Odio prusiano

by
Lasker contra Tarrasch en el match por el Campeonato del Mundo de 1908 (DP).

La gran fuerza o, si se prefiere, la gran debilidad del doctor Tarrasch reside en su pronunciado amor propio. Sin ello, habría sido un muy mediocre jugador de ajedrez; teniéndolo en un grado anormal, se ha convertido en un gigante

Así hablaba el futuro campeón mundial de ajedrez, Emanuel Lasker, sobre su compatriota Siegbert Tarrasch a finales del siglo XIX; el trash talking, como se ve, no lo inventaron en la NBA. Mantuvieron una agria rivalidad ¡desde antes de haber jugado una sola partida entre ellos! Cuando se sentaron por primera vez —coincidieron en un mismo torneo después de haber estado evitándose—, su peculiar choque de caracteres llevaba ya años ofreciendo material a la prensa de la época. Aún tardarían otros doce años en resolver de forma definitiva sus querellas en una final mundial. La rivalidad Lasker-Tarrasch se produjo fuera de los tableros mucho más que dentro de ellos; fueron tres lustros de porfía psicológica y colisión de egos entre dos hombres que sentían una profunda antipatía mutua… aunque en todo ese tiempo solo hubiesen disputado dos partidas.

La curiosa disputa empezó en 1892. Por entonces el campeón mundial era Wilhelm Steinitz, el austriaco que había creado la estrategia ajedrecística moderna, y al que se consideraba intocable. Aquel mismo invierno, el ruso Mijaíl Chigorin había fracasado —por segunda vez en cuatro años— en el intento de tumbar al rey. Sin embargo, Steinitz no era ya joven; tenía cincuenta y seis años, así que los grandes nombres de la siguiente generación se preparaban para destronarlo bajo la idea de que sus fuerzas iban a flaquear en cualquier momento. Dado que no existía un torneo de selección de candidatos como en la actualidad, los enfrentamientos por el título mundial se organizaban como en el boxeo: era el campeón vigente quien decidía cuándo, contra quién, en qué condiciones y por cuánto dinero ponía su título en juego. Así, cualquier ajedrecista que quisiera convertirse en aspirante necesitaba, por encima de todo, acumular el más importante de los recursos competitivos de su tiempo: la reputación. Ganar torneos importantes o matches (series de partidas) contra rivales de entidad mejoraba esa reputación. Después de que Chigorin hubiese sucumbido, el mejor situado para convertirse en el nuevo aspirante era Tarrasch, que tenía por entonces treinta años y estaba en lo mejor de su carrera: se había impuesto con enorme autoridad en dos importantes torneos, doblegando a la plana mayor del ajedrez internacional y reforzando su candidatura como inminente rival de Steinitz. En 1890 se le presentó la primera posibilidad de asaltar el título, pero Tarrasch, médico en ejercicio, tuvo que declinar por cuestiones de agenda, confiando en que se presentaría otra ocasión. Para su asombro, pronto asomó la cabeza un ambicioso joven de veinticuatro años que intentaba por todos los medios abrirse paso hacia la cumbre, al parecer con la misma idea de llegar a enfrentarse a Steinitz. La ciudad natal de Lasker estaba a unos ciento cincuenta kilómetros de la de Tarrasch, y había poca diferencia de edad entre ambos, pero la cercanía geográfica, cultural o cronológica nunca se tradujo en cercanía personal. 

Lasker había despuntado apenas cumplida la veintena, cuando tras imponerse en algunas competiciones secundarias ganó el Deutscher Schachbund Kongress, la liguilla nacional que organizaba la federación alemana. Esto le supuso la invitación a su primer gran torneo internacional, plagado de grandes nombres: los británicos Burn y Blackburne, el irlandés James Mason, el húngaro Gunsberg, el anglo-holandés Van Vliet, el austriaco Bauer, etc. Allí, el jovenzuelo fue recibido con despreocupada displicencia, menospreciado por causa de su juventud e inexperiencia, pero también de su aspecto insignificante y su aparente falta de desenvoltura en sociedad. Callando muchas bocas, Lasker quedó en segundo lugar (solo superado por un Burn que estaba en racha y ganó todas sus partidas). Así se cosió sus primeros galones internacionales. En 1892 disputó un match contra el famoso Blackburne, al que venció de manera aplastante sin perder una partida (+6-0=4; esto es, seis partidas ganadas, ninguna perdida y cuatro tablas). Después se enfrentó a Henry Bird, otro célebre Maestro de la época que hasta tiene una apertura a su nombre, pero que ya no estaba en su mejor momento, pues había rebasado ya los sesenta años. Aun teniendo eso en cuenta, el resultado fue demoledor: disputaron cinco partidas y Lasker las ganó todas, cosa muy poco frecuente entre ajedrecistas de élite. Aquellas dos palizas provocaron sensación y Lasker, envalentonado, pensó que ya estaba en condiciones para enfrentarse al campeón. Lo único que necesitaba era demostrar antes que podía vencer a Tarrasch, por entonces el aspirante mejor situado. Lasker envió una oferta a su compatriota, desafiándolo a un match para dilucidar quién merecía intentar el asalto a la corona. 

