Laura Freixas: «En todo nacionalismo hay un sentimiento de superioridad y un racismo latente»

Laura Freixas para Jot Down 0

Sus libros son una ventana a la España de los años setenta, a los miedos, deseos y preguntas que uno se hace a los cuarenta años, al sector editorial de este país y, sobre todo, a algo muy importante para ella, a los motivos por los que ser escritora. Laura Freixas (Barcelona, 1958) lleva escribiendo y publicando desde hace casi treinta años y siempre ha tratado asuntos como la desigualdad que sufría y sufre la mujer y su mundo interior desde el punto de vista de la propia vida. En los últimos dos años, sus artículos publicados en La Vanguardia y en El País sobre el proceso soberanista de Cataluña han creado gran polémica.

Has escrito mucho sobre Cataluña durante los dos últimos años. ¿Cómo ves la situación en este momento? Está menos presente en los medios.

Yo creo que ha remitido. Como se suele decir: ha bajado el suflé. Por fin. No sé si será definitivo, espero que sí. En cualquier caso, creo que no va haber secesión por muchos motivos y uno de ellos, el principal, es que la mayoría de la población catalana no está convencida. A parte de otros obstáculos, como puede ser la Constitución. Porque, si hubiera una mayoría social clara, muy amplia y sostenida en el tiempo a favor de la independencia, se conseguiría, pero es que no la hay. Y yo me alegro.

Has querido estar en primera línea. En tus artículos has expresado tu opinión de forma clara y constante.

No es que haya querido, es que me siento obligada como ciudadana a expresarme sobre un tema tan grave sobre el que sí tengo opinión. Porque hay otros temas también muy importantes sobre los que no tengo tanta opinión o no me siento autorizada a escribir. Pero no me lo he planteado como una cuestión de conveniencia.

Además, es que es algo visceral. Porque no soy en absoluto patriota, ni nacionalista. Para mí la nación es un marco histórico heredado no especialmente importante y me parece bien que se vayan borrando las fronteras, como hemos hecho en la UE, en aras de unos principios, de unos ideales que para mí son más importantes que el sentimiento nacional. Para mí es más importante la justicia, la igualdad y la libertad que la pertenencia a una nación. Eso es un motivo.

El otro motivo es mi origen, pertenezco a varias naciones; es por mi historia, por mis circunstancias, que además no son nada excepcionales, son muy compartidas y cada vez más. Soy catalana y como muchas y muchos catalanes, soy una catalana bilingüe y de familia medio catalana y medio castellana, lo cual, como digo, no es nada excepcional. Además, me casé con un francés y mis hijos, como puedes ver, son trilingües. También he vivido en Inglaterra, por lo tanto, no me siento especialmente catalana. Y me desagrada mucho que me empujen a sentirme, a identificarme con una de mis pertenencias nacionales en detrimento de otra. Porque aunque no me siento exactamente igual castellana que catalana, sí me siento catalana, castellana, madrileña y mediterránea. En distintos grados, en el sentido de que me siento más mediterránea que gallega, por ejemplo, pero tengo todos esos sentimientos y me parece de un simplismo tremendo esa insistencia en una sola identidad nacional.

Y luego hay otro motivo. La principal injusticia que veo a mi alrededor es la que afecta a las mujeres, que es objetivamente muchísimo más grave que cualquier injusticia que pueda afectar a los catalanes. Me parece flagrante, indiscutible. A finales del año pasado puse un tuit diciendo «España en 2014, setenta mujeres asesinadas por machistas, pero catalanes asesinados por españolistas no hay. Entonces, ¿dónde está la prioridad?». Si hay que luchar por algo, me parece evidente que por lo que hay que luchar es para remediar esas injusticias.

Ahora con las balanzas fiscales, que son uno de los grandes argumentos, hemos pasado de lo metafísico a lo material y cuantificable. Se discute si hay una injusticia contra los catalanes que se materializa, se concreta en las balanzas fiscales. He leído argumentos de unos y de otros y, además, mi compañero actual es economista y especialista precisamente en temas territoriales. Y sé que no es una cosa fácil, no son datos evidentes, es un asunto muy discutible, muy matizable. En cambio, nadie discute por ejemplo que las pensiones de jubilación de las mujeres españolas son inferiores en un 38% a las de los hombres. Por esa causa parece que nadie se mueve ni quiere hacer ninguna revolución. A mí me parece incomprensible y me da mucha rabia que se susciten tantas pasiones, se canalicen tantas energías y se dediquen tantos recursos a remediar una injusticia muy discutible cuando se preocupan mucho menos por una injusticia indiscutible.

Y por último, me parece que en todo nacionalismo hay un sentimiento de superioridad y un racismo latente que no puedo aceptar. Por ejemplo, está de moda entre ciertos sectores independentistas llamar a España «Españistán» y eso no lo puedo aceptar. Me parece una broma muy divertida pero en el fondo lo que hay es un desprecio al otro que puede llegar muy lejos.

Laura Freixas para Jot Down 1

¿Por qué la cuestión catalana no se puede solucionar con un referéndum o una serie de consultas claras, con transparencia, donde la gente pueda expresar su opinión?

Veo motivos a favor y motivos en contra de un referéndum. Los argumentos en contra son que hacer un referéndum en Cataluña ya es presuponer aquello sobre lo cual se va a votar, es decir, una soberanía separada. Luego me parece que los que piden un referéndum, no reclaman un derecho sino un privilegio, porque no se trata simplemente de votar, sino de votar algo que no van a dejar votar a los demás. Es decir, votar ellos solos y que no voten los extremeños sobre lo mismo, o los gallegos. Así sería si lo miramos desde el punto de vista de los principios.

