FK Velež Mostar, los «soldados» de Tito contra «cualquier agresión nacionalista»

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Red Army. Foto: Cordon.

En España es un club de referencia porque de él procedían dos extraordinarios futbolistas como han sido Meho Kodro y Vlado Gudelj. Entre los aficionados de las repúblicas exyugoslavas, se le recuerda como un equipo que hacía un fútbol vistoso y que tuvo a la BMW, Bajevic, Maric y Vladic (en serbocroata no existe la W), tres futbolistas míticos e internacionales con Yugoslavia. Pero políticamente tuvo mucho más relieve. Fue un club adscrito a la ideología comunista, en general, y al régimen de Tito, en particular. A su idea de hermandad y unidad, un lema para superar cualquier disputa interétnica, algo propio de primitivos para aquellos revolucionarios. La estrella roja sigue siendo su escudo.  

Tito siempre ocultó cuál era su equipo, hubiera sido impropio del líder de la nación tomar partido balompédicamente hablando, pero recientemente su nieto Joska Broz declaró en la prensa que era del Partizan. Algo que también cita Richard Mills en su historia del fútbol de Yugoslavia, The Politics of Football in Yugoslavia: Sport, Nationalism and the State, aunque exista la leyenda de que era del Hajduk, que había sido el equipo de la resistencia al fascismo italiano y el nazismo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ninguno de estos clubes se ajustaba al discurso de los partisanos que expulsaron al invasor como el Velež Mostar. Un club que ya había sido comunista antes de la llegada del comunismo al poder. No en vano, Tito demostró que lo tenía presente en un discurso que dio en su honor en el 50 aniversario del club, en 1972, que recoge Mills en su estudio sobre el club bosnio publicado en Europe-Asia Studies. 

Camaradas, estáis en el camino correcto y no desde ayer, sino desde vuestro origen. Además, os habéis mantenido unidos políticamente. Quiero que en el futuro se fomente la hermandad y la unidad, que es lo que firmemente necesitamos para ser más fuertes y estar unidos. Quiero especialmente que vosotros, la generación más joven, os convirtáis en los primeros soldados que nos protejan contra cualquier agresión nacionalista. Tenéis que estar unidos. Tenéis que apreciar la hermandad y unidad de nuestra nación. Esa es nuestra vía al socialismo. 

El Velež Mostar tenía el pedigrí. Se había fundado en 1922 como un club de trabajadores. La historia oficial del equipo dice que la mayoría de sus integrantes ya entonces eran todos comunistas. Lo cierto es que cuando se inició la fase de la dictadura en la monarquía yugoslava de entreguerras, el Partido Comunista, que fue prohibido, puso en marcha una estrategia de fundación y también entrismo en diferentes organizaciones populares, entre ellas las deportivas. En el Velež de aquel entonces tenía en los puestos clave de la directiva a muchos militantes. 

Antes, el Congreso de la Internacional de la Juventud Comunista en Moscú había proclamado que los trabajadores jóvenes debían participar en organizaciones legales mientras llevaban en secreto su militancia ilegal. Por eso, con la prohibición de sus organizaciones en Yugoslavia, los comunistas crearon y se infiltraron en todo tipo de asociaciones culturales, musicales y, por supuesto, deportivas. En fútbol, el modelo del Velež ya se había puesto en marcha, por ejemplo, con el Radnicki (Trabajadores) de Belgrado, fundado en 1920, o el también bosnio Sloboda (Libre) Tuzla, nacido en 1919. Con estos clubes se captaban y reclutaban a jóvenes para el partido y se recaudaba dinero para los militantes encarcelados y sus familias. Muchos de los presos eran los propios empleados del club. 

En otoño de 1940, se produjo una manifestación antifascista masiva en Mostar por la invasión alemana de Polonia. Ocurrió tras un partido entre el Velež y la selección de Montenegro. Al acabar, la multitud que asistía al encuentro se dirigió al centro de la ciudad en lo que inicialmente era una protesta contra la guerra, pero acabó siéndolo contra las autoridades de la monarquía yugoslava. Los manifestantes estaban descontentos por los tratos del gobierno con el Eje y con que no se hubieran puesto en marcha mecanismos defensivos ante la amenaza que suponían los fascismos expansionistas. Gritando «Abajo el fascismo», «Queremos pan y trabajo», cuando llegaron al Neretva, la policía se enfrentó a ellos y dispersó a la multitud. Por la noche, detuvieron a todos los militantes que tenían fichados.

