Los canallas comen perdices

El tercer hombre. Imagen: British Lion Film Corporation.

El tercer…

Holly Martins cree en la amistad y en el amor. Cree que, como en las novelas baratas que escribe, el hombre que actúa siguiendo su conciencia obtendrá siempre su recompensa. Cuando llega a una Viena arrasada por la guerra le dicen que su mejor amigo, Harry Lime, ha muerto en un dudoso accidente, bajo la sospecha de ser un contrabandista. Así descubre su misión: limpiar el nombre del difunto. Conoce a Anna Schmidt, que fue la novia de Harry; una mujer bella, culta y elegante, pero de apariencia frágil, desolada por la pérdida y amenazada por una posible deportación. Tan desvalida que, movido por un instantáneo impulso protector, se enamora de ella. El amor le parece una consecuencia natural, casi inevitable, entre dos personas que están solas en el mundo. Será su tabla de salvación. Ni siquiera parece importarle que, de vez en cuando, ella le llame «Harry». Incluso se le declara en un arranque de tontería ingenua, sabiendo que la tragedia está demasiado reciente, aunque esperando que, con el tiempo, quizá, el común desamparo llegue a unirlos.

Todo cambia cuando se revela que Harry no ha muerto. Y no es un contrabandista común: trafica con medicamentos y ha enviado a muchas personas inocentes a una terrible agonía. Holly visita un hospital infantil y contempla con muda consternación a las pequeñas víctimas de la penicilina adulterada que Harry vende a precio de oro. Durante una memorable conversación en lo alto de una noria, el propio Harry le señala los diminutos puntos que deambulan por la ciudad: las personas anónimas son para él meras herramientas con las que hacer dinero. Holly está atónito; su amigo es un desalmado que le amenaza de muerte e incluso habla con desdén de Anna. Horrorizado, accede a negociar con la policía, vendiendo a Harry a cambio de que Anna pueda evitar la deportación. Es lo que dicta su conciencia. Es el bien. Y en sus noveluchas el bien siempre paga; confía en que Anna admirará su honradez.  

Su ensoñación no tarda en venirse abajo; Anna no consigue, o no quiere, ver la magnitud del monstruo que habita en Harry. Todavía dice de él, con una ternura incomprensible, que es «como un niño que no ha crecido». A ojos de ella, el acto de justicia de Holly no es sino la traición de un amigo a otro y, aún peor, la crucifixión del hombre al que todavía quiere. Ella misma se siente traicionada, el trato se ha hecho sin su conocimiento. Cuando Harry muere —el propio Holly lo mata, investido por primera vez como sheriff más allá de las páginas de sus propios wésterns— se hace por fin justicia y Anna obtiene el pasaporte que la salvará. Sin embargo, ella no piensa en términos de justicia. Su amante ha muerto y eso es todo lo que alcanza a ver. Ahora, para ella, es Holly el criminal.

Cuando en el inolvidable plano final Anna camina frente a un Holly que quiere al menos despedirse, quizá con la remota esperanza de hacerse entender, ella no se digna a dirigirle ni una sola mirada. Este desprecio enseña a Holly una lección: la realidad es más despiadada e ilógica que su literatura y que su inocente visión del mundo. Convertirte en un héroe no siempre es la manera de conseguir a la mujer que quieres, si tienes la mala suerte de que ella, cegada por los destellos dorados que refulgen en mitad de la basura, conserva al villano en un pedestal.

La vida es cruel; el amor lo es todavía más.