Luego, desde un punto de vista político, me parece que un referéndum es una mala idea porque divide de forma tajante y enfrenta a la población por dos opciones, cosa que no ocurre con las elecciones. Y luego porque no es revisable al cabo de cuatro años. Es decir, si votamos en unas elecciones y elegimos un Gobierno que vemos que es un desastre, lo podemos cambiar. Pero esto afecta a muchas generaciones en el futuro.

Dicho esto, también veo que quizá un referéndum sería la manera de resolver esta tensión y esta situación. Pero no estoy segura, no lo veo tan claro. Me irrita mucho esta posición independentista de votar un derecho o, mejor dicho, un privilegio. Están queriendo saltarse la Constitución y esto es muy serio.

Se critica que en Cataluña solo pueden hablar los independentistas o nacionalistas.

En Cataluña están los, digamos, medios oficiales controlados por la Generalitat. En estos últimos años no han sido nada plurales. Y en el resto de España, probablemente, tampoco. Veo muy poco la televisión, ahí no lo sé, pero en la prensa quizá es verdad que esa posición no se ha producido o no se le ha dado voz.

Vamos a repasar los argumentos más llamativos que has dado en tus artículos. Primero, citas el ejemplo de tu propia familia, que abandonó las ideas catalanistas para abrazar el franquismo por miedo a una revolución social que les hubiera hecho perder su estatus económico. Tu abuelo catalán, gracias a Franco, dices, mantuvo su fábrica que de otro modo se la habrían expropiado.

Me hace mucha gracia cuando ahora los independentistas quieren presentar a los catalanes franquistas como una excepción y unos traidores. De hecho, la gran mayoría de la burguesía catalana y buena parte de la población catalana se hizo franquista. Esto lo he visto yo de cerca y lo corrobora Esther Tusquets en su libro de memorias Habíamos ganado la guerra. La burguesía catalana en bloque, más o menos, se pasó al franquismo. ¿Por qué? Pues porque les importó menos la lengua y la identidad nacional que el mantenimiento de una situación social y un sistema económico que les beneficiaba. No les juzgo, pero lo que no quiero es que me digan mentiras, que ahora me presenten el franquismo como una opresión del resto de España contra Cataluña, cuando no es verdad. En Cataluña también hubo guerra civil y no eran todos republicanos, ni muchísimo menos. Y además, en mi familia he tenido justamente dos clases sociales y dos identidades nacionales y lingüísticas y una parte y otra se resignaron al franquismo por distintos motivos, pero al final no fueron antifranquistas.

En Adolescencia en Barcelona recordabas que tus abuelos empezaron a ir a misa en el franquismo.

Era mi abuela, pero no llegaba a ir a misa. Lo que hacía, para fingir que era respetable, era ponerse una mantilla y coger algún libro que tuviese por casa, cualquiera con tapas negras, para simular un misal, y se iba a la puerta de la iglesia a fingir que salía de misa. Decía que eso le ayudaba a encontrar inquilinos para unas casas que alquilaba.

También dices: «los burgueses catalanes durante la revolución que acompañó a la Guerra Civil en el bando republicano se habían sometido sin chistar al nuevo régimen guardándose su catalanismo y sus ideales liberales para mejor ocasión». ¿Por qué no sirve este momento actual como esa «mejor ocasión»?

[Risas] A ver, no quiero juzgarles porque lo entiendo. Durante la guerra, mi abuelo tenía una fábrica y se la confiscaron. Le metieron en la cárcel porque descubrieron que escuchaba a escondidas la radio de los enemigos, la radio franquista, por eso no les quiero juzgar. Porque pienso que ellos, realmente, eran catalanistas, eran demócratas y eran gente bastante avanzada, eran laicos, no eran creyentes, pero simplemente dieron más importancia a lo social sobre lo nacional. La verdad es que no sé si ahora serían independentistas, probablemente sí. Desde luego, de lo que habrían sido es de Convergència, porque eran de la Lliga, que era más o menos lo que es ahora CiU.

En otro artículo hablas de El día siguiente, un documental estrenado en Cataluña, con financiación de la Generalitat y TV3, que pretende, dices, «aclarar las dudas de los indecisos» sobre la conveniencia de un Estado propio. Y mientras este documental habla de los cambios positivos que traería un Estado propio, como una economía más productiva, un periodismo más plural, más inspectores fiscales… tú te haces otras preguntas: ¿Qué pasara con las pensiones, con la deuda, con la UE? ¿Sigues pensando que todas estas preguntas más pragmáticas están por aclararse cuando se habla de independencia?

Verás, estas preguntas sí que se las hacen. Y hay respuestas, hay libros blancos, hay uno de un colaborador de La Vanguardia, Marc Álvaro, próximo a CiU, que contesta estas preguntas sobre cómo será la transición, pero lo que yo digo es que lo que no hay es un acuerdo sobre el tipo de Estado que se quiere crear. No basta con saber lo que pasará en los próximos cinco años, sino si todo eso que se propone, que además conlleva el riesgo de un baño de sangre, como pasó en Yugoslavia, cosa que no creo, pero en fin… ¿todo eso para qué, para construir qué tipo de Estado? Porque cuando hablan de un Estado nuevo a mí me hace mucha gracia. ¿Un Estado nuevo que consiste en qué? No hay ningún acuerdo. ¿Es el estado que quiere CiU, el que quiere la CUP, el que quiere Podemos?

