¿Has visto mis gafas?

gafas
Fotografía: Jorge Quiñoa.

Apuesto a que muchos de ustedes hacen más a menudo de lo que les gustaría esta pregunta mientras deambulan por la casa buscando sus gafas. Y lo peor no es escuchar la respuesta típica: no, no las he visto; es encontrarlas más tarde sobre nuestra propia cabeza. Esta ya sería una buena razón para estar hartos de las gafas y explica que muchos al saber que me dedico a la investigación en óptica me pregunten si llegará el día en el que las gafas ya no sean necesarias.

Y mi respuesta corta es bien simple: sí. Las gafas, y similares, como lentillas, tal como las conocemos serán algo del pasado en algún momento del futuro. Pero la respuesta larga es mucho más complicada y menos obvia. Cuándo y cómo esto sucederá requiere una explicación más larga.

Además, las gafas son un invento maravilloso. No es fácil encontrar un artilugio tan simple que haya rendido tales beneficios a la humanidad durante cientos de años y siga vigente. Es difícil pensar en algo tan sencillo del que dependan cada día cientos de millones de personas en todo el mundo. Por alguna extraña razón, hay quien piensa que estoy obsesionado con que las gafas desaparezcan. Quizá esto se deba a que en alguna de mis clases o seminarios les pronostique un negro futuro, simplemente para generar cierta polémica, pero en realidad «adoro» las gafas (además de depender de ellas). Y las gafas cumplen muchos de los requisitos que hacen de algunas soluciones algo «casi» imperecedero.  Son algo simple, conocido desde hace siglos (al menos desde el siglo XIII), funcionan muy bien y resuelven problemas muy serios para millones de personas. Además, han ido evolucionado de ser un artículo básico de necesidad a ser también algo ligado al aspecto de cada uno, a su personalidad, la moda, etc… Son una solución robusta, que funciona bien bajo muchas condiciones, y muy barata. Alguno dirá que las gafas pueden costar un dineral, y es cierto, pero normalmente no suele responder al coste en sí, sino a lo relacionado con marcas y márgenes. Al fin y al cabo unas gafas normales (y razonablemente eficientes) no cuestan en bruto más allá de unos pocos euros.

Después de tantos siglos haciéndonos compañía, son algo tan cotidiano que resulta difícil pensar alguna razón por la que vayan a desaparecer. Sin embargo la historia está llena de ejemplos de utensilios que han quedado obsoletos. Y la velocidad con que las cosas envejecen es cada vez mayor. Por ejemplo, a mí me parecía imposible hace relativamente pocos años que libros y periódicos, dos cosas que han sido centrales en la mayor parte de mi vida como adulto, pudieran desaparecer en sus formatos en papel y sin embargo será así, y más pronto que tarde.

Para que algo con manifiesta utilidad, como las gafas, desaparezca deben ocurrir diversas cosas. Una, que sean sustituidas por algo que funcionando al menos tan bien, aporte otro tipo de ventajas a un coste comparable. ¿Ocurrirá esto con las gafas?

Antes de seguir, déjenme hacer un poco de revisión para aquellos posibles lectores que no estén muy familiarizados en el tema de los ojos. El ojo humano está afectado por defectos ópticos, llamados aberraciones, que degradan las imágenes en la retina y limitan la agudeza visual, nuestra capacidad de discernir detalles. Las aberraciones de bajo orden, tales como el desenfoque y el astigmatismo, son muy conocidas y se pueden corregir de forma rutinaria en la práctica clínica, normalmente con gafas. La corrección con gafas del desenfoque, responsable de la miopía, la hipermetropía y la presbicia (vista cansada) existe ya, por lo menos, desde el siglo XIII. El astigmatismo fue corregido por primera vez a principios del siglo XIX. Los diferentes defectos del ojo producen distintos emborronamientos de las imágenes en la retina. Hace algún tiempo prepare un vídeo con ejemplos de cómo se veía con miopía, astigmatismo o cataratas que quizás les pueda resultar de interés. En YouTube hay una versión en inglés y otra en español:

Las gafas o lentillas actuales utilizan vidrios o materiales plásticos para redirigir los rayos de luz de manera apropiada y enfocar las imágenes en la retina. Una evolución, en este caso más que un «adiós», será el uso de materiales optoelectrónicos con nuevas propiedades. En este caso, sería algo similar a la evolución de un periódico de un formato en papel a otro digital. Las «gafas optoelectrónicas» actuarán de forma que las imágenes en la retina se optimicen permanentemente ante cualquier situación, y también se podrá superponer información. La tecnología para esto está ya casi disponible. De alguna manera, esto no será la «muerte» de las gafas, sino su evolución natural incorporando optoelectrónica donde antes había solamente óptica.

