La guerra de Flandes (II): Los líos del jefe

El milagro de Empel, por Augusto Ferrer-Dalmau (2015).

(Viene de la primera parte)

El sucesor de Alba —el «simple soldado» de su majestad, en el gobierno de Flandes—, fue un experto diplomático y hombre de confianza del rey, el catalán don Luis de Requesens. El hombre abogaba por un perdón general, la abolición del impuesto sobre las ventas y una retirada parcial de las tropas como bases para negociar un acuerdo con los rebeldes. Pero este cambio del palo a la zanahoria llegaba bastante tarde; ahora la cuestión fundamental estaba en la soberanía, y por mucho que hubiera cambiado de método, se trataba de aceptar un gobierno absolutista extranjero en vez de una autonomía. Así que el perdón de Requesens cayó en saco roto después del paso del huracán Alba, lo que no dejó otro remedio que seguir por la senda castrense para reducir a los rebeldes.

Pero Requesens tendrá muy mala suerte, ya que en 1575 la Hacienda Habsburgo se declaró en bancarrota y se produjo el primer motín a gran escala de los Tercios, faltos de paga. Este curioso fenómeno será una constante durante casi toda la guerra y aunque no tenía contenido político por sí mismo, acabaría afectando gravemente la política española. Cuando un Tercio se amotinaba lo hacía muy disciplinadamente; expulsaban a sus oficiales y se organizaban para caer sobre una ciudad, saquear todo lo saqueable e instalarse allí a vivir a costa de los civiles y sus bienes hasta que recibían su salario, momento en que se desconvocaba el motín y volvían a la obediencia. Don Luis consiguió evitar que asaltaran Amberes, pero le dio por morirse en 1576 dejando un vacío de poder.

Ahora nada separaba a los soldados de su objetivo, por lo que cayeron sobre la indefensa ciudad dejando un saldo de ocho mil víctimas, una cifra muy superior a la del famoso Tribunal de los Tumultos. Ni que decir tiene que por un lado la conmoción fue terrible, y por el otro, el papelón de Felipe II como «protector» de sus súbditos ni les cuento. Lógicamente, ante el ridículo espantoso de las autoridades españolas, incapaces de controlar a las tropas que supuestamente debían protegerlos, los Estados Generales decidieron tomar el mando ellos mismos. Brabante organizó una milicia local que entró en Amberes, procedió a detener al Consejo de Estado, expulsar a los españoles y erigirse en el poder político que parte la pana; la nobleza daba un paso al frente para ponerse en la cabina del piloto.

Aun así, había muchas cuestiones en el aire en el campo rebelde. ¿Cómo había que actuar ante el nuevo gobernador enviado por Felipe II? ¿Y con las dos irreductibles provincias calvinistas del norte? ¿Nos ajuntamos con ellas o qué? Estas dudas las resolvieron las tropas españolas, que derrotaron a las milicias y volvieron a repartir felicidad en Amberes, en una demostración de «furia española» a una escala aún mayor que en su última visita. Se comprende el fraternal afecto que se les tiene a los hispanos por allá, propaganda aparte. Contra el enemigo común, las provincias católicas del sur se unieron el 8 de noviembre de 1576, por la Pacificación de Gante, a las calvinistas del norte con lo que la rebelión se convirtió en general y Guillermo de Orange se puso al frente.

Pero esta unión no podía durar mucho tiempo, porque el problema religioso era muy grande; los calvinistas no eran mucho menos temibles que los españoles, y protegidos por Guillermo, pronto trataron de desplazar a los católicos de los Estados, monopolizando la rebelión y estableciendo su propia dictadura allá donde alcanzaban el poder. Los que desconfiaban de esta actitud preferían negociar con los representantes del rey antes que seguir de la peligrosa manita de los herejes; la manzana de la discordia estaba plantada.

Sin embargo, el monarca español desaprovechó la ocasión de sembrar la división entre los rebeldes, ya que en lugar de nombrar a un experto estadista como gobernador optó por la peor solución, enviar a un joven y aristocrático militar con muchos pájaros de gloria en la cabeza y muy poco dinero disponible; don Juan de Austria. Este chico tenía algunos delirios de grandeza de nada, y esperaba pacificar corriendo los Países Bajos para inmediatamente después dedicarse a su plan de pensiones personal: invadir Inglaterra, casarse con María Estuardo y restablecer allí el catolicismo. Así que llegó, vio y firmó el Edicto Perpetuo, que ratificaba la Pacificación, indultaba a los revoltosos y prometía la salida de las tropas españolas en un plazo de veinte días. Tropas que —¡oh, casualidad!— tenía previsto sacar por mar y tropezarlas sin querer contra las islas británicas. En negarse a permitir este disparate fue en lo único en que tanto Felipe como los rebeldes se pusieron de acuerdo.

