British Museum, líbranos del mal

Foto: Edmund Gall (CC)
Foto: Edmund Gall (CC)

A principios de los años noventa, Irak no podía importar ni siquiera lápices. El embargo comercial impuesto por el Consejo de Seguridad de la ONU tras la invasión de Kuwait limitaba también la entrada de medicinas. «Los lápices contienen lignito, y algunos medicamentos componentes que decían que se podían utilizar para hacer bombas», explica el arqueólogo Joaquín M. Córdoba Zoilo, que trabajó en el país durante aquella década. Tampoco era posible comprar los productos químicos necesarios para restaurar las antigüedades que se amontonaban en los museos iraquíes. Ni había recursos para proteger los miles de yacimientos que fueron arrasados durante y después de la guerra del Golfo. El programa humanitario «Petróleo por Alimentos» (1996) alivió un poco la situación, hasta que en marzo de 2003 una coalición liderada por Estados Unidos invadió el país. Las «armas de destrucción masiva» que motivaron la operación nunca aparecieron, como tampoco lo han hecho diez mil de las aproximadamente quince mil piezas que fueron saqueadas del Irak Museum aprovechando el caos reinante. «Había dos tipos de saqueadores: los que iban a por todo lo que pillasen y los que tenían una lista por encargo de las cosas que les interesaban», cuenta el catedrático de Historia Antigua de la Universidad Autónoma de Madrid.

El arqueólogo se extraña cuando se le pregunta si la cruzada del Dáesh contra el patrimonio de la humanidad en Irak y Siria no da la razón a los museos occidentales que, desde hace dos siglos, se presentan como garantes de la memoria del mundo. Desde que se fundó en 1753, el British Museum ha acumulado más de ocho millones de piezas. Entre ellas, la colección más importante de arte mesopotámico del mundo fuera de Irak, en competición con el Louvre. Miles de reliquias salieron hace ciento cincuenta años de lugares ahora arrasados por los yihadistas: toros alados, paneles de piedra tallada y tablillas de escritura cuneiforme de los siglos IX-VII a. C.

—¿No están mejor conservadas en el British Museum que en su lugar de origen?

Decir eso es un mecanismo perverso de los traficantes, los coleccionistas y el capitalismo internacional. «No merecéis lo que tenéis y por eso nos lo quedamos nosotros». Es una presunción europea de que nosotros somos los buenos y ellos unos salvajes.

Córdoba Zoilo nos remite a los ejemplos del principio —¿por qué entonces no nos interesaba el patrimonio iraquí y ahora sí?— y añade: «Con la destrucción de sitios como Hatra y Nimrud les han amputado una parte tremenda de su historia, es una tragedia nacional. Pero el verdadero drama arqueológico de Irak son los miles de yacimientos saqueados desde 1991 y destruidos para siempre. Según el catálogo de yacimientos había unos doce mil, algunos mucho más antiguos que lo que están atacando ahora: sumerios, acadios, asirios, babilónicos… Una pérdida desconocida e incuantificable».

Foto: Edmund Gall (CC)
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El debate sobre la legitimidad de las colecciones occidentales ha chocado desde siempre con un dogma de fe: «Aquí están mejor conservadas, mejor estudiadas y mejor valoradas». El mapa de la destrucción del Dáesh refuerza esta postura. Mosul, donde quemaron miles de libros de la biblioteca y destruyeron parte de sus museos. Algunas piezas eran copias —los originales estaban custodiados en otros lugares—, pero las estatuas reales de Hatra y los lamassu a los que borraron el rostro con una sierra eléctrica eran milenarios. Nimrud ha sido devastada con explosivos y excavadoras. Las ruinas de Jorsabad (antigua Dur Sharrukin) y Hatra han sido arrasadas con maquinaria pesada. Los yihadistas capturaron la antigua ciudad de Palmira (Siria) en mayo de 2015. Días después, usaron su anfiteatro para escenificar —bandera negra y público expectante— la ejecución de veinticinco soldados sirios a manos de un grupo de adolescentes. En agosto decapitaron al antiguo jefe de Antigüedades de Palmira, Khaled Asaad, de ochenta y dos años, por negarse a revelar dónde se encuentran los tesoros arqueológicos conservados fuera del yacimiento. También dinamitaron el templo de Bel y varias torres funerarias, y destrozaron arcos y estatuas antes de que el ejército sirio recuperase el control de la zona en marzo de 2016. «El drama humano, arqueológico y cultural son inseparables. Destruyendo esos lugares están matando parte de su vida, de su memoria», reflexiona Emilio Baquedano, director del Museo Arqueológico Regional de Madrid.