Pero no solo estamos hablando de la evolución de las gafas con nuevas características, sino de su presunta desaparición. Es muy probable que alguno de los lectores que haya llegado hasta aquí ya esté echado en falta algo que viene pasando de manera muy generalizada desde hace años. Muchas personas con necesidad de llevar gafas dejaron de usarlas tras someterse a cirugía refractiva. Esto consiste en realizar un «tallado» de la córnea con láseres para cambiar las propiedades ópticas del ojo y ajustarlas para producir imágenes de buena calidad en la retina. Millones de personas en todo el mundo dejaron de llevar gafas cuando la cirugía fue correcta. De alguna manera esto abrió un camino que podría conducir a la progresiva desaparición de las gafas. O al menos muchas personas dejaron de depender de ellas. Lo cierto es que en la actualidad, con las tecnologías disponibles, estas técnicas aún no aportan una completa independencia de las correcciones ópticas. Los resultados no son siempre precisos, y no existen soluciones adecuadas para la presbicia, así que muchas personas que se someten a cirugía refractiva hoy solo se «libran» de las gafas temporalmente y las vuelven a necesitar para ver de «cerca» al cabo de unos años. Las técnicas actuales tienen ciertos problemas potenciales: los rangos de corrección son limitados y son procesos siempre irreversibles, es decir que una vez que se ha eliminado una cantidad de tejido corneal no se puede recuperar de manera natural. Y piensen que no se dispone de mucho tejido, pues la córnea solo tiene un espesor de medio milímetro.

Pero algunos estudios que se están llevando a cabo en varios laboratorios van en una dirección diferente. Se trata de modificar la forma de la córnea no eliminando tejido, sino cambiando sus propiedades ópticas manteniéndola intacta. Esto podría conseguirse además de una manera reversible. Podría lograrse irradiando con luz la córnea, o quizá con algún material especial que se le añadiría externamente o internamente en forma de lente manipulable. Esta irradiación se haría con láseres que emiten pulsos de luz extremadamente cortos: unas decenas de femtosegundos (un femtosegundo es 0,000000000000001 segundos). Aunque no estamos preparados para comprender bien tiempos tan cortos, les puede ayudar pensar que en un segundo caben un millón de millones de pulsos de cien femtosegundos.

Si estos procedimientos con láseres de pulsos cortos, mediante interacciones que se llaman a «dos fotones», demuestran ser viables y se implementan en métodos seguros, las gafas —al menos en su faceta de corrección de la imagen en la retina— habrán sido gravemente «tocadas». Porque imagínense un escenario futuro similar a esto: sea cual sea su problema óptico en un momento dado, simplemente debe pasar por una «maquina» que le ajusta sin dolor y sin riesgos la óptica de su ojo hasta que le proporciona la mejor visión. Y si con el tiempo usted va notando algún cambio, simplemente tiene que acudir de nuevo a que se le realice un retoque y siempre disfrutará de la mejor calidad visual. En ese caso, ¿para que las gafas? Quizá alguien mencione que le molesta el sol intenso y que nada sustituirá a unas gafas de sol. Pero en ese escenario del futuro las manipulaciones del ojo podrían llevar a también a implementar transmisiones adaptables a la luz, algo así como una córnea que transmitiría menos o más luz de acuerdo al ambiente.

¿Cuándo puede llegar ese momento? ¿Deberíamos empezar a guardar las gafas pensando en su valor como antigüedades? ¿Lo llegaremos a ver? No hay nada más arriesgado que dar unos plazos para que ocurra algo de lo que no se tiene certeza. Los físicos siempre recordamos como un buen ejemplo aquellas promesas de la energía sin límites que proporcionaría la fusión nuclear en unos cincuenta años… pero estos cincuenta años siempre empezaban a contar en el momento que se hacia la predicción. Así que no seré yo aquí el que se pille los dedos dando una fecha, pero sí les digo que me gustaría verlo. Y sin gafas.