Balada muda de la Norteamérica olvidada

A still from the film 'The Deer Hunter', 1978. From left to right, John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro and John Savage. (Photo by Universal Pictures/Archive Photos/Getty Images)
El cazador, 1978. John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro y John Savage. Imagen: EMI / Universal Pictures.

«Chevotarevich, ¿es un nombre ruso?». «No, es un nombre americano». Era 1978 y Michael Cimino estaba a punto de demostrar que el infierno tenía muchas caras: el de la guerra de Vietnam, pero también el del presente petrificado de los obreros de la metalurgia de Pensilvania. Norteamericanos con nombres plagados de consonantes centroeuropeas. Emigrantes con la grupa rota en el corazón rocoso de las montañas. Blancos que nunca serán élite. Sangre para la sangre que corre por Saigon. Fuerza para la fuerza de un imperio que no les ampara.

Cimino había sido un niño superdotado de Nueva York que se había dejado llevar por las malas compañías en la adolescencia. Se redimió en la Universidad de Michigan sacando buenas notas, escuchando a Thelonious Monk, levantando pesas y bebiendo vodka. Sobre todo, bebiendo vodka. Allí aprendió que los hombres se dicen que se quieren con sonoros manotazos cargados de testosterona y que el mundo es más grande que Long Island. Allí se preparó, sin saberlo, para rodar El cazador y enseñarnos que hay quien no tiene más horizonte que el de la niebla, la que cubre el Mekong o los bosques de Pensilvania.

Los protagonistas de la película de Cimino explican esa Norteamérica que no sabemos cómo interpretar ahora. La de la desesperanza. La del otro mundo que está en este. Esa Norteamérica que parece callada pero que murmura con el zumbido de un motor que un mal día se quedó en pausa. La Norteamérica que no se siente invitada a la fiesta de las grandes ciudades. La que no quiere saber nada de Washington. La que desea cobrarse la pieza de un solo tiro y acabar con todo. La que después de perder la guerra perdió la paz. Y se quedó sin nada.

El corazón de Estados Unidos está más cerca de la mirada de Mike Vronsky en El cazador que del pestañeo autómatico de Woody Allen. Se parece más a un hombre bailando alrededor de una mesa de billar en un garito de Clairton que a la hermosa frialdad de un Wagner en el Lincoln Center. Pero nunca lo recordamos. Porque para eso están las grandes praderas en las que se crio Superman: para olvidarlas. Para eso están las caras estupefactas de los trabajadores que ven llegar a un inmaculado Richard Gere a llevarse a Debra Winger: para dejarlas caer en la nada.

Nos extraña este país que llevamos mirando en la pantalla desde que el cine es cine. Como si no hubiéramos aprendido lo que era el miedo en ese Ohio que siempre decide quién estará en la Casa Blanca. Nos habría bastado con recordar lo que vimos en la infancia para entender que Estados Unidos es más que la promesa de la metrópoli. Para comprender por qué la hebilla del cinturón de óxido se abrocha del lado republicano.

Todo se explica en Ohio. Allí estaba aquella calle llamada Elm desgarrada por Freddy Krueger. Allí crecía aquella juventud también desgarrada que parecía no esperar nada más que saltarse el instituto y perder la virginidad en el asiento de atrás de un Ford marrón metalizado. En un pueblo imaginario del muy real Ohio, vivían los niños de familias desestructuradas de Super 8. En un lugar perdido de Ohio atacaba por primera vez Bill en El silencio de los corderos. En el Ohio perfilado por Kubrick enloquece Humbert Humbert por Lolita. Y allí volvía el mal escondido tras la careta de Scream, porque el maestro del terror con hemoglobina, Wes Craven, solo podía ser de Ohio.

Lo que no contaba Craven —o quizá lo contaba de pasada en la mirada naufragada de sus adolescentes aterrados— es que el verdadero zarpazo de su estado era el del desempleo. Desde el crepúsculo industrial de los noventa, el miedo real en Ohio es el paro.

La maldición del trabajo perdido, de los blancos sin privilegios, del sueño americano convertido en la pesadilla de una autocaravana recorre las faldas de los Apalaches desde Pensilvania hasta el norte de Alabama. El corazón de carbón y de antracita de la montaña ya no vale nada. Y cierran las minas y las fábricas han quebrado y se quedan abandonados en los cobertizos los monos azules con los que un día los hombres se deslomaban.

El cine nos lo ha enseñado. Hemos visto un Detroit decrépito en el que solo sobreviven los amantes vampíricos de Jim Jarmusch. Y la ciudad desolada de 8 millas, donde Eminem ejerce de rapero y de obrero sin esperanza. Nos hemos ahogado en la atmósfera opresiva del Michigan de Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola. Y hemos visto al veterano Kowalski del Gran Torino, excepción blanca entre sus nuevos vecinos asiáticos.

Y sin embargo parece que se nos ha olvidado.

Como se nos han olvidado los moteles mugrientos de Oklahoma de Thelma & Louise —ese país convertido en horizonte sin futuro desde Arkansas hasta Arizona—. El estado de las cuatro esquinas, el de los cactus y los tipos duros, también votó republicano. Porque el único viento que sopla en el desierto es el del desencanto.

Pero más allá de los campos infinitos de maíz y de las fábricas abandonadas, el engranaje enmohecido de los setenta fue dejando legiones de valientes que lo intentaron en la tierra de nadie de las grandes ciudades. En los suburbios multiplicados donde el cemento es gris como el de una lápida. El cine nos ha llenado el imaginario de emigrantes interiores, obreritos trasplantados de los estados pobres a la opulencia urbana. Esos que siempre miran desde el lado malo de la autovía. Desde la orilla del río donde los residuos se acumulan. Desde un cuchitril de alquiler desorbitado. Es la Norteamérica de los Tony Manero, de los muchachotes de extrarradio que también quieren salir a la pista y bailar con la más guapa. Y triunfar. No como triunfan sus padres hipotecados. No como triunfa el gerente del concesionario de coches. Ni como los niños pijos que estudian en Harvard. Ellos quieren deslumbrar al mundo. Llevarse el aplauso de la multitud anonadada. Quién sabe si ver su nombre en la marquesina de un teatro. Quién sabe si en grandes letras en una torre oscura con el corazón dorado.

Unos y otros, el chulito de barriada y el parado acodado en el bar de carretera, comparten la misma ilusión rota. La sensación de que Washington es un lugar lejano y atrincherado. Una burbuja que ha de estallar o pudrirse. Y eso no lo puede hacer quien presume de que está preparado para gobernar. La repuesta de la Norteamérica invisible no está en el político que la ha olvidado. Está en otra parte. En un tipo que se pone una gorra que no es una gorra de hipster. Es la gorra del que tiene aparcado el pick-up en un cruce de caminos de Fargo.

Llevamos toda la vida viéndola, pero siempre se nos borra: es la Norteamérica de los hermanos Coen, la de la madre de E. T., la de la Alicia que ya no vive aquí, la de La ley de la calle —porque Coppola nació en Detroit—, la de Rocky, la de My Own Private Idaho, la de La matanza de Texas y la de Serpico, la de la madurez melancólica de Beautiful Girls, la de Stranger Things y True Detective, la de la orgía sangrienta de Carrie. La Norteamérica que recorre en un cortacésped el abuelo Straight en Una historia verdadera.

La que un día fue dorada. La que hoy parece oxidada hasta en nuestra memoria. La otra Norteamérica que no es la otra: la que perdió la paz y se quedó callada.