Y hay una serie de ideas como denuncia Joaquim Coll, el vicepresidente de FED (Federalistes d´Esquerres), que parecen supremacistas. Dicen, por ejemplo «queremos un Estado propio para decidir nosotros». ¿Y quiénes somos nosotros? ¿En ese nosotros entra igualmente la familia Pujol y la última inmigrante marroquí analfabeta que vive en Vic?

Hablo de una marroquí de estas características porque hace poco leí una novela estupenda de una escritora, Najat el Hachmi, que vive en Cataluña, y se titula El último patriarca. En ella hay un personaje inspirado en su madre, que es una marroquí analfabeta que solo habla árabe y vive en Vic encerrada en casa, con un marido que le pega y demás. ¿Tienen ellos los mismos intereses, los mismos puntos de vista, los mismos proyectos o los mismos problemas que la familia Pujol u otra equivalente? Hay que saber antes quiénes somos ese «nosotros», ¿no? Y esa idea de que solo por el hecho de que sea nuestro, en ese Estado ya viviremos mejor y todo lo haremos mejor… lo pongo en duda. Porque en el fondo de lo único que están convencidos es de que son mejores y eso yo no me lo creo.

Por una parte tienes unas ideas muy marcadas en contra del separatismo pero por otra, y sobre todo en el libro Los otros son más felices, hablas mucho de las diferencias entre los catalanes y el resto de los españoles. Marcas las diferencias culturales entre una protagonista catalana, artista y culta, y otra castellana, más de pueblo.

Primero, no creo que esas sean unas diferencias que impliquen superioridad por ninguna de ambas partes. No creo que de esos personajes uno salga mejor parado que el otro, por lo menos no era mi intención y, en cualquier caso, son diferencias geográficas, pero también sociales, porque pertenecen a clases sociales distintas. Por otro lado, también eran diferencias propias de los años setenta. Ahora ya no creo que exista esa disparidad, con la televisión, internet, con lo que viaja ahora todo el mundo o con la cantidad de movimientos que se dan dentro de España y en todo el mundo.

Describes un Madrid lleno de gente de pueblo en comparación con una Barcelona donde hay una burguesía cultural.

Sí, también, pero ahora son más sutiles esas diferencias. Madrid se ha sofisticado mucho en los últimos años, ya no son tan distintas. Mientras que en Barcelona sigue habiendo una burguesía formada por las famosas cien familias, o cuatrocientas dicen otros, que es la clase pudiente, dominante y rica y, a la vez, una clase muy culta, cosmopolita. Quizá eso no tiene un equivalente en Madrid. Esa burguesía que lleva generaciones ahí, de gente con estudios universitarios, donde lo mismo puede haber médicos, escritoras que arquitectos, mientras que en Madrid también hay gente muy rica, muy culta pero no son herederos de una clase que lleva aquí muchas generaciones.

Laura Freixas para Jot Down 2

¿Por qué escribes en castellano? En tus memorias has dicho que en tu juventud el castellano siempre fue la lengua oficial y la literaria, mientras que el catalán era como algo mas íntimo.

Hay tres motivos. Uno, que el castellano es mi lengua materna, o sea, la lengua de mi madre, en la cual yo aprendí a hablar. En esa época mi padre también nos hablaba en castellano, aunque era catalanohablante. Aunque después, con los años, cada vez fue más catalanista. En los años sesenta, cuando yo era pequeña, muchos catalanes consideraban que el catalán era una batalla perdida, que no tenía futuro. No se enseñaba en las escuelas y parecía que estaba condenado a ser una lengua coloquial, nada más. Sin embargo, al cabo de unos años, mi padre empezó a decir que yo era su hija y que tenía que hablar catalán. Y me puse a hablarlo porque de escucharlo lo había aprendido.

Otro motivo es que yo en la escuela aprendí en castellano y di la literatura en castellano. Luego aprendí francés y me metí en el Liceo Francés, pero nunca aprendí catalán ni leí la literatura en catalán. Me cuesta escribir en catalán, o sea, escribo en catalán correctamente pero sin más, no podría escribir en catalán lo que escribo en castellano. Entonces no existían todos esos registros para poder utilizar el catalán en lenguaje jurídico, en lenguaje arcaico… Escribir en catalán me requeriría un esfuerzo enorme. Además, yo siempre pensé que viviría fuera de Cataluña. Tampoco tenía mayor interés en escribir en catalán.

Y por último, admiro mucho a los escritores en catalán, porque realmente, todavía hoy, tienen que hacer un gran esfuerzo, ya que el catalán que se habla, a pesar de la escuela o de la televisión, sigue siendo un catalán bastante pobre, más que el castellano. Por ejemplo, ahora mismo estoy leyendo una novela catalana del siglo XIX, La febre d’or, de Narcís Oller, y veo que hay un catalán riquísimo que yo entiendo, porque es el catalán de mi padre, pero que se ha perdido. Me pregunto si quienes ahora escriben en catalán usarán este vocabulario, porque la realidad es que ya no se usa, los jóvenes ya no dicen eso.

¿No es igual con el XIX español, con el lenguaje de Galdós? Tampoco los jóvenes hablan como él escribía.

Creo que no es lo mismo que cuando lees a Galdós o a Emilia Pardo Bazán. Tendría que volver a leerlo y fijarme, pero creo que no. El catalán ha atravesado un largo túnel de oscuridad, durante muchas décadas no se ha enseñado en la escuela. El que sabía catalán no sabía escribirlo. Eso hace que se pierda mucho. Desgraciadamente, no sé si tiene solución.

Ahora en el colegio se enseña más catalán.

