¿Qué pintura retrata mejor la historia de España?

«Si me dejan escribir todas las baladas de una nación, no me importa quién escriba las leyes» dijo el político y escritor Andrew Fletcher poco antes de la unión de Escocia e Inglaterra en 1707, a la que él tanto se opuso. La idea cuajó, de forma que un eje de los modernos Estados nación que surgieron durante finales de ese siglo y el siguiente fue la utilización del arte para crear una conciencia nacional en la población, inculcándoles una narración colectiva que al vincular el pasado con el presente evoque un destino común. La pintura fue una de las artes más empleadas para ello, y si hasta entonces el género histórico prevaleció sobre los bodegones, paisajes y retratos, ahora lo haría aún más si cabe, al sustituir esas escenas hasta entonces generalmente bíblicas o sobre vidas de santos por otras de significado patriótico. La religión daba paso al nacionalismo.

De la misma forma que hoy en día algo no ha acontecido realmente hasta que Hollywood o Netflix nos lo cuenten, un lienzo de gran tamaño y cargado de simbolismo expuesto al público lograba el mismo efecto. Tal como dijo un comentarista partícipe de la Revolución francesa acerca de la obra que encargaron los jacobinos a Jacques-Louis David: «Franceses, corred, volad, dejad todo, precipitaos a asistir al Juramento del juego de la pelota, y si no os quemáis, si no os consumís de patriotismo en esta ardiente hoguera, estad seguros de que no sois dignos de la libertad. Pero ya la multitud es tan grande que no se acerca a él todo el que quiere: hay que hacer cola para tener el honor de participar en este juramento». Si acaso no lo conocen aquí lo tienen, pero descuiden si al contemplarlo no sufren una combustión espontánea: al fin y al cabo no son franceses. Y si tienen alguno cerca muéstrenselo, a ver si hay suerte.

En España el proceso resultó similar al de otros países europeos, aunque tal como señala el historiador Tomás Pérez Vejo contó con dos peculiaridades: fue previo a otros y al mismo tiempo incompleto. En primer lugar hubo un protonacionalismo ya en el siglo XVII cuando el conde-duque de Olivares, al mismo tiempo que centralizaba y dotaba de uniformidad a la Administración, encargó una serie de cuadros de historia para dotar de una narrativa a ese amago de Estado nación. Luego ya en el siglo XIX este proceso de construcción nacional vivió su apogeo, como en el resto del continente, pero la insurrección carlista —entre otros factores— impidió que llegara a culminarse. Sea como fuere, nos legaron varias obras maestras para la posteridad, así que a continuación haremos una breve selección de pintura histórica española, para que voten su favorita o añadan alguna otra que deseen.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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La muerte de Viriato, de José de Madrazo

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¿Dónde situar el origen de España? personalmente yo lo ubicaría en la sopa primitiva, considerando a los dinosaurios unos advenedizos, pues al fin y al cabo toda mitología nacional pugna por llevarlos más lejos que las vecinas; allá donde se pierda entre las brumas del tiempo y los hechos se conviertan en leyenda. El paralelismo entre el caso francés y el español es notable, casi un calco, pues donde unos sitúan a Vercingétorix y Juana de Arco como paladines de la patria, al sur de los Pirineos a menudo se ha reivindicado a Viriato y el Cid.

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La conversión de Recaredo, de Antonio Muñoz Degraín

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Los amantes de Teruel había proporcionado al pintor valenciano Antonio Muñoz Degraín un merecido prestigio, que le valió el encargo del Senado de un cuadro sobre la historia de España para decorar su salón de conferencias. La Constitución vigente, de 1876, establecía un Estado confesional, una cuestión controvertida que a lo largo del siglo había creado tensiones. Así que, como forma de ensalzar la unidad en torno al catolicismo, los senadores propusieron como tema al artista la conversión de Recaredo en el año 587, cuando renunció al arrianismo, esa condenada herejía que negaba la Santísima Trinidad.

