Vincenzo Nibali y la sombra del dopaje en el Tour 2014

Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.
Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.

A finales de mayo, Chris Froome bajó por fin del Teide y explotó en su cuenta de Twitter: «Tres favoritos al Tour entrenando en el mismo sitio durante dos semanas y ni un solo análisis antidoping». Chris Froome, el hombre que apareció de la nada en 2011 para quedar segundo en la Vuelta, luego segundo en el Tour y finalmente ganar la ronda francesa en 2013, a los veintiocho años, parecía realmente indignado. «Para aclarar las cosas, yo soy uno de esos tres favoritos, y cuando nos pregunten a cualquiera de los tres si nos han hecho pruebas y tengamos que contestar que no vamos a resultar poco creíbles», dijo posteriormente, aún caliente, a la revista Cyclingnews.

¿Qué habría visto Chris Froome en el Teide para reaccionar de esa manera? Como él mismo comentaba en la entrevista, había estado ya antes cinco o seis veces y probablemente se encontrara con medio pelotón en cada una de sus visitas pues es uno de los centros de peregrinaje habituales al menos desde que Michele Ferrari estableciera ahí sus campos de entrenamiento y dopaje masivo de los que tanto se aprovechó el US Postal de Lance Armstrong, un habitual de la zona.

Entrenar en el Teide puede estar bien sin necesidad de doparte: está la excusa de la altitud, la tranquilidad canaria, una buena comunicación aérea… pero es imposible, sabiendo lo que sabemos, obviar que todos los que suben al Teide bajan como motos y que hay demasiados médicos en la zona, factores que se suman a la tradicional y notoria falta de interés de las autoridades españolas a la hora de combatir el dopaje con controles continuos y eficaces. Miren cuántos ciclistas además de entrenar en las Canarias viven en Girona o en Andorra y luego intenten no ser suspicaces.

En cualquier caso, las declaraciones de Froome iban un paso más allá porque Froome no es ningún santo. Tanto él como su equipo como su hagiógrafo, David Walsh, quieren pasar por ello, pero las dudas están ahí: ¿Cómo es posible que un corredor que fue expulsado en 2010 por agarrarse de un coche subiendo el Mortirolo en pleno Giro, un tipo sin talento alguno para vueltas de tres semanas, se convirtiera de la noche a la mañana en el mayor especialista del mundo, atacando en la montaña sin apenas levantarse de la bicicleta?

Poco después de estallar en Twitter, Froome se fue a Francia a correr la Dauphiné-Libéré. Justo antes del último puerto de la segunda etapa, se vio a Froome inhalar de un respirador tipo Ventolin. Aquello fue inaudito porque el salbutamol y sus derivados están prohibidos y no se pueden utilizar en plena carrera… salvo que tengas una autorización médica de la UCI. Froome nunca había presentado problemas de asma anteriormente así que la sorpresa fue aún mayor: el chico ganó la etapa por delante de Alberto Contador y cuando el vídeo se propagó por internet, incluso su novia salió a decir que para eso no hacía falta autorización ninguna.

Obviamente, era mentira. Su equipo y la UCI fueron más listos y se sacaron de la manga una autorización exprés firmada por el ínclito doctor Zorzoli, que lleva dirigiendo la política médica del ciclismo mundial desde los tiempos del Festina y buen amigo de Lance Armstrong. La polémica, sin embargo, no dejó indemne a Froome: pocos días después apareció una lesión que le hundió en la general y un par de caídas le dejaron fuera del Tour al poco de empezar. Incluso en TVE se asombraron al ver con qué decisión se subía al coche tras la última de ellas.

El Astana del pavé, como la Gewiss de los locos años noventa

Dejemos una cosa clara: se puede ganar el Tour sin doparse. Se puede incluso ganar el Tour con ocho minutos de ventaja sobre el segundo sin doparse aunque eso requiera un talento descomunal. Lo que está en duda aquí es si se puede ganar el Tour con ocho minutos de ventaja recién bajado del Teide y con Vinokourov como referente de tu equipo.