Sí, ahora todo es en catalán con dos horas de castellano a la semana y cuando alguien ha intentado introducir una tercera hora de castellano ha sido una batalla campal. No sé, no vivo en Cataluña ahora, no tengo mucha opinión al respecto. A mí me gustan mucho las lenguas, me encanta hablar bien la lengua que sea, me parece muy bien que se estudien y lamento mucho el empobrecimiento, pero no tengo mucha opinión sobre eso.

Otra de tus luchas es el feminismo. Dices que te inspiraron las ideas de Alejandra Kollontai, ministra en el primer Gobierno de Lenin, sobre la que leíste cuando elaboraste tu tesina en París.

Realmente, quien me introdujo en el feminismo fue mi madre. Era una mujer muy típica de su generación, con un gran sentido crítico, que protestaba mucho y se quejaba mucho, pero que tampoco se atrevía a salirse de la norma, aunque siempre fue muy consciente de la desigualdad y de la injusticia que sufrían las mujeres. Leía mucha literatura francesa y gracias a ella yo también leí a Simone de Beauvoir, a Collete, a Marguerite Duras, e hice la tesina sobre Alejandra Kollontai, porque en esa época, en los años setenta, yo como muchas y muchos estudiantes era muy de izquierdas, marxista y feminista. Y Alejandra Kollontai hablaba de la confluencia de cómo se puede ser a la vez marxista y feminista. Porque ella, más que por ejemplo Clara Zetkin o Angélica Balabanova, que también habían escrito sobre lo mismo, tenía la particularidad de ser un personaje muy novelesco. Era una mujer que se divorció, que teniendo una vida muy cómoda en la aristocracia siendo muy rica, con un crío muy pequeño, dejó a su marido y a su hijo y se fue a estudiar a Suiza. Me sentí muy identificada con todo eso. Después de mayor se casó con un hombre, un marinero que no debía ser muy culto, pero veinte años más joven que ella y muy guapo… A mí todo eso me gustaba mucho [risas]. Me acuerdo de su insistencia en la necesidad de mantener una independencia económica, de sus reivindicaciones sobre la libertad amorosa de las mujeres. Aunque también me di cuenta al final de que pedía una sumisión al Estado, o sea, que lo que era libertad en realidad no lo era tanto.

En tu ensayo Literatura y mujeres has reunido muchas críticas, artículos y noticias machistas que se han publicado en medios españoles.

Ahí reflejo que la representación que la cultura hace de la realidad está profundamente sesgada. La cultura refleja la realidad pasada por un filtro machista. Hay una distorsión que consiste, por ejemplo, en que los hombres están sobrerrepresentados, hay mucha mayor presencia de los deseos, proyectos, ambiciones, problemas y experiencias de los hombres. En cambio, las mujeres son vistas como menos importantes. La relación entre ellas prácticamente no se conoce, la cultura no la representa en absoluto y siempre son definidas por su relación con un hombre. Ejemplos: ¿Has visto La isla mínima o El niño? Es muy típico, en el centro de la escena tienes a hombres que se pelean, una batalla entre hombres, con sus proyectos y sus ideas en conflicto, que se alían unos con otros o pelean unos con otros. ¿Y las mujeres? Están solo para servirles en algún momento, o son las víctimas. ¿Y la madre de La isla mínima? Que no se la entiende, no se le da la palabra, solo está ahí porque en algún momento se necesita que alguien dé una información.

Dices que las mujeres escritoras pueden explotar su condición de mujeres para vender y que de hecho hay algunas que lo hacen, pero aunque no recurran a eso, cualquier éxito que tengan será atribuido a que son mujeres.

El género femenino es el género marcado. A las mujeres se las ve como mujeres, parece una obviedad, pero a los hombres no se les ve como hombres. Estoy preparando ahora mismo una ponencia en la que estoy reuniendo material que contrasta, por ejemplo, cómo se presenta a los directores de teatro como directores de teatro, pero a las directoras de teatro se las presenta como mujeres que dirigen teatro. ¿En qué se traduce todo esto? Pues en que en El País a los directores del teatro se les consagra la portada de El País Semanal, que es una revista no marcada por género, para todos, y a las directoras del teatro se las mete en el suplemento S Moda. Constantemente es así.

Incluso si hilamos más fino te diría que los hombres son vistos a la vez como encarnación de lo universal, por ejemplo, de la literatura, del teatro, de la política, y también son vistos como individuos. Pero las mujeres no son vistas ni como encarnación de lo universal, ellas no son la literatura, sino solo la literatura femenina, y tampoco son vistas como individuos sino como género, están vistas como mujeres. Por lo tanto, los hombres nunca son vistos como hombres, son vistos como jóvenes escritores catalanes o como políticos vascos y luego cada uno es diferente y tiene derecho a su nombre y a su imagen. Mientras que las mujeres no son vistas ni como universales ni como individuos sino como mujeres. Por ejemplo, tengo una portada del ABC Cultural que habla de mujeres best seller y la portada es un dibujo de una mujer, no hay ni fotos ni nombres. Y luego otra del mismo medio sobre el mismo tema, pero sobre la nueva generación del teatro, y salen dos actores famosos. Dos hombres, que sí tienen derecho a su nombre y a su imagen.

Laura Freixas para Jot Down 3

Antes solo una mujer formaba parte de la Real Academia. Ahora son seis de cuarenta y uno. ¿Por qué sigue siendo desigual?

Se ha avanzado un poquito pero muy poco. Una cosa que hemos contado es cuántos nuevos miembros ha adquirido la Real Academia en los últimos años y no recuerdo la cifra exacta, pero fue como treinta nuevos de los cuales solo cinco son mujeres, aunque solo por el cumplimiento de la ley de la igualdad del 2007, que exige que los órganos científicos, consultivos y demás sean paritarios, debería incorporar mujeres nada más.

