España, 1898: el final de todo, el principio de nada

La batalla de Cavite, en la bahía de Manila, entre España y Estados Unidos, 1898. Imagen: Kurz & Allison / Library of Congress (DP).

Hace muy poco leía en El País Babelia estas palabras de Arturo Peréz-Reverte:

Es conmovedor que incluso de viejo estuviera más orgulloso de haber sido soldado en Lepanto que del Quijote.

Y no podía menos que darle la razón a Cervantes. Lepanto es mucho más importante que cualquier libro suyo. Lepanto no solo cambió la historia de España, cambió la historia de Europa. Pero qué ha cambiado el Quijote. Es más, ¿algún libro alguna vez ha cambiado un simple renglón en el libro de la historia de cualquier país? Eso es lo triste y ese es el problema. El resultado de una batalla está muy claro. Y sus consecuencias también suelen estarlo. ¿Pero el resultado de la lectura de un libro, de muchos libros, de muchas lecturas de muchas personas de un mismo lugar, cómo se computa? Sí, hay libros que cambian vidas, y hay libros que salvan vidas («suena cursi», decía también no hace mucho en otro Babelia el escritor sueco Per Olov Enquist, «pero un libro me salvó la vida»); pese a todo yo entiendo muy bien a Cervantes (o creo entenderlo) y entiendo que, de cara a sus contemporáneos, diera mucha más importancia a su participación en una batalla (una participación marginal, como uno más de los miles de soldados que allí lucharon) que a toda su ingente y extraordinaria labor como escritor.

Después del desastre del 98, que es de lo que quiero hablar en este artículo, se escribieron muchos libros. Pero ninguno cambió nada. Para los que estaban arriba, para los círculos del poder, todo siguió igual. «¿Regeneracionismo? ¡Vaya tontería!», debieron pensar. «Lo que hay que hacer es buscar otra colonia. Y seguir mandando a la gente a morir allí, por su país, que es lo que el pueblo debe hacer, para que todo siga funcionando como ha funcionado hasta ahora». Ya. Está claro que no lo pensaron así exactamente. La ambición y la avaricia humana siempre se camuflan bajo otros discursos más inocuos o más agradables al oído, pero en el fondo solo se trata de eso, de ambición y de avaricia, y poco más que eso. Naturalmente los gobernantes españoles no se diferenciaban en absoluto del resto de los gobernantes. Voy a enumerar muy brevemente las curiosas maneras que tenían los americanos para justificar sus guerras:

1. Doctrina Monroe: «América para los americanos». Como ya hemos hablado de ello en otros artículos no me extenderé más.

2. Política del «Gran Garrote». Aunque fue Roosevelt el que la difundió en sus discursos, ya se había puesto en marcha antes, en concreto en Venezuela y Cuba (como recuerda el propio presidente en su discurso del 6 de diciembre de 1904). Y desde entonces ha tenido mucho éxito. A los americanos les gusta mucho el papel de «policía del mundo» y siempre se van metiendo donde no los llaman, con la excusa de dar una lección a los «malos», que ya se sabe son muchos y no se avienen a razones. Pero como dicho así queda feo y burdo mejor que nos lo diga Roosevelt con sus hermosas y solemnes palabras:

Es falso decir que los Estados Unidos sienten una necesidad de tierras o alimentan proyectos con respecto a las otras naciones del hemisferio occidental (…). Todo lo que nuestro país desea es ver a sus vecinos estables en el orden y la prosperidad (…). Si una nación muestra que sabe actuar con eficacia y con razón (…). Si mantiene el orden y satisface sus obligaciones, no ha de temer una intervención de los Estados Unidos.

Maniobras de los Rough Riders en San Antonio, Texas, durante la guerra hispanoestadounidense. En el centro, el futuro presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, 1898. Fotografía: Anónimo / Library of Congress (DP).

3. Doctrina del «Destino Manifiesto». La he dejado para el final porque es la razón más estrambótica de todas (lo cual no impidió que tuviera un gran éxito). Yo siempre había pensado que «el pueblo elegido por Dios» eran los judíos, vamos, eso es lo que se cuenta en la Biblia, ¿no? Pues no. Pues resulta que el pueblo elegido por Dios son los americanos. No es ninguna casualidad que esta curiosa doctrina apareciese justo en 1845 y que el título el artículo donde el periodista John O’Sullivan formulara por primer vez esta teoría fuera «Anexión». ¿No habíamos quedado, lo dice Roosevelt, que los americanos «no sentían necesidad de tierras»? Pues parece que algunos presidentes anteriores a Roosevelt no pensaban lo mismo, ni tampoco sus ciudadanos. Muy brevemente… En 1846 empieza la guerra con México, con la excusa de la independencia y anexión de Texas. El resultado: Nuevo México, Arizona, Utah, Nevada y California pasan a ser americanas. A esto hay que sumarle la compra de Alaska en 1867, y recordemos que ya habían comprado Florida a los españoles y la Luisiana a Napoleón. Con eso, por lo visto, ya se quedan sin hambre de más tierras. ¿O no? Pues no, parece que Roosevelt se olvida de Cuba, de Filipinas, de Puerto Rico y de la isla de Guam. Parece que se olvida de Panamá. Parece que se olvida de Hawai, de Samoa y de otras islas del Pacifico. Y parece que tampoco sabía que España quedaba, en su mayor parte, en el hemisferio occidental, ni sabía, no, qué va a saber, que su antecesor McKinley, después de vencernos en Santiago de Cuba y en Cavite, se estuvo pensando quitarnos las Canarias, porque total, por unas islas más o menos tampoco pasa nada, ¿no? Sí, Roosevelt tenía mala menoria y suspendía geografía en el colegio, qué se la va a hacer…

