Un aprendiz de hipster en Brooklyn

Brooklyn

Brooklyn es cool

Si Brooklyn fuera una ciudad independiente, sería la cuarta por población de Estados Unidos. De hecho, lo fue hasta 1898, y en cierto modo, lo sigue siendo hoy día, con su personalidad diferenciada de los otros cuatro boroughs de Nueva York, su impenitente orgullo de barrio y sus atracciones únicas. Brooklyn tiene su propio museo de arte, el Brooklyn Museum, con una magnífica colección que abarca desde el antiguo Egipto hasta Monet; su propio espacio verde a modo de remanso de paz en la jungla urbana, Prospect Park, que nada tiene que envidiar a Central Park (desde luego costaría dilucidar cuál de los dos parques cuenta con los corredores con accesorios más conjuntados); y por tener, desde el año pasado tiene incluso su propio equipo de la NBA, los Brooklyn Nets.

La llegada de los Nets a Brooklyn es muy significativa. La franquicia, esencialmente perdedora en los últimos años, huyó de la gris e industrial Nueva Jersey (el patito feo al otro lado del Hudson al que Nueva York mira por encima del hombro) buscando identificarse con el estilo de Brooklyn. Y aprovecharse de su tirón comercial, claro: solo en los dos primeros días que los productos del nuevo equipo estuvieron disponibles en la tienda de la NBA, los Nets vendieron diez veces más de lo que solían vender en un año entero en Nueva Jersey. La operación estuvo magistralmente diseñada desde el primer momento. Se construyó un pabellón último modelo en pleno centro neurálgico de Brooklyn, el Barclays Center, de exterior futurista e interior gourmet, con opciones de comida a cargo de algunos de los mejores restauradores de la pujante escena gastronómica brooklyniana. Se diseñaron unos logotipos y unos uniformes en un estricto e impoluto blanco y negro de lo más retro que a buen seguro merecerían la aprobación del diseñador gráfico de Jot Down. Pero sobre todo se tomó una decisión clave: se puso en lugar visible del proyecto al rey de Brooklyn.

Porque Brooklyn tiene su rey. Se llama Shawn Carter, aunque es más conocido como Jay Z (ojo, no Jay-Z, leí hace un tiempo que en un alarde de detallismo gramatical se había despojado del guión). Nació en Bed-Stuy, el barrio tradicionalmente afroamericano de Brooklyn que inmortalizó Spike Lee en su clásica Do the right thing (¿recuerdan la camiseta de Radio Raheem, Bed-Stuy. Do or die?), y su ascenso desde las malas calles donde vendía crack hasta el trono mundial del hip-hop ya es leyenda. Junto a su no menos legendaria mujer, Beyoncé Knowles, y su hija de nombre de superheroína Blue Ivy, forman la familia real de Brooklyn.

Pues bien, el rey de Brooklyn se puso al frente del cambio de sede de los Nets. Al menos aparentemente: en realidad el 80% del equipo es propiedad de un oligarca ruso y parece ser que Jay Z solo llegó a ostentar alrededor de un 0,067% que finalmente acabó vendiendo. Pero da igual. En el imaginario colectivo ha quedado que los Brooklyn Nets son de Jay Z. Es él el que se sienta a pie de pista como un Jack Nicholson de la costa este, es él al que persiguen las cámaras, y es él el que inauguró el Barclays Center de Atlantic Avenue con una serie de ocho conciertos que vendieron en total unas 120.000 entradas. Tal es así que un dicho popular típico de Nueva York se ha adaptado al efecto: si el Yankee Stadium siempre ha sido conocido como The House That Ruth Built, por el mítico jugador Babe Ruth, que cambió el destino de los Yankees, el Barclays Center es ahora The House That Jay Z Built.

En fin, esta digresión baloncestístico-artística venía al caso de ilustrar cómo el desembarco de los Brooklyn Nets es la prueba irrefutable y la confirmación definitiva de que Brooklyn está de moda. Brooklyn, señoras y señores, es cool. Muy cool.

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Mi Brooklyn

Y como es tan cool, tan moderno, tan requeteguay, y todo el mundo te lo dice, uno se lo acaba creyendo y quiere ser parte de la fiesta. Así que, como los Nets, acabé por mudarme yo mismo también a Brooklyn, a ver si se me pegaba algo. Tras dos años viviendo en Manhattan, decidí que yo, por qué no, podía intentar ser un hipster más, y crucé el Rubicón del East River para afincarme en Greenpoint (quizá lo conozcan por ser el barrio de Lena Dunham en Girls), en la zona norte de Brooklyn, junto a Williamsburg.