También te quejas en tu libro de que lo que hacen muchos críticos es establecer una sinonimia ente femenino y malo. Por ejemplo, citas esta reseña: «La fuerza, la buena literatura, la cruda realidad, la vida misma, ya no se lleva en la literatura de los premios: como si la literatura fuera un bálsamo o plumero para quitar el polvo las marujas de clase media» (El Mundo 17-10-96). Y es cierto, escribe «marujas», no se le ocurre decir «ultras del fútbol».

Hay otra también muy buena del Diario 16 que decía «la literatura de esta autora bordea siempre la línea semiborrada que separa la buena literatura de lo que suele llamarse literatura de mujeres» [risas].

La Real Academia, en todo caso, está eliminando significados machistas de palabras.

Lo está haciendo despacio, aunque yo no soy especialista en esto. Pero en general no es solo la Academia, es toda la cultura globalmente la que es arrolladoramente machista.

Auxiliadora Barros, profesora titular de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, dice que es agotador referirse continuamente a «ellos y ellas», «los hijos y las hijas», etcétera.

Aquí hay una cuestión de principios y luego la cuestión practica. Para mí, la cuestión de principios es hablar de tal manera que nos mostremos conscientes de que existen mujeres y no solo los hombres. Ahora, cómo hacer eso para que no sea muy pesado y para que resulte ágil. Bueno, creo que es lo que tenemos que intentar hacer las escritoras. Yo, por ejemplo, he optado por, para no decir las ciudadanas y los ciudadanos, las lectoras y los lectores, decir las y los lectores. La verdad es que me complica un poco la vida, sobre todo los artículos donde tienes que usar más términos generales y abstractos, pero creo que es algo que hay que hacer.

De todas maneras, es curioso que se diga que lo que hay que intentar es buscar la economía del lenguaje, cuando los que dicen eso son los que escriben, por ejemplo, las mujeres musulmanas, cuando no hay ninguna necesidad, o las mujeres escritoras cuando podrían decir solo las musulmanas o las escritoras. Ellos creen que lo que les mueve es la economía, la facilidad, la elegancia, la simplicidad, pero luego te das cuenta de que no es verdad. Por ejemplo se oponen a que se diga «conferencianta» pero, sin embargo, dicen dependienta o asistenta. ¿Por qué? Bueno, porque lo femenino se asocia con lo desvalorizado.

En Patrulla de Salvación, un blog muy crítico y divertido sobre literatura y el mundo editorial, hicieron una réplica a tus quejas sobre la menor presencia de mujeres en jurados de premios literarios y demás.

Qué bien, me encanta la polémica.

Decían que siguen existiendo machistas, pero que ya no lo pueden ir diciendo públicamente. Cito: «¿No se da cuenta Laura Freixas de que con sus lloradas lo único que consigue es ofrecer oportunidades para la autocompasión a las jóvenes que comienzan? ¿No se da cuenta Freixas de que la autocompasión paraliza e impide seguir luchando? ¿No se da cuenta Laurita que lo que hace con sus quejas infundadas es perjudicar a las otras mujeres que quieren seguir luchando para llegar a ser escritoras de verdad?». También explicaban que la biología termina impidiendo a más mujeres que a hombres llegar a la cima de la escritura, y la gran literatura exige sacrificio, es una labor muy dura, de renuncia, solitaria…

¡Yo no creo en la biología! En el ser humano no existe la naturaleza que no esté mediada por la cultura. Y mira. En primer lugar, cuando dice que los machistas ya no se atreven a decir que lo son, es cierto que he observado que las frases ingenua y abiertamente machistas con las que di en los años noventa ya no las encuentro. Ahora los críticos son conscientes de que pueden ser acusados de machismo y ya no se atreven a decir según qué cosas. Pero aunque ya no se explican diciendo que algo es «literatura para marujas» o que las mujeres escriben mal, cuando, por ejemplo, hacen las listas de lo mejor o lo más destacado, siguen sin leer a las mujeres. Tengo la prueba porque una vez para un artículo me leí todos los diarios de escritores que se habían publicado en España en 2011, que no es difícil porque no eran muchos, y observé, como era de esperar, que todos ellos mencionaban muchas lecturas, desde la Ilíada hasta lo último que se acababan de comprar, y el 99,9% de los casos los libros citados eran de hombres. Y no solamente de la antigua Grecia, o del siglo pasado, sino de hoy, cuando las estanterías de las librerías están llenas de libros de mujeres. ¡Pero es que no nos leen! Ya no hacen esos discursos tan bonitos y tan fáciles de atacar y de ridiculizar que hacia Juan Valera, pero simplemente actúan igual.

Y segundo, ellas dicen que yo incito autocompasión, yo diría que no, que incito la reflexión y la acción. La prueba de que no nos dedicamos simplemente a protestar, a quejarnos y a lamernos las heridas, es que hacemos encuentros. Clásicas y Modernas organiza muchos debates, ofrece ciclos de conferencias, como uno que vamos a hacer ahora que se llama «Ni ellas musas ni ellos genios», sobre parejas de creadores, para intentar ver por qué normalmente él se desarrolló más y está más reconocido y ella menos. Y si no, que me digan cuál es la alternativa, porque dejar de hablar del problema no lo resolverá. También se nos dice que nos dediquemos a escribir buena literatura en vez de quejarnos, pero no podemos cerrar los ojos ante el hecho de que los hombres tienen más apoyo de todo tipo, institucional, privado y mediático.

