Sigrid Rausing: «No hay división entre las personas adictas y las no adictas, todas lo somos»

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Sigrid Rausing (Lund, 1962) habla en un murmullo constante. Se desliza por las palabras con precaución de funambulista, con una delicadeza decidida. Se parece a la timidez, pero en realidad es solo cautela. Ha visto su nombre —y su apellido— en demasiados titulares escabrosos como para que las entrevistas sean territorio seguro. Especialmente desde 2012, cuando la vida de su familia se tiñó de amarillo tabloide. Entonces pasó de ser una de las mujeres más poderosas de Reino Unido, una filántropa, la heredera del imperio de Tetra Pak, o la editora de la revista literaria Granta, a convertirse en un personaje de una suculenta tragedia de ricos. Su hermano Hans había convivido dos meses con el cadáver de su mujer, Eva, que había muerto por sobredosis. La encontraron sepultada bajo lonas y televisores, en un cuarto sellado con cinta adhesiva. El escándalo, el morbo, las portadas repletas de detalles macabros. Todo parecía irremediable, salvo lo que hizo Sigrid Rausing: escribir un libro. 

Lo llamó Mayhem (Caos). No fue carnaza para los animales de un circo hambriento, sino unas delicadas memorias que exploraban cómo su hermano había llegado hasta allí. Y ella. Una reflexión sobre la culpa, el dinero, y sobre todo, las drogas y la verdadera naturaleza de la adicción. De la destrucción. Se reivindicó como narradora de una historia que todos creían conocer.  

Hoy, Sigrid Rausing parece aceptar que nunca entenderá del todo lo que ocurrió. Lo hace con una calma submarina, densa. La misma que utiliza para no importunarse cuando vuelven a describirla como una millonaria sin maquillar, o cuando insisten en sonsacarle alguna actualización jugosa sobre su familia. Se abre paso a través de todo eso y habla, sobre todo, de escribir. Del cuadragésimo aniversario de la revista Granta, de la sacudida del MeToo en el mundo literario, del libro que está por venir. Lo escribe de espaldas al público, ajena a él. Cree que es la única manera. Con los pies, siempre firmes, en el alambre. 

Antropóloga, escritora, filántropa, millonaria. ¿Cómo te presentas a ti misma? ¿Quién es Sigrid Rausing?

Me gusta describirme como editora, porque es una de mis ocupaciones principales, publicar, editar… Me cuesta decir de mí misma que soy escritora, a pesar de todo. 

¿Cómo te sientes cuando lo primero que se menciona de ti es tu fortuna? «Una de las mujeres más poderosas de Reino Unido…».

No me gustan nada esas categorizaciones, lo reconozco, porque otorgan un significado muy vano a todo. Mi sentido de la identidad no está vinculado al dinero. La experiencia me dice que, para muchas mujeres en mi situación, que han sido dotadas con más recursos, este es un legado complicado con el que vivir y resulta difícil abrirse a hablar de ello. Porque es un terreno lleno de prejuicios. Así que yo no pierdo el tiempo pensando en ello, sinceramente. 

Han pasado dos años desde que se publicó Mayhem, el libro autobiográfico que escribiste tras el hallazgo del cadáver de tu cuñada y todo lo que eso desató. El punto de partida era una pregunta: «¿Puede un libro sobre historia enmarcarse en algo más que titulares de tabloides?». ¿Ha podido? 

Así que me devuelves la pregunta… Sí, creo que ha sido posible. Escribí el libro porque había un número enorme de historias sensacionalistas sobre lo que había ocurrido, y yo quería llamar la atención sobre el hecho de que era una historia sobre gente, sencillamente. Una de esas personas había muerto en unas circunstancias tristísimas, terribles. Sentía que todo eso se había olvidado en la cobertura morbosa que estaba recibiendo. Ahora sé, he entendido, que un libro tiene su propia vida. No puedes centrarte en un aspecto, o darle un propósito concreto. Pero respondiendo a tu pregunta… sí creo que ha cumplido, en cierta manera, con esa labor. Aunque eso no quiere decir que hayan cesado ese tipo de informaciones sensacionalistas. 