El mensaje llegó a través del ajedrecista y periodista especializado Leopold Hoffer. Y Tarrasch recibió con pasmo el desafío. La experiencia internacional de Lasker era brillante pero muy limitada, y Tarrasch rechazó la oferta, según parece de manera muy colorista y calificando a Lasker con palabras bastante duras. Hoffer no quiso reproducir de manera literal las palabras de Tarrasch y se limitó a trasladar la negativa «de la forma que consideré menos ofensiva para Lasker». Un comprensible ejercicio de tacto que el envarado Tarrasch no entendió; en cuanto supo que su mensaje había sido suavizado, entró en cólera, afirmando que Hoffer «no tenía derecho a dar una respuesta diplomática» y aireando en público su desdén hacia Lasker. El asunto saltó a las páginas de la prensa y quedó hecha añicos cualquier remota posibilidad de que Tarrasch y Lasker pudiesen llegar a relacionarse en buenos términos; Tarrasch dijo que Lasker no era nadie y que debía ganar algún otro torneo internacional antes de considerarse siquiera digno de compartir tablero con él. Lasker, por su parte, recogió el guante, pero no de la manera que Tarrasch hubiese esperado. Ni corto ni perezoso, Lasker le hizo una oferta al mismísimo Steinitz para disputarle el título mundial, saltándose así el escalafón extraoficial de la reputación. Tarrasch no pudo reaccionar a tiempo para impedirlo. El campeón Steinitz estaba necesitado de dinero y aceptó enfrentarse a Lasker, incluso rebajando su caché, a cambio de disputar la final cuanto antes. El inesperado match por el título quedó programado para marzo de 1894. La noticia debió de ser recibida con desmayo por Tarrasch, que se consideraba —no sin motivos— el legítimo aspirante y acababa de ver cómo lo adelantaban por la derecha. 

Aún mayor debió de ser su desconcierto cuando Lasker ganó a Steinitz por un amplio margen (+10-5=4) y se proclamó nuevo campeón mundial de ajedrez. Herido en su orgullo, Tarrasch sostuvo que Lasker tenía que agradecer su victoria a la avanzada edad del legendario Steinitz, cosa que en parte era verdad, e intentó menoscabar cuanto pudo los méritos de su cada vez más detestado paisano. Al año siguiente Tarrasch y Lasker coincidieron por primera vez en un torneo y, ante la comprensible expectación de los aficionados, jugaron su primera partida frente a frente. La tensa partida fue ganada por Tarrasch, lo cual le permitió quedar un puesto por encima en la clasificación general (Tarrasch fue tercero y Lasker, cuarto), reforzando así su convencimiento de que tarde o temprano destronaría al nuevo campeón. Sin embargo, Lasker iba a afianzándose en la cumbre. En 1897 volvieron a coincidir en un torneo y esa vez la partida se la anotó Lasker, que además se hizo con el primer puesto del evento. También revalidó su título aplastando a Steinitz en la revancha (+10-2=5). Tarrasch, que había visto pasar el tren ante sus ojos pero lo había perdido, entendió que podría haberse enfrentado a un envejecido Steinitz para coronarse con facilidad, y que ahora tenía por delante a un campeón más joven cuya especialidad eran precisamente los enfrentamientos individuales. De hecho, el estilo flexible y muy táctico de Lasker estaba confundiendo a sus contemporáneos, casi todos ellos conversos a la filosofía metódica del ajedrez «científico» impuesto a golpe de triunfos por Steinitz durante sus años de gloria. Lasker, como Steinitz en su día, también estaba empezando a dominar, con la diferencia de que nadie sabía qué principios extraer de su ajedrez o cómo imitar su éxito. Algunos lo acusaban de practicar un indigno «juego psicológico», esto es, de hacer malas jugadas a propósito para confundir a los adversarios, en vez de intentar ganar con caballerosa y ordenada estrategia. Solo tenían razón en parte, y lo cierto es que Lasker estaba muy por delante de su época, pero eso no impidió que cuanto mayor era su dominio de Lasker, mayores fuesen también las antipatías que despertaba en la competencia. 