Laura Freixas para Jot Down 4

Has dicho en Twitter que te han encargado la reseña de Cincuenta sombras de Grey.

No he leído el libro. No tengo tiempo para perder en eso. Y la película es malísima, porque hay películas eróticas que son buenas pero esta… He ofrecido dos títulos a La Vanguardia para la reseña y uno de ellos es «Bambi sado maso». La verdad es que la película da risa. Lo explica muy bien Eva Illouz, la socióloga que tiene un librito que se llama Erotismo de autoayuda, un análisis de Cincuenta sombras de Grey que está muy bien. Dice que como en todo best seller, lo que se hace es partir de una contradicción o, digamos, de un problema social real y ofrecerle una solución imaginaria. El problema social real es que las mujeres que quieren tener dinero, tener reconocimiento o fama, se dan cuenta, o nos damos cuenta, de que no lo vamos a conseguir. No sabemos exactamente por qué, pero miramos alrededor y es evidente. Quien crea una empresa y se hace millonario, quien es piloto, quien pronuncia los discursos inaugurales de no sé qué, quien sale en los periódicos, suelen ser los hombres.

Entonces es evidente que tú, como mujer, ves en un momento dado que no lo vas a conseguir a menos que hagas un esfuerzo excepcional, un sacrificio extraordinario. Y la solución imaginaria e inverosímil que aporta este libro para resolver ese problema es que tú, que no eres nadie, que ni siquiera eres guapísima, que no vienes de una clase social alta ni tienes talento, una mujer del montón que no vale nada, porque un hombre del montón puede ser Bill Gates, ¿qué puedes hacer? Pues seducir a un hombre maravilloso que te tratará muy mal [risas], ahí sí es bastante realista, pero que te ofrecerá riqueza, poder, te llevará en helicóptero…

Es tan ingenuo, pero bueno, entiendo que hay muchas mujeres que sueñan con eso, con una solución fácil ante este estancamiento, porque estamos en un callejón sin salida, porque queremos tener eso y no lo conseguimos porque la sociedad no nos lo permite. Pero antes ya teníamos a Corín Tellado para decir eso.

También decías que ya estaba bien de idealizar la maternidad y hacer la lactancia materna «poco menos que obligatoria».

Pues sí, porque en una sociedad que se supone que es igualitaria, donde las mujeres y hombres tenemos sobre el papel los mismos derechos y la misma educación —de hecho, hay más licenciadas universitarias mujeres que hombres en España desde hace veinte años—,¿cómo se consigue que las mujeres acepten básicamente trabajar gratis? Renunciar a una situación profesional, a una libertad, a unos ingresos, para hacer lo que en definitiva es un trabajo que no les va a reportar ingresos y que se va traducir en pensiones más bajas que las de los hombres: pues con el mito del paraíso emocional del amor y de la maternidad.

Tengo como un interés personal en este tema porque yo ahí me pillé los dedos. Yo también creí en ese paraíso emocional, me casé muy enamorada y luego cuando tuve hijos no dejé de trabajar del todo, pero sí bastante, mientras mi marido iba ganando cada vez más. Hay un dato que dio La Vanguardia de que los hombres emparejados ganan un 17% más que los sin pareja, y las mujeres emparejadas un 36% menos. Y yo estaba en esa situación, al final me divorcié y me pegué una hostia económica que me ha hecho muy consciente de este problema.

Sobre las escritoras y los géneros literarios destacas que la mayoría de las escritoras se han concentrado en géneros como cartas, diarios, poesía lírica, y muy especialmente, la novela. ¿Por qué?

La literatura no nace del vacío, sino que se produce siempre dentro del contexto personal y social. Entonces las mujeres ejercen más determinados géneros que están más cercanos a sus experiencias. En la medida en que las mujeres viven más en el mundo privado y familiar que en el mundo público, lógicamente escribirán más sobre temas familiares que sobre la lucha por el poder. Por eso han escrito más novelas. Y luego porque las mujeres, en general, escriben en los géneros menos prestigiosos por su propia inseguridad y porque tienen menos competencia. Escriben mucha literatura infantil, por ejemplo, cartas…

En la segunda parte del libro destacas hechos históricos que explican por qué no hay tanta literatura femenina y arte en general. Por la educación, que hasta el siglo XX estaba reservada solo para los varones, etc. ¿Crees que precisamente por ser «nueva» necesitará su tiempo para que se cree una tradición literaria que pueda calificarse inequívocamente como buena?

Yo creo que más bien es la desvalorización de todo lo femenino lo que actúa aquí y el hecho de que la ideología patriarcal está basada en dicotomías como mujer-naturaleza hombre-cultura, mujer-emoción hombre-razón, entonces se aplican una serie de clichés. Dentro del patriarcado no parece haber un lugar para el personaje de la mujer madura con autoridad. Los hombres maduros, ancianos con autoridad, ya sea el papa o los presidentes de lo que sea, siempre son hombres y las mujeres que aparecen, a las que se presta atención, siempre son las jovencitas, las sexy… Y luego están los personajes como la excéntrica, la loca, la vieja bruja. Falta un lugar para reconocer a esas mujeres. A lo sumo, está la gran dama elegante [risas]. Pero la mujer que se afirma, un equivalente femenino de Pérez Reverte, una mujer que polemiza, que insulta, que se exhibe, esto si existe no gusta, no caen bien.

Laura Freixas para Jot Down 5

Sobre el mundo editorial, en un cuento tuyo, «Entrevista», hablas de cómo funciona este mercado. Escribes sobre una generación «tapón» de escritores que se comportan como una secta, que se sostienen con buenas críticas y apoyos mutuos y no dejan paso a los que vienen detrás.

