Elle: ni liberada, ni fuerte, ni heroína

Imagen: SBS Productions.
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Esta crítica contiene SPOILERS

Hay una escena en Caro Diario en la que Nanni Moretti tortura a un periodista leyéndole sus propias críticas cinematográficas mientras este llora desconsolado en su cama y se tapa la cara con la almohada para no oírle. El crítico ha puesto por las nubes Henry: Retrato de un asesino (que en italiano se llama Henry: Lluvia de sangre) y Moretti se pregunta si alguien que ha escrito de un asesino en serie cosas como «es un príncipe de la aniquilación que promete una muerte piadosa» tiene algún tipo de remordimiento moral antes de irse a dormir. La escena provocó en su momento una pequeña polémica en Italia y algunos de los críticos llamaron a Moretti «democristiano moralista». Lo de «democristiano moralista» debe de puntuar en la escala moral posmoderna aún más bajo que un «poeta de la evisceración» con ciento cincuenta y siete cadáveres en el historial como Henry Lee Lucas.

Algo parecido me ha ocurrido a mí con las críticas de Elle, de Paul Verhoeven.

Los que vayan a ver la película vivirán un momento chocante. Aunque lo chocante no sucede en la pantalla sino al otro lado de ella, en el patio de butacas. Es el momento en que la vecina de la protagonista, católica practicante, enciende la televisión para ver la misa del gallo tras la cena de Nochebuena y a decenas de espectadores les entra la risa floja. Quizá eso solo ocurrió en mi pase. O quizá eso solo haya ocurrido en mi ciudad, Barcelona, una de esas que presume de atea cuando solo ha sustituido una superstición religiosa milenaria por las nuevas supersticiones laicas de moda.

Lo chocante es que en una película plagada de personajes egoístas, banales y repulsivos, despojos humanos con los que no irías ni a heredar, la que provoca risas es la vecina que cree en Dios. El único personaje que, como entidad imaginaria que es, no le hace daño a nadie.

La escena no es en realidad graciosa. Y aun así varios espectadores a mi alrededor reaccionaron al unísono carcajeándose de la ridícula beata como activados por un misterioso resorte. Aquí hay que entender que cuando digo que la escena no es graciosa no estoy diciendo que no tenga gracia y esa sutil diferencia es precisamente uno de los puntos clave de esta comedia negra de Verhoeven.

Lo de «ridícula», por cierto, es un adjetivo que los espectadores le añaden por su propia cuenta y riesgo a Rebecca. Porque Verhoeven en ningún momento dice que ella sea ridícula. Ni siquiera dice que sea una pánfila, o una crédula, o una cursi. Más bien todo lo contrario, como queda claro en una escena final que tiene la virtud de desmontar todos los prejuicios ideológicos que los espectadores hayan podido traer a cuestas desde su casa.

De hecho, Rebecca es uno de los dos únicos personajes puros de Elle. El otro es Richard, el exmarido de la protagonista Michelle. Un tipo tranquilo, escritor de éxito discreto, que se limita a hacer su vida y cuidar en la medida de lo posible a su exmujer mientras esta le tortura por placer reventándole el parachoques de su coche, despreciando sus proyectos profesionales o escondiendo palillos en los canapés de su nueva novia para que esta se los clave en el paladar.

Dicho de otra manera. Rebecca y Richard son los dos únicos personajes en Elle que no resultan patéticos o despreciables. Los dos únicos que a lo largo de ciento treinta minutos de metraje demuestran algo parecido al cariño por otro ser humano que no sean ellos mismos.

Por supuesto, Verhoeven no lo pone tan fácil y se cuida mucho de decir que Rebecca y Richard son personajes sin tacha. Rebecca está obsesionada con las figuras de Belén de tamaño humano y con el camino de Santiago. Y Richard le pegó una vez a Michelle. «Todos tenemos defectos», parece decir Verhoeven. «Nadie se salva».

Pero la obsesión de Rebecca es poco más que estética y Richard ya pagó por su error, del que se arrepiente «cada día de su vida», cuando fue abandonado por Michelle.

El resto de los personajes, incluido el de Michelle, rozan la náusea. Hasta el trabajo de la protagonista es repugnante. Michelle es la CEO de una empresa que produce videojuegos infantiloides con reclamo erótico para pajilleros de treinta años con PlayStation en el dormitorio y fantasías de violación entre oreja y oreja.

Y por eso resultan tan chocantes las carcajadas de los espectadores cuando Rebecca o Richard son humillados, o despreciados, o jodidos hasta el tuétano por el resto de personajes.

Aquí solo caben dos opciones:

1. O los espectadores no han entendido nada de lo que están viendo.

2. O sus parámetros morales son los de una ameba.

Y por eso sorprenden tanto esas críticas de la película que hablan de Michelle como de una mujer «fuerte, gélida y compleja que se niega a ser víctima». O las que generalizan diciendo que Elle es «una mirada a una nueva moral, levantada sobre la convicción de que todos somos, en mayor o menor medida, monstruos». Es ese ventilador de la putrefacción moral que distribuye culpas como el gurú de la secta destructiva que reparte caramelos de cianuro entre la concurrencia antes de volarse la tapa de los sesos: «Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra».

El primer sorprendido por la benevolencia con la que ha sido recibida su película es el mismo Verhoeven: «Para mi sorpresa, no ha habido mucha controversia. Si atacaran la película, no lo harían por cuestiones de estilo, sino por su contenido moral». Verhoeven debe de estar hablándole a los espectadores del siglo XX. Hablarle a los del XXI de «contenido moral» es como darle una charla a un pez abisal sobre la tierra firme.