La brutalidad policial desencadenó como respuesta una huelga general en toda Mostar. Los trabajadores de las fábricas de tabaco, textiles y las minas se concentraron en la Casa del Pueblo. La policía rodeó el edificio y volvió a efectuar detenciones. Las movilizaciones tuvieron como consecuencia que se prohibieran todas las organizaciones en las que había presencia sindical o de trabajadores militantes o activistas y, en la oleada represiva, se ilegalizó su club de fútbol, el Velež Mostar. De su carácter contestatario da buena cuenta que, cuando finalmente se produjo la invasión de Yugoslavia por parte del Eje y el establecimiento del fascista Estado Independiente Croata, el club siguió siendo ilegal. 

Durante la Segunda Guerra Mundial y pese a las dificultades, el fútbol siguió siendo importante para los comunistas yugoslavos. En las ciudades liberadas se apresuraban a organizar partidos y torneos. En este periodo, Mills señala que durante la guerra la población local no cayó en la tentación de la violencia interétnica, aunque la prensa local matiza esa conclusión tan optimista. El día de la liberación se contabilizaron mil quinientos muertos por la violencia de los extremistas croatas y los chetniks, los monárquicos serbios. Murió uno de cada ocho ciudadanos de Mostar. 

En esas circunstancias, la vinculación de su club de fútbol con los comunistas siguió siendo patente. Nueve exfutbolistas que pasaron por su filas fueron proclamados héroes nacionales en la lucha de liberación antifascista. La historia oficial del club llegó a contabilizar que setenta y siete exfutbolistas y veintiún directivos y funcionarios del equipo murieron luchando como partisanos y seis lo hicieron en campos de concentración antes de que comenzara la guerra. En su memoria, se erigió un spomenik (monumento) al lado del estadio Bijeli Brijeg, además del famoso cementerio en el que descansan quinientos sesenta partisanos de Mostar y que ahora se encuentra en completo estado de abandono.

En los años de posguerra, Tito rompió con Stalin y sus planteamientos, lo que fue llevando a una descentralización del país y la asunción de los principios de la autogestión como vía al socialismo, una respuesta al estatismo soviético. Según Dario Bretin, autor de Sport in Socialist Yugoslavia, el deporte también tendría que haberse regido por estos principios, pero en este ámbito no se reprodujo el modelo que sí reflejó el sector industrial yugoslavo. Los clubes deportivos no llegaron a ser autosuficientes o funcionar independientemente del Estado. De hecho, en las ex repúblicas yugoslavas este problema se ha heredado no sin conflictos relacionados precisamente con el fútbol. 

El Velež, de hecho, intentó aprovechar su condición progubernamental y se erigía en órgano para difundir las consignas del Partido Comunista. Como muestra, desde 1965, organizó en Mostar un torneo anual con un enfoque revolucionario y conmemorativo de la lucha partisana. Las comitivas invitadas colocaban flores en los monumentos a los héroes y los participantes eran siempre equipos de Estados socialistas, como el Lokomotiv de Moscú o el Slavia Praga. En el aniversario de 1972, el primer ministro de Yugoslavia, Džemal Bijedic, natural de Mostar y expartisano, dijo en su discurso: «Si analizamos los cincuenta años de historia del Velež, podemos afirmar que no ha sido simplemente un club deportivo, sino un lugar en el que se han podido unir los jóvenes progresistas y la juventud trabajadora». Ese día, el club recibió la insignia de oro nacional de la Hermandad y Unidad. 

Con la aparición de grupos de hooligans, los de Velež aún hoy se llaman Red Army, aunque empezaron como Red Debils. . Tras la victoria en la Copa del General Tito del 81, un año después de su muerte, conseguida en Marakana de Belgrado ante el Željezničar Sarajevo, veinte mil aficionados recibieron al equipo con una pancarta que decía «Tito, nunca nos separaremos de tu camino» al grito de «Mi smo Titovi, Tito je naš» («Somos Tito, Tito es nuestro», la traducción aproximada se refiere a que Tito encarnaba las ideas del pueblo, una fórmula del culto a la personalidad). 