¿Pero aún no he citado a O’Sullivan? Pues esto hay que remediarlo, que esta frase no tiene desperdicio:

El pueblo estadounidense, en su calidad de pueblo elegido, tiene un fin manifestado por Dios según el cual le es permitido apropiarse de todo territorio que estuviese destinado a formar parte de los Estados Unidos.

Dicho esto creo que ya podemos empezar a entender el imperialismo americano. Y digo empezar a entender porque este imperialismo es un poco distinto. Las causas más comunes, necesidad de materias primas, de buscar mercados exteriores para las manufacturas internas, no son suficientes. Si algo tenían los Estados Unidos, a principios del siglo XX, eran materias primas y mercado de sobra. De manera que muchos autores quitan peso a las razones económicas y hablan de razones ideológicas y geopolíticas.

Las razones ideológicas ya las hemos visto. Las geopolíticas son muy simples. Para ser una gran potencia mundial hay que dominar los mares, para dominar los mares hacen falta puertos, una red de puertos por todo el mundo. Esto es algo que aprenden de los ingleses y que aplican a rajatabla, en lugar de conquistar países enteros mejor quedarse con un cachito de su costa, con eso es suficiente y sale más barato que mantener un gran imperio colonial.

Sí, vale, ¿pero y Cuba? ¿Por qué querían Cuba? ¿Por qué estaban tan empeñados en comprarla? ¿Por qué, cuando vieron que los gobernantes españoles no pensaban vender Cuba, siguieron empeñados en quedarse con la colonia, fuera como fuera? Aquí la única explicación es una explicación económica. Así que el imperialismo americano, por mucho que se diga, en el fondo es un imperialismo tan económico como cualquiera. Los americanos habían construido el primer ferrocarril cubano, que fue el primer ferrocarril español, antes del famoso Barcelona-Mataró. Y la finalidad del primer ferrocarril cubano, el ferrocarril Habana-Güines, inaugurado en 1837, es transportar productos agrícolas, entre ellos el producto más famoso de Cuba, el azúcar. Cuando el presidente McKinley declara la guerra a España, una vieja potencia colonial europea, algunos de sus ciudadanos no lo entienden. Pero pronto lo entenderán: el botín es fabuloso y encima les ha resultado una guerra muy fácil de ganar, extremadamente fácil de ganar, eso elimina todas las dudas.

Restos del Maine en La Habana, 1898, cuyo hundimiento fue el detonante formal de la guerra. Fotografía: Anónimo / Library of Congress (DP).

Sin embargo, la guerra del 98 me parece una guerra muy curiosa. Para empezar por cómo se inicia y cómo se desarrolla, pero más aún por cómo termina. Hay un detalle que me llama mucho la atención. Normalmente el país vencido es el que tiene que pagar al país vencedor. Es lo que se llaman las «reparaciones» y ha sido una práctica de lo más habitual en todas las guerras, pero sobre todo en las guerras contemporáneas. El ejemplo más claro: las reparaciones que el tratado de Versalles estipulaban cuánto tenía que pagar Alemania después de perder la Primera Guerra Mundial. Pero aquí pasa algo totalmente distinto, es Estados Unidos, el país vencedor, el que paga a España, el país vencido. ¿Cuánto paga? Veinte millones de dólares. ¿Por qué los paga? Muy simple. Para meter en el pack a las Filipinas y la isla de Guam, además de Puerto Rico. En realidad les sale barato. Más dinero pensaban ofrecer al gobierno español solo por Cuba. «Pero Cuba es parte de la patria. No se vende. En todo caso nos la pueden quitar», dijo Prim. Y los americanos, que no son tontos, le respondieron: «Pues vale, por nosotros no hay problema».

Además de pagar unas indemnizaciones al país vencido, los americanos, en un gesto de buena voluntad o porque se los quieren quitar de encima lo más rápido posible y los españoles no tienen ni barcos ni dinero para eso, se encargan de reembarcar y devolver a los soldados españoles capturados en Filipinas, mientras que los soldados que han luchado en Cuba quedarán en un estado tan lamentable que causa vergüenza leer las crónicas de la época y ver como harapientos y abandonados a su suerte tienen que pedir limosna para sobrevivir.

