Ser pobre en el país más rico de la tierra

Fotografía: Save Doe (CC).

La autopista es la frontera.

Llevaba un par de días viviendo en New Haven, Connecticut, cuando Brian, el estudiante de Teología barbudo y desaliñado que era mi compañero de piso, me dijo estas palabras. Estaba bien que cogiera un taxi para ir al Ikea a comprar muebles, pero mejor que no volviera a pie. El camino más corto era cogiendo East Street, al sur de la interestatal, y eso quería decir que debía cruzar Fair Haven. Fair Haven, luego supo, es uno de los barrios más pobres del estado más rico del país más rico de la tierra, y era un lugar donde un servidor, estudiante de posgrado con cara de despistado, no sería bienvenido. La autopista era la frontera; al norte y al oeste de ella, uno podía andar con tranquilidad, pasear y disfrutar de esos espléndidos días de otoño de Nueva Inglaterra. Al otro lado nunca iba nadie, a no ser que no tuviera más remedio.

Estados Unidos es un país de fronteras internas. Más que en cualquier otro lugar del mundo, la pobreza es una expresión geográfica; es algo que va por barrios, municipios, regiones y ciudades. En East Rock, el pacífico barrio donde vivía, un 12 % de sus residentes están bajo el umbral de la pobreza, la mayoría estudiantes universitarios. En Fair Haven y otros barrios similares de la ciudad un 36 % de hogares es pobre (1). Es algo aparente a simple vista en las calles, andando por la ciudad. En East Rock, Wooster Square o Westville hay fachadas cuidadas, césped bien cortado, cafeterías acogedoras, tiendas cálidas, aceras limpias y calles agradables. Basta cruzar bajo un puente de la autopista o simplemente cruzar una avenida para encontrarse con edificios degradados, jardines mal cuidados, locales vacíos, tiendas desaliñadas, cristales rotos y calles desiertas.

Estas diferencias en New Haven se ven reflejadas a mayor escala si comparamos la ciudad con los suburbios que la rodean. Branford, Woodbridge, Orange o Guilford, los prósperos municipios que rodean la ciudad, son la América de viviendas unifamiliares, jardines cuidados, barbacoas y dos coches en cada garaje que el país asocia con sus propios sueños, y tienen una tasa de pobreza del 4 %. Más de la mitad de sus familias ganan más de cien mil dólares al año. Son lugares gloriosamente tranquilos, aburridos y prósperos. La ciudad y sus suburbios cercanos, mientras tanto, están repletos de zonas de profunda pobreza, a menudo a corta distancia.

Por todo el país hay centenares de ciudades y regiones repitiendo este mismo patrón. Un poco hacia al oeste, en el condado de Fairfield, el municipio de New Canaan tiene una renta familiar media seis veces superior a la ciudad de Bridgeport, apenas a diez millas de distancia. Algunos barrios de la ciudad están por encima del 40 % de tasa de pobreza. En New Canaan no llegan al 2 %. En la misma Costa Este, Maryland, uno de los estados más ricos del país, alberga Baltimore, una de las ciudades más pobres. Más hacia el oeste vemos lugares como Detroit, con una ciudad abandonada a la pobreza (39 % de sus habitantes son pobres) rodeada de suburbios prósperos. En todo el país vemos este patrón, desde California a Maine, desde Florida a Washington.

La extraordinaria segregación geográfica de la pobreza en Estados Unidos es una historia antigua, que ha ido empeorando con los años. Todo empezó durante los años treinta, con la Administración Roosevelt intentando combatir la Gran Depresión y sus efectos en el mercado inmobiliario. Hasta entonces, la inmensa mayoría de hipotecas se concedían a cinco años, con el comprador teniendo que poner la mitad del coste de la vivienda como entrada. La crisis poco menos que fulminó la capacidad y apetito de los bancos para ofrecer créditos y el número de compradores con ahorros que podían solicitarlos.