El primer éxito deportivo del equipo había llegado en la 69/70, cuando acabaron en tercer lugar. Por esas fechas, el club ya contaba con ochenta y seis equipos de categorías inferiores, casi mil niños jugando. El organizador de toda esa cantera de la que salieron jugadores como Gudelj, el viejo entrenador Sulejman Rebac, tenía la filosofía de que a los niños había que seguirlos cuando jugaban «descalzos en los descampados», seleccionarlos en ese momento y programarles trabajo organizado solo a partir de los once años. 

La BMW. Foto: DP.

El espíritu de aquella escuela se podía ver reflejado en unas palabras de Franjo Vladic (la W de la BMW) en febrero de 1976: «Pocas veces le presto atención a los fallos de mis compañeros e incluso si se equivocan no me lo tomo mal, intento ayudarles a cumplir su función en el campo sin dejar de lado mi papel, sin embargo, cuando yo me equivoco, tardo mucho tiempo en tranquilizarme. Por ejemplo, si me la pasan y pierdo la pelota por no estar suficientemente concentrado, tengo ganas de suicidarme. Me pongo a correr detrás de ella y corro con toda mi alma porque me da mucha pena haber estropeado el esfuerzo de otro compañero». 

Calificado como mejor jugador yugoslavo de 1973, el portero Enver Maric era la M de la BMW. En las entrevistas hablaba de sus maestros, como el portero Zarko Barbaric, «me enseñó a ser primero honesto y luego futbolista», y Mehmed Trbonja, un partisano, héroe nacional, que luego estuvo en la directiva del Velež, del que le impresionó cómo motivaba a los jóvenes de las categorías inferiores. Sobre la ciudad, decía: «En Mostar respetamos las viejas amistades y nunca nos ponemos uno por encima de otro». Mucho honor, pero tampoco eran vírgenes delicadas. En una ocasión, por ejemplo, en una partida de cartas en una concentración, Maric disparó a Vahid Halilhodžić —actual seleccionador de Marruecos—, que era su mejor amigo, y la bala le pasó a escasos centímetros de la cara. Pero era de broma pensando que había hecho trampas. Cosas que pasaban. 

Los subcampeonatos de la 72-73, tras el Estrella Roja, y la 73-74, tras el Hajduk, fueron los mejores años, aunque todavía llegaron a cuartos de la UEFA en la 74-75, donde cayeron ante el Twente holandés que también se cepilló a la Juventus en semifinales. A la aludida Copa de Tito del 81 hay que sumar también la del 86, ante el Dinamo de Zagreb, y el subcampeonato del 87, tras el Partizan. En esa época estuvieron arriba el extremo Semir Tuce y los delanteros Sead Kajtaz y Predrag Juric —a estos se les bautizó como la YUKATU— con los imberbes Gudelj y Kodro pidiendo paso.

Tuce y Kajtaz fueron luego discretamente a Suiza y Alemania, pero el croata Juric, como Gudelj y Kodro, también recaló en España, aunque fuese más mayor que ellos y su declive llegó cuando los otros dos iban como cohetes. Jugó en el Real Burgos, Marbella y Mérida. En el club rojipardillo castellano le metió un gol al Real Madrid en el Plantío, el de la victoria 2-1 en la 90-91, que es probablemente el gol más famoso de la historia del fútbol burgalés. Llegó a la capital castellana en un pack con Ivica Barbarić, que también estuvo tres temporadas. Ambos dejaron el equipo tras el año de Novoa, que estuvo a punto de clasificarse para la UEFA. Barbarić luego pasó por Racing de Santander, Badajoz y Almería. Mención aparte merece Goran Jurić, que aterrizó en Vigo previo paso por el Estrella Roja de Belgrado en el que se proclamó campeón de Europa.

Kodro tardó más en incorporarse. En el verano del 85, con su primer contrato profesional, su entrenador Dusan Bajevic (la B de la BMW) le recomendó que se fuera a la mili. Así lo hizo, en Belgrado, y su 1986 estuvo completamente en blanco. Cuando regresó, Juric seguía siendo el titular indiscutible hasta que logró hacerse un sitio en el once a finales de 1987. Su fútbol despuntó tanto que le dieron el brazalete de capitán, pero lo rechazó aludiendo que era demasiado joven para esa responsabilidad. Una muestra de la modestia de aquellos chavales educados en esa cantera y, también, del pánico a destacar o ser más protagonista de lo debido, que no estaba socialmente bien visto si no era muy merecidamente. Incluso hoy. 

