Todo lo que necesita saber sobre el monstruo de Alien…

El revientapechos. Imagen:  Twentieth Century-Fox.
El revientapechos. Imagen: Twentieth Century-Fox.

porque nunca se sabe tras qué puerta puede esconderse. Pero conocer los usos y costumbres, los hábitos alimenticios, ritos de apareamiento y en definitiva la interacción con el ecosistema de este incomprendido animalito tiene el problema de qué hacer entonces con Prometheus. Hay series que nunca debieron tener ese capítulo final, grupos musicales que jamás debieron volverse a reunir y sagas cinematográficas que pueden quedar arruinadas por nuevas trilogías o, en este caso, por un pastiche de referencias que pone patas arriba lo que hasta entonces era un universo coherente con sus reglas internas.

Si la memoria no nos falla y de acuerdo a este esquema, según esta última película tendríamos una especie alienígena conocida como los Ingenieros, que tras tomarse un bebedizo negro dan lugar a humanos, quienes expuestos de nuevo a dicho líquido se convertirían en zombis, que combinados genéticamente con humanos se transforman en un calamar, el cual al relacionarse con un ingeniero evoluciona finalmente en un alien o xenomorfo. Pues mire, no. Para eso mejor que nos digan que es lo que surgió cuando alguien bañó a un cerdo vietnamita en una pila de agua bendita y mientras cometía el sacrilegio invocaba el hechizo Riddikulus. U otra explicación sobre su origen más sencilla y efectiva: cuando llegamos ya estaban allí. A Homer Simpson le vale y a nosotros también. E incluso cabe una más, la menos verosímil pero también la más interesante. Que es una criatura surgida de la mente de un guionista al borde de la indigencia y desarrollada por un genial artista suizo que, como sabemos, hace poco más de un mes desgraciadamente dejó nuestro mundo. En esa nos detendremos.

A comienzos de los años setenta dos estudiantes de la Universidad de California, llamados Dan O’Bannon y John Carpenter, trabaron amistad mientras iban dando forma a la idea de rodar una película de ciencia ficción de muy bajo presupuesto, protagonizada por cuatro astronautas que se enfrentan a un extraterrestre que corretea por su nave. En 1974 el proyecto se hizo realidad bajo el nombre de Dark Star y en ella O’Bannon ejerció de guionista, actor (aquí podemos verlo en una trepidante escena luchando en el hueco de un ascensor contra el aterrador alienígena) e incluso de técnico de efectos especiales. Pero Carpenter no quiso compartir la autoría con él en los títulos de crédito, así que O’Bannon salió de la experiencia muy descontento y con ganas de desquitarse haciendo algo que fuera mucho mejor. Una película con un argumento parecido pero en la que el alienígena no fuera un balón de playa sino algo realmente aterrador.

A continuación participó en La guerra de las galaxias y en una adaptación del libro de ciencia ficción Dune que intentaría llevar a cabo Alejandro Jodorowsky reclutando a los mejores artistas del momento, como Moebius, Dalí y un extraño amigo de este último que retrataba en sus obras unas fascinantes criaturas biomecánicas de tonos verdes y grisáceos. La película finalmente no se realizó, dejando completamente arruinado a O’Bannon, aunque le permitió conocer a H. R. Giger, cuya obra le impactó profundamente y ya no pudo quitársela de la mente. Así que mientras estuvo viviendo en casa de un amigo que le ofreció su sofá para dormir, comenzó a reescribir una antigua idea sobre unos gremlins que se metían en un bombardero B-17 durante la Segunda Guerra Mundial y traían de cabeza a su tripulación. Pero ahora transcurriría en el espacio, se titularía Star Beast y el monstruo protagonista podría ser algo parecido a las criaturas que pintó el artista suizo en su obra Necronomicon.

No obstante, antes de ponerse en contacto con él, O’Bannon consultó a Ron Cobb, un amigo con el que trabajó en Dark Star y La guerra de las galaxias (el diseñador de los marcianos del bar, concretamente) y sus bocetos sobre cómo debía ser la criatura alienígena, al fin y al cabo la auténtica protagonista de la película, digamos que habrían hecho que Alien fuera… algo distinta, como podemos ver aquí o aquí. Así que únicamente le encargaron que fuera el responsable de diseñar la nave espacial Nostromo. También se barajaron otras opciones, que incluían monstruos con aspecto de dinosaurio, de niño deforme, de pulpo y en general lo que se conoce como Bug-eyed monster o BEM, es decir, ese tipo de marcianos de los cómics antiguos y de las películas de serie B de los años cincuenta que lo que provocan no llega a ser exactamente miedo. Pero los años setenta habían sido tomados por una nueva generación de cineastas que por los temas que abordaban y la manera en que lo hacían (Alguien voló sobre el nido del cuco, El expreso de medianoche, El cazador…) querían dirigirse a un público adulto. No adormeciéndolo con agradables fantasías sino dándole dos tortas. La vida ya no era para reír y el cine iba a abrirnos los ojos —y hasta sacárnoslos, si nos descuidábamos— ante un mundo cruel y oscuro. Nuestro marciano debía dar la talla y O’Bannon, que en ningún momento se había olvidado del artista suizo, le mostró al que iba ser el director, Ridley Scott, el Necronomicon de Giger, y más concretamente las láminas Necronom IV  y V , que provocaron el entusiasmo del cineasta. Giger fue contratado de inmediato para diseñar la criatura protagonista, pero también otros elementos, como veremos.