La respuesta a este problema fue uno de los programas más ingeniosos del New Deal, la Federal Housing Administration (FHA, o Administración Federal de Vivienda). La FHA creó un sistema de hipotecas garantizadas, estableciendo un seguro para préstamos hipotecarios que cumplieran una serie de requisitos (solvencia, documentación, tipo de vivienda, etcétera) en su concesión. Este es el origen de la tradicional hipoteca fija a treinta años con un 5 %-10 % de entrada que representa la base del mercado de vivienda en Estados Unidos, y fue también el motor que impulsó el crecimiento de la clase media tras la Segunda Guerra Mundial.

Escondida en las reglas y manuales de la FHA, sin embargo, había una trampa. A la hora de evaluar la calidad de un préstamo, uno de los criterios utilizados por la agencia y los bancos era el barrio donde estaba la vivienda. La FHA creó una escala con cuatro categorías, que iban desde «tipo A» (suburbios de nueva construcción en las afueras de las ciudades) a «D», marcadas en rojo en los mapas, con edificios más viejos y menos deseables. Uno de los criterios principales para dibujar las líneas que demarcaban cada zona era la composición racial del barrio. Los «A» eran barrios blancos. Los «D» eran, casi invariablemente, negros, latinos o de inmigrantes.

Esta práctica, conocida como redlining, tuvo un efecto dramático y duradero en la estructura racial y económica de las ciudades de todo el país. Las clases medias (blancas) ahora tenían acceso a créditos subvencionados para mudarse a suburbios homogéneos, ricos y recién construidos. Las minorías raciales, mientras tanto, se veían relegadas a barrios con viviendas viejas y sin acceso a crédito. Sabiendo que de la segregación racial y económica dependía el acceso a hipotecas, los suburbios rápidamente establecieron ordenanzas que prohibieran implícita o explícitamente la llegada de minorías a sus municipios. Los barrios «A» y «B», construyeron, crecieron y prosperaron; los «D» y sus residentes, mientras tanto, veían cómo se quedaban atrás, fruto del progresivo abandono, descapitalización y racismo.

Una vez que los centros de las ciudades, sus barrios étnicos, las zonas donde vivían una mezcla de niveles de renta, origen étnico y riqueza dejaron de recibir dinero, empezaron a decaer. Con el tiempo, las clases medias restantes empezaban a irse; a lo largo de las décadas, se convertía en la clase de huida que hace que ciudades como Detroit pasara de 1,85 millones de habitantes en 1950 a los menos de 700 000 que tiene ahora.

Fotografía: Save Doe (CC).

Aunque las formas más groseras y abiertas de redlining con protección federal fueron abolidas a finales de los setenta, el daño estaba hecho: a principios de los ochenta, Estados Unidos era un país donde pobreza y geografía iban de la mano. Una comparación de los mapas de la FHA de los años treinta con uno moderno de nivel de renta por barrio en casi cualquier ciudad del país revela la herencia de décadas de falta de inversión, discriminación y racismo ocultos en el mismo tejido urbano, fruto de decisiones urbanísticas de hace ochenta años. Esta segregación racial y económica se ha acentuado en la última década (2). El porcentaje de familias pobres que viven en barrios con niveles de pobreza por encima del 40 % ha aumentado en más de cinco millones; en barrios meramente pobres (pobreza entre 20 y 40 %) el aumento ha sido similar. La primera corona de suburbios también está empezando a ver la aparición de zonas con concentraciones de pobreza, según se extienden los problemas de las ciudades.

El resultado es que en Estados Unidos la pobreza es a menudo invisible para las clases medias, ya que está extraordinariamente concentrada. La mayoría de áreas metropolitanas tienen vastas zonas de suburbios, que van desde clases medias a gente con dinero, y una o varias zonas densas, urbanas y decaídas donde se relega, excluye y apila a toda la gente pobre. Las clases medias evitan activamente tener que ir a las ciudades, y a menudo están incluso asustadas ante la posibilidad de tener que visitar una zona urbana; más de una vez he escuchado comentarios sobre lo peligroso que es que mi oficina esté en Hartford (tasa de pobreza 34,4 %; 16 % de residentes blancos). Los pobres son esa gente que vive al otro lado de la frontera, en lugares que todo el mundo evita.