En él dices: «Esto es una representación de la historia, no la historia». ¿A qué te refieres?

Quería decir que, siempre que escribes un libro que involucra a otras personas, debes ser cuidadoso en cómo manejas esa historia. Todos los relatos son representaciones, porque esta es la manera que elijo para representar lo que ocurrió. Lo que quería era cuestionar cuál era la verdad, y provocar una reflexión de cómo manejamos historias sensibles. Esta es mi historia, porque es lo que ocurrió en mi familia, sin embargo, me cuestiono muchísimo dónde está la verdad, la verdad profunda de todo. 

También dices que escribiste el libro «para comprender qué había ocurrido», pero cuando lo tradujiste al sueco, tu lengua materna, te diste cuenta de que era exactamente al revés. Que no entendías nada. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió?  

Es interesante que preguntes esto. Lo que ocurrió fue que el libro, escrito originalmente en inglés, fue traducido por profesionales. Pero cuando leí la traducción me di cuenta de que no había logrado capturar mi voz, así que me encargué yo misma de reescribir la versión desde el principio. Y ahí fue donde vi claramente las tripas, su funcionamiento. Todo se estructura por asociación, y todo lleva, inevitablemente, hacia el corazón de la tragedia. Y no me di cuenta de nada de eso mientras lo estaba escribiendo. Fue como descubrir algo inconsciente en la escritura, que personalmente nunca había experimentado. Descubrí que, en realidad, el libro daba vueltas en círculo alrededor de la desgracia, y me enseñó que no entendía en absoluto lo que había ocurrido, por mucho que esa fuera mi intención inicial. 

Una de las conclusiones que presentas es que la adicción está en todos nosotros. De hecho, tú misma fuiste diagnosticada como una «adicta en negación». ¿Vives con miedo de caer? 

Creo que tengo estrategias emocionales, formas de manejarlo, o al menos de intentarlo. No vivo con miedo a la adicción, pero sí reconozco que es una sombra, una presencia constante. Porque la adicción está en todos nosotros, todos somos adictos en potencia. No hay una división entre las personas adictas y no adictas, todos lo somos. Quien cree o sostiene que existe esa distinción no entiende la verdadera naturaleza de la adicción: el hambre, el deseo de repetir esa sensación que nos hace sentir bien una y otra vez, de conseguir eso que nos aleja de las emociones que nos asfixian… es algo profundamente autodestructivo. Es difícil comprender la adicción, porque nos resulta algo extraño, o nos resultan extraños algunos de lo aspectos que la acompañan. Pero es algo inherente a la propia condición humana. 

También te rebelas contra esa concepción social de que los drogadictos pertenecen a dos clases sociales: o los muy ricos, que lo usan como ocio, o los muy pobres, que se ven arrastrados por ella. ¿Por qué crees que persiste esa idea? 

En el fondo, porque es algo que conviene ver así, es muy indulgente. La mayor parte de la gente se sitúa en medio, al margen de las drogas y de su adicción, pero es una completa falta de realidad. Yo trato de combatir ese concepto todo el tiempo. Hago una crítica respecto a esa visión, ese prototipo en el libro. También hay una crítica oculta sobre cómo la clase media educada posee la cultura, el dominio cultural, y cuán inconscientes son —o somos, porque me considero parte de ello— del poder que eso supone. Del poder cultural. A la gente le resulta muy fácil hablar del poder del capital e ignorar el poder cultural. Discutí mucho sobre este tema con mis editores, sobre el poder que tienen como editores, al elegir a quién publicar y a quién no. Al hacer que unos libros se conviertan en una realidad y otros no lo sean nunca. Eso también es poder, tú también lo tienes como periodista para enmarcar unas historias u otras, yo lo tengo como filántropa, con los programas que escojo lanzar… Esto nos hace poderosos de una manera inconsciente, porque no nos consideramos a nosotros mismos como gente poderosa. Reducimos la conversación sobre el poder como si solo se tratase del dinero, y no es así. 