Cuando Froome hablaba en su tuit de «tres favoritos a la victoria» hablaba de sí mismo, hablaba de Alberto Contador, cuyo pasado está ahí por muy difícil que sea de asimilar para el aficionado español, y hablaba de Vincenzo Nibali, el corredor de Astana, equipo kazajo de una reputación más que dudosa. Fundado a rebufo del Liberty Seguros tras la Operación Puerto, el Astaná de Vinokourov ha estado involucrado en decenas de casos de dopaje, empezando por su «alma mater», que no contento con aparecer en la investigación de dopaje masivo del Telekom de Ullrich y en la Operación Puerto, dio positivo por una autotransfusión en 2007.

Perdonado por todo aquello, aunque sin reconocer nunca su culpabilidad, Vinokourov aún tuvo tiempo para, como corredor, ayudar a Contador a ganar el Tour del clembuterol y hacerse con el oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, probablemente uno de los momentos más bochornosos del ciclismo contemporáneo.

Por otro lado, la concentración de Astaná en el Teide no tenía nada de novedoso. Como he dicho antes, es una práctica demasiado habitual en el ciclismo. Junto a Nibali acudieron, según La Opinión de Tenerife, sus compañeros de equipo Jakob Fuglsang, Fredrik Kessiakoff, Alessandro Vanotti, Lieuwe Westra y Andrei Grivko. Kessiakoff se quedó fuera de la lista para el Tour y el papel de Vanotti ha sido más bien testimonial pero algunos de ellos protagonizaron el, para mí, momento más escandaloso del ciclismo en muchos años.

Quinta etapa del Tour: la lluvia torrencial obliga a la organización a anular tres tramos de pavé en un día que pretende ser algo así como una París-Roubaix veraniega. Las caídas son constantes, incluyendo la citada de Froome, que le obliga a abandonar. Pese a la amenaza del pavé, el verdadero peligro se da antes de los tramos o en los kilómetros intermedios, cuando el pelotón va como loco. Delante se ha formado una escapada con corredores como Gallopin, Tony Martin o Marcus Burghardt y detrás los especialistas quieren aprovechar su oportunidad.

Contador se queda cortado, Valverde se queda cortado, Talansky hace un Talansky y se cae… de pronto nos damos cuenta de que, llenos de barro, quedan unos diez corredores delante, en medio del caos. Está Cancellara, el gran favorito; está Peter Sagan, el chico que no se rinde nunca; están todoterrenos como Kwiatkowski o especialistas en carreras de un día como Trentin o Keukeleire. Más atrás, intentando cerrar huecos, amenaza Vanmarcke.

¿Quién coge la responsabilidad entonces? El Astana. Después de cien kilómetros de escapada, Westra hace el último servicio y pone el trenecito en marcha. Tras él, pura potencia, ni un solo ataque, todos sentados en sus bicicletas, Fuglsang y Nibali. Es un momento casi cómico: ninguno de los tres ha corrido nunca sobre pavé, pero llevan a todos los especialistas con el gancho hasta que el grupo se rompe: los tres Astana delante, el resto del mundo menos Lars Boom, que demarra en última instancia para unirse al expreso, detrás, impotentes. Parece una repetición de la Flecha Valona de 1994, cuando tres corredores de la Gewiss coparon el podio.

El médico de aquella Gewiss-Bianchi, la que alimentaría en su seno a Berzin o Riis, era Michelle Ferrari. Suya fue la frase después de la carrera: «Tomar EPO es tan malo como tomar zumo de naranja, solo te pone en peligro si la ingieres en grandes cantidades».

La buena noticia de Hautacam

Veamos el lado positivo, más allá de lo que no dejan de ser más que lógicas sospechas. Lógicas al menos para cualquiera que entienda lo que ha pasado en el mundo del ciclismo —y no solo del ciclismo, no seamos inocentes en los últimos años. Veamos un dato que es elocuente por sí mismo y que nos lleva mucho más adelante en el Tour de Francia, concretamente a la etapa decimoctava, la que termina en Hautacam, al lado del santuario de Lourdes.