Sonría, por favor. Imagen: Twentieth Century-Fox.
Sonría, por favor. Imagen: Twentieth Century-Fox.

Siguiendo la estela de Tiburón, que en aquel entonces había causado sensación, el xenomorfo aparecería muy poco tiempo en pantalla para causar más desasosiego en el espectador, para que nuestra imaginación ocupase todo aquello que no se nos mostraba. Pero aun así debía contar con algunos primeros planos, qué mejor que un ser con aspecto de lagarto, babeante, con muchos dientes incluso en una lengua-mandíbula retráctil y con un gran hallazgo: carece de ojos. Los ojos humanizan a cualquier criatura, y la dirección a la que se enfoquen nos indica muchos acerca de sus intenciones (según algunos biólogos por eso evolucionó en el ser humano la esclerótica o parte blanca del ojo) y por eso llevar gafas de sol se asocia a menudo a una pose de dureza u hostilidad. El alien no los tiene —puesto que su frente es semitransparente y le proporciona una visión periférica— y eso nos desconcierta y contribuye a darle un aspecto aterrador. Luego está su característico cráneo tan alargado, del que Sigourney Weaver decía que tenía forma de pene gigante, aunque eso quizá sea un indicio de la mente turbia de esta actriz más que de otra cosa. Respecto a su tronco, destacan esas toberas traseras que le dan ese aspecto biomecánico y una larga cola de punta afilada que emplea como arma, aunque el conjunto del cuerpo con sus brazos y piernas tal vez sea aún demasiado antropomórfico. Al menos en la primera película de la saga. Se nota que había una persona dentro, aunque fuera una un tanto peculiar. Concretamente un estudiante nigeriano de 2,10 metros de estatura.

Su piel es definida como un «exoesqueleto de polisacárido mutado de silicón polarizado», que no sabemos qué cojones significa pero hay que reconocer que queda muy bien, dan ganas de estudiar una carrera de ciencias solo para poder decir esas palabras raras con rostro muy serio. Respecto a su sangre, se trata de otra de las características más originales y genuinas del xenomorfo, pues está compuesta por un «ácido molecular» extraordinariamente corrosivo que dificulta mucho la tarea de enfrentarse a él. En Alien 3 veremos además que es capaz de escupirlo sobre sus presas. Respecto a sus rasgos psíquicos, es destacable su aguda inteligencia para valerse de su entorno a la hora de refugiarse o atacar a sus presas, algo que más adelante rescataría Spielberg para hacer más amenazantes a sus velociraptors. Pero el guión también incidió en su carácter despiadado, tanto al mostrarnos cómo va cazando un humano tras otro, como en la sugerente descripción del robot asesor científico Ash: «Aún no habéis comprendido con lo que os enfrentáis. Un perfecto organismo. Su perfección estructural solo es igualada por su hostilidad. Admiro su pureza, es un superviviente al que no afectan la conciencia, los remordimientos, ni las fantasías de moralidad». Toda esta serie de detalles nos muestran a un antagonista extraordinariamente elaborado, muy diferente de todo lo que hasta entonces se había visto en una pantalla.

Pero había otro detalle que dotaba a esta película de una personalidad única. Se trataba de su minuciosa descripción del ciclo vital del monstruo, como si de un documental de animales se tratase. Lo más parecido que se había mostrado en los cines hasta entonces en cuanto a ese detallismo biológico estaba en La invasión de los ladrones de cuerpos. Otra obra maestra del cine de terror y ciencia ficción, que precisamente por enseñarnos ese proceso de crianza y desarrollo de los alienígenas en vainas era capaz de provocar tanto desasosiego. Así parecía una amenaza más real, semejante a cualquiera de esos bichos que vemos habitualmente en el campo. Ya no era solo aterrador, sino también asqueroso. Pasaba a ser algo tan viscosamente orgánico que daba grima. Pues bien, en Alien se iba un paso más allá, al mostrarnos la fecundación, el parto y la transformación en un ser adulto.

El abrazacaras siendo diseccionado. Imagen: Twentieth Century-Fox.
El abrazacaras siendo diseccionado. Imagen: Twentieth Century-Fox.