Eres muy escéptica con respecto a la desintoxicación de los adictos a las drogas. ¿Has encontrado mucha oposición a esta postura?

Claro, la ha habido. Pero también he hablado con muchísimas personas cercanas a drogadictos, los que sufren la adicción ajena en su círculo íntimo. Y mi experiencia es que sufren como animales ciegos. Todos los que pasamos por ese proceso enormemente doloroso no nos damos cuenta de que estamos en una burbuja. No somos capaces de darnos cuenta de que los adictos no perciben, no son capaces de percibir, todo el amor de sus familias. Ni su dolor. No ven más emociones que las propias. Para las familias, es vivir muriéndose, y muy frecuentemente, también es la muerte. Y me parece que social o culturalmente, toda la empatía se dirige hacia los adictos, y se olvida a los padres. Menciono a los padres en concreto porque son los que suelen estar más implicados en la adicción, a veces como perpetradores, de una manera u otra. 

¿Como perpetradores? ¿Qué quieres decir? 

Sí, perpetradores. Escojo esa palabra conscientemente. Como personas que crean las condiciones emocionales para la adicción: las experiencias de la niñez, cómo se digieren… La teoría psicoanalítica da por supuesto que la adicción trata de lidiar con emociones insoportables, que son creadas por unas u otras condiciones. Lo que me sorprende es que la gente hable sobre las adicciones como si la ciencia no existiera, y es algo contra lo que me rebelo. Porque hay ciencia en la adicción. Ignoran también que existe un componente hereditario, por ejemplo. Eso es un hecho. 

«Ni todo el dinero del mundo pudo curar a mi hermano», has dicho. En el libro recomiendas abiertamente a los familiares de los adictos que abandonen la «trampa» de la esperanza. «Tienes que renunciar a él. Tienes que escapar y salvarte a ti», les dices. ¿Cómo ha sido la recepción de un mensaje tan profundamente pesimista?

Sí, lo digo así. Con los adictos hay que abandonar la esperanza, es duro de escuchar, pero es así. No me considero dentro de la corriente del pesimismo, sino del realismo depresivo. Eso implica que tienes que lidiar con las cosas tal cual son, no tal cual las ves. No estoy del todo en contra de la aproximación que hace Alcohólicos Anónimos al respecto de cómo ayudar al drogadicto, intentando no volverte codependiente de él, lo que ocurre es que he visto en mis propias carnes cómo de destructivo y alienante puede ser ese proceso de ayudar. Creo que especialmente para las mujeres, para las madres y las hermanas, es más sencillo verse completamente absorbida por la historia dramática del adicto. Creo que hay que resistirse a eso. Tienes que recordar tu propia historia, porque tienes derecho a tus propias circunstancias, no tienes la obligación de verte arrastrada por toda esa fatalidad. La obligación que existe es la de vivir nuestra propia historia, especialmente las mujeres. 

Dedicas el libro a toda esa gente «que los adictos dejan a su paso». ¿Crees que les has ayudado? 

Sé que eso ha ayudado muchísimo, lo sé. He recibido toneladas de cartas de gente, emails… Y no solo de los familiares, sino de los propios adictos, lo cual es muy interesante. Dicen que les ha abierto los ojos sobre ellos mismos, y realmente no esperaba nada así cuando lo escribí. Porque no era a ellos a quienes buscaba ayudar. ¡Tampoco sé lo que esperaba realmente! [risas]. Pero quizás me sorprendió porque la adicción, en general, es algo muy narcisista y solitario, y permanecer juntos es el único modo en el que la desintoxicación puede funcionar. Por eso pueden recuperarse mejor en los movimientos de doce pasos, junto a otros enfermos. No necesitan la rehabilitación, aunque esta puede ayudar: necesitan la compañía. Hay montones de técnicas de desintoxicación, de estructuras diferentes, las he vivido. Pero lo que aporta el movimiento de los doce pasos es algo tan básico como sentarse juntos en una habitación, en un sótano, y hablar de igual a igual. 