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La leyenda del Rey Monje, de José Casado del Alisal

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Cuenta la leyenda de la campana de Huesca que Ramiro II el Monje vivía dedicado a su vocación religiosa hasta que la muerte de su hermano le llevó a heredar el trono. Los nobles lo despreciaron pues «era muy sobrado manso y no sabidor en armas», así que creyendo no estar sujetos a autoridad alguna se entregaron al pillaje y a la guerra con sus vecinos. El nuevo rey pidió entonces consejo a su antiguo abad, quien se limitó a cortar las coles más crecidas de su huerto. A buen entendedor… Así que nuestro protagonista convocó a los nobles para mostrarles una campana cuyo tañido, prometió, se oiría en todo el reino. Una vez reunidos hizo bajar uno a uno a los quince más influyentes a una dependencia del palacio, allí les fue cortando la cabeza y las colgó formando una campana, de la que el badajo fue la cabeza del obispo Ordás de Zaragoza.  Concluida su obra, hizo bajar al resto de los nobles mientras les aseguraba: «¡Váis a ver la campana que he hecho fundir en los subterráneos para repique a mayor gloria y fortaleza de Ramiro II! Estoy cierto que su tañido os hará comedidos, solícitos y obedientes a mis mandatos». Una hermosa historia que inspiró en su día a escritores como Lope de Vega y Cánovas del Castillo, así como al pintor José Casado del Alisal. Ya solo falta que la conozca Tarantino.

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La batalla de las Navas de Tolosa, Francisco de Paula Van Halen

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También expuesto en el Palacio del Senado se encuentra este lienzo de Van Halen, de quien no sabemos hasta qué punto guarda parentesco con los miembros de la banda californiana de hard rock, pero sí que era hijo de Juan Van Halen y Sartí, un militar que conspiró junto al general Torrijos (quedémonos con ese nombre). Respecto al tema que aborda es, como sabemos, un momento cumbre de la Reconquista, con tropas castellanas, navarras y aragonesas unidas en 1212 contra un enemigo que los doblaba en número pero al que pudieron derrotar, rompiendo para ello (según la leyenda) unas cadenas que pasarían a formar parte del escudo de Navarra y del de España.

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La rendición de Granada, de Francisco Pradilla

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Una Reconquista que culminó con este episodio, en el que Boabdil entrega las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos en 1492. El Senado encargó al artista esta obra tras el reconocimiento logrado por Doña Juana la Loca, con el objetivo declarado de buscar la «representación de la unidad española; punto de partida para los grandes hechos realizados por nuestros abuelos bajo aquellos gloriosos soberanos». De nuevo esa finalidad de la que hablábamos al comienzo de ensalzar un pasado común para delimitar una comunidad nacional. El cuadro es todo un prodigio técnico (recreado, por cierto, en la serie Isabel) y su autor recibió, muy apropiadamente, la gran cruz de Isabel la Católica. Sobre este tema hay otra obra a la que merece la pena echar un vistazo, la Salida de la familia de Boabdil de la Alhambra de Manuel Gómez-Moreno González.

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Cristóbal Colón en el convento de la Rábida, de Eduardo Cano

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Tras ver rechazado su proyecto por el rey de Portugal, Colón se trasladó a España, alojándose por un tiempo en el convento de la Rábida gracias a la hospitalidad de fray Antonio de Marchena. En el cuadro aparece representado en ese monje de barba blanca cuya mano se posa sobre el niño, que es el hijo del propio Colón, quien mientras tanto está intentando convencerle del lugar por el que se llegaría más rápido a las Indias.

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Isabel la Católica dictando su testamento, de Eduardo Rosales

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Tras culminar la Reconquista, expulsar a los judíos y patrocinar el descubrimiento de América Isabel la Católica dejó atrás este mundo en el año 1504, no sin antes redactar un testamento en el que pedía a sus sucesores que conquistasen el norte de África para la cristiandad, así como que se convirtiese a la verdadera fe a los habitantes de América. Eduardo Rosales retrató el momento, en el que la vemos acompañada de un rey Fernando abatido en su sillón junto a su hija Juana la Loca y, detrás del escribano, un cardenal Cisneros que no pierde detalle.

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Doña Juana la Loca, de Francisco Pradilla

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Pese a que al parecer en dicho testamento Isabel la desheredó, su hija terminaría sucediéndola en el trono. Aunque no por mucho tiempo. En 1506 murió su marido Felipe el Hermoso, lo que la sumió en un profundo dolor, tal como vemos en este cuadro que, como la mayoría de los citados, puede encontrarse en el Museo del Prado. Pradilla supo representar magistralmente un ambiente desangelado, frío, presidido por la mirada perdida de ella velando el féretro, junto a una comitiva en la que distinguimos una mezcla de tristeza y hastío ante la situación.