Pasado un tiempo de mi llegada, me empecé a acostumbrar al ambiente moderno, a las camisas de cuadros, los bigotes, las gafas de pasta, y dejé de pensar en la tontería mayúscula de lo cool. Yo creo que el momento clave en el que vi la luz me ocurrió en la peluquería del barrio. Mientras esperaba, siguiendo la tradición de la casa, me ofrecieron una PBR (Pabst Blue Ribbon, la cerveza favorita de los hipsters por ser barata a la vez que bebible). Allí estaba yo, rodeado de gente con peinados mucho más modernos que el mío, cubiertos de tatuajes (yo, que le tengo pánico a la aguja de los análisis de sangre), pero con mi PBR y mis ganas de encajar. De repente me sentí uno más. Quizá sí podía ser hipster al fin y al cabo. Fue entonces cuando me di cuenta de que, independientemente de todas las chorradas que se dicen, de hecho Brooklyn está muy bien. Es un lugar donde se puede saborear una cerveza mientras esperas en la peluquería. Por ejemplo.

También se puede comer la mejor pizza de Nueva York, en Paulie Gee’s. Paulie (me gusta pensar que la ge de su apellido es por Gualtieri, como el inolvidable subalterno de Tony Soprano) es un italoamericano de unos sesenta años y podría perfectamente pasar por el doble de Martin Scorsese. Trabajó toda su vida como informático, pero su pasión siempre fueron las pizzas, que cocinaba en el jardín de su casa para sus amigos. Tanto éxito tenían esas reuniones culinarias, que dejó su trabajo, mandó traer un horno de leña de veinte mil dólares directamente desde Nápoles, y montó el restaurante. El único cometido de Paulie es ir por las mesas cada noche saludando a la clientela e invitando a las chicas a limoncello, y no tiene respiro, porque el sitio está siempre lleno. Las pizzas de masa fina, en el punto perfecto, e ingredientes selectos y naturales son las mejores que he tomado fuera de Italia. Si van, pídanse la Hellboy, con miel picante, no les defraudará. Y saluden a Paulie de mi parte, quizás me haga un descuento la próxima vez. O me invite a un limoncello.

En Brooklyn también está Peter Luger, donde se puede disfrutar del mejor steak de la Gran Manzana. Casi se puede cortar con el tenedor como si fuera mantequilla. Y qué sabor. No he probado cosa igual. Cuenta Enric González en sus entretenidas Historias de Nueva York que Peter Luger ganó tantos años seguidos el premio Zagat al mejor steakhouse de la ciudad, que tuvieron que eliminar la categoría.

Paulie Gee’s y Peter Luger son mis favoritos, pero tengo otros lugares en Brooklyn que no quiero compartir con nadie (como diría Elvira Lindo). Traif, palabra que en yídish designa a los alimentos prohibidos por la religión judía, como el cerdo o el marisco, sirve precisamente eso (aunque también otras cosas) en medio del área con más concentración de judíos ortodoxos de Williamsburg. Independientemente de la polémica que levantó entre la comunidad local cuando abrió, sus platos pensados para compartir, estilo tapas, son una maravilla.

Para cocina de estrella Michelin a precios razonables, vayan a Bistro Petit. Para el mejor brunch, a Five Leaves. Para tomar una cerveza o un cóctel (o las dos cosas), No Name Bar, donde además sirven picoteo coreano si les entra hambre de madrugada. Para probar de todo en el mejor mercadillo de comida de la ciudad, Smorgasburg (que no se les escape el sándwich de brisket de Mighty Quinn’s). Y de postre, helado de foie gras, aceite de oliva virgen o, si son aventureros, chorizo en Odd Fellows.

Y como no solo de pan vive el hombre, por último una recomendación cultural. Vayan a The Word, una de esas librerías de barrio en peligro de extinción, busquen en la estantería de los staff picks y compren The love affairs of Nathaniel P., de Adelle Waldman. Dicen que es la novela definitiva para describir a la generación de jóvenes de entre veintitantos y treinta y tantos que pululan (pululamos) por Brooklyn. Llévensela a Transmitter Park, a unas pocas manzanas, y disfruten del libro y de una de las mejores vistas del skyline de Manhattan. Creo que Lena Dunham aprobaría el plan.

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Otros Brooklyns

Pero Brooklyn es mucho más que jóvenes blancos con tatuajes leyendo The New Yorker en cafés de moda. Fuera del reino hipster de Williamsburg y Greenpoint (aunque muchos de los verdaderos hipsters se han exiliado en Bushwick), está por ejemplo el Brooklyn «adulto» de Park Slope, con sus elegantes calles arboladas jalonadas de brownstones, características casas de piedra. Si pasean por allí quizá se encuentren a Paul Auster, pionero entre la intelectualidad neoyorquina a la hora de mudarse al hoy considerado uno de los barrios más deseados de la ciudad.