Hautacam es una de esas cimas malditas del ciclismo de los noventa. Es el puerto donde Bjarne Riis decidió dar su exhibición en 1996 para ganar el Tour a los treinta y dos años. Riis, apodado «Mr. 60%» por sus valores habituales de hematocrito antes de que se instaurara el límite del 50% para poder competir, es la personificación del dopaje masivo de aquellos años locos: el hombre que nunca había destacado y que, de repente, dejaba a rueda a Induráin y a quien hiciera falta. Años después, obligado por la investigación de Friburgo, reconocería el dopaje. Por entonces, dirigía aún el CSC, donde Tyler Hamilton asegura que mandaba a todos sus corredores a la consulta de Eufemiano Fuentes, antes de pasarse al Saxo Bank de Alberto Contador y Rafal Majka.

Y es que Majka es importante en esta historia porque es de los primeros en atacar rumbo a Lourdes. Es un ataque que tiene como fin asegurarse el primer puesto en la clasificación de la montaña y, si eso, ganar su tercera etapa de montaña. Majka, polaco de veinticuatro años de indudable talento, viene de quedar sexto en el Giro de Italia después de coquetear con el podio. Acabó la ronda italiana tan agotado que decidió descansar con las miras puestas en la Vuelta hasta que Riis le llamó apenas una semana antes del Tour para sustituir a Kreuziger, cuyos valores «anómalos» en el pasaporte biológico le impedían participar.

La reacción de Majka estuvo a la altura de la de Froome al volver de Tenerife: «El equipo no se preocupa de mi salud», reacción que obviamente mitigaría en los días siguientes porque Oleg Tinkov es mucho Oleg Tinkov. Sea como fuere, el corredor que acabó el Giro agotado y que no había hecho sino descansar hasta junio, se mostraba como el más fuerte en los Alpes y en los Pirineos. «No me gustaría ser la vena de Majka», decía Sergio en su blog con su habitual ironía y el caso es que ahí seguía el polaco, en persecución de Mikel Nieve, el único superviviente de la escapada del día, cuando detrás se produjo lo que todos temíamos: un ataque de Horner que parecía tener como único objetivo lanzar a Nibali, como si sintiera que aún le debía algo después de quitarle la Vuelta 2013 en la penúltima jornada a los cuarenta y dos años.

Cuando Nibali aprovecha el rebufo de Horner para lanzar su propio ataque quedan más de diez kilómetros de meta. Los malpensados se echan a temblar: Riis tardó 34 minutos y 38 segundos en subir Hautacam en 1996, medio minuto menos de lo que tardaron Leblanc e Induráin en 1994. Viendo a Nibali subir a ese ritmo, superar a Nieve, luego a Majka, aumentar la ventaja sobre sus supuestos «iguales»: Peraud, Pinot, Bardet, Van Garderen… es inevitable suponer que el récord del danés está en peligro. Sin embargo, no es así, ni mucho menos. Nada más terminar la etapa, la cuarta en el zurrón del italiano, Ammattipyöräili, la referencia en estas cuestiones, descubre que ha tardado 37 minutos y 23 segundos, casi tres minutos más que Riis. De haber corrido en los noventa, Nibali habría perdido tiempo incluso con Fernando Escartín.

El segundo Tour más rápido de todos los tiempos

De acuerdo, son fechas distintas y exigencias distintas. En los noventa, Hautacam solía ser el único puerto de la etapa y en 2014 se llegó tras subir ni más ni menos que el Tourmalet. Además, es obvio que Nibali no forzó porque no lo necesitaba: el Tour y la etapa eran suyos sin necesidad de forzar. Con todo, hay algo que nos tranquiliza y es que, sea lo que sea lo que están tomando ahora los ciclistas no es lo que tomaban sus directores deportivos en los locos noventa. No es ni siquiera lo que tomaba Armstrong en los 2000.

Con todo, sería muy inocente pensar que en un vagón lleno de carteristas todos los bolsos llegan intactos a casa. El principal problema de Nibali se llama Vinokourov igual que el principal problema de Majka se llama Riis. Con esta gente metida en el deporte en puestos de responsabilidad es imposible fiarse de lo que estamos viendo y no en vano la UCI ha llamado a declarar a ambos no se sabe muy bien para qué.

