La isla mínima

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Imagen: Atresmedia Cine / Atípica Films / Sacromonte Films.

La isla mínima es un clásico del cine policíaco en el que una pareja de inspectores contrapuestos en su forma de actuar y pensar se enfrenta a un asesino en serie. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. Es de sobra conocida la dificultad de revisitar el thriller aportando algo de originalidad y sin embargo La isla mínima lo consigue: es una película del género en la que no aparece Morgan Freeman.

Bromas aparte, se trata de un film hipnótico, fascinante, bien dirigido y sobre todo, de una película con un gran equilibrio. Un equilibrio que comienza con la pareja protagonista, un policía joven y honesto interpretado por Raúl Arévalo y su compañero, un personaje más oscuro que viene del régimen franquista y que interpreta magistralmente Javier Gutierrez. Ambos bordan su papel, sin estridencias, con el diálogo justo, como si Richard Linklater y Wong Kar-Wai hubieran encontrado un punto intermedio conversacional.

Y el equilibrio sigue con la trama, plagada de elementos contextuales que sitúan al espectador en un tiempo: años ochenta, y un espacio: una aldea de las marismas del bajo Guadalquivir. Violencia machista, lucha sindical, droga y proxenetismo, son detalles que aparecen de soslayo en la película. No hay disonancias, ni dramas intimistas, ni circunloquios adolescentes para el lucimiento de los actores. En La isla mínima todo fluye, te atrapa, te mantiene en vilo. Los detalles están para situarte, son el territorio.

La recreación de los ochenta está bien conseguida, mención especial a las técnicas CSI de la época en lo referente a las escuchas telefónicas, tan cerca en el tiempo: apenas treinta años y tan lejos tecnológicamente al gran hermano que nos tienen organizados la NSA  y adláteres.

La fotografía merece un capítulo aparte, donde destacan los cenitales del entorno del Parque de Doñana y la ribera del bajo Guadalquivir, que parecen sacados de un documental de National Geographic. El paisaje, a veces sereno como la Tierra de Medem, a veces asfixiante como los pantanos de  Arde Mississippi o True detective, permite al director, Alberto Rodríguez,  desarrollar la trama con las dosis justas de suspense.

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Imagen: Atresmedia Cine / Atípica Films / Sacromonte Films.

De manera similar a lo que ocurre en Twin Peaks, en el pueblo todos tienen algo que ocultar; poco a poco irán aportando la información necesaria para desvelar el misterio. A pesar de ser una comunidad pequeña no sabemos quién es el asesino, no lo intuimos hasta el final y sin embargo todo encaja.

Los actores secundarios contribuyen a la verosimilitud de la trama huyendo de lo tópico y el folclore ligado a lo andaluz, no encontraremos a lo largo de toda la película un carro de caballos moviéndose al son de Los del Río, y algo aún más inverosímil, tampoco encontraremos ni una sola pegatina de coche con la efigie Camarón.

La isla mínima debería, definitivamente, reconciliarnos a todos con el cine español.