¿Qué horror arquitectónico español habría que demoler urgentemente?

La Guerra Fría fue un periodo histórico plagado de tensiones, siempre bajo la amenaza latente de la destrucción mutua asegurada, pero sin duda el aspecto más escalofriante fue el desarrollo de la llamada bomba de neutrones. De ella se decía que mataba a la gente, pero que dejaba intactas las infraestructuras. O sea, que si caía una en Benidorm, Madrid o Bilbao arrasaría toda su población… ¡Y encima dejaría en pie sus edificios! Mire, es que eso ya es ensañarse, señora, es ir a mala leche. De manera que ya ni siquiera un holocausto nuclear podría librarnos de los aberrantes engendros que asolan nuestro país. Por ello queremos tomar la iniciativa y plantear qué obra arquitectónica española debería ser erradicada hasta sus cimientos. Teniendo en cuenta que en esta breve lista son todos los que están, pero no están todos los que son, quedan invitados nuestros lectores a añadir sus sugerencias. No vale incluir edificios que contengan redacciones, que les veo venir.

El Valle de los Caídos, en San Lorenzo del Escorial

Foto de Håkan Svensson (CC)
Foto de Håkan Svensson (CC)

Esto tiene de monumento histórico a preservar lo que una pintada a favor de ETA de mural artístico. Es mencionar que semejante espanto debería ser dinamitado con saña hasta que el fragmento más grande apenas sea una molestia si se te introduce en el zapato, e inevitablemente cabe esperar una respuesta del tipo «ya están los progres intentando reescribir la historia». Pero no es solo por eso. Es que es muy feo, mírenlo. Es que podríamos lanzar vítores a la televisión cada vez que viéramos en un informativo a Gallardón y seguiríamos pensando lo mismo acerca de esta obra arquitectónica.

Palacio de Congresos, en Oviedo

Foto de Martpan (CC)
Foto de Martpan (CC)

Un día vas paseando tranquilamente por Oviedo, entre amables edificios de viviendas, y te encuentras, al doblar una esquina, con una especie de criatura gigantesca agazapada en mitad de la ciudad, con la cabeza apenas oculta en un agujero del suelo. Dicen que se trata del Palacio de Exposiciones y Congresos Ciudad de Oviedo, pero a nosotros no nos engañan: es un emisario de Cthulhu. Desproporcionado, exagerado y sin sentido de escala urbana, por si acaso no deberíamos meternos mucho con este edificio no se vaya a despertar. Extra point: es un diseño de Santiago Calatrava (obra carísima, polémica, con juicios de por medio, con partes móviles que no se mueven, etc.), así que este mamotreto viene apadrinado, con garantía de calidad.

La Sagrada Familia, en Barcelona

Foto de Vitold Muratov (CC)
Foto de Vitold Muratov (CC)

¿Por qué Dios se enfadó tanto con la Torre de Babel y se queda mudo ante lo que está pasando en Barcelona desde hace tantas décadas en un edificio para, supuestamente, mayor gloria suya? ¿O debemos conservar la esperanza en que su venganza está por llegar y será terrible? Como bien dice nuestro estimado Félix de Azúa: «es un edificio de Las Vegas, como esos casinos que hacen imitando a Venecia, Egipto…. En Barcelona han hecho un edificio que es un Gaudí falso de arriba abajo; ridículo, hortera, que solo interesa a los católicos y a los turistas». Poco más podemos añadir sobre esta basílica tuneada con tanta desmesura. Y encima está a medio hacer.

Kursaal, en San Sebastián

Foto: dominio público.
Foto: dominio público.

Seguro que si le ponen delante un plano del Kursaal sin decir que va a ser un edificio firmado por Rafael Moneo pensaría que es un chiringuito de diseño donde sirven gintonics de quince euros, siete especias y una docena de verduras. Eso siendo generosos, porque también parecen unas chabolas extraordinariamente resistentes que ha traído el temporal y ha dejado varadas en la playa. Sí, en la playa: ¿dónde están los ecologistas cuando se les necesita? Si tratamos de describirlo objetivamente, sin pasión, el Kursaal son cubos recubiertos de placas de uralita pija: el resultado que obtendríamos si lleváramos un decorador a un asentamiento de la Cañada Real. Paciencia; esperemos que la próxima ciclogénesis explosiva se lo lleve mar adentro.

Benidorm

Foto de Stephen (CC)
Foto de Stephen (CC)

Así, entera. Los ingleses nos piratearon durante siglos y llaman bigotudas a nuestras mujeres, los alemanes nos plantean toda clase de asfixiantes exigencias económicas mientras nos tachan de vagos, los franceses son franceses todo el rato. Benidorm es nuestra justa venganza contra todos ellos. Esta abominación mediterránea, la ciudad con mayor número de rascacielos por habitante del mundo, es una especie de campo de concentración benévolo al que la gente acude voluntariamente no se sabe muy bien por qué. Todo en ella es feo, degradante, hortera y masificado. Además el que esto escribe con apenas cinco años se perdió allí y su familia tardó un buen rato en encontrarlo. Qué mal rato.