Tarrasch, el eterno y frustrado aspirante, sufrió una crisis de confianza y tardó casi cinco años en volver a ser el mismo. En 1903, tras ganar un importante torneo, se sintió preparado de nuevo y desafió a Lasker, que aceptó. Sin embargo, Tarrasch sufrió un percance mientras patinaba sobre hielo y la final hubo de posponerse. Cuando trató de negociar otra fecha, se topó con que Lasker se daba el gusto de negarse a aceptar las nuevas condiciones, mortificando a su paisano, que se veía obligado a esperar una vez más. En 1905, ya recuperado, Tarrasch seguía en buena forma: disputó un match contra el estadounidense Frank Marshall, uno de los jugadores punteros a nivel mundial, y ganó de manera muy convincente. El orgullo, sin embargo, le impedía mendigar una nueva oportunidad trece años después de haber rechazado el primer desafío de un joven Lasker. Ahora era él quien estaba ansioso por jugar contra su paisano, pero no quería ponerse en situación de inferioridad psicológica (aunque lo estaba, como todos los demás ajedrecistas) y dejó caer la idea de una final a su manera, sin dejar pasar —eso por descontado— la ocasión de volver a menospreciar los méritos del campeón:

Después de mi más reciente y mayor logro, no tengo motivo para pensar que alguien esté por encima de mí en el mundo del ajedrez. Era ciertamente más difícil batir al joven Marshall que al viejo Steinitz. Mi deseo es el de, bajo condiciones razonables, disputar un match con Lasker; pero no lo desafiaré, pues esa es la tarea del que tiene un palmarés inferior. Mis éxitos durante veinte años son como mínimo equivalentes a los suyos, y mi desafío de hace dos años fue un faux pas. Si el mundo del ajedrez desea ver ese match, el mundo del ajedrez debe ponerse a ello. Saben lo que puedo hacer y está en sus manos organizarlo.

Tarrasch, el aspirante, osaba afirmar que haber desafiado al campeón había sido un «paso en falso», ¡e insistía en que era el campeón quien debía desafiarlo a él! Por descontado la idea no tenía ningún sentido. La enconada querella de orgullos no hizo sino empeorar a raíz de estas declaraciones y, como se puede suponer, Lasker no se molestó en conceder el más mínimo gesto. Él era el campeón y no iba a desafiar a nadie. Si Tarrasch quería aspirar a la corona, que se humillase e hiciese la correspondiente oferta. Pero Tarrasch no estaba dispuesto tampoco. 

Como era bien sabido que los dos mejores ajedrecistas del mundo no se dirigían la palabra ni siquiera por escrito, fue el presidente de la federación alemana, el doctor Gebdhardt, quien envió una carta a Lasker enumerando las condiciones iniciales sobre las que negociar la esperadísima final. Tarrasch pensaba que así se había ahorrado lo que consideraba una humillación, enviar él mismo el desafío, pero descubrió que Lasker estaba dispuesto a hacerlo sufrir. Transcurrieron los meses y el campeón permaneció en completo silencio, sin responder a los ofrecimientos de negociación de Gebdhardt. Es fácil imaginar a Tarrasch comiéndose las uñas, mortificado.

