Escéptico sobre lo escéptico

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El año pasado estaba en Madrid asistiendo a una charla sobre divulgación científica cuando el ponente, José A. Pérez Ledo (@mimesacojea), comentó algo que me llamó mucho la atención. Aunque el grueso de la temática era Órbita Laika, en un momento dado habló sobre otro programa que había dirigido para Eitb, Escépticos. Concretamente comentó que, de poder volver a hacerlo en ese momento, lo haría de otro modo. Puso el ejemplo del capítulo sobre homeopatía. El inicio de dicho capítulo ataca directamente la base conceptual de la homeopatía lanzando una bola de naftalina a un pantano del País Vasco. Si la teoría homeopática es correcta, al diluir en grandes cantidades de agua un causante de la diarrea como la naftalina, todos los que beban agua del pantano no sufrirán dicho mal nunca más.

La cuestión es que este inicio atacaba la base de la homeopatía ridiculizándola. Reductio ad absurdum. Y aquí radicaba la base del problema. ¿Cuál era el objetivo del programa? ¿Que la gente entienda y deje de usar la homeopatía? ¿Era ridiculizar a quien la usa la manera de conseguirlo? El director comentaba que en ese momento consideraba que habría perdido a gran cantidad de audiencia, sobre todo usuarios de homeopatía, lo cual era una pena porque mucha de esa gente quizá hubiera cambiado de opinión en caso de llegar al minuto veinticuatro del programa. En ese punto se realiza en la UPV/EHU un análisis detallado del producto con un espectrómetro de resonancia magnética nuclear, máquina capaz de analizar la estructura molecular de una sustancia, demostrando que un producto homeopático era básicamente azúcar y agua (reforzado en el minuto treinta y cuatro). Claro, cada una de estas «resonancias» cuesta varios miles de euros y no se ven todos los días. Ese dato, el gráfico y la explicación (como recomienda Guido Corradi aquí) no llegaron a la audiencia objetivo. Bueno, si ese era el objetivo, claro.

En ese capítulo se escucha una frase importante. «El método científico es la única forma de separar la verdad demostrable de la especulación sin fundamento». Decidí usar pues el método científico, y comencé por tener curiosidad y hacerme preguntas para entender el fenómeno del movimiento escéptico.

Lo primero en toda investigación es su motivación. Demostrar que es importante investigar esa temática. Lo que llevó a la primera pregunta que me hacía: ¿por qué se ataca a empresas como Boiron pero no a tabaqueras? ¿Cuántas personas han muerto por culpa de la homeopatía y cuantas por culpa del tabaco en los últimos cinco años? Boiron facturaba en todo el mundo 607 millones de euros en 2015, con una leve caída respecto a 2014. Phillip Morris International Inc. facturaba 67 700 millones de dólares, unas cien veces más, pero representando apenas un 14% del mercado mundial. ¿Cuestión de prioridades? ¿O como ya está claro que el tabaco mata y crea adicción no merece la pena el tema? ¿Es porque no son «magufadas»? Hombre, las cremas milagro sí han recibido algo de atención, así que quizá el tabaco debería. O el alcohol, que se ha demostrado provoca cáncer. ¿Hay una unidad centralizada que decide en qué temas enfocar el escepticismo? ¿Son solo aquellos que dan titulares, no hacen mucho daño a quién los ataca y permiten ridiculizar sin peligro, así como vivir de ello? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por qué unos tanto y otro tan poco?

Ojo, no me parece mal informar y sensibilizar sobre una estafa. O dejar claro que se vende azúcar y agua como si fuera otra cosa gracias al poder del marketing. ¿Por qué digo esto si es obvio? Pues por la que se me viene encima. Thomas Paine decía que «argumentar con una persona que ha renunciado a la lógica es como darle medicina a un hombre muerto». El debate abierto por Fermín Grodira (@grodira) aquí y su defensa ante los ataques aquí ha empezado a hacer pensar que algunos de los que defendían el escepticismo se han vuelto «talibanes de la ciencia». No todos, por supuesto, pero parece que hay que remarcar esto de «no todos» a cada frase. Merece la pena al respecto leer las respuestas de Javi Burgos (@javisburgos) o del blog Qué mal puede hacer. El problema es que algunos empiezan a utilizar las mismas técnicas que criticaban, las de aquellos a quienes atacaban. Para ser los buenos hacen falta malos. Son ellos o los demás. No hay punto medio. No hay grises. «La ciencia no es debatible» argumentaba en un tuit un firme defensor de lo escéptico, tras llamar idiota a Fermín Grodira en una sana demostración más del tono del debate. ¡Manda huevo!