Cuando las gradas de los campos de fútbol se volvieron insufribles porque reflejaban el enfrentamiento entre nacionalistas que empezó a intoxicar la vida yugoslava a finales de los ochenta y, especialmente, a inicios de la década de los noventa, en Mostar no se dejaron llevar por la deriva. Siempre tuvieron aficionados de todas las nacionalidades, esa era su divisa. No obstante, sí que hubo casos en su terreno de conflictos de este tipo, como cuando recibieron a la Torcida —ultras del Hajduk— en su estadio y estos acudieron al grito de «¡Esto es Croacia!». 

Poco después de que la selección yugoslava fuese pitada por su propio público en un amistoso en el Maksimir de Zagreb ante Holanda, fueron los Red Army de Mostar los que acudieron a Italia a apoyar a su equipo nacional en el Mundial, en el que se cargaron a España. En 1991, la ciudad no podía ser adscrita a ninguna comunidad nacional en exclusiva. Como tantas en Bosnia, su composición era de 35% bosniacos, 34% croatas y 19% serbios.

Tanto fue así que, cuando los equipos croatas y eslovenos abandonaron la liga yugoslava, el Velež decidió continuar con los clubes de Bosnia, los serbios, macedonios y montenegrinos. En ese momento, nacionalistas croatas amenazaron con volar el estadio si el club se mantenía en la liga de lo que llamaban «Serboslavia». Una tarde de agosto, horas antes de recibir al Partizan, estalló una bomba en las puertas del estadio. Nadie resultó herido, pero el presidente del club, Vid Culjak, croata, dimitió. No obstante, en las noticias que cubrieron el suceso, se podía ver que en las oficinas del Velež todavía estaba en el retrato de Tito y que los aficionados que se dirigían al campo portaban banderas rojas de la Liga de los Comunistas Yugoslavos. 

La temporada se inició igualmente, pero en unas condiciones dantescas. Guerra en la vecina Croacia y cada vez más barricadas e incidentes en Bosnia. En un partido ante el Spartak de Subotica, localidad al norte de Serbia, ocho jugadores se negaron a viajar. El único croata que acudió fue el entrenador Franjo Dzidic. Al regreso de ese desplazamiento, fueron los jugadores serbios los que no quisieron volver. Se quedaron en Nevesinje, Bosnia Oriental, una localidad donde eran mayoría étnica. Ya había miedo y tambores de guerra. Finalmente, los clubes bosnios se vieron obligados a abandonar la competición. En algunos casos, como el del Željezničar de Sarajevo, al quedarse sin estadio, el Grbavica, por los combates en la capital. 

Los últimos seis partidos de los equipos bosnios no se disputaron y se les dieron por perdidos 0-3. Al término de la 91-92, los equipos macedonios también abandonaron el campeonato. El único equipo bosnio que se mantuvo en la liga de la tercera Yugoslavia, compuesta ya solo por Serbia y Montenegro, fue el Borac Banja Luka, capital de la actual entidad República Serbia de Bosnia, que tuvo que jugar sus partidos como local en Belgrado y, además, quedó último en la tabla de la 92-93. 

Durante el conflicto, Mostar no logró mantenerse al margen. Vivió los enfrentamientos que reflejaba su diversidad étnica. Primero fue bombardeada por el ejército federal y paramilitares serbios y, después, a partir del 92, fue el escenario de un contraataque y limpieza étnica a manos de fuerzas nacionalistas croatas para imponer la República Croata de Herceg-Bosna, de la que Mostar sería su capital. Aproximadamente, un millar de musulmanes fueron asesinados desde 1993 y la inmensa mayoría de los serbios abandonaron la región para regresar en un número insignificante tras el conflicto.

La YUKATU. Imagen: Revista Tempo.

Una de las primeras medidas de la imposición nacionalista croata fue rescatar su equipo de fútbol de toda la vida, el Zrinjski Mostar, fundando en 1905. Un club que había sido disuelto por los comunistas en 1945, al término de la guerra, por haber colaborado estrechamente con el régimen ustacha. Su nombre deriva de un clan familiar que se había distinguido en la lucha contra los otomanos y el Imperio austrohúngaro en el siglo XVII. En la actualidad, sus aficionados ultras visten de negro en las gradas, como los uniformes fascistas de los años treinta, y el equipo ha llegado a ser uno de los mejores de la primera división bosnia. Luka Modric jugó cedido en la 03-04 y metió ocho goles en veintidós partidos. 

