Juventud, divino tesoro, y la ciencia española

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Fotografía: Bill Dickinson (CC).

A los científicos profesionales les pasa algo parecido a los deportistas. La edad marca unos periodos de máximo rendimiento y cuando esta avanza pone fin a la carrera. Los deportistas intentan alargar su mejor época, pero todos tienen bien asumido que tendrán que retirarse con poco más de treinta años en el mejor de los casos. Ser los mejores en el deporte es cosa de jóvenes. Durante mucho tiempo se ha pensado de manera similar con el uso del cerebro: la inteligencia y la creatividad. Los años donde se pueden producir los mayores descubrimientos, o tener las mejores ideas, serían aquellos de juventud. Existen, no obstante, muchos ejemplos de científicos que hicieron sus contribuciones más relevantes con edades avanzadas. Incluso la idea de que la década de los treinta años es la más productiva para los científicos empieza a ser cuestionada. De hecho la edad media de los científicos cuando hicieron el trabajo que les llevó a ganar el Premio Nobel de Física son cuarenta y ocho años. Como ven, lejos de esos treinta donde se encontraría la cima de la creatividad. Y parece que pocos resultados disruptivos los consiguen ya científicos al inicio de sus carreras.

Estos datos pueden parecer buenas noticias para un colectivo de científicos envejecido, como el español en estos momentos. Podríamos pensar que el grueso de los que estamos en el rango de edades entre cuarenta y cinco y sesenta y cinco años aún podemos dar mucha guerra y hacer cosas muy importantes. Que duda cabe de que la angustia vital que sufrimos la mayoría de los científicos al ir haciéndonos viejos y sentir que nos falta claridad, concentración o simplemente voluntad, es algo contra lo que luchamos como gatos panza arriba. Y ciertamente nos motiva pensar que atodavía quede lo mejor por hacer, ese descubrimiento por el que nos recordarán.

Pero en realidad, el éxito del sistema científico, al menos en ciencias experimentales y tecnología, depende de equipos de personas que necesariamente tienen que ser, en una buena proporción, jóvenes y enérgicas. Y a propósito de este asunto, el problema que intuyo tenemos como país en la ciencia, y en la universidad, es bien severo (aunque me temo que no aparece en la lista de las principales preocupaciones). Se ha ido creando una enorme brecha generacional en la comunidad científica española. Y en estos momentos la mayor parte del sistema de I+D descansa en los maduros y viejos. En una situación ideal deberían coexistir de manera proporcionada grupos liderados por jóvenes brillantes independientes (en el rango de treinta a treinta y cinco), con los que están a el pico de la carrera (treinta y cinco a cincuenta) junto a los más maduros.

La realidad parece bien diferente. En el curso 2014-15 en las universidades españolas dos tercios de los funcionarios docentes tenía más de cincuenta años, con una edad media de los catedráticos en cincuenta y ocho. Tras estos años de completa parálisis lo que ocurre es que la mayoría de los grupos competitivos en España están en manos de científicos viejos, o relativamente viejos. La renovación, y por tanto el futuro de nuestra ciencia y tecnología, está en muy grave peligro.

Les voy a contar dos anécdotas que me han ocurrido recientemente que pueden ilustrar la situación. En junio estuve en una de las grandes universidades españolas, a la que me invitaron a impartir una conferencia. Tomando café en el bar de la facultad, mis anfitriones saludaron a un colega canoso. Al marcharse me dijeron que era el «chaval» del departamento. El profesor titular más joven entre los más de treinta de la plantilla… ¡que ya andaba por los cuarenta y cinco años! La semana pasada me visitó un antiguo estudiante que acababa de obtener uno de los contratos Ramón y Cajal. Como muchos lectores saben, este es un programa del ministerio para investigadores excelentes jóvenes. Le felicité y le pregunte su edad, pues ya hacía bastantes años que había estado trabajando conmigo, y me dijo: «bueno, sí, soy un joven de cuarenta y dos años». Cuando se le termine el contrato tendrá cuarenta y siete.

La situación hace veinticinco años era diferente. Entonces era relativamente normal terminar la licenciatura con veintitrés años, la tesis con veintisiete y tras un postdoctoral de dos o tres años, integrarse en el sistema funcionarial. Muchos de los maduros de ahora teníamos plazas fijas a los treinta y éramos catedráticos con menos de treinta y cinco. Hoy, muchos científicos españoles con más de cuarenta años siguen encadenando postdocs y contratos sin ninguna opción de futuro aquí.

Lo importante es saber qué hacer para enderezar este entuerto. Lo peor sería insistir en lo que parece que están haciendo muchas universidades: promocionar al personal ya en plantilla, normalmente mayor y en muchos casos con limitadas, o nulas, opciones a ser líderes en sus áreas. ¿Qué haría yo? Si tuviera la responsabilidad, o la posibilidad, de organizar el futuro de una institución, o de todo el sistema, lo tendría muy claro. Y, por supuesto, no estaría inventando nada nuevo.

Ofrecería contratos estables, evaluables, revisables y con salarios competitivos a «jóvenes» no mayores de treinta y cinco años con potencial y capacidad de liderazgo. Favorecería la «diversidad» de temas, evitando la excesiva concentración en unas pocas líneas. Combinaría temas (y perfiles) de riesgo con otros más conservadores. Les dotaría con razonables infraestructuras y con la posibilidad de formar un grupo con dos o tres estudiantes. Seleccionaría a gente de cualquier lugar del mundo, aunque obviamente con el foco puesto en los muchos españoles que se encuentran en buenas instituciones y con ganas de volver. Estos jóvenes deberían tener libertad, no estarían sometidos a los mas viejos del lugar en las elecciones de temas de trabajo y de cómo organizarse. Los jóvenes que irán, claro, haciéndose viejos, tendrán que demostrar que son muy buenos y pelearse por avanzar (como en el deporte o cualquier competición). Las instituciones incorporarán de manera permanente a la mayoría de ellos al cabo de los años y continuarán sin pausas el proceso de reclutamiento de nuevos jóvenes, en una cadena con continuidad.

Algo así es lo que hacen las mejores instituciones de ciencia del mundo… y una vez en marcha, esta es una «máquina» que casi anda sola. El espíritu de búsqueda, de conocimiento y de gloria es un combustible excepcional. Seguro que estarán diciéndose que para esto hace falta dinero. En realidad, sí, pero no. Hace falta usar el dinero (mejor si fuera más) de una manera inteligente y pensando en el futuro.  

En la otra orilla, tendremos la apatía, el cumplir, el ver el partido de la ciencia por la tele, pero sin jugarlo realmente. Las alternativas son pocas. Hacer algo así o hundirnos en la irrelevancia.