«Tanto para el Imperio otomano como para el Dáesh todo lo anterior al profeta es paganismo y no les interesa», señala el arqueólogo Jacobo Storch de Gracia, lo que explicaría tanto el expolio de los mármoles del Partenón —cuando Grecia aún estaba bajo dominio turco— como la fiebre demoledora de los yihadistas en Irak y Siria. «Según su grado de integrismo, tienen un grado u otro de respeto o indiferencia: desde que no les importe que te lleves unas piezas hasta que el Dáesh destruya Nimrud o los talibanes los Budas de Bamiyán (Afganistán)». Las gigantescas figuras, talladas en roca, fueron dinamitadas en 2001 por encarnar a «ídolos contrarios al islam».

Gracias a ese «desinterés», cientos de miles de piezas salieron rumbo a Londres, París y Berlín durante el siglo XIX. En su carrera por encontrar las «ciudades de la Biblia», las expediciones extranjeras centraron su atención en Mosul, Nimrud y Jorsabad, donde el Dáesh libra ahora su lucha contra las culturas preislámicas. Fue allí donde hallaron los enormes toros alados que protegían los templos asirios, los relieves de piedra de los palacios de los reyes Asurnasirpal II, Sargón II y su hijo Senaquerib, y las tablillas de arcilla con el Poema de Gilgamesh, la primera gran épica de la literatura universal, escrita hace casi cinco mil años. A finales del siglo XIX, los turcos empezaron a regular la búsqueda y exportación de piezas arqueológicas, pero el flujo continuó gracias a los sobornos y a la transigencia del sultán, necesitado de apoyos internacionales. «Defender que las piezas estén en Europa es moralmente como decir que los países expoliados son niños y tenemos que cuidarlos. ¿No tienen derecho a tener su propio patrimonio y equivocarse?», plantea Storch, profesor y director de excavaciones de la Universidad Complutense de Madrid. «Los museos alemanes también fueron bombardeados y saqueados durante la Segunda Guerra Mundial».

Gert von Paczensky y Herbert Ganslmayr, autores del polémico Nefertiti quiere volver a casa, se preguntaban en 1984: «Aun suponiendo que los museos del tercer mundo fueran deficientes, ¿a quién deben esos pueblos su situación?». Córdoba Zoilo reformula la pregunta desde el neocolonialismo: «¿Quién ha llevado la guerra a Irak?». Para el catedrático y director de campañas arqueológicas en la península de Omán, la invasión de 2003 plantó las semillas del Dáesh. «En los años ochenta, Irak era como la Alemania del mundo árabe —¡En Bagdad, las universitarias iban a clase con chaqueta, tacones y falda!—. Ahora es un horror. Antes tenían un sentimiento nacional muy fuerte que se identificaba con las antigüedades, dándoles una protección única a partir de su independencia (1932)». El Museo Nacional, inaugurado en 1966, contribuyó a que el patrimonio cultural se convirtiese en «un símbolo de identidad de todo el país». En los años setenta empezaron a restaurarse lugares como Babilonia, Nínive o Hatra. «El respeto de la población por los yacimientos era omnímodo, no existía ese paisaje lunar que vemos ahora. Entonces la Administración era laica. Ahora es confesional, rigorista, y en buena medida es poco sensible a lo anterior al islam».