En la guerra, las oficinas del estadio Bijeli Brijeg del Velež fueron arrasadas y todos los trofeos y medallas comunistas fueron saqueadas y tiradas a la basura. Ahora las van recuperando poco a poco en mercados de segunda mano y de coleccionistas, pero solo se han logrado reunir alrededor de un 10% de las que había. Sin embargo, lo peor que pasó en el estadio fue que durante el conflicto sirvió de campo de concentración. Después de la contienda, aunque el Velež siguiera insistiendo en su carácter multiétnico, fue tachado de «equipo de musulmanes» y la mayoría de los croatas cambiaron de chaqueta y se pasaron al Zrinjski, pero no tuvieron ni que moverse. Le robaron el estadio al Velež.

La Mostar actual está divida por el río Neretva también étnicamente. Croatas a un lado y bosniacos —o de origen musulmán— al otro de la Avenida Principal, a unos cien metros del río y donde estaba el frente. El estadio quedó en el lado croata, por lo que el consejo municipal croata que gobierna su parte de la ciudad se lo arrendó en exclusiva al Zrinjski por noventa y nueve años. Además de hacer desaparecer cualquier vestigio de los años socialistas del Velež, el monumento a los jugadores y directivos que dieron la vida en la Segunda Guerra Mundial con los partisanos fue vejado y vaciado de contenido. En la actualidad, está pintado con los colores nacionales croatas. La paradoja es que el equipo que lleva el nombre del monte que está junto a ese estadio tuvo que dejar de jugar en él. 

Sin instalaciones, durante la posguerra el Velež tuvo que entrenar en los descampados en los que se encontraban los cuarteles militares del antiguo ejército federal yugoslavo, hasta que tomó posesión en 1996 de su nuevo estadio, el Rodjeni, con capacidad para menos espectadores que el Bijeli Brijeg. Anteriormente, se llamaba el estadio Vrapčići y pertenecía a los trabajadores de una fábrica cercana. Solo ha vuelto a la que fue su casa como visitante a partir de que se organizara la liga bosnia interéntica. 

En 1994, el Velež eliminó la estrella roja del escudo. No obstante, sin fondos en su nuevo estadio, solo con una tribuna, los ultras Red Army seguían y siguen cantando los mismos lemas titistas. Diez años después de los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra, la estrella de roja de cinco puntas fue restituida en el emblema del club. Lo exigían sus aficionados. 

Mills señala que en la actualidad los fans de este equipo han vuelto a mostrarse orgullosos de su historia socialista. Algo para lo que esa estrella sirve de «recordatorio conmovedor», de cómo «contra viento y marea, el Velež FK lucha para proteger su legado comunista» y «cumplir fielmente el mandato de Tito de defender el principio de hermandad y unidad». Y es cierto, pese al discutido legado del comunismo yugoslavo y su concepto de democracia, su lema y lo que ha tenido en llamarse el yugoslavismo, tal y como lo entendían ellos, es algo por lo que merece la pena luchar y seguir luchando. Paradójicamente, los actuales gobiernos locales han heredado muchos vicios de las estructuras de poder comunistas, pero esta virtud no se prodiga tanto.

Monumento vejado en el antiguao estadio del Velež Mostar. Foto: Cordon.

9 Comments

  1. medvyk

    Muy interesante artículo. Qué pena de nacionalismos y guerras.

  2. Drina sin filtro

    La historia de Goran Juric, lateral izquierdo, es de lo más curiosa. Llega al Celta con Gudelj (y Puhalak, húngaro de la Voivodina que acabaría en el FK Sarajevo tras pasar por Vigo) en la temporada 1991-1992 y consigue el ascenso. El impacto es tan grande como la del delantero pero en la temporada siguiente se le diagnostica diabetes tipo I, insulinodependiente, que le fuerza, según los medios, a abandonar el fútbol activo. Rescinde contrato con el Celta, se marcha a Croacia y sigue jugando… llegando con 35 años a disputar el mundial de Francia con la camiseta ajedrezada.

