Guillermo Ortiz: El último «trote cochinero» de Leo Messi

Foto: Fanny Schertzer (CC)
Foto: Fanny Schertzer (CC)

Leo Messi empezó la temporada como la había acabado: retirándose cojo del Vicente Calderón al poco de empezar el partido. En medio no habían pasado pocas cosas: de entrada, una gira por medio mundo que en un principio levantó muchas dudas acerca de su conveniencia física —cuidar un bíceps femoral de avión en avión es un método cuando menos curioso y que lleva camino de acabar directamente en los tribunales. Para continuar, pese a ganar la liga sumando 100 puntos y precisamente para paliar el devastador efecto de la ausencia de Messi en el último tramo de la temporada, el Barcelona decidió adelantar su opción de compra sobre Neymar y traerse al brasileño, en principio como un complemento de lujo, algo así como lo que el propio Messi fue en los tiempos de esplendor de Ronaldinho.

El fichaje dio guerra desde el principio y no fue porque en el Barcelona no se encargaran de recordarle a Neymar que dijera en cada entrevista que él venía a ayudar al mejor jugador del mundo. Pronto se empezó a apuntar que se trataba de una operación multimillonaria destinada a eclipsar al astro argentino y conseguir su venta en un corto plazo de tiempo. ¿Por qué? Nadie lo sabía a ciencia cierta pero eran los tiempos en los que en torno al Barcelona se desarrollaban todo tipo de teorías conspirativas que en muchas ocasiones acabaron siendo verdad: los guardiolistas acusaban a Messi de haberse cargado la esencia del juego de posición; los antiguardiolistas, a su vez, le acusaban de haber sido el niño mimado durante demasiados años y obligar al equipo a jugar a su ritmo, a su voluntad.

De él se dijo que renovaba jugadores según su relación personal con ellos y determinados medios no tardaron en referirse a él como «el pequeño dictador». Rosell no se encargó de desmentirlo, su renovación se estancó, el propio Johan Cruyff salió en medio de un partido de golf a decir que si él fuera Messi se iría del club o, más bien, que, con Neymar ya fichado, qué pintaba Messi ahí.

No era el mejor recibimiento posible para un tipo que había ganado cuatro Balones de Oro seguidos y que era el máximo favorito para ganar el quinto: bota de oro destacado del curso anterior, excelente actuación en la Champions hasta su lesión y título de liga ante su gran rival, Cristiano Ronaldo. Lo que pasa es que hasta ese momento Messi había parecido no ya un jugador de dibujos animados sino de Playstation. Infalible. Imparable. Que fuera a seguir siempre así nadie lo dudaba. Cuando se retiró del Calderón en la ida de la Supercopa y falló un penalti en la vuelta por cierto, aquel título se ganó con un gol de Neymar empezaron las primeras dudas.

Las lesiones, Hacienda y Jorge Messi

Sin embargo, el principio de temporada de Messi no fue precisamente malo: dos goles al Levante, tres al Valencia en su campo, otro al Sevilla justo antes de decidir el partido con un sprint de treinta metros que dejó el balón en botas de Alexis para empujarlo y, como debut en Liga de Campeones, tres goles al Ajax de Amsterdam. En total, nueve goles en cuatro partidos a los que habría que añadir otros dos en los siguientes partidos de liga, el último de ellos en Almería, minutos antes de recaer de su lesión muscular y tener su primer parón de la temporada.

Sin Messi las cosas no le fueron mal al Barcelona. Con el barullo habitual dentro y fuera del campo, el equipo ganaba y seguía líder. Neymar cumplió con su condición de estrella por encima quizá de algunas expectativas y se echó al equipo a sus espaldas. Cuando Messi volvió en Pamplona, como suplente, inició una extraña racha de partidos sin marcar. Parecía ausente, trotón, como si tuviera miedo a lesionarse de nuevo. Algunos empezaron a hablar de su compromiso con la selección argentina, de una intención poco profesional de reservarse para llegar al cien por cien a la cita; intención, que entendemos, no existía cuando marcaba los goles de tres en tres.

La explicación era más fácil: Messi seguía cojo. El 10 de noviembre de 2013, recién empezado su partido contra el Betis en Sevilla, volvió a retirarse andando lentamente con la cabeza hacia abajo. La quinta lesión muscular en siete meses.

Esta vez, Messi paró más tiempo, lo que no quiere decir que la realidad le diera margen para la tranquilidad: si en septiembre Hacienda ya le había requerido el pago de varios millones de euros defraudados en temporadas anteriores, una cantidad que rondaba los diez millones, el mes de diciembre complicó aún más las cosas: Jorge Messi, el padre del jugador, volvía a la primera plana de los periódicos por su presunta desviación de fondos de los partidos de la citada gira benéfica de verano a cuentas opacas. ¿Hasta qué punto sufrió Leo esa doble, incluso triple batalla? ¿Cómo le afectó ver a su padre metido en todos esos fregados? Imposible saberlo, pero si asumimos que los jugadores no son robots, es de suponer que en algo le distraería.