Sí, es así. Es bastante una secta. Yo he tardado muchos años en resignarme a pensar que el mundo editorial no es justo. Durante muchos años he albergado un deseo ingenuo de que existía la justicia y se reconocería el mérito y al final he llegado a la conclusión de que no. Pero tampoco es por lo contrario, el éxito no es proporcional ni directa ni inversamente a la calidad, simplemente corresponde a otras normas. Esto me ha preocupado durante muchos años por una mezcla de interés mío personal y un poco de deseo infantil, yo quería que hubiera como una instancia que fuera una especie de padre o como un profesor que da las buenas notas a los buenos alumnos.

Me ha preocupaba también por una cuestión de principios generales, porque quieres creer que el mundo es justo. Y ya he llegado a la conclusión de que el mundo no es justo y me he despreocupado bastante. El mundo editorial está en un proceso que describió muy bien una amiga mía: «Sálvese quien pueda». Y aunque nunca ha sido del todo cierto que hay una relación entre la calidad y el reconocimiento, ahora todavía lo es menos. Antes se sabía lo que significaba cada sello editorial más o menos, pero en la actualidad está todo en pleno proceso de cambio y tampoco sabemos exactamente hacia dónde.

En España, la literatura, dedicarse a escribir, ¿es una ocupación de gente bien, que se lo puede permitir porque ya tiene el dinero o los ingresos que le permiten sobrevivir?

Hay una pequeña parte, pero muy pequeña, de los escritores que viven de la escritura. Hay otra parte muy amplia de las y los escritores que viven de otras profesiones, de la enseñanza o el periodismo, o también de su cónyuge. Pasa en las mujeres, pero también en los hombres. Por ejemplo, Trapiello ha vivido muchos años de que su mujer tenga un buen puesto en televisión, pero me parece bien. Yo he vivido muchos años de que mi marido fuese un ejecutivo.

Y luego hay otra franja en la que actualmente me incluyo desde hace ya bastantes años, de escritoras y escritores que no vivimos de nuestros libros pero sí de lo que está alrededor. Yo, por ejemplo, doy conferencias, me lo paso muy bien, está muy bien pagado y también doy talleres, escribo artículos… y me doy por satisfecha.

Por tu autobiografía Adolescencia en Barcelona vemos que empiezas a escribir en los setenta. ¿Es cierto ese mito que hay de aquella Barcelona, entre la muerte de Franco y los primeros ochenta, que fue un oasis de libertad, un lugar de multitud de propuestas culturales, artistas, un clima irrepetible que luego desapareció?

Sí, era muy divertida. Salíamos del túnel de la dictadura, salíamos a la luz, vivíamos en un momento en el que no nos faltaba trabajo ni oportunidades y era como una juventud colectiva y compartida. Un momento de euforia que luego desembocó lógicamente en un desencanto, pero esos años, sobre todo la década de los setenta, fueron estupendos.

Recuerdo que había mucho militante convencida y convencido de que íbamos a hacer la revolución. Había una sensación de fraternidad, de esperanza, de euforia, que yo creo que es lo que quieren revivir ahora los independentistas con todo esto del nuevo país. Entonces, quizá no tanto como creíamos, pero sí hubo una verdadera ruptura con el pasado marcada por la muerte de Franco, y en aquel momento parecía que todo era posible. Duró unos años y luego… pues cada uno se buscó la vida como pudo.

En este libro escribes sobre la revolución sexual, hablas de muchas chicas que tenían multitud de relaciones sexuales solo por fastidiar a sus madres, como una respuesta a la educación represiva e hipócrita que les habían dado.

Yo creo que reaccionamos contra el puritanismo y la represión de nuestra educación pero no supimos crear un modelo alternativo. Una amiga mía que se hizo del Opus, discutiendo sobre esto, me acusó de que lo que hacíamos era la prostitución gratuita y yo le contesté que eso era una contradicción en los términos, pero ahora pienso que era un poco verdad en el sentido de que nos pusimos a disposición de una fantasía de promiscuidad masculina sin atender a nuestros deseos, que por otro lado no teníamos manera de conocer, puesto que ni la cultura ni la sociedad nos daban suficiente autonomía, suficientes referentes.

No teníamos ninguna educación sexual, lo que estábamos haciendo era lo que ya hacían nuestros padres y nuestros abuelos, lo de tener queridas y tal, pero siempre plegándonos nosotras, era una sexualidad basada en los deseos de los hombres y de esa fantasía masculina de una chica distinta cada noche.

Pero entonces, o hacíamos lo que nos habían dicho nuestras madres, lo que era aburridísimo, o nos plegábamos a eso, que realmente era muy insatisfactorio, a esa satisfacción narcisista que parece que a muchos hombres inmaduros les da por perseguir, la de una lista interminable de mujeres con las que se han acostado.

La transición moral en España fue muy poco profunda. Hace poco me he quedado aterrada al leer a una chica que firma como «Moderna del pueblo», he leído una novela gráfica suya que se llama Los capullos no regalan flores y he visto que ese tipo de «liberación sexual» es lo que sigue ocurriendo, chicas que se acuestan con el primero que pasa pero donde siempre queda claro que ellas no se atreven a expresar lo que desean. Es también un poco Cincuenta sombras de Grey, que habla de un tipo de hombre que se impone porque tiene el poder y la solución imaginaria falsa, que es que si te sometes a las condiciones que él pone y negocias solo los detalles, los tapones anales esos [risas] que no sé qué son, entonces él te dará el helicóptero, la fama, el chófer, etcétera.

