Johan Cruyff, el legitimador del gozo

Johann Cryuff, 1979. Fotografía: Getty.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 21

Hendrik Johannes Cruijff fue, para los futbolistas, como el amigo que convence al adolescente, atormentado por la culpa cristiana, de que masturbarse no es pecado y de que nadie se queda ciego ni se gastan los huesos por darle al manubrio. El mejor futbolista holandés de todos los tiempos, ya como entrenador, llegó a España un día de primavera de 1988 y, señalándonos un balón, nos dijo: deleitémonos con eso, sin remordimientos. Había hasta ese momento jugadores que disfrutaban con la pelota y entrenadores que aplaudían esa predisposición natural al regocijo sobre el verde, pero vivían apabullados por el mantra generalizado del eterno sacrificio como único camino hacia una recompensa digna. «Hay que sufrir», «Juguemos como hombres y no como nenazas» y otras consignas más propias de disciplinas castrenses que deportivas se escuchaban por todo el ámbito balompédico; incluso algunos futboleros, con prurito de literatos, hacían juegos de palabras del tipo «disfrutar sufriendo». La Furia Roja no era el nombre de un avión de combate ni de un submarino nuclear, sino el apelativo con el que se conocía a la selección española. La Quinta del Buitre era el máximo, si no el único, exponente de una sensibilidad futbolística orientada, además de al resultado, al deleite, pero nunca llegó a provocar una adhesión unánime. Es más, su estandarte, Emilio Butragueño, quizás el jugador español más peculiar y genial que vieron habitualmente nuestros estadios hasta que aparecieron Xavi e Iniesta, fue continuamente cuestionado. El hombre que se paraba en el área como si esta fuera un diván para reflexionar sobre cuál era la mejor solución no mostraba esa ansia hispana que se identifica erróneamente con pasión por lo que uno hace. A pesar de ganar buena parte de las ligas que disputó, a la Quinta del Buitre no se le perdonaron sus continuos fiascos en la Copa de Europa, fruto unas veces de los pequeños detalles que dan y quitan títulos, y otras de detallazos como aquel Milán invencible de los holandeses. Y siempre que había que recriminar, se recriminaba la falta de garra. Camacho jugando con la cabeza medio partida y una venda ensangrentada era una de las estampas que parecía destinada a pasar de generación en generación como ejemplo de dignidad bélico-deportiva.

Entonces llegó Johan y legitimó el gozo. Y uso la palabra gozo no gratuitamente. En su primera acepción, la RAE la define como «sentimiento de complacencia en la posesión, recuerdo o esperanza de cosas o bienes apetecibles». ¿Qué bien más apetecible podría concebir Cruyff que el balón, y a qué sentimiento de mayor complacencia podría aspirar que a poseerlo? Es la de invitarnos al disfrute sin cargo de conciencia razón más que suficiente para tolerar toda adulación desproporcionada al referirnos a sus virtudes como ser humano, sobre todo por los que concebimos la felicidad como el arte de pasarlo bien sin estorbar y sin sentir culpabilidad por ello. Y también este motivo bastaría para que fuéramos indulgentes con los errores del gran propugnador del hedonismo balompédico. Porque, como hemos visto más recientemente, todo entrenador genial ha de apuntarse un Chigrinskiy en su carrera, y Cruyff, el más genial de todos, nos dejó unos cuantos Kornéyevs, en tiempo récord además: Jose Mari, Escaich, Eskurza, Quique Estebaranz… Fue además quien se llevó por delante con su actitud despótica al futbolista que, junto con Guardiola, mejor representaba la ternura futbolística que el holandés había implantado: Michael Laudrup, que, para más inri, acabó jugando en el Real Madrid. Y, seguramente, también una mala gestión deportiva y personal por parte del Flaco influyó para que Iván de la Peña, predestinado a ser uno de los mejores jugadores del mundo, acabara desparramando su talento por hábitats futbolísticos inadecuados.

Merece también que hagamos la vista gorda ante el recuerdo de su nepotismo y que olvidemos que su hijo Jordi y, sobre todo, su yerno Angoy (que acabó dejando el fútbol por el fútbol americano) seguramente no alcanzaban el nivel para jugar en el primer equipo del Barcelona, y que su inclusión con calzador en aquella plantilla implicó que se les cerrasen las puertas a otros que podrían haberlo merecido más. Llegó a circular la teoría, algo descabellada, de que al primer equipo no subían los mejores jugadores porque esta era una forma de que Jordi, entre ese grupo de canteranos, no desentonase. Y es que, efectivamente, Cruyff pareció mostrar predilección por futbolistas del filial como Roger, Arpón, Juan Carlos Moreno o Quique Martín, todos buenos jugadores pero que a la larga pasarían sin demasiado protagonismo por la liga española, y que gozaron de minutos antes que otros que desplegaban un fútbol más llamativo en el anejo del Miniestadi.

Johann Cryuff, 1989. Fotografía: Getty.