Más allá del aspecto de las ciudades americanas en sí, la concentración geográfica de la pobreza tiene problemas asociados importantes. La movilidad económica y el acceso a oportunidades es, en gran medida, una cuestión de contexto: es mucho más fácil encontrar un trabajo estable y bien pagado en un barrio de clase media que en una zona deprimida. La pobreza trae consigo problemas de crimen e inseguridad. Los colegios y servicios, tradicionalmente pagados con impuestos sobre la propiedad locales, se resienten. La falta de trabajo y acceso a servicios hace que las estructuras familiares sean más inestables.

Eso hace que cada vez más la experiencia de crecer sea completamente distinta en Estados Unidos según dónde vivan tus padres, y que esta, a su vez, esté cada vez más marcada según la clase social. Un niño nacido en un suburbio tiene una probabilidad mucho mayor de crecer en una familia con dos adultos (la tasa de familias monoparentales es mucho menor en las clases medias), en un barrio seguro, con sus padres trabajando, en colegios donde la inmensa mayoría de sus compañeros de clase son chavales tranquilos y en hogares estables. En un barrio pobre, sin embargo, la probabilidad de estar en una familia desestructurada, con adultos estresados, empleo inestable, algún familiar encarcelado y en un colegio con compañeros con problemas de comportamiento es mucho mayor. Alguien que crece en Greenwich, Avon o New Canaan raramente habrá escuchado el sonido de un arma de fuego. Un chaval que crece en Fair Haven es probable que haya visto un tiroteo antes de cumplir doce años.

Esta separación, esta distancia sideral entre un mundo y otro, ha hecho de la pobreza un fenómeno incomprensible para muchos. Es algo que le pasa a «esa gente» que vive al otro lado de la autopista, y que no son capaces de comportarse y vivir como los cuerdos, los normales, que vivimos en este lado. De forma más preocupante, ha provocado que a menudo los problemas de «esa gente» sean ignorados, vistos como cosas que les suceden a otros.

Robert Putnam escribía en Our Kids que hasta hace relativamente poco, en los años cincuenta y sesenta, Estados Unidos era un lugar donde no todo el mundo era de clase media, pero casi todo el mundo vivía cerca de gente de otras clases sociales. Los problemas de una ciudad afectaban a todos, eran «nuestros niños», no algo que sucedía a gente de otra tribu. Una familia modesta, en un barrio integrado, sabe que, aunque tengan problemas en casa, su hijo irá a la escuela con chavales que no los tienen. Sabían que quizás no tenían trabajo, pero el barrio era seguro. Sabían que los servicios públicos, aunque escasos, podían ayudarles, ya que no había demasiada gente con problemas. La segregación, primero racial, ahora cada vez más económica, ha roto este vínculo; las clases medias se han ido, dejando atrás a los pobres.

Ser pobre en Estados Unidos, cada vez más, es vivir aislado. Es vivir en barrios donde los servicios no dan abasto, las oportunidades escasean y la vida de todos es precaria e inestable. Es crecer y vivir sin poder confiar en nadie, con padres ausentes, crimen en la calle e instituciones que parecen incapaces de ayudarte. Es, además, vivir lejos de aquellos que sí tienen acceso a oportunidades, al otro lado de la frontera.

En años recientes, varios estudios han demostrado que una de las mejores maneras de que un niño de una familia pobre saque mejores notas en el colegio y encuentre un mejor trabajo al graduarse es mudar la familia a un barrio de clase media. La herencia de décadas de segregación, de redlining, de políticas urbanísticas que limitan la existencia de viviendas asequibles en zonas de clase media, sin embargo, hacen que muy pocos puedan hacerlo. En Estados Unidos, el país desarrollado donde más han crecido las desigualdades, los pobres son relegados a vivir en el exilio, dentro de su propio país.

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1) Greater New Haven Community Index 2013, Data Haven, 2013.

2) The Growth and Spread of Concentrated Poverty, 2000 to 2008-2012, Elizabeth Kneebone, 2014.