Pero no solo eso, en algunos casos incluso empieza a usarse el victimismo: los verdaderos escépticos no se enfrentan a otros escépticos, sino a haters. Bueno, en realidad no todos los escépticos. Hay categorías. Es más, hay «movimientos», asociaciones, líderes, jerarquías. No estaría escribiendo esto tampoco de no ser porque no hace mucho un buen amigo me comentaba una preocupante anécdota. Un contacto común escribió una carta contra las pseudociencias que fue publicada en un medio relativamente especializado; al poco recibió una llamada de un «líder del movimiento escéptico» para decirle que quién era para enviar esa carta, que para eso ya estaba él. ¿Pero el objetivo no era aportar luz y hacer un mundo mejor gracias a la difusión de la ciencia de manera que la oscuridad fuera aclarada? ¿Ahora no vale hacerlo si no es siguiendo las premisas de un amado líder y esperando turno o permiso? Este tipo de actitudes son las que hacen dudar sobre este tipo de movimientos. Igual que Greenpeace fue una organización que aportó mucho en su momento actualmente ha perdido la coherencia en muchos sentido, incluso vendiendo semillas de una empresa que demonizan continuamente. El negocio es el negocio. Es ley de vida, ha pasado históricamente en gran cantidad de ocasiones. Los valores y objetivos fundacionales se van perdiendo por diversos motivos: cambios de líder, crecimiento de la organización, falta de nuevos miembros en las bases, mayor presencia en medios o más recursos… Y claro, hemos llegado al «o conmigo o contra mí».

Volviendo sobre la ciencia, un aspecto clave del método científico es la falsabilidad de las premisas. Normalmente no demostramos que algo es como creemos sino que refutamos lo contrario. Si no es posible aportamos más evidencias sobre nuestra hipótesis para reforzarla pero sin ser necesariamente concluyentes. En la famosa escena del bar de la película Una mente maravillosa John Nash no dice que «Adam Smith se equivocaba» sino «Incomplete». La teoría estaba incompleta. Funcionaba dentro de un marco específico, con unas condiciones de contorno, pero no explicaba muchos otros casos que él amplió en una arrolladora tesis de veintisiete páginas, basada en únicamente dos referencias bibliográficas, y centrada en los juegos no cooperativos. La cuestión es que los juegos del «movimiento escéptico» no son precisamente «cooperativos».

Pero sigamos con la ciencia. ¿Puede demostrarse entonces que su estrategia va a terminar con la gente que consume homeopatía? ¿O con la que cree en los ovnis o en las ciencias ocultas? Para conseguirlo primero debemos entender por qué las personas creen en ello. Me encanta el libro de Michael Shermer Por qué creemos en cosas raras. Creo que todo el mundo debería leerlo pero sé fehacientemente que gente que escribe sobre el tema no conoce esta obra. Pero sea esta o muchas otras obras importantes sobre la temática, en ciencia uno primero se pone al día con el «estado de la cuestión» (la temida revisión de la literatura o llegar a los límites del círculo). En cualquier caso, aún sin leer ni ponerse al día del estado del arte habrá algún modelo, alguna teoría, alguna premisa para explicar por qué la gente cree en la homeopatía o en los chemtrails. Cómo y por qué adoptan esa creencia y (lo más importante) cómo a partir de este conocimiento se puede conseguir que la «abandonen» o entender por qué no la abandonan ni lo harán nunca.

Mi abuela falleció de cáncer de mama. El motivo básicamente fue que terminó en las manos de un curandero. Buscaba confianza, ayuda. Quizá incluso seguiría viva hoy de no haber sido así. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pasó en la consulta del médico para que decidiera seguir otro camino? ¿O fue mucho antes, por algo que aprendió durante su niñez? Sin tener respuesta a estas y otras preguntas similares buscar una solución parece fútil. Es más, a menudo pienso que los escépticos buscan el equivalente a convertir a un ultra sur del Real Madrid en boixo noi del Barcelona gracias a la fuerza de la razón, la ciencia y el inapelable poder del tiquitaca. Ni la sabermetrics más moderna, ni el poder de los Elo Ratings históricos podrían conseguirlo, como toda persona normal sabe. Y si alguien lo intentara pensaríamos que lo que hace no tiene sentido. Al final va a resultar que la ciencia y el escepticismo se están «roncerizando» también. O que mi abuela murió porque no la ridiculicé lo bastante a ella o al curandero que le dijo que el bulto en el pecho se quitaría con friegas de ortigas.

Pero no elucubremos más. Volvamos a la ciencia. A la vista de los hechos el objetivo principal parece ridiculizar (o reducir al absurdo, también me vale) hasta la victoria final. Últimamente no tanto a los «creyentes» sino a quienes les engañan. ¿Pero realmente funciona y llevará a la salvación? ¿En un mundo normal se puede conseguir que todo el mundo deje de creer en algo? ¿Qué dice la ciencia al respecto? Quizá hay un grupo de gente que necesita creer en algo y siempre va a necesitarlo. Quizá son adictos a la primera creencia que les convenció. Si es así, ¿es la solución el insulto, el ataque o el ridículo? ¿No provocará esto que se radicalicen más y ahonden más en esas posturas? ¿No es dar gasolina a quienes les engañan, dando por buenos sus postulados de «los malos los otros y los buenos nosotros»? Postulados que por cierto empiezan a utilizar también unos cuantos «escépticos».

