The Last Dance: el puro, el bate y Michael Jordan

The Last Dance. Imagen: Netflix

Cuando comenzó la emisión del estupendo documental The Last Dance se asumía que la secuencia clave iba a ser el último minuto del sexto partido de la final de 1998. Rodada con una combinación de imágenes de archivo, entrevistas de actualidad y metraje inédito grabado dentro de la intimidad de la plantilla en la temporada 1997-1998 (la llamada «el último baile» que da nombre a la serie), en realidad no ha aportado mucho a lo que ya sabía la mayoría de seguidores de la NBA de los ochenta y noventa… aparte, eso sí, de inundarnos de nostalgia y de comprobar cómo ha tratado el tiempo a algunos entrevistados, como la sensata madurez de B. J. Armstrong o Toni Kukoc y el pacto con el diablo de Carmen Electra, pasando por el preocupante color de ojos de Michael Jordan o el formidable tono de negro del pelo de Scottie Pippen, y dejando en el aire cuestiones como por qué se está transformando Dennis Rodman en Paco Clavel o si los hombros de Phil Jackson los ha diseñado Volvo.

Aunque en especial en los primeros capítulos se entraba en detalle en otros elementos clave del éxito de los Bulls (como Pippen o Rodman), a medida que se iba desarrollando la serie fuimos descubriendo que el enfoque de la misma gravitaba, como sospechábamos, en torno a Jordan. En fin, es ridículo entrar en la polémica sobre los destripes porque hace ya más de diez años de aquello y copó portadas y muchos minutos en los medios, así que todos sabemos ya lo que hizo Jordan en toda su carrera, en especial durante la temporada 97-98 y, en concreto, en los últimos segundos de la final. Pero eso es la punta del iceberg: bajo esa finta a Bryon Russell y el tiro en suspensión con pose para la historia se encuentra una mole monolítica de mentalidad ganadora que coquetea con la psicopatía. Y esa característica queda reflejada a la perfección con una sola escena de todo el metraje, incluida en el episodio VIII. Es reveladora, cinematográfica, por momentos da la sensación de estar guionizada, pero es imposible que lo sea porque cualquiera que haya visto Space Jam sabe que las habilidades actorales de Jordan, a diferencia de las baloncestísticas, son terrenales.

The Last Dance: La Escena. Imagen: Netflix

La secuencia en concreto tiene lugar el día después de que Charlotte Hornets empatara la serie a 1 en la primera ronda de playoff de la temporada 97-98. Jordan está en el vestuario, con ropa de entrenamiento, jugueteando con un bate de béisbol, silbando y con un tremendo puro entre sus dedos. En mitad de uno de los hitos deportivos mundiales de cada año, el en aquel momento ya indiscutible mejor baloncestista de todos los tiempos está fumando en vestuario justo antes (o después, no está situado temporalmente) de una sesión preparatoria. Uno de los reporteros que han conseguido el permiso para grabar a los Bulls durante ese año pregunta al escolta:

—¿Estás cabreado por lo de anoche?

—¿Por qué? ¿Debería?

MJ intenta disimular con una sonrisa, quitarle importancia. No lo consigue. Su lenguaje corporal está diciendo «te reviento con el bate; te piso el cuello, hijo de puta», pero su boca murmura:

—Perdimos un partido, nada más.

Añade:

—Mañana entraremos a matar. No pasa nada.

Y pone cara de psicópata; a pesar de transmitir cierta contrariedad, también parece estar encantado con esta situación. Frunce el ceño. Aferra el bate con las dos manos, lo balancea. Comienza a reflexionar en voz alta, iniciando un monólogo que deja ver su filosofía al respecto:

—Veremos si nos vacilan cuando estemos los dos cero a cero en lugar de ellos llevándonos ventaja. Ahí es donde empieza.

Sin dejar de balancear el bate, dice:

—Así demuestras lo que vales, si vacilas cuando estáis empatados. O cuando vas perdiendo. Cuando vas ganando es más fácil hablar.

Vuelve a sonreír. Sopesa el bate. Está macerando la rabia. Sabe que va a acabar con ellos. Todos sabemos que va a acabar con ellos. Fin de la escena.