¿Es Nibali superior a sus rivales? Por palmarés, por técnica, por talento… sin duda. ¿Es ocho minutos mejor que todos los demás, separados todos por apenas dos-tres minutos? No lo sé. ¿Es el mejor en todos los terrenos, todos los días, sobre pavé, en montaña, incluso contra el reloj? Si a sus casi treinta años se ha convertido en una superestrella, pues igual sí. Supongo que uno tiene tres semanas buenas y se le va la mano a veces…

Si quitamos los años de Armstrong, el de Nibali es el segundo Tour más rápido de la historia. Pese a la lluvia, pese a los Vosgos, pese a los Pirineos, los Alpes, la presencia testimonial de la contrarreloj, la media de la carrera ha sido de 40,679 kilómetros por hora, solo por detrás de la edición de 2006 cuando un Floyd Landis hasta las cejas fue desposeído de la victoria por dopaje. Contando a Armstrong, sería el cuarto más rápido. Supongo que eso se puede explicar por las mejoras técnicas en bicicleta y entrenamiento, pero los datos son los datos para lo bueno y para lo malo.

La duda, por tanto, sigue. Sigue con Nibali, sigue con Peraud, que a los treinta y siete años logra su primer puesto relevante en una carrera de tres semanas, sigue con Valverde, que a los treinta y cuatro y con la Operación Puerto detrás estaba convencido de que iba a hacer ahora el podio que no pudo hacer en sus años con Fuentes, y sigue incluso con el silencioso Haimar Zubeldia, que ha pasado por el Euskaltel de Jesús Losa y el Discovery Channel de Johan Bruyneel sin hacer ruido para acabar octavo en la general a los treinta y siete años. Detrás de ellos, el vacío del ciclismo español, solo amortiguado quizá por la promesa de Mikel Nieve si sale pronto del Sky… o si el Sky le lleva a Tenerife en condiciones y le concede las «ganancias marginales» que hicieron de Chris Froome todo un ganador de Tour de Francia.

¿Cuál es el futuro?, ¿ciclismo o Pressing Catch?

Antoine Vayer, gran azote del dopaje, extécnico del Festina de los prodigios noventeros, es optimista. Él cree que la lacra ha quedado atrás. Yo, insisto, estoy de acuerdo en parte siempre que no olvidemos la otra parte. Vayer acostumbra desde hace años a calcular la energía que tiene que desarrollar cada corredor según su peso para hallar indicios razonables de dopaje. En sus radares han pitado prácticamente todos los ganadores, con estrépito Induráin, Riis, Ullrich, Pantani y Armstrong. Otros años podía haber tres, cuatro o cinco corredores cuyas actuaciones podían calificarse de «sospechosas», «sobrehumanas» o directamente «mutantes». Este año, solo uno ha corrido por encima del límite de la sospecha: ha sido Vincenzo Nibali y por los pelos.

Puede que el mismo hecho de que el ciclismo francés haya repuntado sea una buena noticia. Puede que, como ellos han pregonado siempre, sus fracasos se debieran simplemente a un «ciclismo de dos velocidades (médicas)» y que desaparecidos los médicos haya reaparecido la igualdad. Puede, insisto, pero no olvidemos que la última vez que el ciclismo francés repuntó fue en 1997-1998, con Virenque, Brochard, Jalabert, Moreau, Rinero, o ese pionero del US Postal llamado Jean-Cyril Robin. Prácticamente todos ellos eran unos tramposos. Yo no les voy a decir que no tengan héroes ni que no se emocionen. Solo quiero dejarles claro que durante años no han estado viendo una competición deportiva sino una especie de espectáculo a lo WWE en el que el ganador lo determinaba un señor con consulta en la Toscana o en la calle Caídos de la División Azul.

Si eso ha dejado de ser así, hay motivos para alegrarse mucho. Tengo la sensación de que Chris Froome no lo tiene del todo claro.