Acudimos al British Museum para recabar su opinión (sobre este caso y, en general, sobre piezas de otros lugares que podrían haber desaparecido de no estar en sus colecciones). «Debido a compromisos previos» no es posible atender a nuestra solicitud. Pero añaden en un breve correo electrónico: «Estamos muy preocupados por lo que está sucediendo en la región respecto a su patrimonio cultural, tanto por la destrucción de sitios arqueológicos, museos y monumentos religiosos como por el saqueo y el tráfico de antigüedades. […] Trabajamos de cerca con la UK Border Force (Dirección de Fronteras del Reino Unido) y otras agencias en la identificación de cualquier objeto que crean que puede haber sido sacado ilegalmente de alguno de estos países». El tráfico ilegal de bienes culturales es, junto al de drogas y armas, el que más dinero mueve a nivel mundial (según el FBI, más de cinco mil millones de euros al año). «Donde hay más consumo es en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, Suiza, Japón e Israel», señala Córdoba Zoilo.

En febrero, el Consejo de Seguridad de la ONU publicó una resolución en la que reconocía que la venta de antigüedades es una de las vías de financiación de los yihadistas. «El Estado Islámico del Irak y el Levante (EIIL), el Frente al-Nusra (FAN) y otras personas, agrupaciones, empresas y entidades asociadas con Al-Qaeda están generando ingresos al participar directa o indirectamente en el saqueo y contrabando de artículos del patrimonio cultural […] para apoyar sus actividades de reclutamiento y fortalecer su capacidad operacional para organizar y perpetrar atentados terroristas». Pero, detrás de una gran oferta, hay una gran demanda en el primer mundo.

Foto: Julia Kostecka (CC)
Foto: Julia Kostecka (CC)

El libro de Paczensky y Ganslmayr recopilaba los casos más sonados de expolio cultural justo cuando «los pueblos del tercer mundo, en busca de su propia identidad», empezaban a reclamar la devolución de su patrimonio. Salvo casos puntuales, el catálogo sigue vigente. La obra recogía otra idea controvertida: los grandes museos occidentales no ofrecen una panorámica de la historia de la humanidad, sino un registro de la actividad política, militar o científica de los europeos a partir del siglo XVIII. «Todo parece indicar que una altanería colonial no atenuada pretende seguir imponiendo al mundo sus propias concepciones. Tras la dominación física, que ya no puede continuar, se pretende mantener al menos la dominación intelectual o moral».

«Maldita gracia tiene reivindicar la memoria del expoliador, aunque lo primero es la garantía de custodia y conservación si los locales no pueden hacerlo», reflexiona Baquedano (1). Pero en muchos casos es difícil determinar si, efectivamente, las comunidades expoliadas no podían hacerlo. El carácter «primitivo» de los pueblos africanos, su inestabilidad política y la falta de recursos económicos han sido tres argumentos esgrimidos por británicos y alemanes para no devolver los tesoros arrebatados al continente durante la época colonial. También han defendido, con más o menos descaro, la «legalidad» de sus adquisiciones. La UNESCO estima que el 95 % del patrimonio cultural africano está fuera de sus fronteras.

El expolio del palacio real de Benín es un ejemplo paradigmático. Mil bronces de los siglos XIII-XIV fueron saqueados durante la Expedición Punitiva británica de 1897. Los ingleses, empecinados en consolidar su influencia comercial en la zona, enviaron una misión «diplomática» para obligar al oba a firmar un tratado. El rey les advirtió de que podrían visitar la capital, pero no durante la festividad sagrada del yam (un tubérculo). El emisario británico hizo caso omiso y fue asesinado. Como respuesta, un ejército británico desvalijó e incendió la ciudad un mes después. Una parte del «botín de guerra» fue cedida al British, otra fue subastada y una tercera quedó en manos de los soldados. En los años setenta, Benín inauguró un museo en el que solo pudo exponer fotografías y copias de los objetos robados. Nigeria solicitó a coleccionistas y museos de todo el mundo que cada uno devolviese, al menos, una pieza. Nadie lo hizo. El país solo ha recuperado algunos fragmentos de su pasado pagando cantidades desorbitadas en pujas internacionales.