Sin autorización para la aventura marítima, los Tercios tomaron el camino de Italia y la posición de don Juan sin sus hombres se reveló como la chapuza que era; fue incapaz de rendir Namur y tuvo que volver a traerse los soldados corriendo para poder tomar Bruselas, que había perdido. Con su ayuda aplastó a los rebeldes en Gembloux (la capacidad de Guillermo de encajar leches de todos los colores es francamente admirable), para quedarse sin dinero acto seguido, permitiendo la recuperación del vapuleado Orange. Finalmente, en 1578 la situación se había enquistado en el mismo cansino punto que antes cuando a don Juan falleció de tifus y se sumó así a la ya larga nómina de prometedoras carreras hundidas en Flandes.

Pero en esta ocasión Felipe II había aprendido en sus carnes la lección y ya tenía preparado el relevo de antemano. Por segunda vez las disensiones eran grandes en el campo enemigo, donde los calvinistas seguían optando por la resistencia total y la marginación y escabechina de sus compañeros católicos, por segunda vez necesitaba un Hombre de Verdad. Y esta vez tenía al candidato idóneo. La elección no podía ser más afortunada; el puesto de gobernador general recayó en la brillante figura de Alessandro Farnese, castellanizado como Alejandro Farnesio.

Educado en Alcalá junto a don Juan, Alejandro era intelectualmente superior a cualquiera de sus pares, además de un consumado diplomático y un magnífico estratega, admirado por sus tropas. En los hombros de este personaje extraordinario recaerá la pesada tarea de conseguir al fin la pacificación completa y la vuelta al redil de los descarriados súbditos germánicos de la Corona española. El obstáculo principal que la joven promesa de la cantera encontró en su labor de poner orden en tan remotas posesiones regias fue el mismo que el de cualquier currito asalariado español de hoy en día: su jefe. Que, al igual que unos cuantos de dichos curritos, era familiar suyo. En última instancia fue el tío Felipe el que hundió los esfuerzos de nuestro héroe.

La furia española en Amberes, 4 de noviembre de 1576 (1580), anónimo del Museo aan de Stroom.

En efecto, el estreno no pudo ser más prometedor. Farnesio llegó a las provincias que habían formado la Unión de Arrás y procedió a negociar con ellas un tratado (en una demostración de originalidad sin límites, se dio en llamar el Tratado de Arrás) por el cual se comprometía a pagar las tropas y retirarlas de las provincias leales a cambio de la vuelta a la obediencia. Era una jugada muy hábil, porque la presencia de un ejército no era precisamente garantía de paz y prosperidad en aquella época, sobre todo uno tan propenso a amotinarse y cobrar la soldada por su cuenta como el de Felipe.

¿A dónde llevó las tropas el general Farnesio? Pues qué pregunta, a las provincias que seguían en rebelión. Con este sencillo expediente de sentido común, solucionó un problema que llevaba años enquistado. Además, explotó muy bien las divisiones entre la nobleza local adoptando una política coherente; fue muy magnánimo con los que se le mostraron fieles (como Egmont Jr., hijo del conde ejecutado por Felipe II) e inflexible con los que se le opusieron (Hornes Jr, el hijo del otro ejecutado, acabó igual que papá por pasarse a las filas de Orange), pero nunca castigó con carácter retroactivo. Las elites locales sabían a qué atenerse en sus relaciones con la autoridad real, y con esa garantía de seguridad, se apartaron de los rebeldes revolucionarios, en los que no tenían demasiada confianza en que les mantuvieran los privilegios adquiridos (que en el fondo es por lo que las elites se mueven). Farnesio empleó el viejo truco que se llevaba utilizando en España desde los Católicos para apaciguar nobles: cambiarles poder político por económico. Además aún existía una mayoría católica en el sur de las provincias, en Amberes y en otros muchos lugares.

En última instancia estaba el poder militar, porque la autoridad respaldada con una buena ración de tortas luce más contundente. Los rebeldes se coaligaron en la Unión de Utrecht y fueron recibiendo una castaña tras otra en Flandes y Brabante; Ypres, Brujas, Gante, Bruselas y finalmente Amberes cayeron en manos de los españoles. El límite del éxito de Farnesio se estableció allá donde sus tropas no pudieron seguir más adelante, en la infranqueable línea de canales y grandes ríos controlados por la flota holandesa, que resguardaban Holanda, Zelanda y Utrecht. Parecía que con un aporte adicional de dinero y material bélico la situación podría cerrarse definitivamente a favor de los Habsburgo, pero en este punto va a complicarse la política exterior española hasta límites insospechados y las decisiones del Rey Prudente van a echar por tierra el esfuerzo de Alejandro. Y ahora vamos a hablar de flotas y barquitos.

Desde que se comprobó que el imperio americano no solo no eran cuatro islas medio rentables, sino que resultó una auténtica bonoloto, muchas naciones europeas pusieron los ojos en blanco y se aprestaron a discutirle a España su monopolio. La justificación ideológica se basaba en que se había usado el derecho de conquista, que en definitiva no era más que imponerse por la espada y, por tanto, ellos podían hacer lo mismo. Lo que querían lo sabemos todos. Pero la realidad es muy cochina y se suele imponer; la mayoría de ellas tenía menos pegada que Pocoyó con anginas, así que su capacidad para hacerle una guerra colonial a España y arrebatarle esas tierras por la fuerza era muy escasa, sobre todo cuando tras los primeros ataques serios la monarquía filipina reforzó sus hasta entonces inexistentes defensas americanas.

