Lucy, Siri, Her, Scarlett

Escena de Lucy. Imagen: EuropaCorp / TF1 Films Production / Universal Pictures.
Escena de Lucy. Imagen: EuropaCorp / TF1 Films Production / Universal Pictures.

Luc Besson es probablemente el empresario cinematográfico europeo con el colmillo más afilado. En la última década ha engrasado una máquina de parir taquillazos estilo Hollywood con un aroma a perfume francés: además de darse hostias como panes, los personajes se pasean por localizaciones de ensueño y visten comme il faut. Besson consiguió, por ejemplo, que un tipo nacido en la Inglaterra profunda del condado de Derby como Jason Statham diese el pego vestido de traje en The Transporter.

Atrincherado en su Cité du Cinéma en el suburbio parisino de Saint Denis, Besson ha dirigido ocasionalmente, pero mayoritariamente se ha dedicado a escribir y producir películas de una hornada de directores de acción franceses clónicos como Louis Leterrier (las dos primeras Transporter, El Increíble Hulk, Duelo de Titanes), Pierre Morel (From Paris with love, Taken) u Olivier Megaton (la tercera Transporter, Colombiana, Taken 2).

Solo en 2014, Besson ha producido a Tommy Lee Jones, ha escrito y producido la última película de Paul Walker y ha creado un Taken versión Kevin Costner (fallido, por si se lo preguntan) llamado Tres días para matar. Pero Besson se reservaba lo mejor para él: este mes se estrena en todo el mundo Lucy, un guión escrito, producido y dirigido por el parrain del cine francés que se pregunta qué pasaría si la capacidad cerebral del ser humano pasase del 10% (esto es ficción, no ciencia) que utilizamos hoy.

Lucy es el nombre del primer homínido del que se tiene noticia y debe su nombre a la canción de los Beatles «Lucy in the sky with diamonds», que escuchaban en bucle los arqueólogos que desenterraron los restos en Etiopía. Lucy es aquí Scarlett Johansson, que lleva el peso de la película sin esfuerzo alguno, pasando de interpretar a una inocente turista norteamericana torturada por la mafia taiwanesa a una superheroína que se merendaría a la Viuda Negra de Los Vengadores sin hiperventilar. Los poderes de Lucy vienen de una sobredosis de droga, un planteamiento que recuerda un poco a Sin límites, la única película decente con Robert de Niro desde Ronin.

Lucy empieza como un actioner made in Hollywood donde la historia de Scarlett repartiendo hostias a tope de drogas entretiene a cualquiera. Mientras tanto, Morgan Freeman expone las teorías evolutivas que soportan el guión de la película con la ayuda de unas diapositivas de Power Point. Genialidad de Besson lo de elegir al tipo que mejor ha encarnado a Dios en el cine para hablar de darwinismo. La primera parte de la película, ya de por sí no muy larga (merci monsieur Besson) se pasa en un suspiro.

Es en el acto final, cuando Scarlett y la acción se trasladan a París, cuando las cosas se le van de las manos a Besson. Parece que habla en nombre del director de la cinta cuando Morgan Freeman, al ser preguntado sobre las consecuencias de un ser humano con el 100% del cerebro activo, responde un sincero «no tengo ni idea». Besson se queda corto de gasolina y de imaginación en el tercio final.

Sin ánimo de spoilear a nadie, (pero ahí va, SPOILER):

la cosa acaba en que Scarlett funde a bits y uno de los personajes recibe un SMS —por alguna razón lleva un Samsung de 2006— que dice I AM EVERYWHERE. Es decir, que al desarrollar su cerebro al máximo Scarlett Johansson abandona su (estupendo) cuerpo y se convierte en una inteligencia virtual que se manifiesta a través de dispositivos móviles. Se convierte en Siri. Y por eso es que cuando Lucy funde a negro empieza su secuela, estrenada a principios de año. La llamaron Her.