El país logró la independencia de Reino Unido en 1960. Desde entonces, una guerra civil (1967-1970), varios golpes de Estado y la dictadura militar de Sani Abacha (1993-1998) han marcado el devenir del Estado africano. «¿Qué habría pasado con los bronces si no se los hubiesen llevado? Es imposible saberlo», reconoce Storch.

Foto: Julia Kostecka (CC)
Foto: Julia Kostecka (CC)

La herida que más supura en el British Museum es la de los mármoles del Partenón. El desmembramiento del templo de Atenea, diosa de la guerra y la sabiduría, es el máximo exponente del debate entre expolio y conservación. En 1799, Thomas Bruce, conde de Elgin, fue nombrado embajador británico en el Imperio otomano. Durante su primer año en Grecia, provincia turca desde el siglo XV, un equipo de artistas y arquitectos a su servicio hizo dibujos de las esculturas del templo. En 1801, el diplomático pidió autorización para llevarse piedras del edificio y el sultán de Constantinopla, interesado en complacer a los ingleses, le dio permiso para retirar «algunas piezas con inscripciones y figuras». Elgin interpretó el documento de la forma más amplia posible y arrancó la mitad de las esculturas que habían resistido al tiempo: setenta y cinco metros del friso de Fidias, dieciséis metopas (paneles con bajorrelieves) y una buena parte de las figuras de los pedimentos (estructura triangular que coronaba las fachadas). También se llevó una cariátide (columna con forma de figura femenina) del Erecteion y varias piezas del templo de Atenea Niké. «La destrucción continuada de las esculturas clásicas en Atenas llevó a Elgin a rescatar para la posteridad lo que pudo. El Partenón había sido reducido a ruinas más de cien años antes, en 1687, durante el sitio veneciano de la Acrópolis. Los turcos otomanos lo usaban como almacén de pólvora y fue incendiado por el bombardeo veneciano», justifica el British en su página web.

Después de algunos imprevistos —Elgin fue secuestrado por los franceses entre 1803 y 1806, y uno de los barcos que transportaban las piezas se hundió en la costa griega—, los mármoles llegaron a Inglaterra. El diplomático pretendía colocarlos en su mansión escocesa, pero se había arruinado y acabó vendiéndolos al Gobierno inglés en 1816. El comité encargado de estudiar la compra concluía en su informe: «Los turcos mostraban total indiferencia hacia la conservación de estos restos, excepto cuando en un ataque de destrucción sin sentido llevaban su desprecio tan lejos como para dañarlos disparando contra ellos. Los numerosos viajeros y amantes de las artes cometieron un destrozo aún mayor, […] tentando a los soldados y otras personas para que les diesen cabezas, piernas, brazos o cualquier otra pieza con la que pudiesen cargar» (2).

Poco después de que las esculturas se instalaran en el British Museum, los griegos se rebelaron contra los turcos, dando comienzo a una guerra de independencia (1821-1832) que ganaron gracias al apoyo de ingleses, franceses y rusos. Una pertinente ficha explicativa siembra las dudas sobre lo que podría haberle ocurrido al Partenón: «Durante la guerra, el Erecteion fue reducido a ruinas, aunque las cariátides sobrevivieron. La cariátide del British Museum está mejor conservada que sus hermanas, que presentan graves daños».

