Musica et calimochus: ¿Cuál es el mejor tema del rock urbano español?

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Un sábado cualquiera, finales de los años noventa. Frisando el anochecer. Usted, adolescente medio (y la adolescencia se extiende hasta bien entrada la veintena, téngalo claro… más allá empieza a ser algo tenebroso) se prepara para salir de fiesta. De bares. Bueno, primero va a tomar algo con los amigotes por ahí. Ahora lo llaman «botellones», antes le decíamos «ir de litros». Cachis (lo que en otros sitios se conoce con el cursi nombre de «minis») llenos hasta arriba de un líquido negruzo, pegajoso, cierto toque de borgoña-don-simón en la espuma. Calimocho de la peor clase, para entendernos. Vino pendenciero y Coca-Cola. A veces licor de mora, por lo de rebajar amargores. Un peligro, más de lo que pudiera parecer. No se extrañen si luego acaban en la orilla de un río lleno de mierda buscando la zapatilla de un colega que otro arrojó ahí (historia rigurosamente inventada, por supuesto). El de la zapatilla, no me pregunten la razón, saludaba a todas las chicas con un «hola periquito», porque éramos así de idiotas. Ese tono. 

De fondo, canciones. Bueno, allí igual no, porque estamos en la época de antes de los móviles, y tampoco es plan de andar con el radiocasete. Pero luego, en los antros, siempre lo mismo. Guitarrero, en castellano, letras sencillas y directas. Hablando de lo que nos pasaba (o lo que pensábamos que nos pasaba, o lo que queríamos que alguna vez nos pasase), conectando cojonudamente con chupitos en tablas de seis y cubatas a precios de risa (por doscientas pesetas los llegaban a poner donde Germán, oigan). Y la música. Esa música. Toda la noche, hasta las madrugadas en el Obélix, la última y una hamburguesa con pinta de joderte el domingo. Y así cada siete días.

Lo llamaban rock urbano y es, en pocas palabras, la banda sonora de sus años golfos. De cuando ser un poco bandarra resultaba aun adorable, porque éramos más jóvenes, nadie estaba calvo (ahora ya se habla bastante de viajar a Turquía) y la rebeldía tiene esas cosas generacionales. Ustedes me entienden, porque también lo vivieron. Supongo. Espero.

Aquí tienen una selección de los diez himnos más míticos de aquel rock urbano. No los mejores, ni siquiera los que más me gustan… únicamente esos que aparecen ligados a sus recuerdos y aún retornan, fantasmas con olor a ron de garrafa, en bodas y saraos. Disfruten con ellos, y ayúdennos a encontrar el mejor de todos votando a su favorito o añadiéndolo en los comentarios. 

Me adelanto a la objeción: no verán canciones de punk ni de ska, tampoco el llamado rock radical vasco o el heavy metal ochentero. Quedan fuera, con gran dolor de corazón, cosas de La Polla Récords, Barón Rojo, «Sarri», Canallas, Boikot y otros. Volveremos, no tengan miedo.

(La caja de voto se encuentra al final del texto)


«Dolores se llamaba Lola», de Los Suaves

José Manuel Domínguez era un policía nacional con vocación noctámbula y nombre de guerra, porque todos le llamaban Yosi. Y como a Yosi se le caían los versos por entre las manos (y prefería el cuero a las porras) decidió cambiar de profesión, pasando a ser epítome de rockero en España. Fue hace cuarenta años, y ahí sigue, el cabrón, con sus pintas de abuelo de Heidi después de trasegarse siete orujos (o licor cafés, vaya). Tiene Yosi cierta querencia por las historias de decadencia y vagabundeo, un poco al estilo Dylan. Pero si en Bob todo aparece preñado con cinismo e ironía, «Los Suaves» introducen ternura realista en este relato de niña pija que baja a los infiernos. El resultado es un himno que reconoce al instante incluso tu primo Cayetano… 

-¿Para quién? Dipsómanos. Pesimistas. Escritores frustrados. Gallegos en general.

-Otras opciones: «Peligrosa María» (o la chistosa anécdota de una enfermedad venérea en tiempos prepandemias), «Malas noticias» (por si quiere deprimir todavía más su domingo), «Dulce castigo» (porque es mi preferida).


«Jesucristo García», de Extremoduro

Una introducción lenta, unos primeros versos míticos, un medio tiempo efectivo y ese estribillo que todo el mundo se sabe. Perfecto, ya tienes una leyenda. Que unos extremeños con todo para cagarla pudiesen trascender como lo hizo (y lo sigue haciendo) Extremoduro es uno de esos casos dignos de estudio en universidades. Que una canción con esta letra apareciera en Televisión Española (programa Plastic, 1990), con performance incluida en la que Robe Iniesta lleva puesto un salto de cama y el bajista un tricornio, nos muestra lo mucho que han cambiado las cosas en tres décadas. Añadan que el muchacho del charol ejecuta (simbólicamente, aclaramos, que estas cosas hay que ponerlas diáfanas) al cantante tras acabar el tema y vaya… Reflexiones sobre los límites de la libertad de expresión al margen, «Jesucristo García» sigue funcionando perfectamente hoy, y eso habla muy bien de ella.