Tu esposo, Eric Abraham [director de cine y doble premio Óscar] discrepa contigo, y no cree que la adicción sea una enfermedad. Opina el consumo de drogas de Hans y Eva fue una cuestión de irresponsabilidad y egoísmo. Respecto a ti, creía que lo que padecías era «una culpa excesiva por la mayoría de las cosas, incluido el dinero». ¿Cambió su perspectiva al leer el libro, y la disección que haces de la verdadera naturaleza de la adicción?

Ahora que lo dices, ¡no sé si ha cambiado de opinión! [risas] ¡No lo había pensado! En el libro, él es un personaje, un contraste para hablar de la culpa. Para mí es el personaje que iluminaba todo ese asunto, que me ayudó a adentrarme en ese pozo de culpabilidad. Porque para mí, la culpa en las familias es uno de los elementos fundamentales, arrasadores, cuando la adicción entra en escena. Es parte de todo el síntoma. A mi marido… sé que le gustó el libro, así que imagino que está de acuerdo con esto también, quizá haya cambiado de idea. Cuando empecé a escribirlo, nunca pensé que lo fuera a publicar, no se trataba de un acto de valentía. Empecé a escribirlo como una especie de diario fragmentado, pero después empezó a tomar la forma de otra cosa. Quería manejar mi propia voz sobre lo que estaba pasando, sobre lo que había pasado. La razón por la que es tan íntimo es que desde el principio fue algo para mí misma. 

En Suecia representaron una ópera sobre la tragedia de tu familia, llamada Stilla min eld. ¿Cómo fue descubrir que tu vida iba a representarse en un escenario?

Me resultó enfermizo, me sentí asqueada. Me mandaron el libreto, lo leí entero y me pareció objetivamente nauseabundo. Y engreído, muy engreído. Porque habían trazado una historia, basada en una especulación absurda sobre quién era realmente mi abuelo, le acusaban de cosas que simplemente eran falsas. No era verdad, y se esforzaron mucho por hacer que pareciera que lo era. Me interesa que se hagan preguntas, que se cuestionen cosas, pero no me interesan en absoluto los prejuicios de la gente, porque eso nunca hace avanzar la conversación. Y esa obra era exactamente eso. 

¿Trataste de impedirla? 

No. De ninguna manera. Respeto la libertad de que hagan lo que quieran, por mucho que eso me duela. También porque es lo único que podía hacer si quería conservar la cordura. Con esto, como con otras cosas, intento no leer lo que se dice de mí o de mi familia. 

¿Y de tu libro? 

Rara vez. No le presto atención. Que la gente haga lo que quiera hacer, soy liberal también en eso, especialmente en todo lo que respecte al otro. Tengo mi propia opinión, pero no quiero que eso impida a cada cual exponer lo que quiera. Si yo quisiera impedir algo, porque sé que hay cosas que podría parar, la ópera no sería una de ellas. Al menos eso lo llevaba a cabo alguna gente decente a su manera, gente que quería contar una historia y que estaba tratando de crear arte con ella, sin éxito. Hay cosas muchísimo peores. Pero muchísimo peores. 

¿Te refieres a las informaciones de los tabloides con los detalles escabrosos?

Sí, entre otras. También hay un libro [Olof Palme: A Murder Mystery, de Gunnar Wall] que acusa a mi padre de estar detrás del asesinato del primer ministro sueco, Olof Palme, en 1986. Eso es muchísimo más ofensivo, casi delictivo, porque esa acusación se basa solo en el hecho de que mi padre era una persona con mucho dinero, un capitalista. Eso es mucho más ofensivo, aunque resulte raro. Pero ni siquiera eso trato de silenciarlo, ni de detenerlo. 

El único consejo que das a los escritores es que se olviden de la audiencia, del público. ¿Tiene esto algo que ver con eso? 

