In memoriam: Eli Wallach

Eli Wallach
Escena de El bueno, el feo y el malo. Imagen: Produzioni Europee Associati (PEA)/Arturo González Producciones/Constantin Film/United Artists.

Con un quizá obvio aunque igualmente divertido arranque de socarronería bautizó su autobiografía como El bueno, el malo y yo, consciente de que incluso contando con décadas de intensa carrera interpretativa su popularidad se cimentaba en un único personaje, el inmortal Tuco de El bueno, el feo y el malo, cierre de la llamada trilogía del dólar de Sergio Leone. «No sabía que el feo iba a ser yo», comentaría Eli Wallach con sarcasmo. En cierto modo le ha tocado ser siempre el feo.

Paradójicamente, el histrionismo asilvestrado de Tuco era casi como el perfecto reverso de la trayectoria de Wallach. Se entrenó en el Actor’s Studio, donde fue amigo y confidente de Marilyn Monroe —«ella sabía exactamente qué hace vibrar a un hombre, y los hombres sabían que ella lo sabía, y eso es lo que tanto los atraía hacia ella»—, convirtiéndose en uno de los pocos hombres que parecieron llegar a entenderla. Allí fue también compañero habitual de ensayos de Marlon Brando, además cobraba un alquiler mensual por el apartamento que pertenecía a su entonces novia y hoy viuda, Anne Jackson. La íntima cercanía de Wallach con Monroe, Brando o Montgomery Clift parecía situarlo en el pelotón de salida cuando estos se convirtieron en superestrellas. Pero ese estrellato masivo le esquivó y poco importó aquel paso por el famoso Actor’s Studio, del que hablaría con una extraña mezcla de profunda identificación con inesperado escepticismo («¿El Método? No existe tal Método»). Tan pronto se erigía como en un profeta del A.S. como terminaba comparándolo con un gimnasio. Al menos terminó siendo bien consciente de la tontería de los actores de la cantera neoyorquina, de la que por ejemplo Brando intentaría desmarcarse durante casi todo el resto de su vida, especialmente en sus últimos tiempos. Wallach resumía así la aportación al mundo de los actores del Método: «Éramos insufribles. Pensábamos que habíamos descubierto el secreto de la gran interpretación y, francamente, éramos un coñazo».

Y poco importó su sólida formación teatral, sus grandes despliegues en el escenario y los tempranos premios durante su salto al cine. Los grandes papeles protagonistas, esos que separan al secundario de la gran estrella, siempre le esquivaron. Su primer gran papel estelar poco tenía que ver con las obras teatrales de Tennessee Williams que le ayudaron a despuntar en Broadway; interpretó a Mr. Freeze en la serie televisiva Batman. Y lo cierto es que, aunque algunos grandes actores ejercieron como villanos en aquel show —desde Vincent Price a Anne Baxter pasando por Roddy McDowall— no deja de quedar como una curiosa anécdota en el historial de Wallach, el recordar las delirantes imágenes en que aparecía caracterizado como el hombre de hielo. Pero aquello fue lo más cerca que había estado del estrellato —«conseguí más seguidores interpretando a Mr. Freeze que con el resto de papeles de mi carrera juntos»— porque, dejando los cheques fáciles y los disfraces de villano de cómic a un lado, Wallach se caracterizó siempre por preocuparse mucho de la seriedad de los papeles en los que se metía. Con su bagaje teatral y una reputación profesional que superaba con mucho a su fama, fue siempre fiel a un concepto de la interpretación donde primaban la respetabilidad y profesionalidad. Anécdotas como lo de Batman fueron eso, anécdotas. La manera desenvuelta en la que, quizá erróneamente, llegó a despreciar algunas grandes oportunidades fue una buena muestra de ello. Por ejemplo: tras deslumbrar en las audiciones de Aquí a la eternidad —después de verlo leer su parte, Fred Zinemann estaba dispuesto a cualquier cosa para tenerlo en la película— Wallach sencillamente prefirió desechar el papel y regresar al teatro para trabajar con Eliza Kazan. Al final, ese mismo papel terminaría revitalizando la carrera de Frank Sinatra. Pero Eli Wallach podía ser selecto y exigente hasta el punto de que incluso cuando trabajaba en televisión —y obviando, claro, trabajos de esos que llaman «alimenticios» como el de Batman— solía inclinarse por programas de formato teatral dedicados a dar a conocer grandes obras.

Las mismas dudas pudieron desembocar en que nunca llegase a interpretar a Tuco, el personaje por el que hoy y siempre se lo recordará. Ya cuando le ofrecieron el papel de Calvera, el bandido mexicano de Los siete magníficos, le dio muchas vueltas antes de aceptar. La idea de interpretar un personaje semejante en lo que no dejaba de ser un dudoso remake ambientado en el oeste de una película del mundialmente respetado Akira Kurosawa le parecía más bien impropia de un intérprete curtido en terrenos más clásicos. Al final hizo el papel; la película fue mal recibida en los Estados Unidos, aunque generaría un enorme culto a su alrededor en Europa, lo que ayudó a que algún que otro aspirante a cineasta del viejo continente reparase en su presencia. Poco después, y con las mismas reticencias, repetiría género y tipo de personaje en La conquista del Oeste con un papel secundario que le era poco grato pero que serviría para que un todavía desconocido cineasta italiano llamado Sergio Leone decidiese que las inesperadas dotes cómicas de Wallach eran algo que merecía ser anotado en la agenda. Dicho y hecho; algunos años después, aquellos dos personajes servirían como germen para el célebre Tuco Benedicto Pacífico Juan María Ramírez, la Rata para los enemigos y Tuco para los amigos… si es que Tuco tuvo alguna vez algún amigo. Así son las cosas: un judío neoyorquino de origen polaco iba a dar la errónea impresión de estar especializado en encarnar a caraduras procedentes de México.

