Lecturas que habría lamentado perderme en 2015

Los restos de la librería Holland House de Londres en octubre de 1940. Fotografía: Getty.

Fariña, de Nacho Carretero. No sabría decir si esto es periodismo narrativo del nivel más alto, o una novela magnífica en la que el autor olvidó meter algo inventado. Una maravilla, en cualquier caso. La historia del narcotráfico en Galicia, y su presente, tan bien contados y con anécdotas tan deliciosas que uno acaba riendo con toda esa desgracia.

El bar de las grandes esperanzas, de J. R. Moehringer. Me escribió Antonio, de la librería Méndez, para decirme que me guardaba una pieza imprescindible. Cuando uno de los mejores libreros de España afirma algo así, hay que hacerle caso. El autor es el Pulitzer que redactó Open, las fantásticas memorias de André Agassi. Se trata de la historia real de un bar y de unos hombres. Un libro magnífico. Gracias, Antonio.

El hambre, de Martín Caparrós. Uno de los mejores periodistas en lengua española se enfrenta a un tema desmesurado, inabarcable: el hambre y los alimentos en el mundo. Resulta que no solo lo abarca, sino que consigue construir un relato hipnótico y, además, una lección de vida. Hacía años que no leía algo tan brutal.

La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas. Son cuentos. Son reflexiones sobre la memoria y la identidad. Son mecanismos literarios prácticamente perfectos. Y, además, se leen como pequeñas narraciones de misterio.

Instrumental, de James Rhodes. La autobiografía del pianista James Rhodes encoge el corazón: violaciones reiteradas en la infancia, adicciones múltiples, internamientos en psiquiátricos, pulsiones destructivas. El caso es que con todo eso, y con dosis industriales de lucidez y sarcasmo, Rhodes construye un raro himno al optimismo.

Sumisión, de Michel Houellebecq. El gran psicoanalista del europeo atemorizado, es decir, nuestro psicoanalista, vuelve a dejarnos desnudos ante la realidad. El argumento: en un futuro próximo, Francia se hace musulmana. Y esa conversión parece tan lógica, tan fácil, tan inexorable, que nos deja cavilando durante una temporada.

Soy Pilgrim, de Terry Hayes. Un simple thriller de espionaje y acción desenfrenada. No hay que buscarle más vueltas ni analizar el supuesto trasfondo ideológico, porque el único objetivo de esta lectura consiste en disfrutar de un relato trepidante. Es, en su género, de lo mejor que se ha publicado en mucho tiempo.

El Reino, de Emmanuel Carrère. ¿Le interesan las angustias religiosas de Carrère? ¿Le apetece leer un análisis asombroso de los textos evangélicos? ¿Quiere enterarse de los tejemanejes de los cristianos primitivos? Aunque piense que no, debe responder que sí. La prosa fluida y aparentemente fácil de Carrère es única e incomparable. Y lo que hace con los textos de Pablo y Lucas es puro virtuosismo.

María cumple veinte años, de Miguel y María Gallardo. Ocho años después de María y yo, el dibujante Gallardo y su hija retoman sus aventuras. María Gallardo es una joven muy aficionada a la música, a las claves gráficas, a la memorización, a los pellizcos y a montar algún que otro pollo en público. También es autista. Miguel Gallardo, que en su juventud dio vida (muy mala vida) a personajes como Makoki, el Niñato y el Emosiones, es uno de los más prestigiosos ilustradores españoles. Juntos firman esta joya de sensibilidad rotundamente antisensiblera.

La tabla rasa, de Steven Pinker. Esto es una relectura. El libro, de 2002, es ya relativamente antiguo. Aborda la naturaleza humana, los procesos cognitivos, la moral, la evolución de las ideas, la convivencia y muchas otras cosas interesantes, con la amenidad de un texto humorístico. Algunos apartados resultan polémicos y bastante discutibles. Pero nadie puede considerarse decentemente educado si no ha leído, y no relee de vez en cuando, La tabla rasa, tal vez el libro más importante publicado en lo que va de siglo XXI.