Imagen: SBS Productions.
Imagen: SBS Productions.

Hay algo de irónico en que una película cuyo objetivo es mostrarle al público su propia fealdad moral haya sido recibida con aplausos. No porque Elle no sea una buena película (es una excelente película) sino porque la reacción al salir del cine no debería ser la de «qué gran comedia negra sobre la complejidad del deseo humano» sino más bien «¡qué cojones tenemos en la cabeza!». La película se llama Elle pero podría haberse titulado Nadie quiere a nadie y algunos seguirían saliendo del cine pensando que Verhoeven les ha marcado la hoja de ruta para los próximos cincuenta años.

Hay algo irónico también en que se hable de Elle como de una película sobre una violación cuando la violación no es más que un MacGuffin que le permite a Verhoeven mostrar las relaciones cancerígenas de unos personajes despreciables e incapaces de sentir nada por los demás o por sí mismos. Decir que Michelle es una mujer fuerte que se niega a convertirse en víctima porque se pone en pie después de su violación, barre los cristales rotos y decide no denunciar a la policía es no darse cuenta de que la gelidez emocional no es una señal de fortaleza de carácter sino más bien de falta de empatía (en este caso consigo misma). Es decir de psicopatía.

De los que califican Elle como una película feminista ni hablo.

Hay otra escena de Elle en la que Michelle le confiesa a su mejor amiga que es ella la que se ha estado acostando con su marido. Cuando su amiga le pregunta el porqué, Michelle le contesta encogiéndose de hombros: «Tenía ganas de follar». Y esa es la escena cálida de la película. La nueva moral es la de una mujer que se separó de su marido cuando este le pegó un tortazo pero que tras conocer la identidad de su violador lo busca, morbosa, para que la vuelva a violar de la forma más violenta posible. A ver si estamos confundiendo las relaciones complejas con las patologías. Si Michelle no denuncia a su violador no es porque sea fuerte, o fría, o porque esté liberada, o porque se niegue a ser una víctima, sino porque su patología se complementa con la de su violador.

Tampoco es que Verhoeven lo ponga difícil: Michelle es la hija de un psicópata que asesinó a casi treinta personas hace casi cuarenta años. Aquí todos somos libres de creer que la frialdad de Michelle es la consecuencia del trauma vivido cuando ella contaba apenas diez años, pero la realidad es que ella no es víctima de los actos de su padre sino en todo caso de su genética y que nadie la obliga a comportarse como lo hace. Michele, en resumen, es una psicópata que en vez de asesinar a sus vecinos y amigos se limita a relacionarse con ellos como los seres humanos normales lo hacemos con el cartón de leche de la nevera: sin excesivos ligámenes emocionales. Con el cansancio y el hartazgo de quien aburriéndose, aburriéndose, ha acabado aburriéndose hasta de sí misma.

Por supuesto, de la gelidez emocional se deriva el relativismo moral hasta rozar el nihilismo: lo único que le importa a los personajes de Elle son sus deseos. Cuando Michelle le dice a su amante que no puede follar porque la acaban de violar este le responde que pajas sí que puede hacer. Y ella, la heroína liberada, se la hace. Cuando Michelle le pregunta a su violador por qué la ha violado, este le responde «porque lo necesitaba». Y ella se lo vuelve a follar. El relativista moral vive cómodo porque ni juzga ni es juzgado. Pero la comodidad del relativista moral, que en realidad no es más que simple cobardía, no es un viaje gratuito. Solo aquellos que no esperan nada de los demás son incapaces de ofenderse. Y aquellos que no esperan nada de los demás difícilmente se indignarán con las atrocidades de otros seres humanos (la frase no es mía). Pero cómodo lo es, eso hay que concederlo. «Es una fábula», dice Isabelle Huppert. Tranquiliza saber que Elle no es un documental.

Verhoeven deja la puerta abierta a las interpretaciones del espectador y se cuida mucho de ofrecer atajos interpretativos. Pero alguna pista puede encontrarse en las docenas de entrevistas que ha concedido tras el estreno de su película. Dice Verhoeven, por ejemplo, que la decisión de Michelle de dejar a su marido tras un único incidente es «extrema». Y que su violación está relacionada de alguna manera con su facilidad para llegar al orgasmo. Intuyo que el primer sorprendido por el hecho de que los espectadores consideren a Michelle como una heroína es él mismo.

La clave, por supuesto, está en las palabras finales de Rebecca (uno de los dos únicos personajes de la película con algo parecido a una brújula moral) en referencia a su marido: «Era un buen hombre con un alma torturada. Me alegro de que le dieras lo que necesitaba aunque fuera durante un breve periodo de tiempo». Ahí tienen el mensaje de Elle.

Elle no es una película sobre el deseo o sus complejidades sino sobre la incapacidad de amar. Tampoco es una película sobre la familia porque en Elle no hay familias sino individuos que comparten parentescos de sangre. Que Michelle sea vista por muchos como «una heroína» solo confirma que hay mucho tarado suelto. Entendiendo «tarado» en su sentido original: el de alguien que sufre una tara. En este caso la incapacidad de dar o recibir cariño. Mucho peor la segunda que la primera.

La posmodernidad cree que ha inventado una moral nueva cuando lo único que ha hecho es encontrarle una coartada a los egoístas de toda la vida. Eso es lo que dice Verhoeven y prueba de que tiene razón son los aplausos con los que ha sido recibida su película.

Imagen: SBS Productions.
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