Leone se había consagrado internacionalmente gracias al éxito de sus dos primeros westerns, y llamó a Wallach para comenzar lo que pudo haber sido, y nunca llegó a ser, una larga y fructífera relación profesional. Wallach conquistó inmediatamente a Leone como había hecho antes con otros directores, convirtiendo a Tuco en el protagonista de facto de su nueva producción. Incluso le robó una buena cantidad de escenas a un Lee Van Cleef en el apogeo de su carisma y a un más que receloso Clint Eastwood. Aunque ambos actores se hicieron buenos amigos, Eastwood no pudo dejar de notar que Leone estaba dispuesto a convertir a Eli Wallach en la gran estrella del film. Y fue la gran estrella del film, a efectos narrativos, aunque también por el precio de jugarse varias veces la vida durante el rodaje. A causa, cómo no, de la negligencia de Sergio Leone y del entrópico equipo de producción del director italiano, para quien los actores eran poco menos que material reemplazable como los decorados o el atrezzo (basta recordar que cuando uno de sus secundarios se suicidó lanzándose por una ventana, aún vestido como su personaje, lo primero que Leone preguntó fue por el estado del traje).

El idilio entre Wallach y Leone fue breve, como lo había sido entre Leone y Clint Eastwood. Cuando Eastwood rompió definitivamente su relación con el italiano, este concibió una nueva película, ¡Agáchate, maldito!, con Eli Wallach como protagonista absoluto. Persuasivo como de costumbre —al menos para quienes no le conocían lo suficiente— Leone consiguió que Wallach rechazase otros jugosos proyectos para involucrarse en su producción. ¿El resultado? Cuando el estudio quiso que Rod Steiger interpretara el papel, Leone le dio la patada a Wallach, su supuesto nuevo actor fetiche. Enfurecido, viendo que un montón de oportunidades de trabajo habían quedado desperdiciadas, Wallach amenazó a Leone con demandarlo. Con su diplomacia habitual, Leone se limitó a responder: «¡Ponte a la cola!». Rod Steiger estuvo muy bien en el papel, como de costumbre, pero siempre nos quedará la dolorosa pregunta de lo que Eli Wallach podría haber llegado a hacer interpretando a Juan Miranda en aquel film. Wallach y Leone no volverían a trabajar juntos —de hecho, Leone ya solo filmaría un largometraje— y se enemistaron para siempre; algo que sucedió a menudo en el entorno del insensible y manipulador director italiano. En cambio, Eastwood nunca dejó de dedicarle elogios y lo contrató para Mystic River, tratando de recordarle al mundo lo gran actor que Wallach podía llegar a ser.

La gran fama le había esquivado varias veces, pero nunca dejó de imponer respeto en la profesión. Algunos quizá lo reconocieron en El Padrino III, pero para la mayoría del gran público era solamente el histrión que había dado vida a Tuco, aunque los actores sabían bien a quién tenían delante: un hombre que se había probado una y otra vez en los ámbitos más serios del teatro. Sin embargo, no siempre debemos culpar al público por su desmemoria. Wallach había demostrado que dominaba no solamente la más fácilmente apreciable, sino también la más difícil y admirable de las cualidades de un intérprete: la vis cómica, ese don con el que se nace y se muere, que no se aprende o que al menos no se puede enseñar. Como Walter Matthau, de quien el público siempre recordará mejor los papeles cómicos y no todos aquellos en los que probó que el drama no le era nada ajeno, no digamos ya las obras de su trayectoria teatral.

Es posible que en una imaginaria conversación entre Clint Eastwood y Eli Wallach, el primero pudiera decir: «Existen dos clases de actores en el mundo; los que son estrellas y los que interpretan a Tuco. Tú haces de Tuco». Claro que nadie dijo que hacer de Tuco fuese más fácil, aunque al público se lo pareciese. Y Wallach siempre hubiese podido responder: «Hay dos clases de actores, los que están arriba en el cartel y los que se llevan todas las escenas. Yo me he llevado las escenas». Lástima que no podamos ver aquella de obra de teatro que hizo en Francia mientras servía en el ejército como médico. Eli Wallach en el papel de Adolf Hitler, el hombre que diezmó a sus familias materna y paterna en Polonia. Pero no importa; vean Baby Doll, Misfits, How to steal a million, Lord Jim, La conquista del oeste, y después, una vez más, El bueno, el feo y el malo… solo por el placer de contemplar cómo se apropia de una secuencia detrás de otra. A fin de cuentas actuar era su trabajo, y a cualquiera le gustaría ser recordado por aquella vez en que barrió a toda la competencia.  Descanse en paz.

Escena de El bueno, el feo y el malo. Imagen: Produzioni Europee Associati (PEA)/Arturo González Producciones/Constantin Film/United Artists.
Escena de El bueno, el feo y el malo. Imagen: Produzioni Europee Associati (PEA)/Arturo González Producciones/Constantin Film/United Artists.