Sí, está relacionado. Creo que actualmente, en este momento de la historia, no podemos vivir con un mínimo de cordura si no nos olvidamos de cómo nos ven los demás. Si no nos olvidamos de cómo salimos en una fotografía, o de lo que la gente escribe sobre ti en las entrevistas, o cómo perciben lo que escribes, o de las emociones que has despertado de una manera u otra. Hay que olvidarse de todo eso. Del movimiento crítico. Hay que centrarse en lo que se quiere hacer, y ya está. Si siempre escribes con el público en mente, te paralizarás. Puede que sea más fácil decirlo que ser consecuente con ello, pero es la única manera. 

Hasta el momento, todos tus libros se han nutrido de tu propia vida, en todos narras sucesos personales. ¿Crees que eso es un recurso inagotable? ¿Saltarás a la ficción?

¡No! Ahora estoy escribiendo mi siguiente libro, y tampoco es ficción. Trata sobre Sudáfrica, porque mi marido es de allí. Es un híbrido entre unas memorias y un libro de viaje. Versa sobre la sequía, la crisis del agua que atraviesa el país. Pasamos dos meses en Ciudad del Cabo el año pasado. Aunque, de nuevo, parece un libro sobre esa crisis, pero en realidad se introduce en la historia de mi marido, de la emigración húngara y judía. Su padre huyó del antisemitismo en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial y se estableció allí. Años después, fue mi marido quien tuvo que huir de Sudáfrica tras de ser arrestado en su casa por informar sobre las atrocidades del apartheid en medios internacionales. Le prohibieron volver a poner un pie allí durante quince años. Es una historia sensacional, pero muy complicada, porque su propio padre, comandante de la marina, fue quien le denunció por sus actividades «subversivas» en favor de la resistencia negra. El hombre que le ayudó a escapar de Sudáfrica a través de la frontera con Botsuana, Craig Williamson, resultó ser un agente doble que después estuvo involucrado en la carta bomba que mató a la mejor amiga de Eric, Jeanette Schoon

Así que el libro es un nuevo intento de escribir sobre tu propia historia, que es sensacional y complicada, pero a la que es difícil aproximarte. ¿Cómo escribes sobre Sudáfrica como mujer blanca? 

Reflexiono mucho sobre esto. Porque aborda un montón de cuestiones: la raza, las raíces, la confianza… Está siendo complicadísimo escribirlo, si te soy sincera. Más que Mayhem, posiblemente, porque afecta a cuestiones raciales, y todo el cuestionamiento personal que me hago como mujer blanca, sobre qué puedo decir yo en un asunto tan grave, tan doloroso. ¿Qué puedo aportar yo, más allá de los tópicos? ¿Hay algo que podamos decir sin caer en vicios como el paternalismo? ¿Podemos aportar algo, o deberíamos dejar que el discurso solo lo dominen los afectados, la gente negra? Son dudas que me planteo todo el rato. Intento ser comprensiva, y me autoexamino, quizá porque sé que no hay respuestas claras a estas dudas. De nuevo, será un libro más de preguntas que de respuestas. 

¿Te asusta que se te pueda acusar, de alguna manera, de apropiación cultural, el debate de moda? 

Sí, la verdad es que sí. Y lo reconozco, a pesar de que acabo de decir que hay que olvidarse de la audiencia, del público. Por el momento, simplemente escribiré el libro, y después me asustaré por todo esto. Porque realmente quiero escribirlo. Lo quiero de verdad. 

No eres, entonces de los que «odia escribir y ama haber escrito».  

No, al contrario. Yo amo escribir y temo haber escrito. Sé que no es lo habitual. 

Cuando lanzaste Mayhem, repetiste muchas veces que lo hacías, aun con el riesgo de deshonrar a tu familia, para que te ayudara a «sobrellevar la inmensa pena» que la tragedia había causado. ¿Lo ha conseguido?