Museo Guggenheim, en Bilbao

Foto de Xavier Estruch (CC)
Foto de Xavier Estruch (CC)

Que sí, que ahora todo el mundo es muy entendido y busca metáforas delirantes entre el titanio, las formas ondulantes y su concepción como edificio-escultura con la idiosincrasia bilbaína y vasca en general. ¿Usted es de los que ven una rosa futurista o un barco varado? Beba otro trago e inténtelo de nuevo. O tal vez solo perciba al emperador desnudo puesto que es un monumento al ego metido con calzador en una ciudad. Las cosas se ven con más escepticismo si conoces sus orígenes: Frank Gehry lo plantó ahí como lo podía haber diseñado para Los Ángeles. Y no es un ejemplo al azar. Seamos honestos, este edificio no encaja para nada con el entorno. Tanto es así que, como todo dueño que quiere acabar pareciéndose a su perro, Bilbao ha repoblado la zona con edificios singulares para que el Guggenheim no se sienta solo.

La Torre Agbar, en Barcelona

Foto de Chris Chrissss (CC)
Foto de Chris Chrissss (CC)

Los rascacielos forman el skyline de una ciudad y se suelen convertir en una de sus principales señas de identidad. Son atractivos, modernos e impresionan con su altura. Son un símbolo de poder. Así que es realmente difícil erigir uno que se convierta en algo estrafalario, pero puede hacerse. No cuesta imaginarse qué pensarían cada una de las autoridades competentes contemplando los bocetos de este pepino cuando aún era solo un proyecto: «hum, este rascacielos tiene una forma curiosa ciertamente, una forma de… vibrador. Joder, es que es a lo único que se parece, a un vibrador gigante. Pero si lo digo quedaré como un pervertido o un anticuado, así que diré que me gusta su apariencia innovadora y que sean los otros los que lo echen atrás». Pero al final nadie se atrevió a dar el paso y ahí está el resultado. Además de la forma, está el color. Leemos en la Wikipedia que el sistema de iluminación del edificio fue bautizado por su creador Yann Kersalé como Diffraction y definido como «una vaporosa nube de color que busca el efecto moire». En fin.

Palacio de Festivales, en Santander

Foto de Losmininos (CC)
Foto de Losmininos (CC)

La leyenda cuenta que, cuando se inauguró el Palacio de Festivales, se asemejaba a un perro en pose amistosa. Pero la mala suerte quiso que el can asomara el hocico a la bahía que bañaba sus pies y, del susto al ver su imagen reflejada en el agua, estiró la pata de un ataque al corazón. Es la analogía más acertada: la de un perro muerto panza arriba, porque la verdad es que no hay por dónde cogerlo. Tiene aires egipcios con una entrada faraónica desde la cota inferior con no menos de siete millones de escalones, reminiscencias musulmanas por los cuatro minaretes en sus extremos, e inspiración vasca, puesto que una de sus fachadas es un monumental frontón enchapado. Sus defensores esgrimen que es una obra que hay que verla en barco, desde la distancia. Estamos de acuerdo: a cuanta más distancia estemos, nos parece mejor.

La catedral de Santa María la Real de la Almudena, en Madrid

Foto de Fatima Cáneba (CC)
Foto de Fatima Cáneba (CC)

Estamos viviendo una situación económica y política tan complicada que el tradicional autodesprecio español durante estos últimos años se ha acentuado aún más. Pero es innegable que tenemos también cosas buenas. Entre ellas un patrimonio cultural de incalculable valor, en el que podemos incluir una gran cantidad de catedrales de excepcional belleza. Pues bien, la de la Almudena no es una de ellas, de hecho en comparación sale muy mal parada la pobre. Lo cual resulta un tanto sangrante teniendo en cuenta que está en la capital de España. Le falta poco para ser un edificio ministerial y su valor histórico es aún menor si cabe (se comenzó a construir a finales del siglo XIX). En las guías turísticas dicen del museo que acoge que «la visita resulta más interesante de lo que podría parecer en un primer momento». No es la descripción más entusiasta jamás escrita, la verdad.

Metropol Parasol, en Sevilla

Foto de David Borrallo (CC)
Foto de David Borrallo (CC)

Siempre pensamos que los champiñones brotaban en zonas sombrías, pero a la vista de esta obra parece que estábamos equivocados. Popularmente conocidas como Setas de la Encarnación, su nombre resulta apropiado puesto que deja un regusto a viaje psicotrópico. Y no es para menos, toparte de repente con unos parasoles extravagantes que parecen construidos con cartón por textura y color, dejan fuera de juego a cualquiera que no haya consumido sustancias estupefacientes. En su defensa podemos decir que pueden subir por ellas, bajar, volver a subir… Hum, también dan sombra… ¿hemos dicho que se pueden subir por ellas? En definitiva, son unas setas multitarea. Aconsejamos su visita si se quieren sentir como un pitufo o un gnomo.

¿Qué horror arquitectónico añadirías?