-¿Para quién? Adolescentes que han leído a Hesse y Bukowski. Gente que la gozó bastante con Trainspotting. Hijos con padres del Opus y ganas de epatar.

-Otras opciones: «Sucede» (porque empieza con versos de Neruda y sale en un disco con nombre de rey visigodo), «De acero» (directa y efectiva), «Standby» (época postmono).


«Esta es una noche de Rock and Roll», de Barricada

No puede faltar en la lista una canción que incluye la frase «con el alcohol me confundí, qué más da», auténtica rapsodia de los lunes por la mañana en el insti, lo siento mucho, no volverá a suceder. Al margen de eso este tema parece casi sacado del heavy británico, con guitarreos a lo Tipton y Downing (o a lo Dave Murray, vaya) que inicialmente sorprenden (aquí hay menos cuero y más pantalones vaqueros, que la Txantrea es muy clasicota para eso) y luego enganchan. Barricada no se esconde, deja de lado su cara más reivindicativa y le canta a la fiesta, el desfase y las malas decisiones. Y les sale de forma muy natural, ¿eh?

-¿Para quién? Amantes del calimocho. Asistentes a verbenas. Pijos despistados que no acaban del todo bien.

-Otras opciones: «Rojo» (depende de a quién preguntes significa una cosa o la contraria), «Oveja negra» (el toque reivindicativo que no falte), «Blanco y negro» (ya en plan destrucción total).


«Vicio», de Reincidentes

Rock urbano desde el sur, cargado de letras con mensaje y un saborcillo irónico muy agradable. Uno que aparece crudamente aquí, solo que algunos igual ni se dieron cuenta. Este «Vicio» no es el anhelado, sino toda una denuncia de la falsa moral imperante en ciertas clases sociales. Como American Psycho, pero sin sangre ni aburridas disquisiciones sobre tarjetas de visita. Lo malo es que algunas de las cosas que la canción cita como perniciosas en realidad agradan sobremanera a quienes la escuchan, por lo que la sensación final es de caos en el espíritu (no ayuda que esta música sea, repito, sobre todo cosa de sábado noche). Pero es tan bonito tener contradicciones…

-¿Para quién? Chavales que llevan camisetas negras con una estrella roja en el pecho. Amantes de la Cruzcampo. Lectores de Eduardo Galeano.

-Otras opciones: «¡Ay!, Dolores» (de cuando apenas se hablaba sobre esta lacra), «Grana y oro» (aquí no hay dudas en la interpretación), «No somos nada» (contenido explícito inside).


«El perro verde», de Marea

Marea llegaron tarde, pero bien. Una especie de mejora genética respecto a los clásicos, basada en los tres o cuatro soniquetes musicales de siempre (guitarreros, menos sucios a medida que avanza su producción) y una parte lírica que resulta deslumbrante. Que a Kutxi Romero se le caen las metáforas por los cuatro costados (y mira que tiene amplios los costados este hombre) es algo bien sabido. Imágenes frescas, epatantes, unidas a un vocabulario que se mueve desde jerga rústica hasta toques de alta cultura. Y las referencias literarias, claro. Estos mimbres conforman «El perro verde», un ladrar continuo de símbolos de esos que quedan pegados en el paladar y se berrean cuanto más alto mejor. Y sale el Drogas, ojo. Qué más se puede pedir.

-¿Para quién? Aspirantes a poeta. Amantes del ron con Coca-Cola. Gorditos.

-Otras opciones: «Duerme conmigo» (porque las operaciones de fimosis también tienen lírica). «Corazón de mimbre» (por sus metáforas). «Latido jondo» (por el maravilloso solaz de sus versos).


«Maneras de vivir», de Leño

Los abuelos, la semilla genética de todo el rock urbano en España. Nada se entiende sin ellos, aunque, al final, ellos no se entendieran demasiado. Duraron poco, pero dejaron para el recuerdo un puñado de temas inolvidables y un auténtico himno generacional, este «Maneras de vivir» que lo mismo sirve como Pater Noster fiestero que cierra la boca a todo un Lope de Vega, tan rotundas sus estrofas. No hay canción más versionada (con mejor o peor fortuna) en el rock español, y eso debe significar algo. Su estribillo acude, como por arte de magia, a los labios de cualquier persona después del tercer chupito de tequila (o lo que sea que te echan en ese bar)… aunque jamás hubiese oído el tema con anterioridad. Milagro de milagros. Si no te la sabes no tienes perdón de Dios. O de Rosendo

-¿Para quién? Cuarentones. Canallitas. Calvos por delante y melenita por detrás.

-Otras opciones: «El tren» (por su riff persistente). «Corre, corre» (que es la típica que se canta en ocasiones aunque no te sepas la letra). «Cucarachas» (para discutir con los amigos sobre a quién va dirigida).


