¿Cuál es el mejor monólogo de humor de la historia reciente?

La pregunta es sencilla pero tiene trampa: estamos refiriéndonos exclusivamente a profesionales de la comedia, a discursos que buscan deliberadamente hacer reír al público. Así que los debates sobre el estado de la nación y toda clase de arengas del político u opinólogo al que más ojeriza tenga cada lector quedarán para mejor ocasión. A pesar de ello el margen de elección sigue siendo amplísimo y sí, nos vamos a quedar muy cortos en la selección, pues este formato da para toda clase de agudas reflexiones sobre las relaciones personales, los hábitos sociales, la política, el lenguaje, la religión, la ciencia o los monos que quieren hacer unas guarrerías españolas con leones. Así que voten, voten, o añadan el que más les guste.

Todas las cosas son moleeds, de Charles Fleischer

Fleischer es un veterano actor y quizá su papel más conocido sea el de poner voz a Roger Rabbit. También siente un gran interés por la astronomía y sostiene ante quien quiera escucharle que el universo se rige por un orden matemático basado en los números 27 y 37 y además tiene forma de hamburguesa con queso. Todo ello lo explica aquí con gran elocuencia mientras pone voces de marcianitos (se puede seleccionar subtítulos en castellano en la parte inferior derecha).

El budista, de Faemino y Cansado

Bien, esto formalmente no es un monólogo sino un diálogo, pero la sintonía que muestran Arroyito y Pozuelón sobre el escenario hace que parezcan tener una mente común, como los niños rubios alienígenas de El pueblo de los malditos pero en Carabanchel. Y como bien dicen «el cerebro gilipollas no es», por mucho que tengan uno para los dos, de ahí dentro les salió esta disertación de lo más metafísica sobre el budismo, los mejillones y una hostia que se rifa.

Politics, de Ricky Gervais

Actor y guionista de series y películas, presentador de galas, músico, escritor de libros infantiles y sobre todo monologuista de lengua venenosa. Este es quizá el humorista contemporáneo más vitriólico y eso tiene su mérito en una época en la que cualquier palabra fuera de lugar es motivo para escandalizar en unos medios y redes sociales como los actuales, tan estiradamente moralistas y donde nadie desaprovecha la ocasión de sentirse ofendido. Aquí tiene otro muy divertido sobre el Arca de Noé.

Los eufemismos y la corrección política, de George Carlin

Precisamente sobre estos asuntos habló también en su día este maestro del stand up. Aunque alude a expresiones anglosajonas no es difícil encontrar sus equivalentes en castellano. Recientemente pudimos ver en un debate político a una candidata corrigiendo a su adversario: «no se dice “discapacitados”, se dice personas discapacitadas”». Intuimos qué palabra hubiera utilizado Carlin para definirla.

Los americanos, de Goyo Jiménez

Cualquier cosa que cuente este humorista —al que tuvimos ocasión de entrevistar aquí— la hará entretenida, tiene un talento innato para ello. Pero sin duda sus monólogos más celebrados son los que giran cerca de los clichés del cine americano. Luego uno ve en cualquier película a un pequeño Timmy coger el autobús escolar o al jefe de policía abroncando a uno de sus mejores agentes… y ya no hay manera de tomársela en serio.

La paja más triste de los Estados Unidos, de Louis CK

Este mexicano-estadounidense de ascendencia judío-irlandesa, además de ser el autor de una serie de culto se ha convertido en los últimos años en uno de los comediantes más conocidos gracias a su visión  ácida y desencantada de la vida. Este que hemos escogido es un buen ejemplo. Centrarse en un tema como el sexo en el matrimonio, mostrarlo en toda su crudeza y conseguir hacer reír a los espectadores en lugar de arrastrarlos a una depresión requiere un talento al alcance de muy pocos.

Las bromas del pueblo, de Gila

Gila no podía faltar en una lista así. Lo cierto es que su repertorio era bastante reducido, básicamente tenía tres monólogos. Pero qué tres. Entre lo buenos que eran y la cantidad de veces que se los oímos recitar, se nos quedaron grabadas para siempre esas imágenes en torno al enemigo que hablaba por teléfono, la madre que no estaba en casa cuando él nació y esas bromas tan brutas que se gastaban en su pueblo: «Me habéis dejado sin hijo, pero lo que me he reído».