En Brooklyn, la llegada de vecinos de poder adquisitivo medio-alto a barrios tradicionalmente humildes (gentrification) ha modificado muchos paisajes. Para transformaciones, la del barrio de Red Hook. En los años veinte del siglo pasado llegó a ser el puerto de carga con más movimiento del mundo. Con la llegada de los contenedores, el área decayó, hasta el punto de que en 1990 la revista Life lo nombró uno de los peores vecindarios de Estados Unidos y la capital del crack del país. Hoy en día, sin embargo, ha atraído a varios famosos y cuenta con agradables restaurantes, como el Brooklyn Crab, que en consonancia con el pasado marinero del barrio, ofrece langosta y otros mariscos con vistas a la bahía de Nueva York y la Estatua de la Libertad.

Otro barrio histórico de Brooklyn es Coney Island. A principios del siglo pasado fue uno de los destinos vacacionales más concurridos de Estados Unidos. Hoy, solo queda la sombra de su esplendor y algún remanente de sus espectaculares parques de atracciones. A pesar de su aire decadente, resulta interesante, aunque solo sea como experimento sociológico, darse una vuelta por su famoso paseo marítimo y observar los personajes que lo frecuentan antes de tomarse un perrito caliente en el templo de Nathan’s, donde cada 4 de julio se celebra el famoso concurso consistente en engullir lo más rápido posible el producto estrella de la casa.

Luego está el Brooklyn auténtico, el de la gente, donde viven y se mezclan docenas de etnias, idiomas y culturas. Están los chinos de Sunset Park, cuyo Chinatown supera en tamaño a los de Manhattan y Queens. O los judíos ortodoxos de Williamsburg con sus sombreros y tirabuzones. También los ucranianos y demás rusohablantes de Brighton Beach, conocido como Little Odessa. O los negros y latinos de East New York y otros barrios del este de Brooklyn.

Incluso en barrios transformados por la gentrification como el mío, Greenpoint (yo soy parte del proceso, supongo), es muy curioso observar la convivencia de gente de distintos orígenes. Greenpoint fue tradicionalmente lugar de residencia de la comunidad de emigrantes polacos. Después llegaron los latinos y también los hipsters. En consecuencia, los domingos a mediodía se ve a grupos de señoras polacas volver de misa vestidas para la ocasión, como si estuvieran en un pueblo de la Polonia profunda, subiendo por Manhattan Avenue mientras charlan en su idioma. Por el camino, pasan por delante del taller de tatuajes y la tienda de productos gourmet frecuentados por los hipsters, y después por el restaurante colombiano y por el peruano que vende un pollo asado entero a ocho dólares, antes de llegar a la carnicería polaca para comprar kielbasa.

Por supuesto, Brooklyn, como microcosmos de Nueva York, refleja la tremenda desigualdad económica que aqueja a la ciudad y que no es ajena a estos contrastes étnicos y culturales. La eclosión de Occupy Wall Street, con su mensaje principal de «somos el 99%», no ocurrió en la Gran Manzana por casualidad. Si Nueva York fuera un país, tendría el mismo índice de desigualdad que Suazilandia: en Nueva York, el año pasado, el 1% más rico de la población ingresó cerca del 39% de la renta de la ciudad.

Precisamente ha sido alzando la bandera de la lucha contra las disparidades económicas como un político de Brooklyn, Bill de Blasio, ha conseguido recientemente hacerse con la candidatura demócrata a la alcaldía de Nueva York. Todas las encuestas dan por seguro que sustituirá a Bloomberg como el próximo alcalde. Su mensaje principal: revertir la creciente desigualdad social y hacer de Nueva York una ciudad habitable y de oportunidades para todos sus ciudadanos, no solo para los más ricos o los que viven en las mejores zonas de Manhattan.

De Blasio, con su familia multirracial (su mujer es negra y su hijo mulato luce un peinado a lo afro que hasta Obama ha elogiado) y su manera tolerante de entender la vida, representa muy bien el Brooklyn más moderno, en el sentido amplio de la expresión. No solo el que se ha puesto de moda últimamente, con sus hipsters y sus locales a la última, sino también el Brooklyn que celebra su diversidad cultural y es consciente de sus injustas desigualdades. Un Brooklyn integrador, colorido y que no deja nunca de sorprender, múltiple y variado, de opciones infinitas, con mil caras y acentos. Y es que hay muchos Brooklyns, pero todos están en este.

Fotografía: Alejandro Roche