La obsesión competitiva de Jordan se ha reflejado en numerosas ocasiones en el documental (otra escena inédita muy elocuente es la repetida apuesta con un miembro de seguridad a ver quién deja la moneda más cerca de la pared), pero esta vez es la más visual. Casi se adivina el mecanismo mental de un competidor enfermizo, de qué maneras busca motivarse. Hemos visto algunas de ellas, como crear afrentas inexistentes (el «buen partido, Mike» que supuestamente le dijo LaBradford Smith pero resulta que se lo inventó) o nimias («George Karl no me saludó en un restaurante»). A muchos ha sorprendido esta faceta, como si no la hubieran detectado hasta ahora. Hay infinidad de anécdotas aparte de las incluidas en The Last Dance: durante la universidad perdió una partida al billar con un entrenador y se marchó cabreado gritando que la mesa no era reglamentaria (en una entrevista, veinticinco años más tarde, lo recordaba perfectamente y recalcaba que después le ganó varias partidas).

También se ha podido constatar que era tan tenaz en su afán por ganar que la exigencia rozaba el límite de la humillación a sus propios compañeros. Por ejemplo, durante su etapa en North Carolina apuntaba en una pizarra del vestuario, en una lista con todos los jugadores, las veces que machacaba por encima de ellos. ¿Alguien imagina trabajo más ingrato que ser el escolta suplente de los Bulls durante el reinado de Jordan? No solo tus minutos de juego serían muy escasos, sino que en los entrenamientos tienes que defender al mejor jugador del mundo… y también es él quien te defiende a ti cuanto tú atacas. Incluso esta forma de afrontar la competición caló en todo su entorno y se potenciaba en sus anuncios publicitarios («Dime que estoy viejo. Dime que ya no puedo volar»). También es verdad que se puede haber diluido en la memoria porque Nike extendió este tipo de eslóganes de manera artificial y que chocaba ver, con el mismo espíritu, a Iván de la Peña diciendo «si yo juego en él, el partido es mío». No, no es lo mismo.

¿Cómo un chaval de Wilmington, Carolina del Norte, que nunca había estado en Chicago, consiguió que «el circo ambulante de cocaína» que eran los Bulls a principios de los ochenta se convirtiera en una máquina de ganar con seis títulos en ocho años? Es decir, ¿cuál fue de verdad la «cerilla para prender todo ese fuego»? El origen de esa competitividad se intuye en la serie. No hace falta ser muy perspicaz para detectar que la relación con su padre le marcó muy profundamente. Para mal, incluso. Sin ir más lejos, hasta el gesto de sacar la lengua mientras jugaba fue heredado o más bien copiado a su padre, quien lo hacía cuando trasteaba con las herramientas. James Jordan contaba que cuando Michael era un niño le mandaba literalmente a la cocina con las mujeres porque era muy poco habilidoso en los trabajos manuales y chapuzas domésticas. Ser el cuarto hijo de cinco, el menor varón, y con esa imagen que tenía su padre sobre él daría para desarrollar al menos dos actos de un drama griego.

La forma de destacar y atraer la atención de su progenitor fue el deporte, tanto dentro del hogar (jugando en la canasta del patio trasero contra su hermano Larry, uno de los que le robaba la atención de su progenitor) como fuera del mismo, primero en el béisbol durante su etapa escolar y después en el baloncesto. Es decir, un ámbito en el que poder hacer sentirse orgulloso a su padre ya que no opinaba lo mismo de sus habilidades «masculinas«. Y vaya si lo hizo. En todos sus triunfos ahí estaba al lado James. Durante cada una de las celebraciones del primer three-peat había dos constantes en las imágenes de Jordan en esos momentos: el puro y su padre. Tras su muerte, y si asumimos la versión oficial, MJ dejó el baloncesto para jugar al béisbol, su primera pasión competitiva… y el deporte favorito de su padre. Ya le había comentado en vida que lo haría, pero tras el asesinato de James se antoja una obligación moral para un hijo que expresaba una devoción sin límite por su padre. Fue una presencia apabullante en la vida de Jordan, condicionando fuertemente su personalidad desde la infancia, apoyándose en él durante toda su carrera y teniéndolo presente siempre, en especial durante la consecución del cuarto anillo en el día del padre, rompiendo a llorar desconsoladamente en el suelo del vestuario.

El puro como emblema de la victoria, el bate de béisbol como el símbolo de la influencia de su padre y Michael Jordan compartiendo sus ideas competitivas y métodos para motivarse. Todo estaba en esa escena. Un documental extraordinario para poder admirar, una vez más, al mejor y más plástico competidor de la historia del baloncesto.

Cómo que «competidor». Imagen: Netflix