Así que en primer lugar estaban los huevos, de un significado especial pues el propio cartel de la película lo muestra, eso nos da una idea clara desde el comienzo de quién es el verdadero protagonista del film. Se crearon más de un centenar para la escena de la nave abandonada que contiene el criadero bajo un haz láser (que por cierto, fue prestado por el grupo de rock The Who, que lo usaba para sus conciertos), aunque solo uno estaba realmente completo. Giger inicialmente le puso una abertura superior con aspecto de vagina, aunque finalmente tenía forma de cruz, abriéndose como una flor cuando alguien se aproxima. Respecto a su contenido, según unos estaba compuesto de tripas cocidas de oveja, aunque en otro lugar leemos que contenía doce metros de intestinos de cerdo. De acuerdo al guion lo que guardaba era el llamado «agarracaras», un bicho con aspecto de araña con una larga cola, que utiliza para propulsarse hacia la cara de su víctima, cuya cabeza atrapa entre esos largos dedos con nudillos (que evocan las manos de una vieja bruja) mientras la cola se enrosca alrededor del cuello. Dificulta así su respiración pero sin matarlo, en un coma inducido que permitirá alojar al parásito que introducirá por su boca. El agarracaras también fue un diseño de Giger, que encaja perfectamente en su mundo artístico por lo repulsivo de su aspecto. Aunque, eso sí, debía de estar bastante rico, dado que para la escena de la disección que vemos sobre estas líneas lo rellenaron de ostras, almejas y otros productos de pescadería.

Una vez ha inseminado el parásito, el agarracaras se despega y la víctima podrá hacer vida normal durante un breve periodo de tiempo… o permanecer inmovilizada en una especie de tela de araña. En una de las escenas rodadas en Alien, Dallas, el capitán que se metió en los conductos de aire con un lanzallamas, aparecía posteriormente pegado a una pared agonizante, a la manera en que veríamos posteriormente a varios habitantes de la colonia en Aliens, el regreso. Pero finalmente cuando el parásito ya ha crecido sale al exterior, convirtiéndose así en un «revientapechos». Una criaturita que resulta simpática, hasta que crece, muda de piel y termina convirtiéndose en un xenomorfo adulto. Según el cuerpo en el que se haya criado su aspecto variará levemente, pues se supone que combina su ADN con el de su huésped, de ahí que en Alien 3 tenga un aire canino. Su esperanza de vida según Ridley Scott era de apenas cuatro días, por ello se habría introducido en la nave de evacuación junto a Ripley. Era un retiro donde morir, lo que explicaría ese comportamiento algo apagado y manso de las escenas finales, con lo que él había sido. Aunque quizá cuando el cineasta dijo eso estaba ya pensando en los replicantes de su próxima película y no convenga hacer mucho caso a las interpretaciones que dan los directores de sus obras.

A la vista de todo este ciclo vital la pregunta salta como un muelle. Si los aliens crecen a partir de los rompepechos, estos han sido inseminados por los abrazacaras, que provienen a su vez de grandes huevos ¿quién pone estos últimos? Una cuestión que en la primera película quedó sin responder y que en 1986 la secuela dirigida por James Cameron resolvería de una forma tan espectacular como elegante: hay una gran reina que los pone, por algo tienen cierta apariencia insectoide. Todo encaja con lógica y no hay líquidos negros mágicos que sirvan al guionista para resolver cualquier hilo que se le quede suelto, como si de un ungüento de teletienda se tratase. Así da gusto. Giger se encargó en la primera del diseño del alien, el huevo y el agarracaras como dijimos, pero también de la superficie del planeta, de la nave alienígena abandonada en él y del extraterrestre fosilizado llamado Space Jockey o «El paciente gigante del dentista», así como también de una pirámide que finalmente no apareció. La estética que distingue al film, ese mundo imaginario con sus propias reglas, ya estaba creado. Por ello en la continuación, salvo la aportación original de la gran reina, no fue necesaria la participación de Giger, ante el que Cameron se disculpó en esta carta. Esta secuela evidentemente resultó menos original que la primera, pero lo compensó al convertirse en una trepidante película de acción. Una muy digna sucesora. Porque desde entonces nuestro entrañable alien se ha convertido en toda una franquicia con secuelas, precuelas, spin-offs, videojuegos, cómics, universos expandidos… todo ello con un resultado desigual. Pero bueno, en el peor de los casos siempre es llamativo verlo dando patadas voladoras, como en esta producción de Ghana de hace unos años. Hagan lo que hagan con él siempre seguirá asustando como ninguna otra criatura cinematográfica; servidor la vio de pequeño y pasó una buena temporada con cierto recelo a entrar en una habitación a oscuras, creyendo que podría estar agazapado detrás de cualquier puerta, y me consta que hubo otros muchos casos parecidos. Ni lobos feroces, ni brujas, ni hombres del saco, esto es un miedo como Dios manda.

La reina alien. Imagen: Twentieth Century-Fox.
La reina alien. Imagen: Twentieth Century-Fox.

Bibliografía:

The book of Alien, Paul Scanlon, Michael Gross

Alien: El octavo pasajero, Ian Nathan

El mundo de H. R. Giger, tesis doctoral de Carlos Arenas Orient

Making of Aliens 1986 (documental)