Es muy interesante esta reflexión. Cuando acabé de escribirlo estaba en un lugar muy diferente al que estoy ahora, mentalmente, quiero decir. Lo escribí en semanas. Yo siempre he sido muy escéptica sobre ese concepto de catarsis de la escritura, creía que era un cliché absurdo. Pero ahora puedo decir que ha sido una genuina experiencia catártica. Porque durante la escritura, puedes no reflejar, no dejar por escrito, una emoción que te provoque algo, esconderla. Pero de lo que no te puedes librar es de todo el pensamiento que lleva aparejado, de todas las vueltas que le das a lo que sientes. Pensar en todo eso me ayudó a verlo, a sentirlo, de un modo diferente. Así que cuando empecé con la reescritura en sueco, se convirtió en un libro diferente. En parte porque las lenguas son muy diferentes, el sueco es mucho más preciso, menos elástico. La cultura sueca diría que es menos lírica, más práctica. Mi primer libro no se tradujo, el segundo sí, y añadí algún cambio, pero no lo reescribí. El segundo, Everything Is Wonderful, mi experiencia en la granja colectiva de Estonia, lo escribí sin pensar que nadie de la cooperativa lo leería después. Pero no fue así, lo leyeron, y a algunos les encantó y otros lo detestaron. La directora de la escuela del pueblo acabó prohibiendo el libro, acusándolo de ser un libelo contra la época soviética. O eso me dijeron, pero no es lo interesante. Lo interesante, desde mi perspectiva como antropóloga, es que los antropólogos, cuando escriben, están seguros de que la gente sobre la que escriben no leerá el resultado. Y eso es interesante por lo que hablábamos antes: el poder cultural, que tanto se subestima. Mi opinión es que es mejor que lo lean, porque cuando se ven reflejados, cuando otro transcribe lo que dicen en las entrevistas, eso también les da voz. Su voz. Y eso es tomar conciencia de tu poder, también. Me interesa mucho la crítica del poder, como puedes ver. 

Celebráis el cuarenta aniversario de la revista Granta. En el número especial sobre los mejores narradores jóvenes de EE. UU., recibisteis más de cuatrocientos manuscritos, cifra récord. ¿A qué crees que se debió eso? ¿Hay una explosión?

Fue curioso, porque el anterior especial, que fue en 2007, recibimos 200 manuscritos. Esta vez fue el doble. No esperaba tantísimos, es verdad. No sé qué ha ocurrido en estos pocos años para este aumento tan grande, aunque tengo mis teorías. El número que lanzamos ahora por el cuarenta aniversario lo hemos confeccionado con todo el archivo de la revista desde su fundación. Buscamos las mejores piezas que hemos publicado en todos estos años, es un número histórico. Empezamos con Angela Carter, que creo que es brillante. ¿Está traducida en español? 

Sí, aunque es un auge que ha empezado en los últimos años por editoriales jóvenes.  

Es curioso, porque en mi opinión es una escritora perfecta para el público español. Es realismo mágico, al fin y al cabo. Empezamos con ella, con el relato de una chica que es secuestrada por lobos, un tema al que vuelve constantemente, pero este relato tiene la peculiaridad de que es el primero en el que lo trata. Es extraordinario cómo la chica asimila la cultura de los lobos, dejando atrás su pueblo, y todo lo que ocurre después, cuando la rescatan. Es oscuro y maravilloso. 

En el número de los narradores jóvenes, por primera vez hay más mujeres que hombres. Tú dices que eso es fruto de «el progreso, supongo… o el azar». ¿Es una declaración de principios?

Sí, lo sé perfectamente. Sé cómo suena. Lo supe en el momento en el que lo dije y lo sé ahora. Afirmé que simplemente no contamos cuántas mujeres y hombres había, surgió así. Hicimos la selección por criterios que no tenían que ver con el sexo del autor. Pero sé que, en general, ahora todos los editores, de una manera u otra, piensan más en las cuestiones de género a la hora de publicar. 

¿Incluida tú?

Sí, me incluyo. Porque es cierto que Granta ha sido siempre una revista muy masculina. La mayoría de los autores, en la mayoría de las ediciones, eran hombres. Había pocas mujeres, una o dos por número. Y por eso hemos tratado de apuntar hacia la cuestión de género, no desesperadamente, pero sí queríamos tenerlo en mente. Muy presente. Hicimos un número especial sobre eso, sobre género, y trabajar en él fue un aprendizaje extraordinario. 

