivo es el mismo que el de las demás: la búsqueda de la suprema perfección a través de la asimilación física y psíquica de cualquier miembro de otra especie.


3. Medusas de Aquaend. El Incal. 1980-1988

Con gafas de sol a juego
Con gafas de sol a juego.

Con los restos de la producción fallida de Dune, Alejandro Jodorowsky, con la ayuda de Jean Giraud “Moebius” dio vida a la saga de El Incal. Es fácil encontrar las similitudes no solo narrativas, sino también de diseño entre ambos trabajos: los Harkonnen son los Tecnos, los Sardaukar son la Endoguardia Púrpura, Muad’Dib es Soluna y el desierto de Arrakis es el planeta oceánico de Aquaend.

Así, los gusanos de Dune se trasforman en las medusas de El Incal.

Es cierto que los vehículos estelares de características biológicas u orgánicas llevan apareciendo durante varias décadas; desde Robert Sheckley hasta George R.R. Martin, desde Star Trek hasta los cylon de la nueva Battlestar Galactica. No obstante, la aproximación de Jodorowsky es la más radical. La medusa no es un nave espacial, es un ser vivo, un animal que solo acepta la interacción y hasta el acceso a su interior de seres humanos mediante un vínculo psíquico previo. La medusa encapsula a sus tripulantes dentro de una membrana física. No hay puertas ni escotillas. No hay puentes de mando ni motores. La medusa viaja en el espacio como nada en el océano.


2. Nube de la Muerte. Babylon 5. 1994-1998

Babylon 5 fue una serie de televisión caracterizada por unos efectos especiales cutrísimos, unas interpretaciones palmípedas y unos formidables guiones que a menudo versaban sobre problemas de intrincada índole geoestratégica o política.

Entre sus descubrimientos habría que incluir a dos especies extraterrestres, los Vorlon y los Shadows, cuyo estado natural es el de globulares espectros energéticos y que necesitan de una especie de traje de reunión físico para mantener contacto con las demás razas corpóreas de la galaxia. Al contrario que los demás, estos personajes viajan por el espacio en naves orgánicas pensantes de aspecto indisimuladamente animal; calamares y arañas. Además, los Shadows cuentan con una de las armas más bellas y devastadoras que se haya visto en pantalla.

La Nube de la Muerte, concebida por el diseñador de la serie John Iacovelli, es una esfera de Dyson móvil, mutable, autoconsciente y autoalimentada formada por millones de partículas semiindependientes que rodean a una superestructura en celosía donde se encuentran camuflados los centros de control. La nube es capaz de englobar planetas enteros con el entrañable fin de bombardearlos a base de proyectiles termonucleares y así acabar con cualquier forma de vida que pudiese existir en su superficie.


1. Burbuja. La Fuente de la Vida. 2006

Todo.

Al fin.

En el espacio profundo que propone Darren Aronofsky no hay lugar para tecnologías. Ni para motores FTL ni para mecanismos de maniobra ni para puentes de mando ni para cabinas de pilotaje ni para dispositivos de navegación ni siquiera para camas de hibernación.

El diseño que plantea James Chinlund es la sencillez en su expresión pura: una burbuja transparente. Dentro, Tom el astronauta y el Árbol de la Vida; el Principito y su flor.

Nada sabemos de la burbuja. Nada sabemos de cómo viaja ni de qué combustible utiliza, si utiliza alguno. Nada sabemos de su fuerza motriz ni de sus propulsores, sean cuales fueren. Nada de su autonomía ni de su material de construcción. Nada de sus puertas o escotillas, si es que las necesita. Nada de sus sistemas de soporte vital. Nada de si es orgánica o mecánica. Nada de si está viva o es inerte.

Nada.