Y aquí entramos en el drama humano de la guerra, en eso que por lo visto el Gobierno español no pensaba para nada. «Más vale honra sin barcos que barcos sin honra». Bonita frase, muy al gusto de la época. Si solo fueran los barcos…. Pero en los barcos van soldados. Y luego están las tropas de tierra, esos que morían más por las enfermedades tropicales que por las balas. ¿Cuántos muertos costó Cuba? La rebelión empieza en 1868. Atraviesa varias fases. Hay periodos de guerra total, periodos de paz relativa, con algunos acuerdos como la «Paz de Zanjón», y otra vez periodos de guerra total. Cada nuevo general cambia de táctica. Martínez Campos, Weyler, lo mejor del ejercito español, pero nada. La rebelión se extiende, y salta a otras islas. Salta a Puerto Rico. Salta también a Filipinas. En la metrópoli se reacciona tarde y mal. Y eso que tenemos varios reyes, Amadeo de Saboya, Alfonso XII y al final una regente, María Cristina de Habsburgo-Lorena, además el experimento de la Primera República y sus proyectos federales. Pero los americanos no se implican directamente hasta 1898, con la excusa del hundimiento del Maine, como es bien sabido. Para entonces el Gobierno español ya había abolido la esclavitud y estaba dispuesto a ceder una cierta autonomía a la isla, que naturalmente no contentaba a los sectores independentistas.

El último campamento español en Cuba. Cienfuegos, 1898. Fotografía: Strohmeyer & Wyman / Library of Congress (DP).

Al Gobierno español la derrota le sirvió de excusa para quitarse de encima otras islas: las Palaos y las Carolinas, además de las Marianas que le quedaban, que fueron vendidas a Alemania por veinticinco millones de marcos. Realmente no nos salió muy bien el negocio. Para eso podíamos haber vendido Cuba por los trescientos millones de dólares que los americanos habían llegado a ofrecer y nos podíamos haber ahorrado los miles de muertos y todos los barcos hundidos a lo tonto, además de conservar Filipinas y Puerto Rico. Desde luego, eso es fácil decirlo ahora, visto lo visto, pero en aquel momento, por increíble que parezca, mucha gente pensaba que se podía vencer a la marina americana. O, si no se les podía vencer, al menos había que luchar contra ellos.

¿Y después qué? Bueno, básicamente tres movimientos. El de los intelectuales, con el regeneracionismo y toda esa literatura de la Generación del 98 tan bien intencionada como ignorada. El del poder, que pronto se olvida de Cuba porque desde hace tiempo ya tenía fija la vista en Marruecos (véase por ejemplo la guerra de 1859-1860 donde participan dos grandes pesos pesados de la política española, Prim y O´Donnel, que además de controlar el gobierno nacional como buenos generales nunca le hacen ascos a una guerra). Y por si Marruecos no es bastante también nos vale el Sáhara Occidental, o Guinea, o la isla de Fernando Poo o el Rio Muni, o Ifni, lo que sea, la cuestión es tener alguna colonia, y luego ya veremos para que sirve, que seguro que para algo servirá.

He dicho que había tres movimientos después del desastre del 98. Me falta el tercero, el que no es el de los intelectuales, desesperados y lúcidos, ni el del poder, insensible y egoísta, sino el del pueblo, el de los que sufren las guerras y lo mismo mueren en el Barranco del Lobo que en las selvas americanas. ¿Y cuál es este movimiento? Nada. No lo hay. Indiferencia. Si nadie cuenta con ellos, para qué molestarse en protestar. Si siempre, pase lo que pase, van a salir perdiendo, para qué molestarse en hacer algo. No, mejor ir a las corridas de toros, a los teatros, a las romerías… Bueno, bueno, esto tiene sus excepciones, como todo. Algunos obreros, jornaleros, agricultores se sindicalizan, se instruyen en los ateneos libertarios, se apuntan a los partidos comunistas y socialistas, se vuelven anarquistas o incluso se atreven a protestar contra el sistema de quintas y piden que a la guerra no vayan solo los pobres. Sí, algunas cosas empiezan a cambiar, pero aún tendrán que venir muchos muertos para que algunos gobernantes, como Primo de Rivera, se atrevan a decir, y no muy alto, que Marruecos es una carnicería inútil, pero no, ni el desastre de Annual ni el desembarco de Alhucemas, aún tendremos colonias africanas para rato, porque oye, que una colonia siempre es una colonia…

Ay, y otra cosa, que a Unamuno, a Costa, a Maeztu, a Baroja, a Giner de los Ríos y a todos los demás al final los leyó alguien, como Maura, que se convenció de que «había que hacer la revolución desde arriba, para que no la hicieran desde abajo», que, no seamos tan pesimistas, al final los libros llegan a las manos adecuadas, aunque tardan bastante; de hecho, a veces aún no han acabado de llegar.

El último campamento español en Cuba. Cienfuegos, 1898. Fotografía: Strohmeyer & Wyman / Library of Congress (DP).