«Flojos de pantalón», de Rosendo

Si Leño fueron los abuelos, Rosendo Mercado es el padre de todos. Aunque él jamás va a reconocerlo, porque es un pedazo de pan (de higo, claro), y huye de fastos, oropeles y, en general, imbecilidades. Siempre he pensado, de hecho, que a Rosendo le perjudica ser un tipo tan cojonudo y tener esa cara de buena persona, porque en esto del rock algo de malditismo siempre vende. Vamos, que es el anti-Axl Rose. Y lo queremos mucho por eso, qué coño. «Flojos de pantalón» esconde, detrás de su aparente simplicidad, un aliento épico que en ocasiones se puede echar en falta en otros temas de nuestro carabanchelero (les juro que se escribe así) preferido. Riff reconocible, guitarreo fraseando cuatro minutitos y Rosendo metiendo hostias a diestro y siniestro sin que apenas te des cuenta. Para qué quieres más…

-¿Para quién? Gente de cierta edad. Gente de barrio. Gente de bien.

-Otras opciones: «Pan de higo» (porque los dulces tienen su aquel). «Agradecido» (porque todos estamos agradecidos a Rosendo). «Loco por incordiar» (si eso no define la adolescencia yo ya no sé).


«No tengo miedo», de El Último Ke Zierre

No vamos a mentir, esas faltas ortográficas nos duelen tanto como a ustedes. Pero esto es un ranking de himnos rockeros, así que las pasaremos por alto, ay. Sencillo y efectivo, no vengan aquí buscando estrofas con metáforas rebuscadas y referencias a la cultura clásica. No, lo que regala El Último Ke Zierre es otra cosa. Descarga directa, letras espontáneas que gravitan alrededor de dos ejes fundamentales. El sexo, el alcohol. Oigan, con eso te marcas un montón de discos de rock urbano (y bastantes novelas malas). También asoma, claro, la rebeldía, como en esta canción. Todo un alegato que chilla, voz rasposa, «sé tú mismo». Perfecto para momentos de indefinición personal, que son más o menos todos.  

-¿Para quién? Personas a quienes no les importen las faltas de ortografía. Ebrios. Adolescentes a punto de cometer un gran error.

-Otras opciones: «Tus bragas» (porque hay que echarle huevos para tener ese estribillo). «Camino de rosas» (himnazo en todo bar cochambroso que se precie), «Escupiré jodidos» (porque escupir con tino es un arte difícil de dominar).


«Marihuana», de Porretas

Lo más llamativo de esta canción es que en su letra riman «fumaban» con «ninguno». De ahí para adelante ya nada malo puede pasar, supongo. Que nadie lo haya denunciado ante el Tribunal de La Haya nos hace ver que la sutileza no es característica principal de Porretas. No, ellos vienen a contarte sus cosas, y estas cosas tienen un puntito de reivindicación. Festiva, jacarandosa… pero reivindicación al fin y al cabo. La típica canción que se cantaba en los bares canutillo en mano (sí, amigos, antes se fumaba en locales de ocio nocturnos, incluso cigarrillos de la risa, a veces) y que no querías escuchar delante de tus progenitores. Además, la legalización del cannabis es temática habitual en el rock urbano.

-¿Para quién? Muchachos que hablan muy despacio, tío, muy despacio. Gente con merchandising de marihuana. Personas que adoran a Bob Marley pero nunca han escuchado a Bob Marley. 

-Otras opciones: «Pongamos que hablo de Madrid» (para gatos con alergia a los canallitas), «No estoy loco» (de cuando todos creíamos estar un poco loco, y nos gustaba), «La del fútbol» (porque ir los domingos, resacoso, a un campo de tercera división también tiene mérito).


«Hay poco rock and roll», de Platero y Tú

Las canciones de Platero y Tú eran guitarreos efectivos, con letras cercanas e historias que parecían sacadas de esas que te cuentan tus colegas el lunes por la tarde (porque ese sábado, precisamente ese en el que no pudiste salir, se armó gordísima). Este tema es un magnífico ejemplo, narrando la odisea homérica de un pobre desgraciado (Ulises, sí, pero desgraciado) al que le van cerrando todos los bares en condiciones. Canción obligada justo cuando se encienden las luces de los peores antros (recuerdo uno donde cada vez que tirabas de la cisterna en el baño del segundo piso se podía ver el agua cayendo por la pared), también adaptable a fiestas de pueblos con menos de quinientos habitantes. Indiscutible. Después Fito se puso a mirar ojos con el color de la gaseosa (o algo así) y en ese momento se nos jodió el Perú.

-¿Para quién? Adolescentes que encuentran exquisito mezclar vino malo y refresco. Guitarristas en ciernes. Personas que pierden la vergüenza según avanza la noche.

-Otras opciones: «Tras la barra» (para conocer al simpático camarero Gorka Limotxo). «El roce de tu cuerpo» (un clásico en las cintas de mezclas regaladas a esa chica que ni se dignaba a mirarte). «Voy a acabar borracho» (no hace falta explicación).


2 Comments

  1. El disco se llama Agila, no Ágila. Rey visigodo….me descojono. Estás tardando en buscarlo en Google, anda! agila!

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