«Lo primero que hicieron cuando recuperaron la ciudad fue empezar las excavaciones en la Acrópolis y retomar el control de su identidad. Había ciudades mejor dotadas que Atenas para ser la capital, como Nafplio, pero la colocaron allí por lo que representaba», explica Storch. La reclamación de las esculturas se ha mantenido desde entonces, con especial impulso en los años ochenta del siglo XX, cuando la ministra de Cultura Melina Mercouri hizo de la devolución una batalla personal. Los intentos de mediación de la UNESCO han sido inútiles. Ni siquiera la construcción de un nuevo Museo de la Acrópolis en Atenas (3), inaugurado en 2009, ha convencido al British Museum. El último capítulo del culebrón ha sido el préstamo de una escultura al Hermitage de San Petersburgo. «Nunca ha habido una conversación con Grecia sobre la posibilidad de prestarles las obras del Partenón. Hasta la fecha nos han dejado muy claro que no las devolverían», declaró en diciembre Neil MacGregor, director del museo londinense. Unos meses antes, un equipo de tres expertos en derecho internacional se había reunido con el entonces primer ministro griego, Andonis Samarás, para estudiar la posibilidad de reclamar los mármoles por la vía legal. La noticia hizo más ruido de lo habitual porque la abogada Amal Clooney era uno de ellos.

Los argumentos en contra de la restitución son siempre los mismos: en 1801, el Partenón estaba en mal estado; Elgin actuó con «el pleno conocimiento y permiso» de las autoridades otomanas; la compra de su colección en 1816 fue legal; el British no es el único museo europeo que tiene piezas del Partenón; millones de personas visitan cada año los mármoles… y la entrada es gratis. «Las esculturas de Londres representan la antigua civilización ateniense en el contexto de la historia del mundo, mientras que las de Atenas lo hacen en el marco de la antigua Grecia. Ambos discursos son complementarios», alegan.

«Las piezas arqueológicas no son breves bellezas de arte muertas, sino documentos con información histórica que se interpretan y disfrutan en plenitud cuanto más asociados están a su lugar de procedencia. El contexto lo es absolutamente todo», sostiene Baquedano. «Cuando uno ve la destrucción del Dáesh puede decir: “Qué lástima que esas piezas no estén en el British Museum”. En estos momentos no pensaría en devolver nada, pero sí cuando haya estabilidad política. Cuando nosotros recuperamos el Guernica [custodiado por el MoMA desde 1939 hasta 1981] fue un símbolo del fin de la dictadura. El caso de Grecia es distinto. Es cierto que, después de que Lord Elgin las sacase de allí, en un determinado momento podrían haber sido destruidas, pero ahora no hay motivos para no devolverlas». Baquedano y Storch coinciden en que la restitución será política o no será, pero en cualquier caso abriría la caja de Pandora de las devoluciones.

—Ahora, con la crisis griega, el British tiene una nueva excusa.

Bueno, o quizá sería una inyección de moral para un país que está hecho polvo. Podría ser un logro o un regalo envenenado —responde Storch.

Córdoba Zoilo zanja el asunto: «Lo que se ha sacado nunca volverá. Estamos hablando de hechos consumados. Volver sobre la historia pasada no tiene sentido. Lo que no podemos permitir es que siga sucediendo ahora».

Foto: Julia Kostecka (CC)
Foto: Julia Kostecka (CC)

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(1) Baquedano, que también es patrono del Museo Arqueológico Nacional, responde a nuestras preguntas después de que varios miembros del MAN, incluido el director, rechacen nuestra solicitud. «Es un asunto polémico», reconoce un miembro del centro. «A nosotros también nos reclaman piezas, pero no desde Grecia —en referencia a los mármoles del Partenón—, sino desde las Comunidades Autónomas».

(2) The Report on the Elgin Marbles of 1816, recogido en The Return of Cultural Treasures, Jeanette Greenfield, 1996.

(3) «Por motivos de agenda», Dimitrios Pandermalis, presidente del Museo de la Acrópolis, no responde a las preguntas enviadas por correo electrónico.