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Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid, de Francisco Rizi de Guevara

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Los Reyes Católicos, además de todo lo anteriormente mencionado, también establecieron la inquisición en todo su reino. Esta organizaba cada cierto tiempo y en distintas ciudades autos de fe, ceremonias públicas en las que los acusados mostraban su arrepentimiento, como el que tuvo lugar en la Plaza Mayor de Madrid en 1680 con la presencia de Carlos II. Contemplar este cuadro en vivo en el Museo del Prado impresiona tanto por su enorme tamaño como por el detallismo de cada una de las minúsculas figuras que lo pueblan, dan ganas de buscar a Wally en él.

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La rendición de Breda, de Velázquez

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Mencionábamos al comienzo al Conde-duque de Olivares y las pinturas de temática patriótica que encargó, pues bien, esta fue la más célebre de todas ellas. Quiso dotar al Salón de Reinos del Palacio del buen Retiro de una iconografía que no se limitase a exaltar la figura del rey sino los logros militares españoles, como en Defensa de Cádiz contra los ingleses de Zurbarán o en esta otra, en la que el general Spínola pone en práctica aquel dicho de que “en la batalla se conoce al soldado, pero en la victoria se conoce al caballero”, de tal forma que con un gesto impide a su adversario humillarse ante él en el momento de entregar las llaves de Breda.

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Ejecución de los comuneros de Castilla, de Antonio Gisbert

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La batalla de Villalar en 1521 supuso la derrota de los comuneros alzados contra el rey Carlos I, cuyos líderes más destacados, Francisco Maldonado, Juan de Padilla y Juan Bravo, fueron apresados y ejecutados al día siguiente. Esta obra muestra a los tres, cada uno en una fase distinta del proceso de ajusticiamiento, desde Maldonado subiendo al patíbulo hasta Bravo ya sin cabeza sobre los hombros.

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La carga de los mamelucos, de Goya

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Goya veía el mundo tal como era, consciente de toda su crueldad, fanatismo y estupidez, aunque sin dejarse arrastrar por todo ello. Desengañado, pero no cínico. Su salida para no ser cómplice de aquella locura fue pintar lo que veía, sin dejar escapar un detalle por escabroso que fuera, como en toda su serie de grabados de Los desastres de la guerra, sus Pinturas negras y por supuesto en sus dos lienzos más célebres en torno a la invasión napoleónica. Aunque de todo ello hablamos aquí con más detalle.

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El 3 de mayo de 1808 en Madrid, de Goya

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Si el anterior nos mostraba el comienzo de la rebelión contra las tropas francesas el dos de mayo, tal vez en Puerta del Sol o frente al Palacio Real, en este otro vemos sus represalias al día siguiente, con el fusilamiento de los detenidos en lo que, según algunos, sería la zona de Príncipe Pío. Un cuadro convertido hoy día en uno de los iconos culturales más reconocibles del mundo.

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Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, de Antonio Gisbert

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Tampoco podíamos olvidarnos de este otro fusilamiento, algo posterior y en un contexto político diferente. Aún siendo adolescente participó en el levantamiento del dos de mayo y estuvo a punto de ser uno de los protagonistas del cuadro anterior, pero la intervención de un amigo le salvó de ser ajusticiado. Posteriormente ascendería con rapidez en la jerarquía militar al tiempo que afianzaba sus ideas liberales, que le acabarían costando el exilio. Tras desembarcar en Málaga en 1831 junto a unos leales en un fallido intento de pronunciamiento terminaría siendo fusilado. Algo más de dos décadas después de Ejecución de los comuneros de Castilla, Gisbert recibió este encargo por parte del gobierno de Sagasta de retratar aquel acontecimiento, todo un símbolo de la lucha por la libertad.

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Una huelga de obreros en Vizcaya, de Vicente Cutanda

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A finales del siglo XIX comenzó el declive de la pintura histórica, una fórmula que ya mostraba signos de anquilosamiento. Por un lado debido al empuje de nuevas corrientes artísticas como el impresionismo y, por otro, ante el cambio de las circunstancias políticas. La industrialización y el auge del movimiento obrero trajeron consigo un nuevo mundo, que algunos autores representaron —ante la incomprensión de los más puristas— siguiendo el formato tradicional de la pintura histórica, con grandes lienzos y una intensidad dramática comparable, como si de una batalla se tratara.

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Guernica, de Picasso

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Y con la obra más conocida de Picasso concluimos, que llevó a cabo por encargo del Gobierno de la Segunda República para denunciar el bombardeo al que fue sometida esta localidad vasca por la aviación del Tercer Reich en 1937. Fue pintada y exhibida ese mismo año en la Exposición Internacional de París y desde entonces se ha convertido en un símbolo de alcance universal.

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