    De ese Celta cabe destacar el triplete de extranjeros de la temporada 92-93, en primera, un bosnio y dos hercegovinos: Ratkovic, Juric y Gudelj. Estos dos últimos, campeones de Europa con el Estrella Roja de Belgrado, y Ratkovic de la Intercontinental también. Ya había contado con Zoran Maric en temporadas anteriores y el Celta seguiría insistiendo en ex yugoslavos durante unas temporadas, con mayor o menor fortuna: Curcic, Andrijasevic (que llegó a jugar en el Rayo), Bajcetic, Bursac… y continuando con Djorovic, Milojevic (procedente del Mallorca), Milosevic, Ilic o Boban (sin contar alguno más que jugó a principios de los 80).

    Si la estadística no me falla, el Celta es, curiosamente, el equipo que más bosnios (y hercegovinos, como Gudelj, Juric o Boban – estos dos internacionales con Croacia) tuvo en sus filas en Primera división y casi me atevería a decir que más yugoslavos.

    • Drina con filtro

      Fe de errores: Juric fue campeón de Europa, al igual que Ratkovic (aunque este no disputó la final). Ratkovic, nacido en Zenica, disputó la final de la Intercontinental al año siguiente.

    • Drina con o sin filtro lights

      Harina de otro costal es el vínculo que muchos de ellos tienen con Vigo: Gudelj y Ratkovic son “funcionarios” del club, el primero delegado (en palabras de Kiko Narváez en un partido en el que el Celta se jugaba la vida… como casi siempre “Gudelj está tan nervioso que quiere saltar al campo. Si salta, bajo yo también a jugar”) y el segundo ojeador. El hijo de Zoran Maric (ahora agente de jugadores), Goran Maric, llegó a jugar en el Barcelona B o Eibar además de las categorías inferiores del Celta. Los hermanos Djorovic tiene casa en Vigo. Bajcetic tiene una papelería en Belgrado con su mujer, viguesa. Eso sí: hay alguno que le tiene odio eterno a la ciudad viguesa, como Boban, cuyo fichaje por el Celta fue, probablemente, el mayor error de su carrera.

    • Drina, si uno se ajusta a un criterio exclusivo de “jugadores internacionales FIFA”, la Real (2) y el Rayo (2) son los equipos con más internacionales de Bosnia y Hercegovina: Kodro, Seferovic, Bolic y Baljic respectivamente. Eso sí, probablemente el Celta sea el equipo con más jugadores nacidos en Bosnia y Hercegovina (Juric, Gudelj, Ratkovic, Milosevic, Boban) sin que ninguno haya sido internacional por ese país.

  3. Boban no es nacido en Bosnia. Es nacido en Croacia.

  4. Yo había hablar del Velez de niño debido a Vlado Gudelj. Ya un poco mas grande me llamo la atención l ovisual de su escudo. Recuerdo la primera vez que fui a Mostar, hará cosa de 8 años más o menos. LLegué en autobús desde Sarajevo, y a las afueras bien afueras de la ciudad visualicé un estadio de fútbol.
    Ya en la preciosa ciudad vieja, recuerdo una conversación de una tiendecilla de la ciudad vieja en la que salió el tema que me apetecía ir a ver los dos estadios de la ciudad. El hombre obvió tanto al Zrinsjki como Bilino Polje, no existen, se ignoran. Evidentemente el hombre era bosníaco. El hombre me empezó a describir cómo llegar al estadio Vrapcici, en lo que caí en la cuenta que me estaba descubriendo el camino al estadio que había visto meida hora antes de entrar a la ciudad. Se me cayó el alma a los pies.

    Un estadio, que parecía abandonado, con césped sin cortar y amarillo debido al terrible sol veraniego de Mostar. Con cuatro tapias mal puestas, sin siquiera llegar a ser pintadas y con una decadencia palpable desde la lejanía que no me podía creer como una grande de la liga yugoslava pudiera tener “eso” como hogar. Casualidades del destino, me acabé alojando en una residencia estudiantil en las lomas de Bilino Polje. Asomándome a la ventana podía ver perfectamente el césped y la inmernsa grada.

    Recientemente, en nuevas ocasiones que he visitado la ciudad he podido observar que el Velez ha ido poco a poco haciendo del Rodjeni su estadio y les está quedando bastante apañado después de las reformas que llevan haciendo últimamente.

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