Vamos a cazar y matar a Billy Ray Cyrus, de Bill Hicks

Si antes mencionábamos a Carlin, Hicks tuvo igualmente una enorme influencia para todos los que vinieron detrás a pesar de su temprana muerte. Su humor cínico brilló en todo su esplendor en esta colaboración censurada en el programa de David Letterman de 1993, que además de ser una declaración de principios resultó inquietantemente visionaria. Ahora tenemos aún más razones para desear que Billy Ray Cyrus hubiera tenido ese final…

Yo quiero matar a gente, de Berto Romero

Qué decir de Berto, otro personaje con mucha gracia al que también le hicimos una entrevista que podrán leer aquí. Todas sus intervenciones son muy divertidas y es difícil escoger una que destaque sobre el resto, nos quedamos con este desvarío sobre una marabunta de ancianos zombis en Benidorm.

Discurso en la cena de corresponsales de la Casa Blanca, de Stephen Colbert

El 26 de abril de 2006 la Casa Blanca celebró un año más su cena de corresponsales de la prensa extranjera. Esta vez invitaron a la tribuna a un comediante que acostumbra a parodiar el discurso conservador en su programa de televisión, The Colbert Report. Seguramente imaginaban que lanzaría alguna pulla, pero no la brillante y feroz sátira en torno al gobierno y los medios de comunicación que dio tanto que hablar desde entonces, difundiéndose masivamente por internet.

Tengo un sueño, de Dani Rovira

Aquí Rovira se nos descuelga con un monólogo surrealista sobre un sueño que tuvo en cierta ocasión en el que estaba en el castillo de Transilvania para matar a Drácula. Hasta los chistes malos —que alguno que otro ya cuela en la narración tienen gracia si se cuentan con ese desparpajo que le caracteriza.

Las relaciones de pareja y las almas gemelas, de Chris Rock

Este negro que odia a los niggas y que se metería en el Ku Kux Klan si le dejaran, es un magnífico monologuista, aunque aquí lo conozcamos principalmente por las pésimas películas en las que suele intervenir. Tiene observaciones muy agudas sobre el comportamiento de la gente, hasta el punto de que el profesor de psicología de la Universidad de Harvard Robert Trivers suele citarlo en sus libros.

Ultrashow, de Miguel Noguera

Los monólogos de humor si no están elaborados con ingenio corren el riesgo de acabar resultando repetitivos, convertidos en descripciones estereotipadas sobre las relaciones familiares, sobre por qué los hombres hacen esto y las mujeres lo otro y con reproches y quejas interminables sobre lo maleducados o estúpidos que son los taxistas, médicos, profesores, el que se nos sienta al lado en un bar o cine y prácticamente cualquier ser humano sobre la faz de la Tierra. Pues bien, Noguera no hace nada de eso. Lo suyo es algo original que hay gente a la que entusiasma y que otros en cambio detestan o simplemente no le encuentran la gracia por ningún lado. Juzguen ustedes.

Unnatural Act, de Jim Carrey

Es el ser humano más parecido a un dibujo animado que haya existido nunca, con la excepción de Cristóbal Montoro. Es el Shakespeare del lenguaje corporal, si le quitas el sonido su monólogo sigue siendo gracioso por esa forma inimitable que tiene de moverse y de hacer muecas. Estamos ante un talento excepcional, tal como ya lo ha demostrado también en el cine.

El chiste de la mona, de Chiquito de la Calzada

Lo mejor de la mayoría de los chistes que contaba este malagueño universal es que no los pillábamos, o bien eran muy malos o perdíamos el hilo de lo que estaba contando. Pero daba igual. La cuestión era verlo contar cualquier cosa haciendo esos gestos, usando su acento característico e inventándose esas palabras que a continuación sentíamos la necesidad de repetir. El chiste de la hormiga, el del orejón, el de la enana… cada uno era una pequeña obra de arte, pero este del mono lo tiene todo.