En París y Mayo del 68 después de los cincuenta

París, 1968. Fotografía: Janine Niepce / Cordon.

París es la ciudad que mejor se ha prestado para la iconografía revolucionaria y siempre ha contado con jóvenes como protagonistas arquetípicos de sus revoluciones. Pienso en Camille Desmoulins arengando a los transeúntes en la puerta del Café De Foy con apenas veintinueve años o en los protagonistas del famoso lienzo de Eugène DelacroixLa Libertad guiando al pueblo— entre los que destaca un fáunulo blandiendo un par de pistolones. En julio de 1789 Danton y Fouché tenían treinta años y Robespierre acababa de cumplir los treinta y uno. ¿Qué edad me habría hecho ilusión tener en el París de 1789? Sin duda más de cincuenta, como la mayoría de provectos enciclopedistas que se reunían en el Café Procope para contemplar aquella agitación popular que nunca se habría producido sin L’Encyclopédie. Uno jamás habría participado en la toma de la Bastilla en julio de 1789, mas sí que hubiera asistido compungido al entierro de Diderot en julio de 1784. De hecho, actualmente también se me ve más por los tanatorios que por las discotecas.

Así, ya cumplidos cincuenta años de Mayo del 68 reflexiono con cierta melancolía sobre dichos acontecimientos. Tengo amigos que vivieron en París durante Mayo del 68, he leído los libros de sus intelectuales orgánicos, conozco las fotografías canónicas de la época, he sido testigo de la deriva de sus protagonistas y Aurora Bernárdez, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Mauricio Wiesenthal y Alfredo Bryce Echenique me han contado en persona cómo vivieron aquellos coruscantes días parisinos. Y el caso es que jamás fui capaz de imaginarme a mí mismo como uno de esos jóvenes airados que arrojaban adoquines o que estaban dispuestos a tomar el cielo por asalto. Hoy sé que mi perspectiva era errónea, porque me equivocaba imaginándome joven en 1968.

En efecto, ahora que he regresado a la enseñanza universitaria después de veinticinco años lejos de las aulas, me siento como un viejo profesor que vería con ilusión y simpatía la ebullición idealista de sus alumnos, tanto en 1968 como hoy; pues echo de menos los círculos de estudios, las salas de cine club, la discusión literaria, la canción protesta, la urgencia por aprender y la fe rotunda en esa imaginación que jamás tomó el poder. Es verdad, yo nunca he sido un hombre de acción y por eso erraba cuando trataba de imaginarme en la primera línea de las marchas y las protestas, aunque en este momento de mi vida sé que podría haber sido uno de los cientos de anónimos profesores que exhortaron a sus alumnos a buscar la conciencia y el conocimiento en las calles, los cafés, las plazas, los teatros y las librerías; porque fui educado en la convicción de que debía existir una continuidad intelectual entre la vida ciudadana y las aulas, los cafés y las bibliotecas.

Durante los agitados días parisinos de Mayo del 68 André Glucksmann tenía treinta y un años, Guy Debord treinta y cinco, Jacques Derrida treinta y siete, Michel Foucault cuarenta y dos, Jean Baudrillard cuarenta y tres, Gilles Deleuze cuarenta y cinco, y Roland Barthes cincuenta y tres. ¡Todos eran más jóvenes de lo que yo mismo soy ahora! El único que superaba los sesenta años era Jean-Paul Sartre y sus quince minutos de gloria ya los había agotado cuando rechazó el Nobel de Literatura en 1964. Por lo tanto, los protagonistas de Mayo del 68 fueron jóvenes profesores con sus todavía más jóvenes estudiantes. De ahí que todos se contagiaran del entusiasmo de aquella radiante primavera, y no tuvieron cómo entrever el plomizo otoño de nuestros días, porque los veinteañeros parisinos de antaño son los mismos jubilados que hogaño vuelven a tomar las calles de París para luchar por sus pensiones. ¿Quién lideró a los indignados parisinos durante las elecciones europeas de 2009? Un anciano escritor y diplomático judío-alemán, miembro de las Forces Françaises Libres, torturado por la Gestapo y prisionero de los campos de exterminio de Buchenwald y Dora-Mittelbau: Stéphane Frédéric Hessel (1917-2013), autor del manifiesto Indignez-voux! (2010).

París, 1968. Fotografía: Cordon.

Durante las turbulencias de Mayo del 68 Hessel ya había vivido dos guerras mundiales. ¿Con qué ojos contemplaría a los muchachones revolucionarios de París? En sus memorias, Mi baile con el siglo (2011), Hessel tramitó el expediente con una indiferencia rotunda: «Seguí a distancia los episodios de Mayo del 68». Nada más. Ni siquiera sabemos si le entusiasmaron o le decepcionaron. Tenía cincuenta y un años y las marcas de dos campos de concentración en sus antebrazos. En realidad, simpatizo más con esa retaguardia de hombres y mujeres maduros a quienes no les disgustaría contemplar cómo los jóvenes exigían lo imposible después de haber luchado toda su vida por alcanzar lo posible.

La postal romántica del 68 solo consiente rozagantes paladines airados, pero a mis cincuenta y siete años por fin he comprendido el papel secundario que jugarían todos esos anónimos profesores que entonces tendrían mi edad, animando a sus alumnos a salir al encuentro de la esperanza que perfumaba las calles de París. Hace medio siglo, uno también habría hecho lo mismo, porque prefiero la madurez a la juventud y porque París se me antoja una ciudad para la edad tardía. Una ciudad para ser mayor y en ningún caso para ser jovencito.

Desde que cumplí veinticuatro años he visitado París en numerosas ocasiones, pero solo después de los cincuenta he conseguido disfrutarla con delectación. Por eso evoco ahora los días de Mayo del 68, porque me faltaba la mirada de alguien de mi edad contemplando a los jóvenes revolucionarios, y esa epifanía se me ha revelado mientras convivía con universitarios que hoy pasan más tiempo en sus redes sociales y que a menudo viajan a París tan solo en busca de las localizaciones de sus series y películas favoritas, como si la crèmerie Le Polidor o la librería Shakespeare & Co. fueran platós de cartón piedra o vulgares parques temáticos. Urge hablar de París durante Mayo del 68 antes de que alguien produzca el musical y los puentes sobre el Sena se hundan por culpa del peso de los candados.

Me habría encantado seguir las revoluciones de París desde la madura distancia que proporcionan los cincuenta años, como los enciclopedistas del Procope en 1789, como Victor Hugo desde su mesa de la Place des Vosges en 1848 y como Stéphane Frédéric Hessel en Mayo del 68, porque a través de las páginas de cualquiera de sus libros aún podríamos escuchar el rumor de las multitudes de las calles de París.

París, 1968. Fotografía: Cordon.