No quedó ahí la cosa: en diciembre se peleó con el vicepresidente económico por un «quítame allá esa renovación» y por primera vez se empezó a sentir realmente cuestionado. El tipo llevaba catorce goles en catorce partidos oficiales, varios de ellos incompletos, pero se siguieron deslizando los rumores de poca profesionalidad: no corre hasta que no renueve, no se compromete porque quiere ganar el Mundial… En ninguna mente pareció entrar que, después de siete años en el podium del Balón de Oro, cinco lesiones consecutivas, un cambio de entrenador y hasta dos investigaciones judiciales en torno a sus ingresos, el chico podría dejar de ser perfecto. No, tenía que ser vagancia, indolencia, burla…

El desastre de la Copa, el desastre de la Liga

En ningún momento ese estallido contra Messi se vio tan claro como tras la final de Copa que el Barcelona perdió contra el Real Madrid en Valencia. Hay que dejar claro que para entonces el Barcelona ya era un despelote: Valdés había anunciado su retirada y después se había lesionado, camino inverso al que recorrió el otro gran pilar del vestuario, Carles Puyol; Iniesta venía de ver cómo su mujer perdía un hijo tras varios meses de gestación, Rosell había dimitido tras descubrirse una serie de chanchullos en el fichaje de Neymar que afectaban a toda la institución, el propio jugador y su padre, para variar, incluidos.

Por si fuera poco, la UEFA prohibió cualquier fichaje por prácticas irregulares en lo único sagrado que quedaba: la cantera.

En esa situación, Messi jugó un mal partido ante el Madrid. Venía de marcarles tres goles en el Bernabéu, justo cuando se jugaba la liga, pero ese día no estuvo bien. Dudo mucho que fuera el peor jugador del equipo y desde luego dudo mucho que el juego tuviera ya alguna importancia en un club en el que incluso el entrenador sabía que no iba a seguir el año siguiente. Los palos que recibió Leo tras ese partido fueron impresionantes y se resumían en el pernicioso algoritmo: «No ha jugado al cien por cien, no corre como antes, se desentiende de las jugadas… por consiguiente, es un vago, un mal profesional, se está burlando de la afición». Ya saben, ese largo etcétera que acompaña a cada estrella que en un momento dado da muestras de debilidad.

A partir de ahí, la situación ya no mejoró, y no es que el jugador no hiciera méritos para ello: de acuerdo, desapareció en la eliminatoria contra el Atlético de Madrid y hubo un partido en el que, según los que entienden el fútbol como una prueba más del decatlón, corrió muy pocos kilómetros. Que un tío que ha tenido cinco lesiones esprintando deje de correr podría tener una explicación física y no solo mental, pero, en fin, reconozcamos que a Leo se le veía algo desconectado. Pese a todo, marcó el gol de la victoria contra el Athletic de Bilbao, el gol de la victoria ante el Villarreal y el primer gol, el que hubiera supuesto tres puntos de no ser por la pasividad absoluta de la defensa, ante el Getafe.

Ningún jugador de la liga había dado más puntos a su equipo con sus goles… pero las críticas seguían ahí. Ya no era perfecto siempre. Ya no regateaba desde el medio del campo y sorteaba piernas hasta batir al portero rival. Ya no bajaba a defender en esfuerzos de cuarenta metros para recuperar un balón… Messi aún podría haber dado el título de liga al Barcelona de no haber anulado el árbitro un gol legal que suponía el 2-1 en el partido contra el Atleti pero dio igual. Las crónicas coincidieron en su fracaso.

El último trote cochinero de Leo Messi

Y en esas hemos llegado al Mundial. Ese Mundial donde se supone que Messi va a arrasar porque se ha estado arrastrando a propósito con el Barcelona, 41 goles y 14 asistencias en 46 partidos aparte. El primer partido ha consolidado lo que se venía apuntando: Messi estuvo perdido durante buena parte del encuentro, muy fallón, muy mal colocado en el campo y con un trote cochinero que ya se apuntaba cuando rozaba los 100 goles por año natural. Nada que no se hubiera visto durante el año porque el problema, lógicamente, no era la renovación ya firmada ni las ganas de reservarse ya fuera de todo sentido sino cualquier otro. Vaya usted a saber cuál: la paternidad, Hacienda, los problemas de su padre, el miedo a lesionarse por enésima vez…

Eso no quiere decir ni mucho menos que Messi no pueda acabar ganando el Mundial. El gol que marcó ante Bosnia lo demuestra, una jugada que hemos visto mil veces: diagonal de fuera adentro, rivales en el suelo y balón pegado al poste ante la estirada inútil del portero. Messi en estado puro, pero no un Messi nuevo, el mismo Messi que marcó tres goles en Mestalla o en el Bernabéu, un Messi de chispazos, un Messi buenísimo, desequilibrante, probablemente aún el mejor jugador del mundo incluso medio cojo y descentrado.

También puede ser que suceda lo contrario: que Messi vuelva a ser el media punta perdido del primer tiempo y el papel de Argentina se diluya como sucedió en 2010. No sería de extrañar y no sería una tragedia. Messi no es perfecto siempre y no lo es porque no quiera sino porque eso es imposible. Olvídense. Han jugado demasiado a simuladores donde sus estrellas marcaban partido sí, partido también. Eso, en la vida real, no sucede.

Leo tiene veintisiete años aún y muchos años de calidad por delante. Puede que este sea un bajón momentáneo y vuelva a lo más alto en los próximos meses, en los próximos años. Puede que le toquen tanto las narices que ese regreso al estrellato sea en cualquier equipo menos el Barcelona. También puede que este nuevo Messi sea el Messi que quede después de sus lesiones y sus vómitos, es decir, un tipo que en su peor versión casi consigue la Bota de Oro. Imposible saberlo. El debate lógico sería si todo el juego del equipo se puede centrar alrededor de un jugador que ya no es infalible pero supongo que seguiremos con esta duda constante, esta suspicacia de nuestro tiempo: gente que solo entiende que falles porque tú te lo has propuesto así, una extraña forma de autosabotaje.