Cruyff fue el Copérnico que nos enseñó que el balón es el centro del universo futbolístico y todos los demás actores giran en torno a él. Afortunadamente, una copa del rey, tras una nefasta primera temporada, lo salvó de la pira a la que parecían estar condenados en nuestro fútbol los innovadores que propugnaban el buen gusto como camino innegociable hacia la victoria. Sin ese gol de Alexanko quién sabe qué sería hoy del fútbol español. La consecución del menor de los tres títulos principales, escaso logro, permitió a posteriori que las ideas de un supuesto vendehúmos que se aprovechaba de su condición de ser uno de los cuatro mejores jugadores de la historia alcanzaran el reconocimiento merecido y adquiriesen con el paso del tiempo consistencia y reputación. Sin ese título es probable que el baloncentrismo se hubiera ido al traste y que siguiéramos en búsqueda de «tíos con cojones, que se dejasen de mariconadas», que dieran de una vez por todas un título a la selección, porque la influencia de su «teoría» sobrepasó con creces las puertas de Can Barça. Sin ese gol que evitó que arrojaran a Cruyff a la hoguera, probablemente aquel muchacho enclenque de Santpedor que fue salvando por los pelos la criba que cada final de temporada se hacía en las categorías inferiores del Barcelona hubiera pasado desapercibido, y finalmente se le hubiera defenestrado por no reunir la complexión hercúlea que se le debía suponer a un futbolista que ocupa una posición de capital importancia en un terreno de juego; no, no es descabellado pensar que Pep Guardiola hubiera acabado recorriendo durante los fines de semana campos de segunda B o tercera división hasta que, aburrido y con problemas de cervicales de tanto mirar hacia arriba para vislumbrar un esférico maltratado, quizás hubiera abandonado una insignificante carrera futbolística con veinticuatro o veinticinco años. Guardiola fue como el «En un lugar de la Mancha», el texto inicial que todo artista necesita para arrancar una gran obra que tiene en la cabeza (Luis Milla fue el boceto) pero a la que no sabe cómo dar salida.

Johan institucionalizó, a través de Guardiola, la figura del 4 como cerebro puro, no sometido al músculo; para el que ocupara esa demarcación un físico corpulento sería un extra, nunca mal recibido, pero no imprescindible: pensar era la condición sine qua non. Y cuando esta primera temeridad no solo se normalizó, sino que se asumió como elemento fundamental en la estructura del Barcelona, todas las miradas de los que conocían las categorías inferiores se posaron en Xavi Hernández, un chico de doce años, que jugaba como nunca he visto jugar a nadie a esa edad. No porque no los haya visto tan buenos como él, sino porque lo hacía como ejecutando la partitura que Cruyff componía para sus futbolistas adultos. No quitemos méritos a Van Gaal, que fue quien hizo debutar al cerebro de Tarrasa, pero esta criatura no fue ni más ni menos que la encarnación, en una pequeña anatomía de 1,70 m, del pensamiento cruyffista.

La total sumisión de la fuerza al talento en el centro del campo fue una de las primeras desinhibiciones, pero había otras que rozaban la temeridad; la implantación en España del «arte por el arte» futbolístico condujo a la defensa de tres, que, si ya de por sí sonaba a locura en un momento en el que peligrosamente se iban imponiendo las retaguardias constituidas por cinco tiarrones («carrileros» era una eufemismo para los dos laterales), tenía toda la pinta de ser un auténtico suicidio si veíamos las características de las líneas traseras que más de una vez Cruyff armaba, o desarmaba, con tipos como Eusebio, de enorme calidad técnica pero que aparentemente no robarían un balón ni con pistola y saldrían muy perjudicados en cualquier cuerpo a cuerpo. La obsesión por el dominio de la pelota llevó a Cruyff a la mayor de sus excentricidades: Busquets. Hubiera optado el técnico holandés por colocar como portero a un manco que supiera dar un pase de tres metros con el interior del pie sin caerse antes que seguir manteniendo al mítico Zubizarreta, una verdadera nulidad con las piernas, y que ya tampoco en su última etapa culé fue un prodigio con las manos. Pero Busquets era demasiada broma para una portería como la del Camp Nou. Seguramente, más que un guardameta, fue un lema: aquí la pelota la maneja hasta el que limpia, aunque limpie mal. Busquets no era un genio con las manos y se defendía con los pies, pero su verdadera contribución, impagable, al FC Barcelona y al fútbol español, la hizo con su esperma, del que salió una verdadera genialidad en forma de mediocentro larguirucho.

Pedro Henríquez Ureña afirmó que «de cualquier poema escrito en español se puede decir con precisión si se escribió antes o después de Rubén Darío». Seguro que con el tiempo se podrá decir algo parecido de los jugadores de fútbol respecto a Cruyff, no tanto por su forma de jugar como por su manera de disfrutar jugando, por esa expresión inequívoca del que goza sin remordimientos. No hay mayor victoria que esa.

Después de su muerte, nos vemos obligados a seguir dando gracias a este hombre que no vino a otra cosa que a promulgar que fuéramos felices sin cargo de conciencia. Y le damos las gracias por todo: por sus Kornéyevs, por su hijo Jordi, por su defensa de tres, por el rondo, por el baloncentrismo, por Guardiola, incluso por alinear a Julio Salinas de extremo, por Xavi y hasta por el esperma de Busquets.