Así que optaron por un tipo de guerra no declarada, extraoficial y de tipo comercial (piratería, vamos) contra intereses españoles. La consumada especialista en este tipo de guerra fría era Isabel de Inglaterra, una especie de Saddam Hussein con tetas para los españoles, que no se cortaba en promover acciones de piratería y jugarretas por el estilo, mientras juraba y perjuraba que era incapaz de controlar la «iniciativa privada» de sus súbditos. A estos se les unían los hugonotes franceses desde sus bases en Le Havre, que dada su condición de protestantes estaban (estos sí) fuera del alcance del monarca francés, y desde la revuelta, los «mendigos del mar» holandeses. Entre todos tenían la vital línea de comunicaciones entre España y los Países Bajos hecha unos zorros; un problema mucho más grave que las correrías inglesas por América.

¿Cuál fue la política adoptada por la monarquía frente a esta amenaza atlántica? En un primer momento, Felipe optó por la vía diplomática ignorando los lamentos de sus mercaderes; no quería enfrentarse directamente con Inglaterra porque temía debilitarla lo suficiente para que la crujieran en una pinza francoescocesa encarnada en María Estuardo. Pero la escalada inglesa fue en aumento, y a la incautación en 1569 del dinero de un préstamo genovés que iba a Flandes, se unieron las expediciones de Drake y Hawkins. Se había perdido un tiempo precioso, y cada día era más evidente la relación entre la defensa del Imperio y los Países Bajos. Pero en 1580 la situación geoestratégica española había dado un vuelco; Portugal formaba ahora parte de la Corona, y Lisboa se convirtió en la base de operaciones navales hispana, el Mediterráneo estaba pacificado tras Lepanto y las cabezas pensantes españolas ya tenían claro que el Imperio se jugaba en la batalla del Atlántico. Es en este punto, ante la imposibilidad de andar jugando al gato y al ratón por toda América, cuando Felipe y sus consejeros decidieron golpear a los piratas en el corazón mismo de su base; Inglaterra. Así nació la idea de la Felicísima Armada, la más grande operación defensiva de todos los tiempos. Que tendría además la virtud de amargarle a Farnesio la existencia.

Respecto al plan de ataque, Felipe II intentó hacer una cosa muy complicada, coordinar un movimiento desde dos lugares tan alejados como Lisboa y Flandes, en pleno siglo XVI. El rey, después de escuchar a unos y otros, tiró por el camino del medio después de marear a todo el mundo: la flota zarparía de Lisboa con unos veinticinco mil hombres y llegaría a costas holandesas, donde recogería a los temibles treinta mil soldados de Farnesio, escoltándolos por el canal hasta desembarcar en la isla. Su leal gobernador le advirtió de los riesgos de la operación, y los requisitos básicos para que tuviera éxito, uno de los cuales consistía en derrotar primero a los rebeldes holandeses. Pero en ese punto el rey tenía otras prioridades: Farnesio debía apañarse con las tropas que tenía para capturar un puerto de aguas profundas (que los españoles no tenían, pequeño defecto que podía hundirlo todo en la miseria y que por supuesto figuraba como «tarea pendiente»), además teniendo en cuenta que en 1587 se le desviaron subsidios para la flota. Esto es España, sí. Así que nuestro hombre dedicó ímprobos esfuerzos a preparar barcazas de transporte, capturar Sluys, puerto que le permitía mover las barcas por dentro de los canales sin salir a mar abierto, pero el que necesitaba, Flesinga, quedó fuera de su alcance.

Cuando por fin la Armada se puso en marcha tras unos lentísimos preparativos, allá por 1588, ocurrió lo que tenía que ocurrir si aplicas la metodología «ya lo iremos viendo más adelante»: cuando Medina Sidonia, que no sabía nada de lo del puerto (ya que al rey se le olvidó comentarle el detalle), llegó con su flota frente a las costas de los Países Bajos, se encontró con que no podía acercarse para recoger los disminuidos Tercios de Flandes. Estos estaban inmovilizados en tierra, ya que salir en las barcazas a mar abierto sin escolta les dejaba completamente indefensos frente a los rápidos filibotes holandeses, de pequeño calado. Mientras ambos oficiales discutían este problema, la aparición de la flota inglesa acabó con la discusión, forzando al pobre Medina Sidonia a zarpar de nuevo. Así que el balance del fracaso final también afectó a la guerra en Flandes, que quedó paralizada con un ejército reducido, sin los recursos necesarios, y con la reputación de su general tocada. En realidad, Farnesio había sido muy franco y honesto y había mostrado independencia de criterio, pero eran cualidades que Felipe no apreciaba demasiado; le llovieron un torrente de críticas de sus enemigos políticos y su imagen quedó dañada, cuando en definitiva había tomado las mejores opciones dadas las circunstancias. Además, la metedura de pata era responsabilidad del Prudente, pero a ver quién le tose al big boss.

(Finaliza aquí)