No te has pronunciado mucho sobre MeToo. ¿Cómo ha afectado al mundo literario? 

Creo que es una revolución genuina en la literatura, particularmente en Estados Unidos, donde están dos de los casos que han provocado más impacto en la industria: la salida del editor Loris Stein de The Paris Review, y la de Ian Buruma, de The New York Review of Books. Los dos han salido por el MeToo. Y luego está lo del Nobel. Hay muchos casos muy diferentes, pero este en particular, el de Jean-Claude Arnault, me es muy familiar por razones obvias. Fue un tipo muy sucio que se acostaba con mujeres jóvenes y usaba su poder —cultural, de nuevo— de formas detestables. Estaba casado con Katarina Frostenson, una gran poeta sueca que también formaba parte de la Academia, que después se ha descubierto que filtró a Arnault los ganadores del Nobel. Además del hecho de que su club literario estaba recibiendo ayudas económicas directamente de la Academia sueca, de una manera completamente irregular. Esto también me resulta preocupante, porque creo que las instituciones tienen que respetar las reglas, y las de conflicto de intereses son muy específicas. Todas estas irregularidades y abusos se estaban cometiendo en secreto, y a la vista de todo el mundo. Lo que ha hecho el MeToo es airearlas públicamente, darlas a conocer. Así que yo considero que es un movimiento genuinamente revolucionario, como he dicho, que surge de una enorme cantidad de rabia. 

Por otro lado, no recuerdo quién lo dijo, pero alguien ya dijo que el feminismo parece que se está haciendo conocido por la idea de violencia sexual, enmarcándolo todo en eso. Creo que debería ir más allá, marcar otra agenda con la misma intensidad. Hay otros asuntos que también estamos sacando del foco. Estamos perdiendo de vista las condiciones de las madres trabajadoras, por ejemplo. Y eso que lo digo con la perspectiva de alguien sueco, donde la idea de «madre trabajadora» es como una broma, porque se considera a todo el mundo trabajador. Se da por supuesto. 

Pero, al hilo de esto, me gustaría recomendar una pieza que publicamos en el especial sobre género de Granta. En él, Ottessa Moshfegh escribió una pieza que se llama «Jailbait». Me resultó interesantísima, porque es muy gráfica. Ella habla de cómo fue llegar a la universidad como joven estudiante extranjera, y cómo buscó a un escritor mayor, reputado. No dice quién es. Empezaron una relación extraña, en la que ella buscaba su consejo y su prestigio para que la ayudara con la escritura, y él buscaba otra cosa. Ella es muy clara sobre la naturaleza de esa transacción. No se disculpa ni se avergüenza, es muy valiente la manera en la que lo cuenta, porque no se ajusta a la narración habitual de víctima-perpetrador. Fue muy polémico, pero creo que es una exploración interesante. Creo que, además de todo lo dicho sobre el MeToo, es interesante explorar otros aspectos como el que ella plantea.

3 Comments

  1. MariaM

    Por suerte (ahora)y por desgracia (en su momento) tengo a 3 personas muy cercanas que fueron yonquis de heroína a finales de los 80 y principios de los 90 y afortunadamente lograron recuperarse, desengancharse y rehacer sus vidas . No es fácil pero en contra de lo que dice esta señora, sí se puede salir de la adicción. Y los programas para salir de ella, como “Proyecto hombre”, entre muchísimos otros, funcionan. Quizás no para todo el mundo, o todo lo que nos gustaría, pero gracias a ellos mucha gente ha conseguido rehacer su vida. Tanto drogodependientes como sus familiares.
    Así que sí hay esperanza y sí se puede salir.

    • Juan FT

      Interesante. Gracias por compartir su experiencia. Personalmente, estaba convencido de que en la casi totalidad de los casos es imposible dejarlo. Me alegra saber que no es así.

  2. Parlache

    ¡Gracias!

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