Me deprimió mucho ver que las chicas jóvenes siguen en eso cuando ya no veo contra qué reaccionan, porque las madres ya no metemos esa presión. Siguen existiendo los dos modelos, la maman (mamá) y la putain (puta). El modelo franquista era la maman y el otro, la putain.

Laura Freixas para Jot Down

En tus memorias cuentas que tu madre, pobre y de familia castellana viviendo en Cataluña, trataba de huir a un mundo paralelo, más bonito, a través de la literatura.

Yo creo que mi madre leía muchísimo porque era la única salida a su situación de limitación como mujer de la España franquista y el aburrimiento. Ella era un ama de casa, pero al mismo tiempo tenía otra vida que era la de la imaginación. Por eso a mí siempre me intrigó, me atrajo esa otra vida, porque yo veía que para ella era intensa, apasionada, interesante. Estaba siempre distraída como probablemente he estado yo cuando cuidaba a mis hijos, porque es muy aburrido cuidar de niños, y así tenía siempre la cabeza en otra parte. Recuerdo que detestaba cocinar, porque estaba esa cosa terrible que era la presión social y no le quedaba más remedio que hacerlo, y una vez en lugar de un trozo de mantequilla cortó un pedazo de pastilla de jabón, precisamente el día que invitaba a comer a los cuñados de la familia burguesa. Le dio tanta vergüenza que muchos años después quería que quitase esa parte del libro.

Tu primer trabajo como escritora fue para un hombre que te pagó quinientas pesetas a la hora por escribir el libro que siempre quiso escribir y no sabía cómo.

Era un empresario que tenía una fábrica, una familia y una vida muy burguesa, provinciana, pero tenía el sueño secreto de ser escritor. Entonces a través de un anuncio en La Vanguardia que puso, yo le contacté buscando un trabajillo y me dijo que quería escribir una novela pero no sabía y no tenía tiempo, pero que le parecía que lo importante eran las ideas y que la escritura era una cosa mecánica y tal. Me contrató y escribí una novela de aventuras completamente disparatada. Eso sí, por quinientas pesetas la hora. Y cuando se me acababan los argumentos, recurría a Tintín, que copié todas sus aventuras, y otra vez que se me acabaron los argumentos me fui al cine a ver a una película de James Bond, la única que he visto en mi vida, y que también copié. Y luego mi primer artículo en El Correo Catalán fue contar la experiencia literaria con este señor. Me sentí un poco culpable, pero…

Al publicar un diario, ¿qué cambias cuando decides sacarlo? Al leer el tuyo da la impresión de que mucha gente podría haberse sentido ofendida. Es un ejercicio de sinceridad un poco peligroso… a veces te muestras muy elitista.

No, porque pasan tantos años que ya no me siento casi responsable de eso. Di prioridad a la sinceridad. Me pareció más importante ser auténtica que cuidar mi imagen, porque yo ahora sí que veo que en el pasado era muy clasista, y probablemente ahora lo sigo siendo, pero intento no serlo tanto. Sé que quedo mal con muchas cosas que digo, pero quería publicar un diario de verdad y no uno de esos de cara a la galería donde los escritores quedan siempre bien y siempre tiene razón.

También habrá feministas a las que les extrañe leer esto de una feminista como tú: «Pues bien: de pronto, al nacer Wendy, me he sentido mucho más sólida y más segura (…) De pronto mi autoestima, siempre tan incierta y quebradiza, se ha afianzado, y precisamente mi autoestima como mujer… Ya no me siento disminuida, secundaria, coja como antes, cuando intentaba entender por qué me quería E. y hasta se lo preguntaba, o por qué los hombres aceptan mantener a las mujeres».

Entonces lo veía así. Realmente, como feminista yo quiero conseguir unas metas, pero tengo que partir del reconocimiento de que no han llegado. Es decir, a mí me gustaría que mujeres como yo misma en esa época nos sintiéramos lo bastante seguras de nosotras mismas como para no necesitar que la maternidad tuviera que reafirmarnos, pero es que no es así. Sería falso que yo fingiera haber sido siempre una persona segura de sí misma. Como sería falsa la premisa, sería falsa la conclusión. Puedo afirmar que ahora me siento segura como escritora porque la prueba de que soy sincera es que cuando me sentía de otra forma también lo afirmé. De hecho, cuando releo este diario me veo muy misógina, pero es muy habitual, las mujeres también somos misóginas, cuando miramos alrededor nos identificamos con los hombres, que son los que ganan. No es fácil identificarse con el humillado, el perdedor, y eso explica mucho el siglo XX de las mujeres.

La crisis de los cuarenta está presente en toda tu obra. Gerald en Último domingo en Londres, en Entre amigas, y también en tu propio diario.

Yo sacaba muy buenas notas en clase y en el mundo de la enseñanza, donde se reconocía el mérito, me iba bien. Pero al salir al mundo real, donde no es así, me sentí angustiada. Para mí los cuarenta fue esa edad en la que ya tenía que decidir si tenía éxito o había fracasado. Y me encontré con que con cuarenta años ya estaba asentada, tenía hijos y, ¿qué me pasó? empecé a aburrirme mucho. Creí que era propio de esa edad y luego me di cuenta de que no. De que me aburría por otras cosas. Ahora tengo cincuenta y seis años y me lo estoy pasando muchísimo mejor que con cuarenta, y eso era porque a esa edad me había convertido en una maruja de lujo.

Laura Freixas para Jot Down 7

Fotografía: Begoña Rivas