No hace mucho me planteaba que quizá una buena estrategia sería quitar cuota de mercado a estas creencias con nuestras propias creencias. Adiós homeopatía, hola «nutriolos». Si no puedes vencerlos, ¡únete a ellos! Y una vez que la gente está contigo quizá puedas convencerlos poco a poco. A fin de cuentas la gente necesita creer. No sé, quizá en realidad es algo que ya se está haciendo. Era solo una idea porque a fin de cuentas la gente que va a despedir Boiron tras la caída de ventas tendrá que buscar otro trabajo, por lo que podrían pasarse a la venta de «nutriolos» o a vender replicas de la zapatilla de Brian. Pero supongo que como buena gente de ciencia conocedora de los sistemas complejos ese pequeño impacto sin importancia también lo habrán analizado y tendrán una solución. O una propuesta. O una alternativa. O quizá simplemente les parece que los miles de personas que trabajaban en Boiron son todos culpables de crímenes contra la humanidad, sabían todos lo que hacían y merecen la peor de las suertes. No lo tengo claro, de esto no se habla mucho, la verdad. ¿Será por falta de liderazgo? ¿O transparencia? ¿O no es un tema relacionado con el entorno escéptico el impacto de sus acciones? Me dicen por aquí que quizá me he pasado con el ejemplo. Vale, pongamos otro caso hipotético más sencillo. Supongamos un escéptico hipotético de un hipotético movimiento que trabaja para un periódico que incluye un horóscopo. O para un canal de televisión que anuncia productos de esos que te reconfiguran el ADN como ya quisiera la oveja Dolly. ¿Debería dejarlo por coherencia? ¿Debería hablar de ese medio para el que trabaja en los mismos términos y con la misma intensidad que habla de otros casos similares? ¿O hay excepciones a la norma y en estos casos no pasa nada? ¿Hasta qué extremo se debe radicalizar ese tipo de comportamiento?

Pero antes de tener excepciones debemos tener la norma, debemos validar el modelo. La cuestión es que en ciencia diseñamos un experimento de manera que sea reproducible por otros. Para ello buscamos predecir el futuro en gran medida. Y en el proceso necesitamos medir. ¿Cuál es el impacto esperado de las acciones de los movimientos escépticos? Aparte de conseguir que se cancelen las charlas y másteres de homeopatía en instituciones públicas, que es bien, ¿qué otros objetivos tienen con lo que hacen? ¿Cómo están midiendo si realmente consiguen alcanzar dichos objetivos? ¿Hay algo más allá de ridiculizar y salir en los medios que todos vemos? ¿O todo se basa en lo que decía John Wanamaker sobre que «la mitad del dinero que gasto en publicidad se desperdicia; el problema es que no sé cuál es esa mitad»? Vamos, que la mitad de lo que hace el formalmente reconocido como movimiento de asociaciones de escépticos quizá no aporta nada, pero cómo no sabemos qué mitad sigamos así.

No lo creo. Si «el escepticismo se basa en no creer en nada sin pruebas», ¿no debería haber casos demostrados de personas que tras ver y/o leer los tuits, posts, artículos o contenidos que sean han cambiado su postura abandonando sus falsas creencias o no han llegado a adoptar las mismas? ¿Alguien que haya dejado de ser un desgraciado? ¿Existen? ¿Podemos tocarles? ¿Sabemos cuántos son? ¿Han cogido un cenicero? Medir el impacto esperado es importante en ciencia y en otras disciplinas. Lo que no se puede medir no se puede mejorar, y a menudo tampoco justificar. 

Tener un contrapunto a las pseudociencias y falacias es necesario, y el debate debe enfocarse en su justa medida como planteaba John Oliver. Pero eso no quita para que existan dudas, como en cualquier disciplina. Esas y otras dudas similares son las que creo que Fermín buscaba responder, y lo hacía porque básicamente cada vez más gente las tiene. Es posible que el titular de su artículo no fuera el más acertado, pero como muchos periodistas saben no siempre el autor del artículo los puede escoger ni influir en ellos. Pero eso no quita que transmita algunas de las cosas sobre las que él, igual que yo y otros tantos, somos escépticos. Tanto como para plantear dudas sobre ciertos aspectos del movimiento escéptico, tales como sus objetivos y el impacto de sus acciones, por ejemplo. Pero quizá para ser auténticos escépticos lo que debemos hacer es no dudar, no hacernos preguntas, no intentar entender los objetivos o el impacto y simplemente creer y confiar en el «movimiento» porque es bueno y hace el bien mejorando el mundo y a la humanidad, motivos por lo cual se le debe perdonar todo. Personalmente me cuesta bastante hacerlo así, que permítanme dudar por mucho que quiera creer.

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