En 1906 se celebró un importantísimo torneo en Ostend, con casi toda la plana mayor de los escaques. Lasker también había anunciado su participación, así que Tarrasch sin duda se frotaba las manos ante la posibilidad de tenerlo cara a cara y poder recriminarle en público su actitud esquiva. Pero Lasker, en el mejor estilo Bobby Fischer, declinó participar a última hora. Esto no desanimó a Tarrasch, que ganó aquel torneo con brillantez, estableciendo por enésima vez su estatus como aspirante. Eso sí, todavía creía que formular un desafío sería otro «paso en falso», así que el sufrido doctor Gebdhardt volvió a ponerse la responsabilidad sobre las espaldas e, investido de nuevo como organizador de la posible final, volvió a insistir ante el campeón. Esta vez Lasker sí respondió, aunque fuese para pedir quince mil marcos por disputar la final; una cifra que, como sin duda debía saber, la federación alemana no podría recaudar. Gebdhardt respondió que para poder pagarle tanto dinero la final debía ser por lo menos al mejor de veinte partidas, lo que aumentaría la recaudación y haría más lógico semejante precio. Lasker dijo que le parecía bien jugar a veinte partidas, pero por veinticinco mil marcos. De nuevo, demasiado para las posibilidades de los organizadores. Tarrasch, desesperado y tragándose el orgullo más de lo que hubiese deseado, intervino por fin y propuso una final al mejor de seis partidas (sin contar empates) por un precio total de diez mil marcos. Lasker dijo que el título mundial era demasiado importante para jugárselo a seis partidas y se negó, solicitando una final más larga. Tarrasch se vio sin opciones, pero no estaba dispuesto a cambiar de idea, porque eso implicaba ceder. El surrealista bloqueo terminó cuando Lasker, pese a que parecía estar disfrutando con la tortura psicológica del aspirante, tuvo el gesto definitivo. Dijo, en pocas palabras, que, dado que Tarrasch era demasiado terco para cambiar de idea, él aceptaba la última oferta realizada por la federación alemana, esto es, de siete mil quinientos marcos. Era justo la mitad de lo que había demandado al principio y una cesión económica inesperada, pero debió de haber disfrutado más con el padecimiento de Tarrasch que con los siete mil quinientos marcos a los que ahora renunciaba.

La jornada de presentación del match fue digna de su rivalidad. Tarrasch, muy tenso, hizo chocar sus tacones en un gesto militar y antes de abandonar la sala dijo: «Solamente tengo dos palabras para usted, señor Lasker: jaque y mate». El campeón, con su habitual desapego e ironía, respondió: «doctor Tarrasch, me temo que eso son tres palabras». La arrogancia de Tarrasch no se vio refrendada por su juego, que fue, para muchos, inferior a lo que se esperaba de él. Lasker ganó las dos primeras partidas —la segunda, según sus propias palabras, porque Tarrasch había dejado escapar la victoria debido a su falta de atrevimiento— y el aspirante necesitó tres días de descanso para recuperarse del golpe psicológico. La tercera partida, con un extraño final en el que había tres damas pululando sobre el tablero, sí fue ganada por Tarrasch, que recibía así cierto oxígeno. Pero fue un espejismo. Lasker se anotó las dos siguientes y la ventaja obtenida era ya demasiada, pese a que el candidato peleó con mucha dignidad tratando de impedir lo inevitable. En la decimosexta partida, con muchos apuros de reloj y bajo el ataque del campeón, Tarrasch cometió un desastroso error de principiante y regaló un caballo a cambio de nada, rindiéndose ipso facto cuando vio lo que acababa de hacer. Lasker iba a seguir siendo el campeón.

Aunque jugó dos finales contra otros dos rivales en 1910, pronto perdió el interés por permitir que le disputasen el título, solicitando condiciones cada vez más draconianas, que nadie podía aceptar. Tarrasch, que aún jugó muy bien durante algunos años, terminó perdiendo la esperanza y, tras ella, su nivel competitivo habitual. Lasker pasó toda una década evitando plantar cara a los nuevos valores que iban emergiendo; para cuando por fin aceptó el desafío del genio emergente del ajedrez mundial, José Raúl Capablanca, era ya 1921 y hacía años que el mundo consideraba al cubano el verdadero rey sin corona. Lasker, pasada de largo la cincuentena, abdicó voluntariamente tras catorce partidas, aceptando lo que resultaba obvio: que su ajedrez era ya muy inferior al de Capablanca. Cuando Capablanca perdió el título a su vez ante Alexander Alekhine y este evitó aceptar nuevos desafíos porque temía la sin duda temible ansia de revancha del cubano, el mundo del ajedrez entendió por fin que se necesitaba un sistema para determinar quiénes debían ser los aspirantes al trono, y que el campeón, lo quisiera o no, debía poner su título a juego con regularidad. Quien impusiera condiciones demasiado duras perdería el trono, como le pasó a Fischer; eso sí, siempre es bueno recordar los tiempos de Lasker y Tarrasch, cuando se podía usar esas negociaciones para martirizar al contrario. 

2 Comments

  1. ¡Qué buen artículo! Una pequeña pero apasionante historia de egos desatados que me hubiera gustado que fuese más larga. Gracias.
    PD: En el sexto párrafo, ese que contiene casi al final… “Algunos lo acusaban de…” lamentablemente, no me ha quedado muy en claro. Las malas jugadas ¿eran sobre el tablero o en la vida social? Y el final del mismo tampoco

  2. menta verde

    Gracias, un buen relato

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.